πάντα ρει
Viernes, Agosto 29th, 2008 Pertenece a Para leer, µ | 12 comentarios »- El mismo día, hace un año: Marchando una de chorradas
- El mismo día, hace dos años: Odisea en Marte
Era la trigésimo cuarta vez que saltábamos, y ya no nos quedaba ninguna duda.
No podíamos volver.
En los primeros saltos apenas había habido cambio alguno: el universo al que llegábamos era casi idéntico al nuestro; sólo pequeños detalles minúsculos nos advertían de que no estábamos en casa. Luego, las diferencias fueron haciéndose mayores.
Cada salto nos llevaba un paso más allá, un universo más allá, distinto del anterior en fruslerías casi imperceptibles. Pero treinta y cuatro saltos después el paisaje que veíamos se había vuelto casi irreconocible.
Lo intentamos, pero no podíamos regresar. La única opción era seguir adelante.
-Éste sí que es un río en el que no te puedes bañar dos veces -dijo alguien.
No hicimos caso de aquella pueril muestra de sentido del humor y seguimos saltando. Qué otra cosa podíamos hacer.
La historia de Harvey Dent
Miércoles, Agosto 27th, 2008 Pertenece a Dentro de la viñeta, Imágenes en acción, Visto y oído | 37 comentarios »- El mismo día, hace un año: UC Crow: Algunos momentos de la partida

No sé si es la mejor película de superhéroes de la historia. Pero sin duda sí que es la primera película adulta de superhéroes (mal que le pese a M. Night Ramalama… digo Shyamalan).
Y fue Sergio Iglesias quien me dio la clave de la película. El mismo sábado, mientras salíamos del cine y comentábamos lo mucho que nos había gustado.
-En realidad están contando la historia de Harvey Dent -me dijo.
Y, coño, tenía razón. Y era tan obvio que casi me doy de cabezazos contra la pared por no haberlo visto.
Y no, no digo que sea el protagonista de El caballero oscuro. Entre otras cosas porque no tengo muy claro que la película tenga un único protagonista (bueno, sí que lo tengo claro: no). Pero sin duda es el personaje de Harvey Dent el que sirve de foco narrativo a la historia, el que en cierto modo le da sentido y a través del que podríamos decir que va avanzando.
Porque ésta no es la historia del Joker (quien, al fin y al cabo, es un monstruo y, como los buenos monstruos, no tiene un pasado, o tiene tantos que ya no importa), ni tampoco la de Batman (que, como buen arquetipo, tiene unos hitos biográficos perfectamente reconocibles y asumibles por el espectador con un par de pinceladas), sino la de un hombre atrapado en medio del enfrentamiento entre dos criaturas mitológicas.
Porque, en cierto modo, él (o más exactamente su alma) es el premio por el que luchan ambos. Batman, porque ve en él la posibilidad de poder abandonar por fin la máscara, de dejar todo su poder -y toda su responsabilidad- sobre los hombros del fiscal del distrito. Y para el Joker y sus planes convierte en el objetivo perfecto: porque destruir a Harvey Dent, convertirlo en Dos Caras, es su declaración definitiva; como lanzarnos a la cara -el Joker nunca se ha distinguido por su sutileza- que todos podemos convertirnos en un monstruo si tenemos un día lo suficientemente malo.
Los dos luchan por él, como digo. Batman, sin ser consciente de ello. El Joker, por el contrario, maniobrando una y otra vez en la sombra para obtener su criatura de caos, dolor y locura.
Y los dos crean a Dos Caras. Ambos son los padres de la criatura. Son sus actos los que, poco a poco, de un modo inexorable, van conduciendo a Harvey Dent al lugar donde se transformará en Dos Caras. Son las decisiones del monstruo y del héroe, del villano y del campeón, del enloquecido agente del caos y hosco caballero del orden, las que empujan una y otra vez al fiscal hasta el sitio exacto en el que debe estar para convertirse en esa grotesca parodia de la dualidad que, una y otra vez, lanza al aire su moneda para conjurar el destino y dejar que el azar tome sobre sí la responsabilidad de tener que decidir.
Como he dicho, Dent no es el protagonista de la película, entre otras cosas porque no creo que El caballero oscuro tenga un protagonista. Es una historia coral y la función de la patética figura del fiscal del distrito no es otra que la de darle un foco y, en cierto modo, una espina dorsal alrededor de la que crear la historia.
Un acierto narrativo más en una película llena de ellos. Seria sin caer ni en lo pomposo ni en lo pretencioso ni en lo solemne; compleja sin volverse ni farragosa ni confusa; larga, sin resultárselo al espectador; dura, y a veces implacable, sin caer en la violencia fácil.

Hoy por hoy es difícil encontrar un producto cinematográfico a la altura de El caballero oscuro. Y no, no hablo de películas de superhéroes. Sino, simplemente, de películas. Es difícil encontrar una con un guion bien construido, de un modo cuidadoso y paciente, donde las piezas van encajando de forma natural y los escritores no toman atajos fáciles ni se detienen ante decisiones difíciles. Es difícil encontrar un casting tan bien elegido -sí, vale, con la pequeña excepción de Maggie Gyllenhaal, cierto- y tan estupendamente dirigido. Es más difícil aún encontrar una película en que la historia no se rinda frente a la estética y ambas se complementen la una a la otra. Por resumir, es difícil encontrar buenas películas como esta.
