Primer contacto

Justificarse es como pedir disculpas. Y cuando uno siente que no tiene nada por lo que disculparse, la situación se torna realmente incómoda. Al fin y al cabo podríamos responderle al hipotético lector de literatura “general” que nos pide que le demostremos que el género fantástico merece la pena ser leído que no es nuestra obligación probarle nada, que si no disfruta de la literatura fantástica allá él, él se lo pierde y que tenemos cosas más importantes que hacer (leer una buena novela de ciencia ficción, por ejemplo) que perder el tiempo intentando convencer a un incrédulo que nos mira por encima del hombro con la seguridad de que lo que él lee sí que es “literatura de verdad” y, como mucho, está dispuesto a condescender en que esos géneros de marcianitos, fantasmas o dragones pueden tener algunos (pero sólo algunos, tampoco nos vayamos a pasar) aspectos interesantes.

Sin embargo esa actitud es un error. Es partir de la base de que cualquier lector “generalista” (llamémoslo así para entendernos, por más que el palabro no sea precisamente eufónico) se va a acercar a la literatura de género (en este caso de género fantástico) con aires de condescendiente superioridad, en lugar de con sana curiosidad por descubrir algo nuevo para él.

Es cierto que los lectores de ciencia ficción, fantasía o terror estamos más que hartos del inevitable enarcamiento de cejas y la sonrisilla paternalista que suelen ser la respuesta cuando explicamos públicamente qué es lo que nos gusta leer; o peor aún, ese “ah, ciencia ficción, qué interesante” dicho en un tono de voz que, en cualquier sociedad menos civilizada, harían merecedor de estrangulamiento al individuo en cuestión. Pero no es menos cierto que a menudo reaccionamos de forma desmesurada y que personas que se acercan al género fantástico atraídas por una sincera curiosidad son espantadas con rapidez por respuestas hostiles, malencaradas o llenas de desconfianza. De modo que al final terminan pagando justos por pecadores.

Así pues no hablemos de justificarse; prescindamos del contexto habitual con toda la carga de prejuicios (por ambas partes) que éste conlleva inevitablemente. Imaginémonos por ejemplo que estamos hablando con un extraterrestre. Nos encontramos en la clásica situación del “primer contacto”. Nosotros, lectores del género fantástico, somos los humanos en esta historia, y el lector “generalista” es el alienígena. Nuestras naves se acaban de encontrar, a través de las inevitables matemáticas hemos empezado a desarrollar un lenguaje común y estamos listos para sentarnos a hablar con esa criatura extraña que, sin embargo y pese a las apariencias (y los tentáculos), es un ser pensante y sensible. Por supuesto, cada uno desconoce la cultura del otro y estamos llenos de curiosidad. Así que el alienígena nos pregunta por nuestras manifestaciones artísticas y culturales. Le hablamos de la narrativa fantástica. Y él, sorprendido, pues en su cultura no hay nada similar, quiere saber más, quiere que le expliquemos en qué consiste y, sobre todo, quiere saber qué es lo que nos hace valorarla tanto. No hay paternalismo, no hay condescendencia, es simple curiosidad ante algo que acaba de descubrir y que, sospecha, puede acabar resultándole interesante. Así pues, ¿cómo le respondemos a ese encantador extraterrestre con el que hace unas horas intercambiamos una secuencia de números primos?

Lo fantástico es real

Ya Ramón del Valle-Inclán, seguramente sin pretenderlo, dio con una de las claves que definen a la literatura no realista, ya hablemos de ciencia ficción o de literatura fantástica (y no voy a entrar ahora en el debate estéril de si realmente CF y fantasía son dos géneros distintos o simplemente dos modos diferentes de enfocar la fantasía). El autor gallego lo llamó «la matemática del espejo deformante» y, aunque él se refería al género denominado «esperpento» bien puede servirnos a nosotros para nuestro propósito.

La idea es sencilla. Y ni siquiera novedosa, pues no es más que convertir en explícito algo que la literatura lleva haciendo desde siempre de forma implícita. Todo arte, toda manifestación cultural no es otra cosa que un reflejo de la sociedad que lo ha creado. Y ese reflejo es, por fuerza, inexacto. Está, hasta cierto punto, deformado.

