El fin del mundo no es un mal lugar para tomar decisiones

Hacia 1996, algo estaba cambiando en mi actividad como escritor, aunque entonces no me di cuenta. A tientas, sin saber muy bien hacia dónde iba, empecé a escribir una serie de relatos que, vistos ahora, suponían un punto de inflexión, una especie de ruptura con lo anterior. Hasta entonces, buena parte de mi producción había sido de ciencia ficción, pero aquellos eran cuentos fantásticos, de ambientación urbana y contemporánea. Durante algo más de media docena de relatos fui buscando mi camino y creo que lo acabé encontrando. Así surgieron cuentos como “Tarot”, “En territorio ajeno” y “Aquí, allí, en todas partes” o novelas como El abismo te devuelve la mirada y Los sicarios del cielo.

Algunas cosas, sin embargo, se fueron quedando por el camino. Este cuento fue uno de los primeros ensayos en esa dirección, en esa fantasía urbana y contemporánea. Juan José Aroz lo publicó en 1999 en su antología Impactos en el tercer milenio, pero no lo consideré apto para recogerlo ninguna de mis dos recopilaciones de relatos.

Pese a todo, creo que el cuento aún tiene elementos valiosos y algunos momentos interesantes.

Como de costumbre, los científicos se equivocaron. La primera señal que tuvimos del fin del mundo fue que las estrellas comenzaron a apagarse, como si la noche hubiera llegado a nosotros para siempre y no tuviera la menor intención de irse. Supongo que ahora, con los hechos consumados, los científicos habrán dado por fin con una explicación y la habrán pregonado a los cuatro vientos, asintiendo satisfechos, como si ellos mismos hubieran convocado el acontecimiento en lugar de limitarse a explicarlo cuando ya no tenía remedio. No es que importe mucho. En realidad ahora nada importa mucho, cuando faltan menos de tres minutos para la medianoche y el segundo siguiente a ésta es posible que no llegue jamás.

Por supuesto, al principio ni lo notamos. Imagino que sólo algún entusiasta aferrado a su telescopio se dio cuenta de que, poco a poco, el cielo se estaba quedando vacío y las estrellas se iban desvaneciendo como si algún bromista cósmico las fuera soplando. A mí me pareció ver algo raro; de pronto tuve la sensación de que la Osa Mayor tenía una estrella de menos, pero por un lado ni siquiera estaba demasiado seguro de que aquello fuera realmente la Osa Mayor y por el otro la conversación resultaba demasiado interesante para interrumpirla. No es que eso me detuviera, por supuesto, mi boca parecía a veces tener voluntad propia y era capaz de soltar el peor de los chistes sin pararse a pensar en las consecuencias.

–Juraría que hay una estrella menos en el cielo –dije.

Los demás me miraron brevemente y continuaron la conversación. No recuerdo muy bien de qué iba. En aquellos momentos nos parecía tremendamente importante, pero todo parecía tremendamente importante en aquellos días.

Al día siguiente, todo siguió normal. Bueno, en los periódicos se comentó que se había producido un extraño fenómeno astronómico y creo que hasta algún telediario dejó caer algo sobre el asunto. Por lo demás la vida seguía, deslizándose por esa monotonía tranquila y sin sobresaltos que en los países occidentales habíamos aprendido a identificar con la normalidad. Sin embargo, a medida que los días pasaban, comencé a notar algo raro. Todo ocurría más lento. No sé definirlo de otra manera. ¿Recordáis aquellas películas mudas en las que la velocidad era ligeramente más rápida de lo normal, no mucho, apenas algo perceptible, pero suficiente para hacer que todos los movimientos tuvieran un cierto aire ridículo, patoso? Era algo parecido, sólo que al revés. De pronto todo lo que había a mi alrededor se había vuelto más lento, más pausado, y eso hacía que las cosas se vieran más nítidas. Todo lo que me rodeaba tenía otra consistencia, una cualidad de cercanía que yo jamás había visto antes. No se me ocurrió comentárselo a nadie, me parecía algo demasiado sutil para ser real.