No diré mucho sobre la interpretación de Heath Ledger; ya se ha hablado de ella hasta la saciedad. Sólo comentaré que hacía tiempo (creo que posiblemente desde el Aníbal de El silencio de los corderos) que un personaje no me asustaba tanto como lo hace su Joker. Lo que no quiere decir que el resto de los actores no den la talla en sus respectivos papeles; para nada, casi todos encajan en ellos a la perfección. Pero, maldita sea, el Joker vuela tan alto que los demás parecen a ras de suelo por simple comparación.
Si bien tengo que decir que aunque el Joker me ponía literalmente los pelos de punta, el personaje que más me ha gustado (ya me pasó algo parecido en Batman Begins) es el teniente -ascendido luego a comisario- Gordon. Jamás creí que un día Gary Oldman se convertiría en el actor perfecto, hasta el extremo de que ahora me resulta difícil en pensar en otro, para encarnar a ese personaje. Confieso que me pasé buena parte de la película (en la que, por suerte, Jim Gordon tiene un papel algo más relevante que en la anterior) asombrándome del personaje tranquilo, de movimientos sobrios y aire ligeramente derrotado que Oldman compone como sin darle importancia.
Creo que me resulta difícil encontrar algo que no me guste en toda la película. Algún elemento fuera de lugar, mal colocado o, simplemente, sobrante. Quizá, como comentaba ese mismo sábado (y ya es por ser pejigueras y tocahuevos) el momento en que el sicario del Joker intenta arrebatarle la máscara a un Batman inconsciente y recibe una descarga eléctrica. No, no es que me pareciera fuera de lugar: al contrario, una vez que lo ves te das cuenta de que es de cajón que Bats tenga algún sistema para evitar que lo desenmascaren. Sino que me hizo recordar un momento en uno de los comics, cuando alguien intenta algo parecido y el Joker lo detiene y le dice:
-¡Idiota! ¿No ves que la máscara es su cara? Lo que hay debajo no importa.
Ya digo, es ser pejigueras. Pero creo que me habría gustado un momento así en esa escena.
Pero terminemos ya una entrada que, me temo, está resultando demasiado larga. Sin duda El caballero oscuro ha sido la revelación de este año y lo que temo es que otras producciones basadas en superhéroes traten de seguir su estela y no sepan: prefiero la pantalla llena de intrascendentes y honrados productos palomiteros en los que un tipo disfrazado salva al mundo, que poblada de películas engoladas que se toman demasiado en serio a sí mismas y se comportan como una producción chespiriana mal interpretada. Pero eso será el futuro. O esperemos que no.
Ah, por cierto. Seis películas. Hemos tenido que esperar seis películas para que Batman pudiera girar la cabeza. Tiene narices la cosa.
Jesucristo Superstar
Lunes, Agosto 25th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Marcando el compás, Visto y oído | 14 comentarios »- El mismo día, hace un año: Citas citables: There are more things
- El mismo día, hace dos años: Jeff Noon (2): Polen
Después de todos estos años (debió ser allá por 1980 cuando la oí por primera vez) sigue sorprendiéndome lo buena que es.
Hablo de la obra original, por supuesto. Musicalmente me parece un ejemplo perfecto de mestizaje de géneros, donde los elementos de pop, rock y ópera conviven de una manera sorprendentemente armoniosa y sin estridencias, con el resultado de que cada uno de ellos resalta y amplía las virtudes de los demás.
Dramáticamente, la obra me funciona aún mejor: el libreto me parece modélico, con una estructura dramática casi perfecta y un fascinante estudio de personajes a través de lo que se dice y lo que se deja de decir.
Y la combinación de ambas ya me parece, directamente, una obra maestra. Que, además, desde mi punto de vista, no ha sido superada jamás en ninguna de las composiciones posteriores de Webber. No sólo por la pérdida de Tim Rice como libretista, que termina convirtiendo a Webber en la estrella absoluta para la que la letra deja de ser la otra mitad, necesaria e imprescindible, de la obra final y se queda en un mero apoyo dramático de sus composiciones, sino porque su estilo se ha ido volviendo con el tiempo hacia un clasicismo cada vez más grandilocuente. (Agradable de escuchar, sin duda, pero sin la garra de sus primeros tiempos).
Y después de todos estos años (debió de ser allá por 1983 cuando la vi por primera vez) sigue sorprendiéndome lo buena que es.
Hablo de la adaptación fílmica, dirigida por Norman Jewison a principios de los setenta. Creo que es una película injustamente subvalorada (quizá porque su aire visual hippie-setentero nos echa para atrás) pero que tiene todas las virtudes de lo que debe ser, no sólo una buena película, sino una buena adaptación cinematográfica. En cierto modo, Jewison hizo en su momento lo mismo que lleva haciendo Brannagh con las adaptaciones de Shakespeare: respetar al máximo el texto original (en este caso, la combinación de texto más música) y, al mismo tiempo, trasvasarlo con fortuna a un medio distinto, con unas reglas narrativas distintas.
