El día que debíamos haber muerto

Desde hace poco más de un año, un reducido grupo de avalonios y algún simpatizante (Marisa, Felicidad, Germán, El Peras, Dani y yo mismo, con la aparición cada vez más ocasional de Flecha y la incorporación este verano de Blanca) nos reunimos en casa de alguno -casi siempre en la de Germán, para qué vamos a engañarnos; su cocina es más grande y su nevera está excelentemente provista de todo- y nos ponemos a rolear como descosidos.

Lo normal es que usemos el mismo escenario -el UC Crow diseñado por Felicidad, un space opera que desarrolló hace ya unos años y para el que ha mastereado un buen montón de partidas, ya sea en mesa o en vivo- y, de hecho, la misma campaña (si es que he usado correctamente el término, que sigo siendo un pelín bisoño en esto del rol). Los personajes que llevamos no han cambiado, salvo alguna que otra excepción, como mi embajador-torturador, por ejemplo, que me temo que va a tener que pasarse un larguísimo tiempo de convalecencia. 

Excepto Felicidad (que ejerce generalmente de directora del juego) y Dani, el resto somos bastante novatos. Yo jugué al rol hace unos diez o doce años durante un breve periodo de tiempo, pero desde entonces no había vuelto a acercarme al asunto. En cuanto a los demás, su primer contacto con este mundo fue precisamente a partir de estas partidas… con la excepción del Peras, que sin haber jugado nunca antes se apuntó al rol en vivo que se organizó en los Oscos a finales del verano pasado (UC Crow: Apocalipsis, cuyo trailer podéis ver en en una entrada anterior) y, desde entonces, no sólo se ha enganchado al tema, sino que se ha convertido en un fan del escenario que usamos en estas partidas de mesa.

Cuando juegas durante un tiempo prolongado (prolongado para nosotros, claro, a un veterano, estar algo más de un año con el mismo personaje debe parecerle poca cosa) tus personajes evolucionan, desarrollan nuevas habilidades y, en general, te vas encariñando con ellos.

Así que el que tu personaje se muera no te hace demasiada gracia.

Y cuando los que están a punto de morir son todos ellos a la vez… ni te cuento.

Eso fue lo que pasó en la última partida, jugada el 26 de julio en casa de Germán. Digamos que la conjución de una situación apurada en la que estábamos rodeados de tres grupos potencialmente peligrosos, un saboteador dentro de nuestro propio grupo, la falta de reacción de algunos y la rapidez de reacción de otros terminó conjurando el desastre.

De pronto se hizo el silencio. Felicidad nos miró a todos y le costó articular las siguientes palabras:

-Jo. -Pausa apesadumbrada-. Lo siento, pero vais a tener que haceros nuevos personajes.

El que yo interpretaba no llevaba más de un par de partidas, así que perderlo no me importaba gran cosa. Para los demás era distinto, claro. Y confieso que para mí también, en cierta manera. Al fin y al cabo llevo jugando rodeado de los mismos personajes (ya fuera con mi embajador-torturador o con mi seremanita-espía) durante algún tiempo, y me había acostumbrado a ellos. Así que tampoco tenía muchas ganas de que todo empezase desde cero.

No lo hizo. Las circunstancias del juego permitían una salvación in extremis… que podía torcerse con facilidad, evidentemente, con lo cual sí que no nos salvaría ni el mismísimo dedo de Dios. Pero ahí estaba la puerta, lejana, estrecha y cerrándose con rapidez.

Huelga decir que la aprovechamos, o este post tendría otro título, pero nos fue por los pelos. Y además, tuvo la consecuencia de dar un vuelco argumental a la historia que, en estos momentos, nos deja en una tierra de nadie totalmente desconocida y en la que no tenemos la menor idea de lo que va a pasar. Cosa que, por mí, cojonuda.

Fue una partida intensa. De las más intensas que he jugado.

Ya sabéis, la vieja maldición china: “Ojalá vivas tiempos interesantes”. Y estos lo han sido, sin la menor duda.

* * *

Dejo a continuación algunas fotos de la partida.

Germán decide iniciar su propia torre de Babel con dados. Como suele pasar con las torres de Babel… bueno, ya os lo supondréis.