Pero a medida que transcurrían los días la situación fue cambiando. Más y más estrellas seguían desapareciendo y los científicos manifestaban su desconcierto en la mayoría de los televisores del mundo. Lo curioso es que nadie parecía preocupado, como si de repente nada fuera demasiado importante. Supongo que en el fondo todos sabíamos lo que ocurría y éramos conscientes de lo irrelevante y fútil de nuestras preocupaciones ante un universo que agonizaba con una tranquilidad tan aterradora como imparable.

No voy a decir que fui el primero en comprender lo que pasaba; supongo que todos nos dimos cuenta más o menos a la vez, pero algunos tardaron más en aceptarlo que otros. Creo que yo lo hice la mañana en que me desperté con la sensación de haber soñado un juicio inverosímil y ridículo en que los acusados eran declarados inocentes y luego condenados a muerte. No le di mucha importancia pero luego, mientras desayunaba, sentí el impulso de asomarme a la ventana, algo que no hago jamás. Dirigí mi vista al mar, ese mar al que nunca miraba porque sabía que siempre estaba allí, y esta vez no conseguí localizarlo. Tardé en comprender que sí, que estaba allí, que seguía estando allí, pero que no podía verlo porque estaba completamente cubierto de cadáveres. Ridículo, recuerdo que pensé y, efectivamente, al parpadear y mirar de nuevo vi el mismo mar prosaico de espuma sucia y algas varadas de todos los días.

No le di mucha importancia. Aún estaba medio dormido, y el recuerdo del sueño me perseguía con demasiada claridad. Más tarde, sin embargo, al ir hacia el trabajo volví a mirar al mar y otra vez lo vi cubierto de muertos hasta donde alcanzaba la vista. Aparqué el coche como pude, salí de él y me quedé inmóvil frente a la playa, perdido en la contemplación de aquel océano de cadáveres insomnes, varados para siempre en un último pensamiento inútil.

Alguien se acercó a mí, no sé cuánto tiempo llevaba allí parado.

–Curioso, ¿verdad?

Me volví y vi a un hombrecillo rollizo y sonriente que se había detenido a mi lado y contemplaba el mar como quien está ante una película agradable pero no demasiado interesante. Yo no respondí a su comentario; todo resultaba demasiado irreal y al mismo tiempo todo era tan nítido que no sabía qué pensar.

–Aunque no tiene por qué resultar tan curioso si nos paramos a pensarlo un poco ¿no cree? –siguió diciendo aquel hombre, indiferente a mi falta de respuesta–. Al fin y al cabo es de esperar que cuando el mundo se acaba las leyes físicas se desbaraten un poco.

–¿Cómo dice? -conseguí articular.

–Sí, ya sabe, el segundo principio de la termodinámica y todo eso. La muerte entrópica del universo.

Vale. Aquello ya era excesivo. ¿Qué tenía que ver la tendencia al caos del universo con un mar poblado de cadáveres?

–Claro que tiene que ver, amigo mío –dijo él como si me hubiera leído el pensamiento–. La entropía avanza, pero no lo hace en un orden definido. Como comprenderá eso es imposible. Si el caos avanzara de forma ordenada ya no sería caos, sólo otra forma de orden.

Asentí, aunque no terminaba de encontrarle sentido a aquello.

-El universo se desgasta, se cansa, pero lo hace de una forma caótica y a veces… bueno, ya sabe, dos pasos hacia adelante, uno hacia atrás. A veces la tendencia al caos se invierte y se recupera algo de orden. Los monos, las máquinas de escribir y Shakespeare, supongo que me entiende. Incluso la tendencia a la entropía está regulada por el azar, y el azar tiene un sentido del humor más bien peculiar.

No dijo nada más durante un buen rato. Finalmente dejó de apoyarse en la barandilla y me miró con algo parecido a la compasión en sus ojos burlones.

–Por otro lado, no sé qué demonios hace aquí perdiendo el tiempo. No me diga que no tiene cosas más importantes que hacer.