La pretensión de la literatura realista es que esa deformación no se note y que el reflejo que presenta ante nuestros ojos nos parezca indistinguible del mundo real. Pero ciertas corrientes deciden acentuar algunos aspectos y atenuar otros, de modo que el paisaje que vemos ya no es un retrato, sino una caricatura en la que sobresalen aquellos aspectos sobre los que el autor ha intentado atraer nuestra atención. Sin embargo, incluso en esos casos lo que ven nuestros ojos parece real, aunque sólo sea porque no entra en contradicción (aunque pueda forzarlas) con las leyes que rigen nuestro universo; o más, exactamente, lo que sabemos o creemos saber de ellas.

La literatura fantástica, la ciencia ficción, son un paso más en esa dirección. Ante nuestros ojos se despliegan panoramas que no existen, que no han existido jamás ni podrán existir o que, en todo caso, aún no han llegado a hacerse reales. Pero esos panoramas imposibles son, en realidad, nuestro mundo. No nos engañemos. Al igual que la literatura histórica (con la cual la ciencia ficción tiene más de un punto en común; pero eso sería materia para otro artículo) no habla del pasado sino del presente, la ciencia ficción no habla de mundos futuros, sino del actual; la fantasía no describe universos imposibles, sino el nuestro.

Y las dos lo hacen, cuando son buenas, mejor que la literatura realista.

No mejor en el sentido de que sea una literatura más completa, más compleja o mejor escrita (de hecho, a menudo no cumple demasiado bien ninguna de esas condiciones). Mejor, simplemente, porque lo hace de una manera más eficaz. La buena literatura fantástica es como el niño del viejo cuento popular: el único que se atreve a señalar al emperador y decir, con sencillez y sin complejos, que está desnudo.

Con unas pocas premisas sencillas («si seguimos por este camino…», «¿qué pasaría si…», «¿y si hubiéramos hecho X en vez de Y?», «¿y si le damos vuelta a esta situación?») la ciencia ficción es capaz de poner el dedo en la llaga y hurgar allí donde realmente nos duele: nuestros tabúes, nuestros prejuicios, la imagen falsa que nos formamos de nosotros mismos. Los trucos, las técnicas, son sencillos, casi de prestidigitador de feria, de embaucador barato: cojamos una situación habitual, que consideramos normal, prácticamente inevitable, y démosle la vuelta a ver qué pasa; estudiemos una tendencia actual y llevémosla a sus últimas consecuencias, a ver qué pasa; tomemos un punto en nuestro pasado, modifiquemos ligeramente uno o dos acontecimientos a ver qué pasa; de todos los futuros posibles, escojamos uno y echémosle un vistazo a ver qué pasa.

Es decir, la ciencia ficción habla en realidad de nuestros miedos, nuestras esperanzas, nuestras obsesiones, nuestros sueños. Y otro tanto hace la fantasía, si bien de un modo diametralmente distinto. (Sí, dije que no iba a entrar en ese debate, pero es difícil resistir la tentación). En cierto modo, ambas son caras de la misma moneda. Simplificando, podríamos decir que la ciencia ficción es el modo en que nuestro intelecto se enfrenta a esos miedos, esperanzas, obsesiones y sueños de los que antes hablaba, mientras que en la fantasía son nuestras emociones, nuestros instintos más primarios los que están lidiando con todo eso.

Pero dejando eso a un lado (y siendo consciente de que no muchos lectores del género van a estar de acuerdo en esta división que acabo de hacer del fantástico, agrupando como ciencia ficción su parte racional y dejando la irracional bajo la etiqueta de la fantasía ) lo cierto es que ambas son capaces explorar el mundo real con más eficacia que la literatura realista, por paradójico que pueda parecer.

¿Qué mejor modo de enfrentarnos a nuestros prejuicios, de comprender que muchas veces lo que aceptamos como “verdades naturales” no son otra cosa que tabúes, costumbres, prejuicios y rituales autoperpetuados que a través de la contemplación de otros tabúes, otras costumbres, otros perjuicios, otros rituales? La novela histórica ha hecho eso muy a menudo, y la ciencia ficción y la fantasía, cuando son buenas, lo hacen con una eficacia sobrecogedora.

Y lo hacen mediante un truco muy sencillo. La literatura realista, en general, nos contempla “desde dentro”. La ciencia ficción y la fantasía, por el contrario, nos miran desde fuera; es esa mirada extraña, esa visión exterior la que nos permite vernos como realmente somos de un modo eficaz y sin prejuicios.