Jewison tiene éxito en su empeño y sus imágenes son un complemento, y en ocasiones un contrapunto, casi perfecto a la obra original. He visto la grabación de algunas representaciones en el escenario de Jesucristo Superstar, y me temo que ninguna alcanza la intensidad emocional y el sutil juego de interacción de personajes de la película.
Y en lo puramente musical, confieso que es la versión que más me convence. No sólo porque la producción de los distintos temas que se hace para la película me parece superior a la original, sino por la calidad de los intérpretes.
Esto quizá pueda sonar a herejía, por cuanto en la grabación original de la obra era nada menos que Ian Gillan (el mítico cantande de Deep Purple) quien le prestaba su voz a Jesucristo. Ted Neeley, sin embargo, no tiene nada que envidiarle y, de hecho, en su momento cumbre en el huerto de Getsemany supera, para mi gusto, la interpretación de Gillan. Por no mencionar el espléndido Judas que nos regala Carl Anderson. En cuanto a Ivonne Elliman, ya presente en la grabación original, repite aquí su contradictoria María Magdalena.
Como dije antes, quizá sea su estética (unido a que, al fin y al cabo, es un musical, lo que la convierte ipso facto en un producto menor en las mentes de la crítica, algo parecido a lo que pasó en su momento con la espléndida Moulin Rouge de Baz Luhrmann, que tengo que revisitar un día de estos) lo que ha condenado a esta película ser minusvalorada y no apreciada como merece. Pero curiosamente, ese aspecto hippiondo es, para mí, uno de los grandes aciertos del film y, con el tiempo, le ha ido dando a la película un adecuado aire retro, casi añejo.
Ver de nuevo Jesucristo Superstar (y mira que han tardado en editarla en DVD; en una edición que no es precisamente una maravilla, ya que estamos) ha tenido, además, otra consecuencia.
Viéndola estos días y mientras contemplaba cómo se iba preparando la puesta en escena (el autobús que llega al desierto, la gente descargando el atrezzo y preparando el escenario, los actores vistiendo sus personajes) y viendo después esa especie de eclectismo minimalista con el que se ha vestido la historia (aprovechando los escenarios naturales como se puede, vistiendo a los actores con lo que uno podría encontrar en el desván de su casa -el aspecto de los soldados sería un buen ejemplo-) no he podido evitar pensar que, en realidad, lo que nos cuenta la película es una partida de rol en vivo de unos tipos que han decidido irse a Israel a jugar a Jesucristo Superstar.
Y les ha salido una campaña cojonuda, además.
¿Perogrullada?
Viernes, Agosto 22nd, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: UC-Crow: Roleando con ZP
Leo que el Tribunal Constitucional ha acordado no admitir al PNV, EA, EB y Aralar como parte en los recursos presentados contra el referéndum de Ibarretxe.
La argumentación que da para su decisión es bastante razonable. Pero de toda ella, me han llamado la atención un par de frases. No porque me parezcan fuera de lugar, sino por todo lo contrario, en realidad.
Básicamente, lo que dice el TC es que los partidos políticos no son representantes políticos de los ciudadanos y que la relación de representación política que nace con la elección de los cargos representativos por el cuerpo electoral no se da entre los partidos y los ciudadanos sino entre electos y electores.
Parece una perogrullada. Una verdad tan obvia que no debería hacer falta ni mencionarla. Desgraciadamente, a menudo son ese tipo de cosas las que deben ser mencionadas e incluso recalcadas.
Leído por ahí
Miércoles, Agosto 20th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 37 comentarios »- El mismo día, hace un año: Sherlock Holmes y la boca del infierno
En el fondo de estas cuestiones del bable hay un miedo al nacionalismo exclusivista, como el catalán o el vasco. El nacionalismo asturiano es mucho más inteligente. Además, aquí se carece de una raíz histórico-alemana. La idea de Asturias debe ir ligada a la idea de España, otra cosa es impensable. Sin embargo, hay una tradición que viene de Pelayo (sin caer en el «covadonguismo»), una cuestión poco desarrollada y estudiada filosóficamente que puede ser una idea fundadora políticamente interesante. Nosotros sí podemos llamarnos nación histórica y sin embargo no nos damos importancia, somos diferentes.
Manuel Asur, en una entrevista a La Nueva España el 20-VIII-2008
Alguien me comentó una vez que ese nacionalismo agresivo, excluyente, tribalista y ansioso de encontrar “hechos diferenciales” que lo separen del resto del mundo (bajo la excusa del “somos diferentes” tras la que hay implícito un “somos superiores”) venía, en el fondo, de una cierta inseguridad en la propia identidad como pueblo. No digo que sea cierto, pero a tenor de ciertos comportamientos a veces lo parece, sin duda.
Cuando te sientes seguro de tu propia identidad no andas por ahí intentando demostrarla a todas horas. Y las palabras de Manuel Asur expresan eso con bastante eficacia.
