Mientras tanto, en el mundo real…

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS (XXVIII)

Bibliópolis, crítica en la red realizó un par de especiales para el 28 de diciembre. Participé en el segundo de ellos, en el 2001, que, entre otras cosas, usaba la premisa de que era la ciencia ficción española la que se había convertida en hegemónica en el mundo y Estados Unidos no era más que un segundón donde la CF no tenía ni éxito comercial ni respetabilidad académica.

Mi contribución al especial fue la entrega de una suerte de crónica del fandom norteamericano (escrita, como no, por Isaac R. Martinson) donde se relataba un encuentro en casa de John W. Campbell Jr. entre éste, Isaac Asimov y Orson Scott Card. Claro que ninguno de ellos eran los Cambell, Asimov o Card que conocemos. No del todo.

Ahora que lo pienso, creo que este texto es la única ucronía que he escrtio. Al releerlo ahora para presentarlo aquí me ha arrancado un par de sonrisas. Espero que a vosotros también.

Corría el año 1983 y los fanticionados americanos dejaban atrás una de sus épocas más penosas: la terrible década de los setenta en la que fueron muriendo lentamente las pocas revistas profesionales que existían y la colecciones especializadas en el género cerraron sus puertas una tras otra. Por el horizonte asomaban signos de recuperación, mientras la veterana Astounding Fantascience continuaba contra viento y marea sacando a la calle -casi siempre con puntualidad- sus seis números al año y Nightfall, la única colección de libros de fantaciencia que aún seguía en activo parecía ir recuperándose lentamente.

Era primavera, si no recuerdo mal y, aprovechando que estaba en Nueva York decidí visitar a Campbell. A la hora que era, sabía que lo encontraría en su apartamento, seguramente preparando el siguiente número de Astounding o enzarzado en alguna discusión con otros aficionados al género.

No me equivocaba. Con Campbell estaban Isaac Asimov (quien por aquella época ya había alcanzado un considerable renombre con sus novelas policiacas y sus ensayos científicos, pero insistía, pese a todo, en volver ocasionalmente al género con el que había comenzado como escritor) y Orson Scott Card, muy satisfecho con la aureola de “joven promesa” que había ido creciendo a su alrededor en los últimos años. El pobre ignoraba todavía que, en este paupérrimo mundo de la fantaciencia, pasas de joven promesa a pesado carroza en menos que canta un gallo. Lo comprendería poco después, en realidad, y no tardaría en dedicar todos sus esfuerzos a la literatura doctrinal disfrazada de novela histórica.

Card tenía en las manos una de las últimas novedades de Nightfall, una recopilación de los Premios Ignotus de 1980 a 1982, y parecía usar el libro como prueba en sus argumentaciones:

–No son tan buenos –estaba diciendo cuando entré en el despacho de Campbell, tan caótico y atestado como lo recordaba–. Echadle un vistazo. He leído cosas de autores americanos que no tienen nada que envidiar a esto.

Hablaba con tranquilidad, en un tono suave y reposado que, sin embargo, no conseguía ocultar del todo su tendencia a pontificar. Lo cierto es que Card no me caía demasiado bien: lo había visto en un par de convenciones del género y desde el primer momento me había inspirado una cierta desconfianza. Aparentemente no era más que un joven corpulento, tranquilo y amable, pero por debajo de aquello había una especie de arrogancia, de sentido de superioridad moral que a menudo me irritaba.

–De acuerdo –le respondió Asimov después de saludarme con la cabeza–. No son tan buenos, y estoy seguro además de que la edición americana de la antología habría mejorado mucho si me hubieran dejado prologarla, pero se las han apañado para que el resto del mundo crea que sí.

–Ajá –dijo Campbell-. ¿Y por qué? Ese es el meollo de la cuestión. ¿Qué fue lo que ellos hicieron y nosotros no?

Nadie se tomó la molestia de ponerme en antecedentes sobre la conversación. Las cosas en casa de Campbell eran siempre así. Uno entraba, su mujer te hacía pasar a su despacho y te unías al asunto tal y como lo encontrabas, sobre la marcha y en caliente.

–Son un país pequeño. Políticamente no pintan nada en el mundo: demonios, fueron tan idiotas que se metieron en la Segunda Guerra Mundial recién salidos de una Guerra Civil. Y sin embargo tienen media docena de revistas, publican centenares de libros al año y se atreven a calificar a sus Convenciones de Mundiales. ¿Por qué?

–Suerte –respondió Card–. Estaban en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Asimov se encogió de hombros. El tema no parecía interesarle demasiado, pero en realidad no me engañaba. Unos años atrás me había confiado que hacía tiempo que había abandonado toda pretensión de vivir de la fantaciencia. La novela policiaca, la divulgación científica y su carrera como conferenciante eran más que suficientes como para asegurarle unos ingresos holgados: y le divertían casi tanto como escribir fantaciencia. El quid del asunto era esa palabra: “casi”. Así que supongo que por eso no había dejado del todo el género y seguía yendo a los congresos. Bueno o malo aquel era su mundo, su familia, el lugar donde le gustaba colgar su sombrero.

–Harlan tiene una teoría al respecto –dijo, tras pensarlo unos segundos–. Pero, ya sabéis, Harlan tiene teorías sobre casi todo.

Asentí. Las sobremesas en las cenas de los congresos, con Ellison detallándonos sus paranoias conspiratorias, solían ser uno de los clímax de cualquier USAcon que se preciara. Pequeño, menudo y fibroso, con una energía que su cuerpo parecía incapaz de contener, se las apañaba para imaginarse las tramas más descabelladas y volverlas plausibles.

