La llave del abismo y la muerte de la ciencia ficción

En una de las últimas entradas del blog de Juanma Santiago, se habla del especial que Babelia ha dedicado a la ciencia ficción. A la que parece que, a juzgar por algunos comentarios del post, se da por muerta. O, en todo caso, agonizando y con dos afeitados por delante, como mucho.

No puedo estar más en desacuerdo.

Es cierto que la ciencia ficción hecha desde dentro del género y para ser consumida por los aficionados al género atraviesa un momento bastante malo. Momento que, para mí, empieza en los años ochenta cuando la ciencia ficción pierde buena parte de la carga (y la garra) ideológica que tenía y empieza a  vendernos aventuritas más o menos conseguidas (algunas muy conseguidas; entretenimiento de gran nivel, sin duda) pero, al final, más o menos irrelevantes.

Hay, habido y seguirá habiendo excepciones. Pienso en nombres como Richard Morgan o Ted Chiang, por mencionar solo dos. Escritores brillantes, capaces de especulaciones interesantes y, al mismo, tiempo con una obra poblada de cargas de profundidad ideológicas en la mejor tradición del género en sus momentos de gloria.

Peso sin duda la CF hecha “desde dentro” y “para adentro” está en mal estado. Mal estado comercial. Y mal estado artístico, sin duda.

Pero eso no quiere decir que la ciencia ficción se muera, sino todo lo contrario. La etiqueta “ciencia ficción” como clasificación de género literario puede estar dando sus últimas bocanadas (para satisfacción, seguro, de unos cuantos snobs con ínfulas de superioridad intelectual que siempre se sintieron a disgusto leyendo algo con ese nombre; algo en la línea de los que insisten llamar “novelas gráficas” a los tebeos) pero la ciencia ficción como tal, como concepto, como una forma de entender y de hacer la literatura nunca ha vivido un mejor momento.

Ya lo comenta Kaplan en el post antes citado, y no repetiré sus argumentos.

Sin duda, una de las cosas que más definitivas ha resultado para mí a la hora de darme cuenta de que algo está cambiando, y no para mal, y que la CF ha salido del gueto (y los que estábamos dentro ni nos dimos cuenta, ni supimos lo que pasaba) hace ya algún tiempo, fue la lectura de La llave del abismo, de José Carlos Somoza.

Porque estamos ante una novela tan de ciencia ficción que difícilmente puede serlo más: un futuro remoto, un cataclismo planetario, una civilización casi post-humana, con todo lo que eso implica, y una inteligente trama de intriga que usa los mitos lovecraftianos como pivote para lo que sucede. Una novela de lo mejor que ha dado la ciencia ficción en español en bastante tiempo: de lectura rápida y ágil, buen ritmo, momentos auténticamente brillantes y una conclusión a la altura de lo narrado que cierra la historia perfectamente (sí, quizá los aficionados nos vemos venir el girillo de tuerca final, pero eso no lo hace menos efectivo, ni le resta fuerza al libro).

No es una novela perfecta (pero, ¿acaso hay alguna?) y confieso que, para mí, su mayor defecto es que no consigo creerme los personajes atrapados en su peripecia: apenas les veo relieve y me parecen más actores de un drama que auténticos personajes. Pese a eso, lo brillante de la historia y lo bien llevada que está compensan con creces ese escollo.

Pero lo más importante no es la novela en sí, o lo buena o mala que sea, sino el hecho haber sido publicada dónde y del modo en que lo ha sido. Y más relevante todavía es que su autor sea alguien totalmente procedente de fuera del mundillo (por más que es, salta a la vista a poco que leamos su obra, aficionado al género de toda la vida) y aceptado por el gran público.

Una grano no hace granero, me diréis. Cosas así han pasado antes. Cierto. Pero lo que en el pasado no dejaban de ser más que momentos aislados (una colección generalista, con un autor de literatura general, que, aquí y allá, han hecho algo relacionado con el fantástico o la CF) ahora están empezando a ser mojones relevantes que empiezan a delimitar un territorio.

El territorio (confuso y sin fronteras definidas, tal como pienso que deben ser los países literarios) de lo que quizá podríamos llamar normalización.