Un pequeño inciso

En realidad, al usar el término “literatura realista” estoy siendo injusto y simplificando en exceso, considerando como un bloque monolítico algo que, en realidad, dista mucho de serlo. De hecho, a menudo es difícil decidir si el libro que hemos leído está realmente dentro del tronco principal de la narrativa (el que he calificado de “realista”), roza el fantástico o se adentra directamente en él. Muchas veces, el que una obra se clasifique de un modo u otro depende más del modo en que haya sido editada y de su posterior consideración crítica que de sus características intrínsecas.

Novelas como Oveja mansa o Tránsito de Connie Willis son consideradas ciencia ficción, pero en realidad las llamamos así porque han sido publicadas dentro de una colección especializada del género y porque su autora ha escrito anteriormente sobre viajes en el tiempo y exploraciones de otros planetas. De haber aparecido en una colección de literatura general no habrían desentonado con el resto del material. Por otro lado, buena parte de la obra de Chuck Palahniuk (especialmente Nana) se adentra o, como mínimo roza, el territorio del fantástico, pero ha sido publicada siempre dentro de colecciones de narrativa general.

Caso paradójico es el de la película Charlie, por la que el actor Cliff Robertson ganó un Óscar. Está basada en un relato que, no sólo es ciencia ficción, sino que es considerado un clásico del género y que, de hecho, recibió en su momento un Hugo, el más importante galardón de la CF. Me refiero, por supuesto, a “Flores para Algernon”, de Daniel Keyes.

La película es fiel a las premisas y el trasfondo del relato original. Y sin embargo encontraríamos a pocos espectadores conscientes, o dispuestos a admitir, que están viendo un filme de ciencia ficción.

En cualquier caso, en esta época (que sin duda habría horrorizado a la Ilustración dieciochesca, y no sabéis cuánto me alegro de ello) donde los géneros se fusionan unos con otros sin mayores complejos y la palabra “mestizaje” parece haberse convertido en el grial de la narrativa actual, es fácil ver que las fronteras entre realismo, fantasía y ciencia ficción son cada vez más tenues. Y, al mismo tiempo que la narrativa “culta” y bien considerada entre la crítica académica no renuncia a utilizar las técnicas, temas y trucos de la literatura de género, la propia literatura de género es cada vez más consciente de que las herramientas literarias, estilísticas, narrativas de la literatura “culta” están a su alcance y que no sólo puede, sino que debe, servirse de ellas.

¿Dónde nos deja eso?

En un lugar confuso, sin fronteras trazadas con claridad. Si intentásemos dibujar un mapa y marcáramos cada territorio con un código de colores veríamos que habría ciertas zonas (cada vez más pequeñas) con sus colores bien definidos, todas ellas unidas por una inmensa tierra de nadie de color impreciso cuya adscripción a uno u otro “país literario” depende más de la mirada del observador que de otra cosa.

¿Estoy diciendo que no existen los géneros?

No, no del todo. Pero desde luego sí que no existen como bloques monolíticos, sin fisuras. Así pues, todo lo que comento en estos párrafos debe ser tomado con mucho cuidado, teniendo en cuenta que estoy hablando de una situación “ideal” (en su sentido platónico, no en el de que sería la deseable) que no siempre se da tal cual en el mundo real.

Acabada esta (espero que no demasiado molesta) digresión, volvamos al tema.

Lo que te dije era verdad… desde cierto punto de vista

Llega el momento de reconocer que quizá hemos hecho un “uso creativo” de la verdad. Hace un par de epígrafes comentaba las posibilidades de la ciencia ficción y la fantasía como herramienta útil y potente para diseccionar este mundo, el modo en que, a través del reflejo deformado que nos da de él, podemos quizá comprenderlo mejor que mediente el reflejo más fiel, más cercano, que nos da la literatura realista.

Sin embargo, no es eso lo que hace que un lector empiece a aficionarse al género fantástico, sobre todo si comienza su experiencia de lector en la infancia o los albores de la adolescencia, elemento común a buena parte de los aficionados a la ciencia ficción y la fantasía. Uno no se plantea “voy a darle una oportunidad a este género porque es una poderosa herramienta para conocer el mundo”; lo que se dice, si es que llega a decirse algo, es “voy a leer esto porque tiene pinta de que va a «molar»”.

¿Y por qué “mola”?