-Bueno… yo…

–No es usted muy inteligente, ¿no?

Aquello me mosqueó. No soy un prodigio de inteligencia, pero no me considero a mí mismo del todo estúpido.

–Oiga, ¿por qué no le va a otro con el camelo del fin del mundo y me deja en paz?

–Claro. Ya lo dejo en paz. Todos nos dejaremos en paz unos a otro dentro de poco tiempo.

Parecía tremendamente divertido con todo aquello.

–Pero mientras tanto permítame que le dé un consejo. Sí, ya lo sé, no debería hacerlo, pero no puedo evitar inmiscuirme en los asuntos de los demás. No tengo ni idea de cuánto tiempo nos queda. Lógico, por otra parte, si lo supiera significaría que hay un patrón en toda esta locura y eso no tendría sentido. –Se le escapó una risita chillona–. ¿Lo ha pillado? No tendría sentido que la locura tenga orden. Bueno, no importa. Por mucho tiempo que nos quede, no será mucho, así que ¿por qué no lo aprovecha de una forma productiva? No sé: plante un árbol, escriba un libro, tenga un hijo, ese tipo de cosas. Bueno, hasta la vista.

Y desapareció. No quiero decir que se fuera, sino que estaba allí y al momento siguiente ya no podía verlo. Tengo la sensación absurda de que se fue andando lentamente y sin embargo, no pude seguirlo con la vista a los pocos segundos.

Yo permanecí allí varios minutos más. Aquel mar de pesadumbre lleno de cadáveres silenciosos me fascinaba. Al final, sin embargo, conseguí arrancarme de allí a mí mismo y volví a entrar en el coche. Llegué tarde al trabajo, por supuesto, pero no pareció importarle a nadie. Era uno de aquellos días en los que no parecía haber nada por hacer. Dormité frente al terminal varios minutos, buscando en vano alguna forma de entretenerme. Era inútil, por supuesto, no podía evitar pensar en aquel hombrecillo y su consejo. ¿Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo? Ninguna de las tres cosas me apetecía demasiado. Sin embargo, tenía razón, era el mejor momento para hacer algo que tuviera importancia. Claro que, si lo pensabas mejor, ¿qué podía tener importancia si realmente el mundo se acababa?

A media maña me sorprendí con una frase a la que yo no había llamado dando vueltas por mi cabeza: déjame atravesar el viento sin documentos. Al principio no le di la menor importancia: podía habérseme quedado allí prendida por cualquier motivo, un anuncio que hubiera visto, algún libro que hubiera leído. Pero a medida que pasaban las horas la frase seguía allí, aferrada con garras cada vez más afiladas a mi memoria.

-Rubén –pregunté, de pronto, volviéndome a mi compañero–. ¿Te suena de algo la frase déjame atravesar el viento sin documentos?

–Coño, claro, es de una canción de Los Rodríguez.

Asentí en silencio y volví a concentrarme en mi terminal. Así que era eso, seguro que había oído la canción en cualquier sitio la noche anterior y se me había quedado pegada. No tenía la menor importancia, tarde o temprano se iría.

Sólo que no se iba, y a medida que transcurría el tiempo, me iba acordando de más y más frases de la canción. Había una, sin embargo, que se me resistía y era tan molesto no encontrarla como uno de esos picores a los que no puedes llegar.

De pronto no aguanté más y me incorporé en mi asiento.

–Voy a hablar con Antonio –dije.

–¿Y eso? –preguntó Rubén.

–Ya sabes –respondí.

En realidad no sabía, y creo que yo tampoco hasta que entré en su despacho y le dije que me despedía. Luego, con la conciencia tranquila, recogí mis cosas ante la mirada perpleja de Rubén y volví a casa. Al día siguiente me di de alta en Autónomos y empecé a trazar mis planes para crear mi propia empresa de software. A media tarde ya había diseñado un logo y hasta tenía un nombre y me puse a llamar a antiguos compañeros de carrera que podían estar interesados en el asunto. Dos de ellos parecían estarlo, en aquellos momentos se encontraban sin trabajo y cualquier cambio les habría parecido bueno. El tercero quedó unos instantes en silencio al otro lado del auricular y dijo:

–No sé, tío. He oído que el mundo se está acabando.

