No hay nada nuevo bajo el sol

Ojeando (y también hojeándolo, de paso) el periódico mientras comía, encontré un artículo de opinión donde hablaba de las “bellezas de photoshop” y comentaba el buen aspecto que tienen nuestros políticos en las fotografías, como un reflejo inverso de Dorian Grey, donde la realidad es reformada a gusto y una papada se elimina aquí, una arruga se suaviza allá o unas bolsas bajo los ojos desaparecen acullá.

Hace dos mil años alguien comentaría, seguramente, lo bien que había quedado el emperador en su estatua triunfal después de que, en el bronce o el mármol, se le hubieran quitado unas cuantas verrugas, puesto algo más de pelo y corregido sus piernas torcidas.

Las herramientas cambian y la tecnología avanza. El impulso que hay detrás sigue siendo el mismo.

“He cambiado”, decía Richard Gere en Oficial y caballero. “¿Cambiar?”, le respondía Lou Gosset Jr. “No has cambiado nada. Sólo has pulido un poco tu actitud. Te has limitado a sacarle brillo”.

A veces tengo esa sensación. Bueno, la tengo prácticamente siempre, lo que pasa que unos días es más intensa que otros. No hemos cambiado gran cosa desde la fundación de la primera cultura urbana (quién sabe si desde antes). Hemos ido sacándole brillo al asunto, puliéndolo aquí y alla, pero en el fondo la evolución del espíritu humano ha sido mínima. Han evolucionado (a veces a un ritmo aterrador) las herramientas que usamos, pero el propósito con el que las utilizamos apenas ha variado nada.

Seguimos siendo monos. Tribales, territoriales y llenos de miedo, lo que nos vuelve tremendamente agresivos y nos convierte, posiblemente, en el bicho más peligroso y dañino que hay sobre el planeta.

Y supongo que siempre lo seremos, por mucho photoshop que le apliquemos a las apariencias.

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