En realidad es muy sencillo, por el mismo motivo que a los lectores del siglo XIX les “molaba” la literatura de viajes, la novela de aventuras, las historias de capa y espada.

Escapismo. Evasión. Viajes imaginarios a mundos exóticos. Llamadlo como queráis.

La fantasía y la ciencia ficción son los herederos naturales de la literatura de viajes y la novela de aventuras decimonónicas. En un momento en el que nuestro planeta ya no tiene rincones misteriosos y lo más exótico está a la distancia de una pulsación en el control remoto del televisor, tenemos que buscar nuevos territorios inexplorados. ¿Dónde? En el lejano futuro, en los sistemas estelares distantes, en las realidades alternativas que nunca fueron ni pudieron haber sido. En ese contexto, no es sorprendente el éxito de un escritor como Tolkien, con su pormenorizada descripción de un mundo imposible —aunque a veces casi reconocible— pero coherente. Sorprende aún menos la legión de aficionados a la saga galáctica de George Lucas, con su inteligente combinación de los arquetipos clásicos del relato mítico y un ambiente exótico, variado y visualmente impactante.

Es pues por la maravilla, el viaje imaginario a mundos lejanos, imposibles, desconocidos como uno comienza adentrándose en el género fantástico, sobre todo si se acerca a él siendo un niño. La buena fantasía, la ciencia ficción de calidad despiertan y estimulan la imaginación, te llevan, por usar una frase hecha, “donde nadie ha llegado anteriormente”.

Lo cual, a su vez, nos lleva a otro tema.

El efecto “atiza”

Con esta expresión, acuñada, si las referencias no me fallan, por Julián Díez, definimos en nuestro idioma eso que los angloparlantes llaman “sense of wonder” y que a menudo se ha traducido como “sentido de la maravilla”.

La expresión de Díez, sin embargo, me parece mucho más acertada y bastante más gráfica y directa. Porque circunscribe con precisión algo que todos los lectores del género fantástico hemos experimentado alguna vez. Ese asombro que hace que se nos quede la boca abierta, seamos incapaces de reaccionar y sólo al cabo de un rato podamos exclamar “¡atiza!” (o su equivalente en el idiolecto de cada uno).

El efecto “atiza” es una de las cosas que mejor definen el efecto que causa la buena ciencia ficción. Es casi comparable a ese “reverente temor” que, según algunas religiones, uno debe experimentar en presencia de la divinidad.

Es el sentimiento que experimentamos cuando ante nuestros ojos se despliegan paisajes de millones de años, de distancias inconmensurables, de viajes que duran generaciones, de universos que nacen, mueren, se expanden, de construcciones capaces de usar las estrellas como ladrillos, de razas imposibles que se pasean por el universo como si fuera su patio particular de juegos.

Es, también, difícil de explicar para el no iniciado. Como los buenos chistes, has de experimentarlo por ti mismo, porque si te lo explican pierde toda la gracia.

Desde luego, este “efecto «atiza»” no es algo exclusivo de la ciencia ficción o la fantasía. Si rastreamos sus orígenes, es fácil encontrarlo en Homero, en los viajes de Simbad, incluso en la misma Biblia cristiana. Pero la ciencia ficción lo ha llevado a límites nunca antes alcanzados, y a veces las imágenes que nos proporciona son tan poderosas que uno casi siente vértigo.

En el caso concreto de la ciencia ficción, esto es así precisamente por la parte de su nombre que más a menudo ha sido denostada por un cierto sector de la crítica especializada. Me refiero, por supuesto, al término “ciencia”. Casi desde los años cincuenta se ha intentado cambiarle el nombre al género, empezando por aquella “ficción especulativa” que propuso Heinlein, para librarlo así de esa molesta “ciencia” que algunos piensan que encorseta demasiado la denominación del género.

Y sin embargo, la ciencia ficción consigue sus momentos más poderosos, más llenos de fuerza, asombro y “¡atizas!” gracias al uso, quizá no de la verdadera ciencia, pero sin duda sí de los clichés de la ciencia.

Es cierto que hay una ciencia ficción que trata de usar el universo tal como lo conocemos, ajustado a los conocimientos científicos actuales y que mueve todas sus especulaciones e ideas dentro de ese marco. Pero incluso la ciencia ficción que se limita a usar tecnojerga sin sentido e imagina planetas imposibles, sistemas estelares que no pueden existir o galaxias que nuestras leyes no permiten está acudiendo a la ciencia y la tecnología, o más exactamente a unos ciertos tópicos y arquetipos sobre ellas, para construir su armazón narrativo.

