Grial

Allá por 1997 escribí un relato titulado “En territorio ajeno”, con destino a una antología de relatos que iba a publicar la Semana Negra de Gijón. Por circunstancias que ahora no vienen al caso, finalmente no fue publicado allí sino, algunos años después, en el número 1 de Artifex Segunda Época. Sin embargo, “En territorio ajeno” no fue el primer relato que escribí con destino a aquella antología gijonesa, sino el segundo. El primer intento fue “Grial”, la historia de un asesino en serie que aprovecha el entorno de la Semana Negra para encontrar a sus víctimas. Aquella primera versión no me convenció del todo en su momento (quizá porque carecía de elementos fantásticos), pero al releerla ahora, veo que tiene su “aquel” y no está tan mal como recordaba. Los que conozcan “En territorio ajeno” encontrarán sin duda elementos comunes en ambos relatos (y algún que otro párrafo que pasó de un cuento a otro), pero creo que este “Grial” tiene entidad propia. Juzgadlo vosotros mismos: 

Desde su primera noche de caza, hace más de diez años, siempre ha experimentado la misma sensación al detenerse en mitad de esa inverosímil estructura de hormigón que prefigura el horizonte y parece un mágico círculo de piedras erigido por algún pueblo prehistórico. Desde entonces viene aquí cada anochecer, con el estilete afilado y oculto en su pierna izquierda, viene y se detiene en el centro mismo de la estructura, rodeado por ella, invadido por su misma esencia fría y tranquila, y permanece en silencio hasta que cae la noche y el horizonte se funde a lo lejos en una mancha oscura y sólo están él y el murmullo de fondo de ese animal gigantesco e inquieto que es el mar. Viene todas las tardes y se detiene dentro de esa estructura que unas veces parece erigida para invocar a un dios y otras para que algún monstruo gigantesco haga allí sus necesidades.

Casi siempre regresa a casa, solo y en silencio, deambulando por una ciudad que para él está vacía, en la que no hay más que luces distantes, máscaras engañosas y autómatas ocupados. Casi siempre regresa a casa, devuelve el estilete a su cajón y duerme inquieto hasta que el despertador interrumpe su sueño y lo obliga a reptar hacia la ducha en busca de un nuevo día.

Pero a veces no. A veces el momento está maduro (y él lo sabe,  siente de nuevo ese familiar cosquilleo en la nuca que le dice que esa noche será la noche) y en lugar de volver al espartano apartamento en el que se entrega a sus fantasías, recorre la ciudad con un destino determinado. Busca la presa que ha estado preparando todo ese tiempo, se acerca a ella y la toma en algún callejón silencioso, tal vez en la habitación en penumbra de alguna sórdida pensión. El lugar no importa, sólo importan el instante y la misión que se encomendó a sí mismo hace diez años.

Sí, hay momentos en que lo siente tan nítidamente. Su Grial está allí, esperándolo y él sólo tiene que sajar, apartar capas de tejido, ignorar los borbotones de sangre que manchan la reluciente superficie de su estilete, hacer a un lado las incómodas vísceras y el Grial aparecerá sólo para él, allí donde ha estado todos estos años.

(Ella gritó pero nadie oyó su grito, ni siquiera él, ocupado en abrir una puerta secreta en aquella piel deliciosa que temblaba en busca de la muerte. Recuerda sus ojos. Sobre todo recuerda aquellos ojos insoportablemente azules que suplicaban, no sabía muy bien si el perdón o un final rápido para su sufrimiento, o tal vez le suplicaban que siguiera, que continuara abriéndose paso a través de ella para siempre. No lo sabe, pero a veces esa mirada puebla los sueños que no recuerda al despertar. Y esas mañanas, cuando se arrastra hacia la ducha, nota que el olor que emana de su entrepierna es más denso de lo habitual.)

Hasta ahora no lo ha encontrado. Hasta ahora ha ido deambulando de fracaso en fracaso, sin más recompensa que el cadáver de una mujer junto a él y la helada y lejana risa de la luna.

Ahora, detenido en mitad del círculo mágico de hormigón, presiente que va a ser distinto. Da media vuelta, sin hacer caso del murmullo poderoso del marm y se encara con la ciudad que se desparrama bajo el cerro, indiferente a su presencia. Ya ha anochecido y la línea de la playa es como un enorme árbol de Navidad: las luces se encienden y se apagan en los altos edificios frente al paseo marítimo, en un guiño que él siempre ha encontrado obsceno. Las calles están repletas de gente, llenas de máscaras, henchidas de autómatas.

Y a lo lejos… sí, allí está, esa rueda imposible que parece una gigantesca nave espacial de alguna película americana y no es más que la realidad prosaica de una enorme noria. Allí está. Una vez más, como cada verano, hombres que dedican su tiempo a fabular lo que no han vivido deambulan como sonámbulos perplejos en mitad de una feria que parece no verlos y que sin embargo ha sido concebida para ellos. Bajo las carpas, alguien afirma haber encontrado por fin la hermenéutica definitiva del relato de misterio y él se pregunta si los que lo rodean tienen la menor idea de lo que está diciendo o son tan siquiera conscientes de su presencia mientras apuran el último trago de sus copas y echan a andar hacia las máquinas multicolores que les prometen el miedo, el vértigo o simplemente el azar al que sus vidas parecen impermeables. Sí, como cada año ha llegado el momento y él subirá una vez más en la noria y contemplará la ciudad como si le perteneciera. Luego emprenderá la búsqueda de su Grial.

