Balance final de compras

Con la Semana Negra casi, casi terminada (hoy se hará público el fallo de los distintos premios, entre ellos el Celsius 232, de ciencia ficción y fantasía), repaso rápidamente lo que he ido comprando estos días

  • El arte de Canción de hielo y fuego, de Corominas.
  • The New Annotated Sherlock Holmes
  • El príncipe de nada, de R. Scot Bakker
  • El hombre divergente, de Marc R. Soto
  • El teatro secreto, de Víctor Conde
  • El pescador de demonios, de Steve Redwood
  • El naufragio del imperio, de Juan Esteban Constaín
  • Prótesis, números 1 y 2 de la segunda época
  • Imperio, de Orson Scott Card

En estos momentos, como ya comenté antes, estoy con el primer volumen de El príncipe de nada y en breve, supongo, me pondré con los siguientes. Tras ellos, ya veremos que libros de esta pila (o de alguna de las otras) irá cayendo.

Tengo bastantes ganas de leerme el de Marc R. Soto y el de Víctor Conde y confieso que el de Card me da bastante miedo, visto por qué derroteros ha ido este hombre últimamente. El de Holmes lo iré saboreando poco a poco, como debe ser. Y el de Redwood (al que le he echado un vistazo superficial) promete ser una lectura muy divertida y bastante cañera.

Y, por supuesto, ya he disfrutado del libro de Corominas. Una gozada, realmente.

En cuanto a El naufragio del imperio, confieso que lo compré tras asistir a la presentación del libro por parte de su autor. La descabellada premisa (un par de revolucionarios colombianos acudiendo a Santa Elena para raptar a a Napoleón para que les ayude a conseguir la independencia de España) se me hizo enseguida interesante, por no mencionar el cúmulo de entretenidas anécdotas que el autor comentó a lo largo de la presentación. Memorable, entre ellas, la histórica frase de Napoleón en sus memorias cuando habla de Fernando VII: “En todo el tiempo que lo traté, nunca supe cuál era su verdadera estatura: siempre estaba de rodillas”. O la respuesta de Constaín cuando le preguntaron si pensaba que Napoleón era el heredero intelectual de los ideales revolucionarios franceses o un simple dictador:

“Téngase en cuenta”, dijo, “que al fin y al cabo, Napoleón era italiano. Y es imposible que los italianos hagan nada en serio”.

Pues eso, una Semana Negra que está a punto de acabarse (en la que he realizado un par de contactos prometedores, ya veremos si cristalizan en algo) y ahora a esperar la del año que viene. Con la incertidumbre añadida de que no sabemos exactamente dónde se celebrará.

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