Sin duda muchas novelas de ciencia ficción narran cosas tan imposibles como la fantasía. Pero nos las están narrando en un lenguaje, usando una terminología, que no es la de lo milagroso, lo irreal, lo fantástico o lo sobrenatural, sino de lo tecnológico y lo científico, por más que sea una tecnología imposible y una ciencia de pacotilla. Ese ligero cambio, que parece casi trivial, irrelevante, es sin embargo suficiente para que el efecto que se produce en nuestra cabeza sea completamente distinto.

Al fin y al cabo, alguien dijo que el medio es el mensaje. Y el medio, en este caso el lenguaje, es determinante. Porque, por deformado, mal usado o absurdo que sea, es el lenguaje de nuestro tiempo. En el pasado, decir que uno pasaba a un reino mágico podía sonar cotidiano, porque ese era el lenguaje de la época. Hoy, aunque digamos lo mismo, lo expresamos diciendo que hemos llegado a un universo alternativo. El concepto parece el mismo, pero el lenguaje en el que está expresado despierta ecos distintos en nuestra mente.

A modo de conclusión

¿Hemos conseguido explicarle a ese bienintencionado y curioso alienígena por qué la narrativa fantástica es una manifestación cultural interesante, que nos define como humanos y es parte de nuestra idiosincrasia? ¿O quizá le hemos procurado un enorme dolor de cabeza (o su extremidad equivalente) con nuestras confusas explicaciones?

Nos tememos lo segundo. Así que tratemos de recapitular.

Hemos hablado del modo en que la literatura fantástica, a través de la deformación del mundo real, es capaz de aportar información sobre éste mejor que un reflejo más fiel.

De nuestro interés por huir del mundo en el que vivimos y visitar, aunque sea con la mente, paisajes exóticos y culturas extrañas.

Del asombro (el “reverente temor” del efecto “atiza”) que experimentamos cuando la ciencia ficción y la fantasía son capaces de desplegar ante nuestros ojos paisajes que nuestra vista, y puede que nuestra mente, es incapaz de abarcar.

Con eso, nuestro recién adquirido amigo extraterrestre, posiblemente saque la conclusión de que somos una especie llena de curiosidad sobre nosotros mismos y lo que nos rodea, ansiosa por viajar y conocer nuevos lugares, pero seguramente sigue sin comprender muy bien qué es eso de la narrativa fantástica y por qué despierta nuestro interés.

Así que decidimos que lo mejor es una buena terapia de inmersión, y le invitamos a que baje a nuestro planeta, se acerque a una librería especializada en el género y se lea unos cuantos libros.

Novelas, quizá, como La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. LeGuin; Ojo en el cielo, de Philip K. Dick; Esperanza del venado, de Orson Scott Card; La colina de Watership, de Richard Adams; En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft; Drácula, de Bram Stoker; La máquina del tiempo, de H. G. Wells; Hyperion, de Dan Simmons; Snowcrash, de Neal Stephenson; La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke; Brujas de viaje, de Terry Ptratchet; El fin de la Eternidad, de Isaac Asimov…

Y también, por qué no, colecciones de relatos como Axiomatic, de Greg Egan; La historia de tu vida, de Ted Chiang; Ficciones y El Aleph, de Jorge Luis Borges; Lo mejor de los premios Nébula, de Ben Bova; Una odisea de Marte, de Stanley G. Weinbaum; La persistencia de la visión y Blue Champagne, de John Varley, Mapas en un espejo, de Orson Scott Card…

Y sin duda películas como Cuando el destino nos alcance, de Richard Fleischer; La amenaza de Andrómeda, de Robert Wise; Naves misteriosas, de Douglas Trumbull; Blade Runner, de Ridley Scott; El planeta de los simios, de Franklin J. Shaffner; Rollerball, de Norman Jewison; Dark City, de Alex Proyas; Brazil, de Terry Gillian…

¿Comprenderá entonces nuestro hipotético alienígena lo que tratamos de explicarle? Quién sabe. Como decía Arthur C. Clarke: “lo único que podemos decir sobre el futuro es que es totalmente impredecible”.

Publicado originalmente en Jabberwock Nº 1 (octubre, 2005)

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