Things change
Martes, Agosto 19th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 6 comentarios »La escena, hace unos años:
Una estación. Sentado en un banco, un hombre solo espera su tren. A su lado se sienta una mujer que lleva una niña de unos dos años: una carita expresiva de enormes ojos azules que se está riendo continuamente. Mira al hombre y sonríe. Él le devuelve la sonrisa, le hace algunas gracias y monerías y los dos se pasan un buen rato hasta que llega el tren y el hombre se va.
La escena, hoy:
Una estación. Sentado en un banco, un hombre solo espera su tren. A su lado se sienta una mujer que lleva una niña de unos dos años: una carita expresiva de enormes ojos azules que se está riendo continuamente. Mira al hombre y sonríe. Él está a punto de devolverle la sonrisa y, de pronto, piensa:
“Quieto. A ver si su madre se va a pensar algo chungo. Un tío solo, haciéndole monerías a una niña, a ver si se va a creer que eres un pervertido.”
Así que el hombre finge no ver a la niña y continúa esperando su tren como si estuviera solo.
Lo que uno encuentra por ahí
Viernes, Agosto 15th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 6 comentarios »- El mismo día, hace un año: Gijón, Begoña 2007
Visitas los blogs que conoces, pinchas sus enlaces, a veces los enlaces de los enlaces que has pinchado, o incluso los enlaces de los enlaces de los enlaces que has pinchado…
Bueno, el caso es que a veces llegas a páginas interesantes. Ésta, en concreto, llamada Visiones fugitivas, la descubrí a través de Literatura en los talones.
Y lo que más me sorprendió de ella fueron las exaustivas (y excelentemente armadas, o al menos así me lo parecieron) críticas de la obra cinematográfica de Stanley Kubrick. Sin duda su autor es un experto, casi diría que obseso, en el autor de 2001 y también demuestra que conoce el lenguaje del medio que analiza y que sabe argumentar sus opiniones. Desconozco si es un profesional (lo dudo, las críticas cinematográifcas “profesionales” que he leído demuestran en general, un desconocimiento del lenguaje del medio bastante apabullante) o un simple aficionado, pero sí que tengo claro que son de lo mejor que he leído en mucho tiempo en ese terreno.
Dejo, a continuación, los enlaces al comentario de cada una de las películas:
- Eyes Wide Shut: Ojos cerrados de par en par
- La chaqueta metálica: El chaleco de hierro
- El resplandor: Pasos sobre la nieve
- Barry Lyndon: Sosito pero picarón
- La naranja mecánica: Come and get it in the yarbles
- 2001: Atmósferas de réquiem y nuevas aventuras
- Teléfono rojo, volamos hacia Moscú: Lluvia de misiles
- Lolita: Ínfulas de nínfula
- Espartaco: La dulce muerte del mártir
- Senderos de gloria: Galones manchados de sangre
- Atraco perfecto: El loro que gritó “Muere, puta”
- Killer’s Kiss: La casa de los cien maniquíes
Como digo, un repaso muy completo por la filmografía de Kubrick que, aunque está escrito, eso me parece, desde la admiración, está muy lejos de convertirse hagiografía acrítica.
Sospecho que el autor, aunque nunca lo dice explícitamente, comparte lo que siempre he pensado de Kubrick: brillante, deslumbrante y a veces genial como cineasta; profundamente perturbado como ser humano. Y, posiblemente, fuera parte de lo segundo lo que posibilitaba lo primero.
En cualquier caso, ha sido una gozada pegarle un repaso a la filmografía casi completa de este hombre de manos de un comentarista tan certero y buen razonador como este abuelo Igor.
(Al que, por otro lado, seguro que conozco, ya sea en persona o a través del ciberespacio, pero como cada día que pasa soy más desastre…)
¿Bond, James Bond?
Miércoles, Agosto 13th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Con dados cargados
- El mismo día, hace dos años: JFK: Caso abierto
Acabo de terminar La esencia del mal (traducción poco afortunada del original Devil May Care, mucho más bondiano) donde Sebastian Faulks toma el relevo de Ian Fleming y vuelve a la Guerra Fría para contarnos una nueva aventura de James Bond, agente 007 al servicio secreto de Su Majestad.
Ya desde la portada del libro (que proclama “Sebastian Faulks es Ian Fleming”, de nuevo una traducción poco afortunada del original “Sebastian Faulks writing as Ian Fleming”) queda manifiesta la voluntad de regresar a los orígenes del personaje y tratarlo tal como lo habría hecho su autor original de haber seguido narrando sus aventuras allí donde las dejó.
Y sin duda Faulks tiene éxito en su empeño. Su novela podría pasar por uno de los libros de Fleming, no sólo por su respeto al estilo de las novelas originales (Faulks escribe mejor que Fleming -lo que tampoco es muy difícil, seamos sinceros- pero se las apaña para hacer compatible con el original su forma de narrar) sino por el modo en que ha mimetizado con total fidelidad las claves que hicieron del Bond literario lo que era: los personajes, situaciones, juegos de palabras y peripecias varias de esta novela podrían haber salido perfectamente de la pluma de Ian Fleming.
