Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Junio 11th, 2008

Festín de cuervos

Miércoles, Junio 11th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 9 comentarios »

Pues sí, he tardado un poco en leer la cuarta novela de Canción de hielo y fuego. En parte porque quise esperar a que saliera la edición en tapa dura; y en parte porque decidí releer las tres anteriores antes de ponerme con Festín de cuervos.

¿El resultado?

Pues… incómodo. Durante toda la lectura he tenido la sensación inquietante de que me faltaba media novela. Y, al acabar, esa sensación persistía.

Evidentemente, cuando Martin decidió partir en dos el libro que estaba escribiendo, tenía dos opciones claras: detenerse a la mitad del acontecer cronológico y publicar un libro que terminase con un “continuará” o centrarse sólo en una parte del mundo y contar por completo lo que allí pasaba, dejando para un libro siguiente lo que había sucedido “mientras tanto” en otras partes. El propio autor lo comenta en la nota al final del libro y dice que la primera opción no le parecía correcta.

Lo que me pregunto es si la segunda no sería, en realidad, tan incorrecta como la primera. De hecho, a mí me lo parece; puede que incluso más. Si Martin se hubiera limitado a cortar por la mitad, seguramente al terminar el libro habría gritado algo del estilo de “¡no me puedes dejar así, cabrón!”. Pero sin duda no me habría pasado toda la lectura con esa sensación de insatisfacción.

Habría preferido, sin la menor duda, esperar dos años (o los que hicieran falta) para que la novela estuviera completa y leerla entonces como es debido. Sospecho (y, sí, acepto que esto es pura especulación) que en el fondo Martin también lo habría preferido y que fue la presión de editores (y quizá también de los fans) la que lo llevó a partir en dos lo que había concebido como una unidad. El hecho de que se tome la molestia de explicar lo que ha hecho y por qué (pidiendo, en cierta manera, disculpas por haberlo hecho) me hace sospechar que quizá no estoy muy desencaminado.

Quién sabe. No pierdo la esperanza de que tal vez en algún momento del futuro, Festín de cuervos y Danza de dragones acaben convertidos en un solo libro. Quizá en una edición redux o absolute o como la queráis llamar de toda la saga, una vez que esté completa.

Confieso, por otro lado , que parte de la insatisfacción que me ha proporcionado este libro es haber visto cómo arrancaban de él a mis personajes favoritos (sí, Tyrion, Daenerys y Jon Nieve; no soy nada original en eso, me temo) para sustiuirlos por otros que, por mucha importancia que vayan a tener para la trama -que sin duda la tendrán, eso parece quedar claro-, me interesan más bien poco. Lo cierto es que ni los vikingos -uy, perdón, quería decir los Greyjoy y demás habitantes de las islas de hierro-, ni los dornienses me han vuelto loco de entusiasmo. De hecho, confieso que, cada vez que me tocaba un capítulo suyo, me decía “vaya, estos otra vez” y esperaba con ansia el momento de volver a Jaime, Brienne, Sam o Arya. O incluso Cersei, y eso es decir mucho.

No quiero decir con eso que estemos ante una mala novela, o que no me haya gustado. Evidentemente, no es el caso. Me la he leído en un suspiro; mientras lo hacía, me costaba dejar de hacerlo y al acabar, quería más, como debe ser. Pero, al mismo tiempo, no podía quitarme de encima la sensación de que me estaban escamoteando la mitad de lo que pasaba.

Y, encima, la mitad que más me apetecía leer.

© 2008, Rodolfo Martínez
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