–Bueno, razón de más para darnos prisa, ¿no?

Aquello pareció convencerlo y quedamos en vernos al día siguiente para empezar a poner las cosas en orden. Me recliné en el sofá y le eché un vistazo a la estantería llena de libros que ocupaba aquella pared del salón. Bien, estaba hecho. Pero en realidad no lo estaba. Aquello no era lo que quería hacer realmente, como seguían empeñadas en proclamar las frases que giraban en mi cabeza, extraídas de canciones triviales: atravesar el viento sin documentos, contar las monedas que quedan en los bolsillos del viento. No estaba haciendo nada de todo eso, y tenía la sensación urgente de que debía hacerlo, de que si no lo hacía ahora luego sería demasiado tarde. La pregunta del millón era cómo se atraviesa el viento, con documentos o sin ellos, o cómo le encuentras los bolsillos para contarle las monedas. En el fondo lo sabía, estaba allí, en aquella última frase que me esquivaba y que sin embargo tenía la impresión de conocer desde siempre.

En tus ojos había tormenta, recordé de pronto. No, no era aquello, pero… Saqué la agenda del bolsillo, di con el número que buscaba y me quedé unos instantes mirando el teléfono sin saber qué hacer. No fue necesario hacer nada; el propio teléfono sonó, como si lo hubiera conjurado de alguna manera involuntaria. Lo cogí y contesté.

–Hola, soy yo –dijeron al otro lado del auricular.

Sí, sin duda era ella.

–No has ido a trabajar hoy –no era una pregunta.

–No.

No le expliqué que me había despedido; no me encontraba muy hablador, en parte porque una extraña desgana insidiosa había empezado a desparramarse por mi cuerpo, y en parte por la sorpresa: no había hecho más que pensar en ella y, como convocada por mi pensamiento, ella había llamado.

–Hoy me ha pasado algo muy raro –me dijo.

Claro, y a todo el mundo, pensé. Pero no lo dije en voz alta.

–¿Quieres que nos veamos? -pregunté.

–De acuerdo. ¿Dónde?

–Frente a la playa. En la escalera uno. Media hora.

–Vale.

Faltaba poco para anochecer cuando llegué a la playa. Al mirar aquel sol hinchado y exhausto comprendí que sería la última vez que lo veríamos. El asunto no me interesó demasiado, tenía otras cosas en las que pensar. Ella ya estaba allí, paseaba inquieta frente a la escalera y al verme reaccionó como si de repente hubiera encontrado una solución a todos sus problemas.

–Esta mañana me encontré con alguien que me dijo que el mundo se acababa. Y me dijo que dedicara mis últimas horas a algo importante –me soltó casi sin darme tiempo a llegar. Hablaba de forma atropellada, como si se hubiera dicho a sí misma esas palabras una y otra vez durante las últimas horas y necesitase librarse de ellas de alguna manera–. Pero, si de verdad el mundo se acaba, ¿cómo puede haber algo importante?

La miré sin decir nada. Como me ocurría siempre que me encontraba ante ella, tenía la sensación de encontrarme ante un enigma irresistible, quizá en mitad de un laberinto que desembocase en su corazón. Y yo recorría el laberinto una y otra vez y jamás encontraba el final, pero jamás me cansaba de recorrerlo.

Ella aguardaba en silencio, como si esperase que yo pudiera darle una respuesta a su pregunta. En realidad podía, pero aunque la presentía cierta, no significaba que lo fuera para alguien que no fuese yo.

–No lo hay –dije.

–¿Y eso es todo? –preguntó–. Entonces, ¿qué sentido tienen las cosas?