El resultado es que uno lee La esencia del mal con la sensación de que alguien ha rescatado de un polvoriento desván una nueva novela del creador de Bond y se ha limitado a pulir un poco su estilo narrativo antes de publicarla. Una novela, por otro lado, que no es de las mejores de la serie pero no desentona en general con el tono y la calidad de ésta.
De hecho, lo más memorable que tiene es precisamente eso: que no desentona. Porque, por lo demás, no aporta gran cosa nueva al personaje y a su entorno. Es, sin duda, más de lo mismo. Un más de lo mismo realizado con cuidado y habilidad innegables y sin duda con evidente cariño por la creación de Fleming.
A los fans del Bond origjnal no creo que les desagrade. Los que, por el contrario sólo conozcan a 007 por sus adaptaciones fílmicas quizá se sientan defraudados al no encontrar el agente secreto que esperan: ni es un superhombre, ni se rodea de ingeniosos gadgets tecnológicos ni es un hambriento depredador sexual.
La traducción al castellano no terminó de convencerme del todo. Sin encontrar en ella nada del todo incorrecto, hay momentos donde me chirría y me resulta algo torpe. Aunque confieso que no pude evitar un pequeño momento de entusiasmo cuando vi que el Commander Bond que siempre se había traducido como “Comandante Bond” (rango que no existe en la armada española) era por fin traducido correctamente como “Capitán de Fragata Bond”.
(Y ya que estamos, el dia que vea un Major traducido correctamente como “Comandante” y no como “Mayor” -de nuevo un rango que no existe en el ejército de tierra español- también tendré mi momentito de entusiasmo. Sí, soy un maníatico, qué le vamos a hacer)
EDITANDO:
escribe mejor que Fleming -lo que tampoco es muy difícil, seamos sinceros-, digo en este post. Y me temo que he sido injusto.
Y es que la memoria a veces juega malas pasadas. Me leí las novelas de Fleming hace ya unos años y lo hice de un modo bastante apresurado, centrándome sobre todo en la peripecia y obviando el resto. La impresión que quedó entonces en mi mente fue que la forma de escribir de Fleming era seca y más bien plana, incluso algo ramplona -digamos, ese tipo de “escritura mecánica” que preside muchos best-sellers- y que las novelas resultaban interesantes a pesar de cómo estaban escritas.
Ayer, releyendo Goldfinger (no me preguntéis por qué, simplemente descubrí que me apetecía hacerlo) me di cuenta de mi error. Que Fleming escribiera casi tres capítulos de su novela narrando un enfrentamiento golfístico entre Bond y su enemigo, que lo contara con todo lujo de detalles y que consiguiera volver toda esa secuencia no sólo interesante sino emocionante, dice mucho a su favor. No era un gran escritor, sin duda, pero desde luego sí que se trataba de un narrador eficaz, que no es poco.
Mientras tanto, en el mundo real…
Lunes, Agosto 11th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Citas citables: Tom Clancy
AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS (XXVIII)
Bibliópolis, crítica en la red realizó un par de especiales para el 28 de diciembre. Participé en el segundo de ellos, en el 2001, que, entre otras cosas, usaba la premisa de que era la ciencia ficción española la que se había convertida en hegemónica en el mundo y Estados Unidos no era más que un segundón donde la CF no tenía ni éxito comercial ni respetabilidad académica.
Mi contribución al especial fue la entrega de una suerte de crónica del fandom norteamericano (escrita, como no, por Isaac R. Martinson) donde se relataba un encuentro en casa de John W. Campbell Jr. entre éste, Isaac Asimov y Orson Scott Card. Claro que ninguno de ellos eran los Cambell, Asimov o Card que conocemos. No del todo.
Ahora que lo pienso, creo que este texto es la única ucronía que he escrtio. Al releerlo ahora para presentarlo aquí me ha arrancado un par de sonrisas. Espero que a vosotros también.
Corría el año 1983 y los fanticionados americanos dejaban atrás una de sus épocas más penosas: la terrible década de los setenta en la que fueron muriendo lentamente las pocas revistas profesionales que existían y la colecciones especializadas en el género cerraron sus puertas una tras otra. Por el horizonte asomaban signos de recuperación, mientras la veterana Astounding Fantascience continuaba contra viento y marea sacando a la calle -casi siempre con puntualidad- sus seis números al año y Nightfall, la única colección de libros de fantaciencia que aún seguía en activo parecía ir recuperándose lentamente.
Era primavera, si no recuerdo mal y, aprovechando que estaba en Nueva York decidí visitar a Campbell. A la hora que era, sabía que lo encontraría en su apartamento, seguramente preparando el siguiente número de Astounding o enzarzado en alguna discusión con otros aficionados al género.
No me equivocaba. Con Campbell estaban Isaac Asimov (quien por aquella época ya había alcanzado un considerable renombre con sus novelas policiacas y sus ensayos científicos, pero insistía, pese a todo, en volver ocasionalmente al género con el que había comenzado como escritor) y Orson Scott Card, muy satisfecho con la aureola de “joven promesa” que había ido creciendo a su alrededor en los últimos años. El pobre ignoraba todavía que, en este paupérrimo mundo de la fantaciencia, pasas de joven promesa a pesado carroza en menos que canta un gallo. Lo comprendería poco después, en realidad, y no tardaría en dedicar todos sus esfuerzos a la literatura doctrinal disfrazada de novela histórica.