Seguirá habiendo ciencia ficción escrita por, desde y para dentro del género, del “mundillo”, de los fieles. Y seguirá siendo, nos pongamos como nos pongamos, minoritaria.

Y entretanto, mientras esos fieles se preguntan por qué el mundo no les hace caso y no acepta las obras maestras que ellos adoran, la ciencia ficción seguirá (como lleva unos cuantos años haciendo) asentándose con tranquilidad y sin prisas dentro del panorama general de la literatura. Convirtiéndose, casi seguro, en un elemento más de ésta, un nuevo aspecto que la enriquezca y la haga más compleja y más viva.

No se la llamará ciencia ficción, tal vez. Salvo quizá por los fans del género o los estudiosos del hecho literario. Pero lo será. Y no será una ciencia ficción descafeinada, desprovista de su garra y sus señas de identidad más definitorias para poder hacerse vendible en el gran mundo (como, confieso, más de una vez temí que acabase pasando) o al menos no tendrá por qué serlo. Si algo demuestran novelas como la de Somoza (u otras, como La carretera de McCartthy) es que se puede hacer buena ciencia ficción para el gran público sin tener que renunciar a toda la riqueza, la carga especulativa y el sentido de la maravilla de la mejor ciencia ficción. Y que el lector generalista, si tiene acceso a ella, la aceptará y la disfrutará.

Quizá no la llame ciencia ficción. Pero qué más da cómo se la llame. O es que, como decía el otro, ¿una rosa olería peor si dejáramos de llamarla rosa?

17 comentarios

  1. “¿una rosa olería peor si dejáramos de llamarla rosa?”

    Si por llamarla rosa dejamos de poder venderla porque nadie la compra, tenemos un problema con la rosa.

  2. Si te olvidas u ocultas lo que es, ocultas su historia, todo lo que ya se sabe de ella, lo que ya se ha hecho… Se terminará redescubriendo la CF como si no se hubiera hecho ya antes. Eso es repetirse, no seguir vivo.

  3. ¿Hacer la rosa universal a costa de su nombre es malo?
    ¿Es preferible seguir llamándola rosa y que el coste sea ser conocida exclusivamente por una escasa minoría? ¿Qué es más importante, que cambiar de nombre ayude a que la rosa sea disfrutada por millones y que por efecto directo eso la transforme en algo superior, o que se siga llamando rosa por fidelidad a su eterna pequeñez para ser disfrutada por los cuatro de siempre hasta su segura muerte?

  4. Eso sería válido si no estuviera basado en un error de partida. Para sólo caber la posibilidad de poder ser redescubierta y repetida habría de ser perfecta, y ni mucho menos lo es. Tiene capacidad de evolucionar hacia algo mejor, pero eso es imposible si no se abre a otras opciones. Una sociedad endogámica (un género literario endogámico) acaba produciendo seres insanos. Como en genética.

  5. Tienes razón. El fandom y la endogamia son otro problema además de los problemas de la denominación. Pero si te abres a nuevas opciones sin aprovechar lo que ya conoces, porque lo has olvidado haciendo creer que lo que haces es nuevo bajo otro nombre, las posibilidades de innovar no son tantas como si pudieras seguir trabajando a partir de lo que ya hay, sin complejos de nombre. Y esto último no lo puedes hacer: te lo impide el mercado, que no quiere ese nombre. Luego tienes un problema.

  6. Que una etiqueta editorial o comercial desaparezca es una cosa.

    Que lo haga el género que esa etiqueta identificaba, creo que es otra cosa muy distinta.

    Si la etiqueta “ciencia ficción” se acaba volviendo obsoleta y desaparece (preferiría que no lo hiciera, es cierto, pero eso es otra historia) eso no implica que el género (incluyendo sus aportaciones, sus innovaciones, todo aquello de interesante y definitorio que tenga) vaya a desaparecer con ella.

    Vamos, no lo veo.

