La llave del abismo y la muerte de la ciencia ficción
Viernes, Julio 25th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 17 comentarios »- El mismo día, hace un año: Territorio incierto: Hijastros de Dune (1) David Lynch
En una de las últimas entradas del blog de Juanma Santiago, se habla del especial que Babelia ha dedicado a la ciencia ficción. A la que parece que, a juzgar por algunos comentarios del post, se da por muerta. O, en todo caso, agonizando y con dos afeitados por delante, como mucho.
No puedo estar más en desacuerdo.
Es cierto que la ciencia ficción hecha desde dentro del género y para ser consumida por los aficionados al género atraviesa un momento bastante malo. Momento que, para mí, empieza en los años ochenta cuando la ciencia ficción pierde buena parte de la carga (y la garra) ideológica que tenía y empieza a vendernos aventuritas más o menos conseguidas (algunas muy conseguidas; entretenimiento de gran nivel, sin duda) pero, al final, más o menos irrelevantes.
Hay, habido y seguirá habiendo excepciones. Pienso en nombres como Richard Morgan o Ted Chiang, por mencionar solo dos. Escritores brillantes, capaces de especulaciones interesantes y, al mismo, tiempo con una obra poblada de cargas de profundidad ideológicas en la mejor tradición del género en sus momentos de gloria.
Peso sin duda la CF hecha “desde dentro” y “para adentro” está en mal estado. Mal estado comercial. Y mal estado artístico, sin duda.
Pero eso no quiere decir que la ciencia ficción se muera, sino todo lo contrario. La etiqueta “ciencia ficción” como clasificación de género literario puede estar dando sus últimas bocanadas (para satisfacción, seguro, de unos cuantos snobs con ínfulas de superioridad intelectual que siempre se sintieron a disgusto leyendo algo con ese nombre; algo en la línea de los que insisten llamar “novelas gráficas” a los tebeos) pero la ciencia ficción como tal, como concepto, como una forma de entender y de hacer la literatura nunca ha vivido un mejor momento.
Ya lo comenta Kaplan en el post antes citado, y no repetiré sus argumentos.
Sin duda, una de las cosas que más definitivas ha resultado para mí a la hora de darme cuenta de que algo está cambiando, y no para mal, y que la CF ha salido del gueto (y los que estábamos dentro ni nos dimos cuenta, ni supimos lo que pasaba) hace ya algún tiempo, fue la lectura de La llave del abismo, de José Carlos Somoza.
Porque estamos ante una novela tan de ciencia ficción que difícilmente puede serlo más: un futuro remoto, un cataclismo planetario, una civilización casi post-humana, con todo lo que eso implica, y una inteligente trama de intriga que usa los mitos lovecraftianos como pivote para lo que sucede. Una novela de lo mejor que ha dado la ciencia ficción en español en bastante tiempo: de lectura rápida y ágil, buen ritmo, momentos auténticamente brillantes y una conclusión a la altura de lo narrado que cierra la historia perfectamente (sí, quizá los aficionados nos vemos venir el girillo de tuerca final, pero eso no lo hace menos efectivo, ni le resta fuerza al libro).
No es una novela perfecta (pero, ¿acaso hay alguna?) y confieso que, para mí, su mayor defecto es que no consigo creerme los personajes atrapados en su peripecia: apenas les veo relieve y me parecen más actores de un drama que auténticos personajes. Pese a eso, lo brillante de la historia y lo bien llevada que está compensan con creces ese escollo.
Pero lo más importante no es la novela en sí, o lo buena o mala que sea, sino el hecho haber sido publicada dónde y del modo en que lo ha sido. Y más relevante todavía es que su autor sea alguien totalmente procedente de fuera del mundillo (por más que es, salta a la vista a poco que leamos su obra, aficionado al género de toda la vida) y aceptado por el gran público.
Una grano no hace granero, me diréis. Cosas así han pasado antes. Cierto. Pero lo que en el pasado no dejaban de ser más que momentos aislados (una colección generalista, con un autor de literatura general, que, aquí y allá, han hecho algo relacionado con el fantástico o la CF) ahora están empezando a ser mojones relevantes que empiezan a delimitar un territorio.
El territorio (confuso y sin fronteras definidas, tal como pienso que deben ser los países literarios) de lo que quizá podríamos llamar normalización.
Seguirá habiendo ciencia ficción escrita por, desde y para dentro del género, del “mundillo”, de los fieles. Y seguirá siendo, nos pongamos como nos pongamos, minoritaria.
Y entretanto, mientras esos fieles se preguntan por qué el mundo no les hace caso y no acepta las obras maestras que ellos adoran, la ciencia ficción seguirá (como lleva unos cuantos años haciendo) asentándose con tranquilidad y sin prisas dentro del panorama general de la literatura. Convirtiéndose, casi seguro, en un elemento más de ésta, un nuevo aspecto que la enriquezca y la haga más compleja y más viva.
No se la llamará ciencia ficción, tal vez. Salvo quizá por los fans del género o los estudiosos del hecho literario. Pero lo será. Y no será una ciencia ficción descafeinada, desprovista de su garra y sus señas de identidad más definitorias para poder hacerse vendible en el gran mundo (como, confieso, más de una vez temí que acabase pasando) o al menos no tendrá por qué serlo. Si algo demuestran novelas como la de Somoza (u otras, como La carretera de McCartthy) es que se puede hacer buena ciencia ficción para el gran público sin tener que renunciar a toda la riqueza, la carga especulativa y el sentido de la maravilla de la mejor ciencia ficción. Y que el lector generalista, si tiene acceso a ella, la aceptará y la disfrutará.
Quizá no la llame ciencia ficción. Pero qué más da cómo se la llame. O es que, como decía el otro, ¿una rosa olería peor si dejáramos de llamarla rosa?