Card tenía en las manos una de las últimas novedades de Nightfall, una recopilación de los Premios Ignotus de 1980 a 1982, y parecía usar el libro como prueba en sus argumentaciones:
–No son tan buenos –estaba diciendo cuando entré en el despacho de Campbell, tan caótico y atestado como lo recordaba–. Echadle un vistazo. He leído cosas de autores americanos que no tienen nada que envidiar a esto.
Hablaba con tranquilidad, en un tono suave y reposado que, sin embargo, no conseguía ocultar del todo su tendencia a pontificar. Lo cierto es que Card no me caía demasiado bien: lo había visto en un par de convenciones del género y desde el primer momento me había inspirado una cierta desconfianza. Aparentemente no era más que un joven corpulento, tranquilo y amable, pero por debajo de aquello había una especie de arrogancia, de sentido de superioridad moral que a menudo me irritaba.
–De acuerdo –le respondió Asimov después de saludarme con la cabeza–. No son tan buenos, y estoy seguro además de que la edición americana de la antología habría mejorado mucho si me hubieran dejado prologarla, pero se las han apañado para que el resto del mundo crea que sí.
–Ajá –dijo Campbell-. ¿Y por qué? Ese es el meollo de la cuestión. ¿Qué fue lo que ellos hicieron y nosotros no?
Nadie se tomó la molestia de ponerme en antecedentes sobre la conversación. Las cosas en casa de Campbell eran siempre así. Uno entraba, su mujer te hacía pasar a su despacho y te unías al asunto tal y como lo encontrabas, sobre la marcha y en caliente.
–Son un país pequeño. Políticamente no pintan nada en el mundo: demonios, fueron tan idiotas que se metieron en la Segunda Guerra Mundial recién salidos de una Guerra Civil. Y sin embargo tienen media docena de revistas, publican centenares de libros al año y se atreven a calificar a sus Convenciones de Mundiales. ¿Por qué?
–Suerte –respondió Card–. Estaban en el lugar adecuado en el momento oportuno.
Asimov se encogió de hombros. El tema no parecía interesarle demasiado, pero en realidad no me engañaba. Unos años atrás me había confiado que hacía tiempo que había abandonado toda pretensión de vivir de la fantaciencia. La novela policiaca, la divulgación científica y su carrera como conferenciante eran más que suficientes como para asegurarle unos ingresos holgados: y le divertían casi tanto como escribir fantaciencia. El quid del asunto era esa palabra: “casi”. Así que supongo que por eso no había dejado del todo el género y seguía yendo a los congresos. Bueno o malo aquel era su mundo, su familia, el lugar donde le gustaba colgar su sombrero.
–Harlan tiene una teoría al respecto –dijo, tras pensarlo unos segundos–. Pero, ya sabéis, Harlan tiene teorías sobre casi todo.
Asentí. Las sobremesas en las cenas de los congresos, con Ellison detallándonos sus paranoias conspiratorias, solían ser uno de los clímax de cualquier USAcon que se preciara. Pequeño, menudo y fibroso, con una energía que su cuerpo parecía incapaz de contener, se las apañaba para imaginarse las tramas más descabelladas y volverlas plausibles.
–¿Y cuál es? –dijo Card, volviéndose a Asimov mientras Campbell encendía uno de sus apestosos cigarros.
–Muy simple, en realidad. Apenas resulta digna de Harlan –dudó unos instantes–. Hmmm. Podría escribir una quintilla jocosa sobre el tema: There was a little boy, / Harlan was his name, / who used his tongue as a toy… Bueno, mejor lo dejamos. El caso es que Harlan ha situado el nacimiento de la fantaciencia moderna en dos momentos clave. Y ha llegado a la conclusión de que, si uno no hubiera tenido lugar y el otro hubiera sucedido en nuestro país ahora seríamos la nación dominante en el género. Tiene sentido, en realidad, ya sabéis que la fantaciencia nació en Inglaterra: Swift, Mary Shelley, Wells: su idioma natural fue, al principio, el inglés. Verne no era más que un periodista mal informado que ni siquiera sabía engarzar los datos científicos de una forma coherente. Además, carecía del componente de especulación social indispensable para…
–Al grano, Ikey –masculló Campbell mientras mordisqueaba su cigarro–. Ya nos soltarás la conferencia otro día.
Asimov arrugó el ceño ante el apodo, pero no dijo nada. Respetaba demasiado a Campbell (al fin y al cabo había sido su primer editor) para llevarle la contraria en público.
–El primer momento es la publicación de Cuentos de vacaciones de Santiago Ramón y Cajal. Eso marcó el nacimiento de la narrativa breve de fantaciencia, y encima la volvió un tema respetable de cara a la crítica literaria. Al fin y al cabo, Ramón y Cajal fue Premio Nobel.