  7. Yo tampoco. Ni veo que los escritores ajenos al género tengan la obligación de conocerlo, ni veo que estén intentando inventar la osa (con la salvedad de aquella afirmación de Roth, cuya ignorancia sobre “la ucronía según el género de cf” tampoco es que influyera mucho en el resultado final de su novela). Lo bueno es que, precisamente, vienen sin ideas preconcebidas, tratando temáticas del género desde el punto de vista del escritor generalista. El 90% de lo que leo últimamente dentro del género es recauchutado. Siempre las mismas ideas, los mismos tratamientos, las mismas formas de atacar los temas.
    Además, ni que fueran a ser borradas todas las novelas producidas durante el siglo pasado porque decidan escribir cf los foráneos. Ahí quedarán, y ahí seguiran los nuevos escritores que sean incapaces de eludir o prefieran voluntariamente mantener los viejos esquemas.
    Y por último, la cuestión central que parece preocupar tanto a a.k.a. es irrelevante excepto para cierta minoría interesada. Es decir, que se vendan o no más o menos libros según la etiqueta sólo afecta al que los vende, no al lector.
    En resumen, que llevo más de 30 años leyendo ciencia ficción, ESA cf, la de siempre, y maldita sea si me ha importado lo más mínimo que el señor McCarthy desconozca la historia del género ni que haya decidido negarle su etiqueta a La carretera. Pocos libros me han impactado como ese en estas tres décadas.

  8. Y a todo esto me llaman la atención las excepciones que mencionas: ¿Richard Morgan y Ted Chiang? Supongo que lo de Morgan será por Leyes de mercado, que no he leído, porque Carbono Alterado me parece entretenimiento puro (nada malo en ello, por cierto). Chiang sí creo que es un escritor sorprendente y distinto, por otra parte.

  9. Veamos. Ni Morgan ni Chiang son las únicas excepciones. Mencioné esas dos quizá porque son las más recientes que tengo en la memoria.

    En cuanto a Morgan, sí, va por “Leyes de mercado”, que sin renunciar a ser entretenimiento puro (y del bueno), está llena de cargas de profundidad ideológicas.

  10. Pues espérate a leer Black Man…

    ¿Tan buena es Gorin?. Estuve a punto de comprarla en el puesto de Gigamesh en la SN y al final me compré una de Martin, también en inglés. A ver si he cometido un error…

    En cuanto al tema, y a pesar de discrepar sobre el papel de la ciencia en el género estoy por completo de acuerdo con lo que ha dicho Kaplan.

    Además esto no es nuevo. Lem renegaba por completo de la ciencia ficción, en algunos de sus libros se obvia en las sinopsis la palabra ciencia ficción. Y para mí Lem ha escrito la mejor ciencia ficción, en el sentido de lo que para mí debería ser una ficción científica y especulativa. Y la mayoría de los críticos también lo han reconocido (aunque ese maldito Bloom no se haya tomado la molestia de comentar sus novelas, eso sí me parece muy significativo que este señor si incluya La investigación en su lista más amplia).

    Es irrelevante la etiqueta si al final estos autores escriben cosas que nos gustan a los lectores de ciencia ficción.

  11. Estoy de acuerdo en general con lo dicho por Kaplan (y por el blog). Yo pienso de manera directa: si seguimos escribiendo ciencia ficción y seguimos leyéndola, y se sigue publicando (con o sin la etiqueta), es obvio que no tiene nada de agonizante ni mucho menos de muerta.
    Ahora bien, ¿creen de verdad que la etiqueta se muera tan fácilmente? Está muy arraigada en el público. Cuando la gente habla de creaciones maravillosas, de realidades difíciles de imaginar, cuando se asombran con nuevos descubrimientos o nuevos inventos, siempre habrá alguien que diga: ¡Parece ciencia ficción! Y con eso no desprestigia al inventor o al invento: al contrario, lo señala como algo realmente maravilloso. Así que, allí en el fondo, y cuando no hablamos de los pseudointelectuales o los que se creen muy “serios”, en general al gran público no le molesta mayor cosa la etiqueta en cuestión y siempre de entre la multitud vuelven a surgir grandes aficionados, que redescubrirán a los grandes del género y a todos los nuevos que escriben de él si preocuparse de guettos o etiquetas. :)

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