Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?

Eso es lo que significa ser esclavo, seguía diciendo Rugerón (como llama el inimitable Chus Parrado a Rutger Hauer) para, unos minutos después soltar aquello de como lágrimas en la lluvia que, para bien o para mal, ha pasado a la historia del cine.

Aunque de lo que yo quería hablar es de otra cosa.

Y es, básicamente, del miedo que me suele atacar cuando sé que me falta poco para terminar una novela. Y no, no hablo del miedo a no saber rematarla como se merece, o a que no vaya a funcionar bien comercialmente. Esos miedos están ahí y, junto con unos cuantos otros, se han convertido en compañeros de viaje habituales que, en cierto modo, empujan pero no molestan.

El miedo, el verdadero pánico, que me asalta en esos momentos podría concentrarse en un “¿y ahora qué?”. No tanto ese “¿y ahora qué?” de Alejandro tras  haber deshecho el nudo gordiano y darse cuenta de que a partir de ese momento su vida se ha vuelto un tanto aburrida, sino más bien un “¿y ahora qué?” del estilo de “¿qué demonios voy a escribir cuando acabe esto?”.

O sea, dicho de forma clara y sin tanto rodeo: “¿Y si ya no me quedan más ideas, y si se me han acabado?”.

Estoy seguro de que mis amadísimos trolls me consolarían diciendo que no necesito más ideas si puedo robárselas tranquilamente a Conan Doyle y a otras personas. Pero dado que hace tiempo que no asoman la cara por aquí (la timidez habitual del troll, ya sabéis, ésa que hace que no salgan de debajo del puente ni para ir a por tabaco), mejor dejamos esa derivación del asunto.

Y, retomando el tema, es algo que me pasa siempre, en cuanto estoy a punto de rematar una novela. El temor a que sea la última, a que no sea capaz de escribir más, a que se me haya agotado la sesera y no se me ocurra nada que contar. No sé si les pasa a otros escritores (curiosamente, no recuerdo haber hablado nunca de ese tema) pero para mí es una constante.

Y al contrario que otros miedos que mencionaba antes, como el de que lo que estoy escribiendo no funcione, ya sea artística o comercialmente, éste no se vuelve más familiar ni menos punzante con el tiempo. Para nada.

A estas alturas debería tener la suficiente confianza en mí mismo (confianza que sí que suelo tener en general, por otra parte) para darme cuenta de que no va a pasar. Y que la idea para la próxima novela está ahí, esperando en algún rincón recóndito de mi cabeza a que de con ella. Que tan sólo hará falta el detonante adecuado para que salga a la luz y que ese detonante acabará sucediendo.

Pese a que racionalmente sé eso, emocionalmente sigo sin fiarme. Así que cuando estoy cercano al final de una novela, empiezo a barajar posibilidades para la próxima. “Podría hacer esto o esto otro o lo de más allá”.

Lo gracioso es que nunca, o casi nunca, hago esto, lo otro o lo de más allá, sino que surge algo nuevo, en lo que hasta entonces no había reparado y que se acaba convirtiendo en el germen de mi próxima novela.

Algo parecido acaba de pasarme ahora. Tras unos meses de descanso en los que, aparte de para este blog, no he escrito nada, he empezado a plantearme una nueva novela.

Y, como casi siempre, he empezado a hacerlo sin saber que lo estaba haciendo. La confluencia de la lectura de un libro y del visionado de una serie de TV (sin relación alguna entre el uno y la otra) hizo que, de pronto, una idea surgiera clara en mi mente. No, no voy a decir cuál es, porque creo que descubrirla será parte del juego de la lectura, una vez que acabe.

En realidad, no es una idea nueva. Aunque, desde otro punto de vista, sí que lo es. Digamos que hace años que tenía ganas de escribir una novela del género “A”, pero los varios intentos que realicé en esa dirección nunca me resultaron satisfactorios. Y otra del género “B”, pero nunca encontraba la trama adecuada que le diera consistencia. Y lo que estoy haciendo es escribir una del género “A” y del “B”. Dos géneros que, a primera vista, no parecen hechos para ser mezclados, pero que, al unirlos, descubro que cada uno fortalece al otro y los problemas que tenía para intentarlo con cada uno por separado ahora no existen.

De momento, llevo poco más de cincuenta páginas. Y confieso que estoy entusiasmado con ella: con la historia, con el mundo que he creado para ambientarla, con los personajes que estoy desarrollando… con todo, en general. Claro que puede que al terminarla descubra que es un bodrio infecto, pero ya lidiaré con eso cuando lleguemos allí.

Entretanto, y durante los próximos meses, ocupará buena parte de mi tiempo de vigilia (y sospecho que también de mis momentos de sueño, aunque no puedo estar seguro de eso): cuando voy a trabajar, aprovechando esos cuarenta minutos de autobús para darle vueltas a ideas, situaciones, diálogos y nuevos personajes; cuando hago una pausa para fumar, jugando con pequeños detalles; cuando vuelvo a casa, otra vez planeando y jugando con las posibilidades. Y, por supuesto, cuando estoy en casa frente al iMac, escribiendo.

Y luego, cuando la acabe, o esté a punto de hacerlo, volverá a invadirme el pánico y otra vez me preguntaré si se me ocurrirá alguna idea nueva. Y de nuevo temeré que no. Y, como de costumbre, algo acabará saliendo como siempre sale.

Es lo que va a pasar. Lo sé. En el fondo, lo sé. Pero lo que sabe mi mente racional y lo que dicen mis entrañas son cosas distintas. Y, al final, uno se deja llevar por sus entrañas más a menudo, tal vez, de lo que sería recomendable. O no, a lo mejor sólo me dejo llevar tan a menudo como es recomendable. Quién sabe.