–Y el segundo supongo que fue la llegada de Gernsback a España poco antes de la Guerra Civil –dijo Card.
Asimov asintió y esbozó una sonrisa en su dirección.
–Exacto. Lo que muy poca gente sabe es que Ramón y Cajal estuvo a punto de no editar sus cuentos. Creo que se avergonzaba de ellos y que originalmente los publicó en una edición privada que hizo circular solo entre sus amigos. Fue uno de ellos el que se empeñó en buscarle un editor. Ahora imaginaos que eso no hubiera ocurrido: no habría habido otros escritores que tocasen el género intentando emular a Ramón y Cajal. España no contaría con una tradición fantacientífica y cuando empezaran a aparecer las novelas de a duro no se las consideraría como hermanas menores de un género respetable, sino como basura para semianalfabetos.
–Hmmm –masculló Campbell–. Vale. España no sería quien llevase la voz cantante en fantaciencia. Puede que incluso ni siquiera fuese tenida en cuenta en ese aspecto. Pero entonces sería cualquier otro país, o ninguno. No necesariamente el nuestro.
–Ahí es donde entra el segundo momento. Gernsback estuvo a punto de emigrar a los Estados Unidos.
–Venga ya.
–Está documentado, John. O eso dice Harlan. De hecho afirma que es incomprensible que haya ido a España.
–¿Incomprensible? –dijo Campbell–. Su mujer era española, ¿no?
–Ahí está precisamente la gracia del asunto. La forma en que la conoció fue un cúmulo de casualidades tan grande que Harlan dice que estuvo a punto de hacerse creyente al descubrirlo: solo Dios puede manipular las posibilidades con tanta arrogancia.
Card permaneció impasible ante el comentario, pero había en su cuerpo cierta rigidez que me indicó que el comentario no le había resultado gracioso.
–Así que imaginaos. Gernsback no conoce a su mujer, no se casa y se va a España con ella y no funda los Cuadernos de fantaciencia. En su lugar emigra a Estados Unidos y crea aquí una revista. Además, Harlan dice que es más que probable, teniendo en cuenta la época, que no fuera una revista literaria con pretensiones de respetabilidad, sino más bien un pulp, como los policiacos o los western que estaban de moda en los años treinta. Así que la fantaciencia (ahora que lo pienso, ni siquiera se llamaría así) habría evolucionado aquí y de un modo muy distinto a como lo hizo en el mundo real. –Sonrió, supongo que recordando el rostro de Ellison mientras le había contado la historia–. Según Harlan todos seríamos escritores famosos y millonarios, organizaríamos los congresos mundiales del género y entregaríamos los Premios Gernsback, que otros países, entre ellos España, traducirían y publicarían en sus respectivos idiomas; y que yo prologaría, por supuesto. De hecho, Harlan dice que hoy la serie televisiva de culto no será La saga de los Aznar, sino Caravana hacia las estrellas.
–¿Qué es eso? –preguntó Card.
–No es raro que no lo conozcas. Fue un proyecto de Roddenberry, el de El asfalto de los Ángeles, en los años sesenta. Rodaron el piloto pero fue rechazado por todas las cadenas televisivas. Creo que Nimoy era uno de los protagonistas.
–En fin –dijo Campbell mientras apagaba el puro en un cenicero rebosante–. Soñar es gratis, supongo.
–O no –respondió Card–. Ahí hay material para un relato.
Una chispa brilló en los ojos de Campbell.
–No. Hay material para dos –dijo, dando un golpe sobre la mesa–. Está bien, esto es lo que haremos. Vosotros dos escribiréis cada uno un cuento basado en esa idea. Será estupendo, el viejo maestro y el joven prometedor juntos en las páginas de Astounding. Ja. Va a ser un número histórico.
Sin embargo, ese cuento nunca se escribió. Asimov apenas volvió a escribir fantaciencia en los años que siguieron y Card enseguida se cansó de estar condenado a ser para siempre la gran esperanza blanca del género.
A veces, sin embargo, me pregunto qué habría pasado si hubieran escrito esos cuentos.
Publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red
Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?
Viernes, Agosto 8th, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 9 comentarios »- El mismo día, hace un año: Quién ha llegado adónde y cómo (2)
Eso es lo que significa ser esclavo, seguía diciendo Rugerón (como llama el inimitable Chus Parrado a Rutger Hauer) para, unos minutos después soltar aquello de como lágrimas en la lluvia que, para bien o para mal, ha pasado a la historia del cine.
Aunque de lo que yo quería hablar es de otra cosa.
Y es, básicamente, del miedo que me suele atacar cuando sé que me falta poco para terminar una novela. Y no, no hablo del miedo a no saber rematarla como se merece, o a que no vaya a funcionar bien comercialmente. Esos miedos están ahí y, junto con unos cuantos otros, se han convertido en compañeros de viaje habituales que, en cierto modo, empujan pero no molestan.