Detalle del espacio de un jugador (concretamente el mío). La ficha, el -en mi caso- inevitable cenicero y tabaco, papel, lápiz y goma de borrar y, por supuesto, los dados.

Detalle de la mesa, con todo lo que necesita un jugador de rol: la cafetera, las cervezas, las coca-colas, la crema de orujo, los dados, el tabaco, lápices y gomas de borrar e incluso las tarjetitas (obra de Germán, deberíais ver su estuche-kit de jugador de rol: merece un post sólo para él) que identifican a cada personaje.

El Perás y Germán. Felicidad acaba de decirnos que nuestros personajes van a pasar a mejor vida. Germán le echa un vistazo al manual, preparándose para buscar una nueva raza y profesión.

Dani y El Peras. O el veterano (Dani lleva en UC Crow bastante tiempo -primero con el irritante y paranoico Garlok y ahora con Trr’kal, a su manera no menos irritante y paranoico-) y el novato entusiasta.

Blanca, en una actitud más bien poco digna para una faiory. Era su primera experiencia en serio en este mundillo y parece que se lo pasó bien.

A la izquierda, El Peras, echando mano a las aceitunas. Al fondo Felicidad (incapaz de no salir con la cabeza torcida incluso cuando no sabe que alguien le está sacando una foto). A la derecha, Marisa, aliviada porque no ha perdido su personaje. La silla vacía a su lado es la mía.

EDITANDO: En Arrópame en tu oscuridad, el blog de Felicidad, podéis encontrar el post que os mencionaba sobre el kit de jugador de rol de Germán.

© 2008, Rodolfo Martínez, por las fotografías

11 comentarios

  1. La verdad es que el único contacto que he tenido hasta la fecha con el universo Crow de Felicidad fue la partida relámpago que jugamos en la última semana negra, pero me lo pasé muy bien. Yo sí que me considero rolero veterano, y aunque con mi grupo habitual lo que más solemos hacer es visitar mazmorras llenas de dragones y elfos drow, también nos molan las partidas a otros juegos de rol como el D20 Future o el omnipresente y maravilloso call of Cthulhu. Decididos a convertir la PSN (Partida de la Semana Negra) en una tradición anual, este año le tocó a Felicidad arbitrar en casa de Cristina, y yo me lo pasé genial. Tengo ganas de que llegue el año que viene para ver quién continúa la partida, si ella u otra persona con otro mini-módulo al que, esta vez, espero que sí se apunte Rudy.

  2. Yo tampoco he jugado mucho al rol, croe que porque nunca he encontrado un grupo que se lo tomara realmente en serio, y un master que no convirtiera la partida en un arcade dando puntos de experiencia sólo por las acciones de combate. En cualquier caso, en mi poca experiencia he tenido un momento en que debimos morir y en que una suerte de Deux in machina metido en el juego al efecto nos salvó. Todavía hoy creo que debimos morir, y que eso quizás habría cambiado la forma en que se enfocaba el juego.

    Cambiando un poco de tema, viendo la primera foto me dan unas ganas tremendas de pegarle un soplido a la pantalla, y viendo la última me dan muy mal rollo esos enchufes a escasos centímetros de la cabellera de Marisa.

  3. Teniendo en cuenta que cada vez que te sacaba una foto, te movías, es lo mejor que pude conseguir.

    O, como dijo aquel legionario romano cuando su centurión les dijo que siguieran a nado a los dos galos y él se tumbó boca arriba en el agua a hacerse el muerto:

    “Mi especialidad es la infantería, no lo olvidemos”.

  4. Lo admito… ¡pero es que no lo puedo evitar! Es ver una cámara y la cabecita… puf, se cae sola. Lo juro :-P

  5. Qué envidia. Yo no juego desde hace como diez años (dejando aparte algún experimento por la red que no me convenció). Concretamente no juego desde que me exilié a Villa y Corte para ganarme los cuartos. Pero bueno, tú ten paciencia que situaciones de ese estilo te encontrarás más de una vez; y no siempre se resuelven satisfactoriamente, vaya…

  6. Oye, felicita a Germán de mi parte por su kit de rol. Es asombroso. Ojalá yo tuviera jugadores así, snif.

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