Pero sí, es toda una experiencia vivir con miedo. Aunque sea un miedo de andar por casa comparado con otros terrores más reales y oscuros que hay por todas partes. Hace la vida interesante. Y no te permite dormirte.

9 comentarios

  1. No, no eres el único. Con permiso, Rudy, un fragmento de mi última novela, que se publicará Dios sabe cuándo:

    —¿Por qué la dejaste? –me preguntó entonces él.
    —Nunca es decisión de nosotros. Es ella quien nos deja –respondí. Sabía muy bien que no me estaba preguntando por Beatriz, sino por la literatura—. Ya no me quedaba nada que expresar. Fue como quedarme hueco, no sé. La fuente se secó. Se acabó la fiebre. ¿Qué te pasó a ti? Siempre fuiste el más capacitado de todos nosotros.
    —Tú eras quien recitaba mejor. Siempre te envidié por eso.
    —Venga ya.
    —No, en serio. Yo escribía un poema y el resultado, al leerlo en público, era algo frío. Un pez muerto. En cambio, tú leías algo y te los metías a todos en el bolsillo. Los despertabas de su sopor burgués de siglos. La gente reacciona bien al estímulo de la pasión.
    —Chicas progres que habían renunciado al sujetador pero leían a escondidas Nuevo Vale y señoras viudas de militares que al final del recital te daban palmaditas en la mano y te decían que les recordabas a Luis del Olmo –reí yo—. Ya ves que estaba condenado a la literatura, pero desde el otro lado. No has contestado a mi pregunta. Si alguno de nosotros tenía que haberse abierto un hueco en el mundo de las letras, ése eras tú. Y lo dejaste.
    —O me dejó, como te dejó a ti. Como nos deja a casi todos, sí. Te pasas la juventud dándole vida a un sueño y cuando lo tienes al alcance de la mano te paras a pensar y lo consideras un pecadillo vergonzante. Sí, llegué a publicar en una editorial medianamente prestigiosa. ¿Y sabes qué descubrí? Que la literatura es la ecuación que sobra en el mundo editorial. Sólo apuestan a caballo ganador. Pero, naturalmente, tampoco tienen mucha idea de caballos. Ahora están de moda los libros escritos por adolescentes, ¿lo sabías? No importa que sean una copia de tercera generación de algún lejano éxito de Hollywood, no importa que alguien tenga que repasar lo redactado punto por punto y coma por coma, ni que posiblemente esos adolescentes no sean los verdaderos autores de lo que se publica. A ellos les da lo mismo, mientras se venda.
    —Lástima que esa visión del mundo editorial no hubiera existido ya cuando nosotros empezábamos –sonreí con tristeza—. Así no nos habríamos convertido todos en Rimbaud.
    —Santo patrón de los desencantados literarios. La pregunta es cuántos ni siquiera sufrirán el desgarro del viejo Arthur por la ceguera con que está establecido este negocio. No me extraña que acabara traficando armas. Seguro que además de ese oficio suyo no se escandalizó nadie.
    —¿No llegaste a terminar aquella novela de la que nunca querías hablar? ¿Aquella historia tan enigmática?
    —Oh, la terminé. Seiscientos cuarenta y nueve folios.
    —¿Qué fue de ella? ¿Te la rechazaron sistemáticamente y todavía la tienes guardada en algún cajón?
    —La terminé. Ocho años de mi vida, creo que más. Y cuando puse el punto final, y la dejé reposar, y la volví a leer meses más tarde, me fui un día allí mismo, a la Caleta –señaló en la oscuridad, pero desde aquí no se veía la playa—. Y la arrojé al agua.

  2. Yo he de decir que tu libro “La Sabiduría de los Muertos” me ha animado a volver a escribir una novela (que quién sabe si llegará aver la luz), y tu post a escribir un comentario y abandonar la lectura silenciosa de tu blog.

    El miedo está ahi, pero es peor lo otro.

  3. Pues nada, bienvenido a bordo, ahora que ya no estás de “polizón” en la sombra.

    Y me alegro de que mi novela te haya estimulado para volver a escribir, como puedes suponer.

  4. Perdon, borre el anterior. Parece que el truco era tener una cuenta de gmail, en vez de una de madritel. No lo entiendo mucho pero es lo que hay. Bueno, ya os escribire cuando crea tener algo relevante que decir. (Puedes borrar tambien este)

  5. Curioso, porque no tengo ninguna restricción por e-mail, en principio. Cualquiera debería poder dejar un comentario con sólo poner un nombre, un e-mail y rellenar el código numérico.

    Pero, bueno, en todo caso, si la dirección de gmail te funciona, pues adelante.

  6. quote: sino más bien un “¿y ahora qué?” del estilo de “¿qué demonios voy a escribir cuando acabe esto?”

    Ciencia ficción, señor Martínez, ciencia ficción…
    No, la respuesta correcta es obvia: “Lo que te apetezca”. Y al que lleva la escritura en las venas siempre le apetece, así que se trata de un, por llamarlo de algún modo, “miedo retórico”.

  7. Nunca he dejado de escribir ciencia ficción, señor Kaplan, aunque renuncio a ser creído cuando digo esto.

    El miedo, por otro lado, puede ser retórico, pero eso no lo hace menos real.

    Y sí, estoy de acuerdo: cuando uno es un yonqui de la escritura, no puede evitar ponerse a escribir, tarde o temprano.

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