El miedo, el verdadero pánico, que me asalta en esos momentos podría concentrarse en un “¿y ahora qué?”. No tanto ese “¿y ahora qué?” de Alejandro tras haber deshecho el nudo gordiano y darse cuenta de que a partir de ese momento su vida se ha vuelto un tanto aburrida, sino más bien un “¿y ahora qué?” del estilo de “¿qué demonios voy a escribir cuando acabe esto?”.
O sea, dicho de forma clara y sin tanto rodeo: “¿Y si ya no me quedan más ideas, y si se me han acabado?”.
Estoy seguro de que mis amadísimos trolls me consolarían diciendo que no necesito más ideas si puedo robárselas tranquilamente a Conan Doyle y a otras personas. Pero dado que hace tiempo que no asoman la cara por aquí (la timidez habitual del troll, ya sabéis, ésa que hace que no salgan de debajo del puente ni para ir a por tabaco), mejor dejamos esa derivación del asunto.
Y, retomando el tema, es algo que me pasa siempre, en cuanto estoy a punto de rematar una novela. El temor a que sea la última, a que no sea capaz de escribir más, a que se me haya agotado la sesera y no se me ocurra nada que contar. No sé si les pasa a otros escritores (curiosamente, no recuerdo haber hablado nunca de ese tema) pero para mí es una constante.
Y al contrario que otros miedos que mencionaba antes, como el de que lo que estoy escribiendo no funcione, ya sea artística o comercialmente, éste no se vuelve más familiar ni menos punzante con el tiempo. Para nada.
A estas alturas debería tener la suficiente confianza en mí mismo (confianza que sí que suelo tener en general, por otra parte) para darme cuenta de que no va a pasar. Y que la idea para la próxima novela está ahí, esperando en algún rincón recóndito de mi cabeza a que de con ella. Que tan sólo hará falta el detonante adecuado para que salga a la luz y que ese detonante acabará sucediendo.
Pese a que racionalmente sé eso, emocionalmente sigo sin fiarme. Así que cuando estoy cercano al final de una novela, empiezo a barajar posibilidades para la próxima. “Podría hacer esto o esto otro o lo de más allá”.
Lo gracioso es que nunca, o casi nunca, hago esto, lo otro o lo de más allá, sino que surge algo nuevo, en lo que hasta entonces no había reparado y que se acaba convirtiendo en el germen de mi próxima novela.
Algo parecido acaba de pasarme ahora. Tras unos meses de descanso en los que, aparte de para este blog, no he escrito nada, he empezado a plantearme una nueva novela.
Y, como casi siempre, he empezado a hacerlo sin saber que lo estaba haciendo. La confluencia de la lectura de un libro y del visionado de una serie de TV (sin relación alguna entre el uno y la otra) hizo que, de pronto, una idea surgiera clara en mi mente. No, no voy a decir cuál es, porque creo que descubrirla será parte del juego de la lectura, una vez que acabe.
En realidad, no es una idea nueva. Aunque, desde otro punto de vista, sí que lo es. Digamos que hace años que tenía ganas de escribir una novela del género “A”, pero los varios intentos que realicé en esa dirección nunca me resultaron satisfactorios. Y otra del género “B”, pero nunca encontraba la trama adecuada que le diera consistencia. Y lo que estoy haciendo es escribir una del género “A” y del “B”. Dos géneros que, a primera vista, no parecen hechos para ser mezclados, pero que, al unirlos, descubro que cada uno fortalece al otro y los problemas que tenía para intentarlo con cada uno por separado ahora no existen.
De momento, llevo poco más de cincuenta páginas. Y confieso que estoy entusiasmado con ella: con la historia, con el mundo que he creado para ambientarla, con los personajes que estoy desarrollando… con todo, en general. Claro que puede que al terminarla descubra que es un bodrio infecto, pero ya lidiaré con eso cuando lleguemos allí.
Entretanto, y durante los próximos meses, ocupará buena parte de mi tiempo de vigilia (y sospecho que también de mis momentos de sueño, aunque no puedo estar seguro de eso): cuando voy a trabajar, aprovechando esos cuarenta minutos de autobús para darle vueltas a ideas, situaciones, diálogos y nuevos personajes; cuando hago una pausa para fumar, jugando con pequeños detalles; cuando vuelvo a casa, otra vez planeando y jugando con las posibilidades. Y, por supuesto, cuando estoy en casa frente al iMac, escribiendo.
Y luego, cuando la acabe, o esté a punto de hacerlo, volverá a invadirme el pánico y otra vez me preguntaré si se me ocurrirá alguna idea nueva. Y de nuevo temeré que no. Y, como de costumbre, algo acabará saliendo como siempre sale.
Es lo que va a pasar. Lo sé. En el fondo, lo sé. Pero lo que sabe mi mente racional y lo que dicen mis entrañas son cosas distintas. Y, al final, uno se deja llevar por sus entrañas más a menudo, tal vez, de lo que sería recomendable. O no, a lo mejor sólo me dejo llevar tan a menudo como es recomendable. Quién sabe.
Pero sí, es toda una experiencia vivir con miedo. Aunque sea un miedo de andar por casa comparado con otros terrores más reales y oscuros que hay por todas partes. Hace la vida interesante. Y no te permite dormirte.