–Ninguno, por supuesto. El mundo no está aquí por ningún motivo, y desde luego no le importamos un pimiento. Nada de lo que hagamos cambiará nada. El buscarle sentido a lo que nos rodea no es más que un pasatiempo humano. Entretenido, a veces, pero inútil.

Me maldije en silencio. Me sonaba fatuo y pedante a mí mismo, pero no podía evitarlo. Supongo que hay una forma más simple de decir las cosas, pero yo nunca la he encontrado.

–No lo creo.

–Haces bien. Mira –señalé con un gesto el mar hinchado de cadáveres, el aire desgastado, el sol agonizante–, nada de lo que hagas ahora les va a importar lo más mínimo, el universo va a seguir igual y ni uno solo de tus actos podrá modificarlo. Para él lo que hagamos no es importante. Pero para nosotros sí. Y eso es lo único que tiene valor.

Me miraba como si estuviera hablando en otro idioma.

–Lo que quiero decir es que estamos aquí, y que no sabemos si estaremos mañana. Y que eso es todo. No hay nada más.

–¿Entonces?

–Entonces la conclusión pedante podría ser que la humanidad no ha avanzado nada en los últimos tres mil años y que lo único que sigue siendo cierto es algo que encontraron los hombres primitivos y que los romanos resumieron en dos palabras: carpe diem. La conclusión obvia es que tenemos por delante todo el tiempo del mundo y que deberíamos aprovecharlo.

Por primera vez sonrió.

–Si –me dijo–. Ahora sería fácil.

–Tal vez no. ¿Cómo sabemos que el mundo acabará mañana realmente? Quizá siga adelante. ¿Que haríamos entonces? Tendríamos que intentar que esto funcionase.

Su boca se torció en un mohín de disgusto. Como siempre me ocurría, no estaba seguro de si me gustaba más sonriente o enfadada.

–¿Te gusta ponerte la zancadilla a ti mismo? –preguntó.

–No. Pero me gusta ver las cosas como son. Y la verdad es que no me importa que el mundo se vaya a acabar o no. No me importa lo que pueda pasar a partir de ahora. Estamos aquí, y eso es todo cuanto debería tener sentido.

–Pero, ¿y si no se acaba, y si hay algo después de mañana y lo estropeamos todo?

–Pues entonces lo habremos estropeado, ¿de qué tienes miedo? ¿Crees que puedes controlar tu vida, que puedes planificarla? Ya lo dijo Lennon: La vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes. ¿Qué mejor momento que este para dejar de hacer planes y permitir simplemente que las cosas sucedan?

–¿Y el riesgo?

–Oh, claro, el riesgo. Puedes pifiarla o puedes tener éxito. ¿Quieres seguridades? No puedo dártelas, y no te las daría aunque pudiera. Mira. –Señalé frente a mí. El sol se hundía en el mar, parecía que para siempre, y nosotros nos íbamos convirtiendo en dos siluetas borrosas que se miraban aprensivas, como si cada uno de los dos no supiera decidir qué era el otro–. No tengo ni idea de lo que va a pasar mañana, y de hecho no estoy muy seguro de que vaya a haber un mañana. Lo más probable es que no. Pero en estoy momentos solo me importa una cosa y es que… –Sonreí de pronto, porque la frase que me había estado esquivando todo aquel tiempo volvió a mí justo cuando la necesitaba–. Sí, ¿por qué no? En estos momentos lo único que me importa es que quiero ser el único que te muerda la boca y que si tú sientes lo mismo, no importa que nada tenga sentido y que el futuro esté lleno de incertidumbre. Te pediría perdón por mi pedantería, pero me conoces lo suficiente para saber que es inevitable.

Sonrió otra vez y bajó la vista.

–¿Y si pese a todo digo que no?

Me encogí de hombros.

–Ese es tu problema. Y nadie va a solucionar tus problemas por ti, salvo tú misma.

Entonces alzó los ojos. En aquel momento el sol terminó de hundirse en el mar y ninguno de los dos sabía si volvería a salir.

© 1999, Rodolfo Martínez

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.