–¿Y cuál es? –dijo Card, volviéndose a Asimov mientras Campbell encendía uno de sus apestosos cigarros.

–Muy simple, en realidad. Apenas resulta digna de Harlan –dudó unos instantes–. Hmmm. Podría escribir una quintilla jocosa sobre el tema: There was a little boy, / Harlan was his name, / who used his tongue as a toy… Bueno, mejor lo dejamos. El caso es que Harlan ha situado el nacimiento de la fantaciencia moderna en dos momentos clave. Y ha llegado a la conclusión de que, si uno no hubiera tenido lugar y el otro hubiera sucedido en nuestro país ahora seríamos la nación dominante en el género. Tiene sentido, en realidad, ya sabéis que la fantaciencia nació en Inglaterra: Swift, Mary Shelley, Wells: su idioma natural fue, al principio, el inglés. Verne no era más que un periodista mal informado que ni siquiera sabía engarzar los datos científicos de una forma coherente. Además, carecía del componente de especulación social indispensable para…

–Al grano, Ikey –masculló Campbell mientras mordisqueaba su cigarro–. Ya nos soltarás la conferencia otro día.

Asimov arrugó el ceño ante el apodo, pero no dijo nada. Respetaba demasiado a Campbell (al fin y al cabo había sido su primer editor) para llevarle la contraria en público.

–El primer momento es la publicación de Cuentos de vacaciones de Santiago Ramón y Cajal. Eso marcó el nacimiento de la narrativa breve de fantaciencia, y encima la volvió un tema respetable de cara a la crítica literaria. Al fin y al cabo, Ramón y Cajal fue Premio Nobel.

–Y el segundo supongo que fue la llegada de Gernsback a España poco antes de la Guerra Civil –dijo Card.

Asimov asintió y esbozó una sonrisa en su dirección.

–Exacto. Lo que muy poca gente sabe es que Ramón y Cajal estuvo a punto de no editar sus cuentos. Creo que se avergonzaba de ellos y que originalmente los publicó en una edición privada que hizo circular solo entre sus amigos. Fue uno de ellos el que se empeñó en buscarle un editor. Ahora imaginaos que eso no hubiera ocurrido: no habría habido otros escritores que tocasen el género intentando emular a Ramón y Cajal. España no contaría con una tradición fantacientífica y cuando empezaran a aparecer las novelas de a duro no se las consideraría como hermanas menores de un género respetable, sino como basura para semianalfabetos.

–Hmmm –masculló Campbell–. Vale. España no sería quien llevase la voz cantante en fantaciencia. Puede que incluso ni siquiera fuese tenida en cuenta en ese aspecto. Pero entonces sería cualquier otro país, o ninguno. No necesariamente el nuestro.

–Ahí es donde entra el segundo momento. Gernsback estuvo a punto de emigrar a los Estados Unidos.

–Venga ya.

–Está documentado, John. O eso dice Harlan. De hecho afirma que es incomprensible que haya ido a España.

–¿Incomprensible? –dijo Campbell–. Su mujer era española, ¿no?

–Ahí está precisamente la gracia del asunto. La forma en que la conoció fue un cúmulo de casualidades tan grande que Harlan dice que estuvo a punto de hacerse creyente al descubrirlo: solo Dios puede manipular las posibilidades con tanta arrogancia.

Card permaneció impasible ante el comentario, pero había en su cuerpo cierta rigidez que me indicó que el comentario no le había resultado gracioso.

–Así que imaginaos. Gernsback no conoce a su mujer, no se casa y se va a España con ella y no funda los Cuadernos de fantaciencia. En su lugar emigra a Estados Unidos y crea aquí una revista. Además, Harlan dice que es más que probable, teniendo en cuenta la época, que no fuera una revista literaria con pretensiones de respetabilidad, sino más bien un pulp, como los policiacos o los western que estaban de moda en los años treinta. Así que la fantaciencia (ahora que lo pienso, ni siquiera se llamaría así) habría evolucionado aquí y de un modo muy distinto a como lo hizo en el mundo real. –Sonrió, supongo que recordando el rostro de Ellison mientras le había contado la historia–. Según Harlan todos seríamos escritores famosos y millonarios, organizaríamos los congresos mundiales del género y entregaríamos los Premios Gernsback, que otros países, entre ellos España, traducirían y publicarían en sus respectivos idiomas; y que yo prologaría, por supuesto. De hecho, Harlan dice que hoy la serie televisiva de culto no será La saga de los Aznar, sino Caravana hacia las estrellas.

–¿Qué es eso? –preguntó Card.

–No es raro que no lo conozcas. Fue un proyecto de Roddenberry, el de El asfalto de los Ángeles, en los años sesenta. Rodaron el piloto pero fue rechazado por todas las cadenas televisivas. Creo que Nimoy era uno de los protagonistas.

–En fin –dijo Campbell mientras apagaba el puro en un cenicero rebosante–. Soñar es gratis, supongo.

–O no –respondió Card–. Ahí hay material para un relato.

Una chispa brilló en los ojos de Campbell.

–No. Hay material para dos –dijo, dando un golpe sobre la mesa–. Está bien, esto es lo que haremos. Vosotros dos escribiréis cada uno un cuento basado en esa idea. Será estupendo, el viejo maestro y el joven prometedor juntos en las páginas de Astounding. Ja. Va a ser un número histórico.

Sin embargo, ese cuento nunca se escribió. Asimov apenas volvió a escribir fantaciencia en los años que siguieron y Card enseguida se cansó de estar condenado a ser para siempre la gran esperanza blanca del género.

A veces, sin embargo, me pregunto qué habría pasado si hubieran escrito esos cuentos.

Publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red

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