(Las manos… sí, las manos de ella habían buscado las suyas, las habían encontrado y de una manera extraña las habían guiado en busca del más secreto de los lugares, señalándole con precisión dónde y de qué modo debía sajar, en qué lugar preciso tenía que abrirse paso con el frío estilete. Sí, aquellas manos de dedos largos, aquella caricia que parecía buscar la muerte para siempre, la suavidad del contacto de las yemas de sus dedos en el dorso de sus propias manos. ¿Qué le habían pedido? ¿Qué le habían implorado con una fuerza desconocida?)

Lleva toda la semana acechando a su presa. Como siempre, la ha encontrado con ese infalible instinto del predador que reconoce qué gacela desea, en el fondo, ser cazada. Con los años ha ido refinando su técnica y es muy difícil que se le escape, que pueda escurrírsele de entre los dedos en el último momento. Ha ocurrido a veces y la frustración fue al principio una emoción tan nueva que no pudo evitar detenerse a saborearla. Pero hace tiempo que no sucede y en el fondo lo prefiere de ese modo: su búsqueda, su empresa ya es demasiado complicada de por sí para encima enredarse en incertidumbres. Así que lo tiene todo planeado, hasta el último detalle, ha anticipado todas y cada una de las posibles reacciones de su presa y sólo hay una cosa que ignora: si esta vez tendrá éxito en su búsqueda o si, como siempre, al final de ese pozo que abrirá en la carne de ella sólo encontrará el vacío.

Así que recorre la ciudad, transita por el paseo marítimo indiferente a la marea que ahora empieza a bajar, alza de vez en cuando la vista al cielo y se encuentrar con la mirada fría y distante de la luna, a la que él ha aprendido a identificar como al enemigo, como al obstáculo, como a la deidad que se complace, a su modo lejano y sin emociones, en poner trabas a su tarea. No importa. Si no esta noche, tendrá éxito tarde o temprano. Encontrará su Grial.

Recuerda a su primera víctima y sonríe ante su ingenuidad de entonces. La vorágine de emociones que lo asaltó fue demasiado intensa, tanto que estuvo a punto de dejarla escapar. La nueva playa de poniente aún no había sido construida y ambos estaban en los antiguos astilleros, convertidos después de su abandono en un paisaje espectral en el que las grúas parecían robots malévolos que descansaban en un sueño imprevisible. Ella… ¿Ella le dijo que lo amaba? Sí, cree recordar que así fue, y que en ese mismo instante su puñal se hundió en carne de ella, penetrándola como ningún otro hombre lo había hecho antes. El chorro de sangre que saltó a su rostro, el gorgoteo agónico en su garganta cortada… Y luego el trabajo, explorando las intimidades de su vientre en busca de algo que no estaba allí. La decepción y con ella el convencimiento de que la búsqueda no había hecho más que empezar. Habría otras noches, y otras presas.

(Recuerda una gota, una única y preciosa gota de sangre que se derramó en la comisura izquierda de sus labios. Recuerda que sólo podía mirar aquel minúsculo borbotón púrpura mientras proseguía su búsqueda. Recuerda que una vez terminada su tarea, sin haber encontrado otra cosa que los lugares más lejanos de su cuerpo, inclinó la cabeza hacia el rostro muerto y lamió con su lengua aquella gota de sangre, la paladeó como si estuviera bebiendo su alma y aquel día no le importó haber fracasado en su búsqueda. Volvió a casa sintiéndose henchido, completo, y nada más le importó durante mucho tiempo.)

Es curioso, piensa mientras sigue hacia la feria, casi ninguna se ha defendido. Y muchas pudieron haberlo hecho. Al principio él era tan torpe… Sin embargo, muy pocas intentaron escapar a su suerte, como si hubieran visto algo en sus ojos que hiciera inevitable su destino de presa. Sí, piensa, hay gacelas demasiado débiles o enfermas para huir del león, pero también hay algunas, muy pocas, que desean ser atrapadas por él, que desean morir en sus fauces, sentir que la vida huye mientras las poderosas mandíbulas se clavan en su cuello y sus huesos se quiebran como una rama sema. Sí, hay gacelas que desean ser cazadas y él ha tenido la suerte (o el instinto) de encontrarlas.

No siempre. Lo recuerda bien, Ha experimentado asombro tan pocas veces que le resulta difícil olvidarlo. Cómo pudo equivocarse tanto, como pudo pensar que estaba ante una presa, cómo pudo no darse cuenta… Ah, aquel súbito reconocimiento en los ojos de ella, la misma mirada, el mismo brillo. El león había encontrado una leona disfrazada de gacela y ahora ella abandonaba la impostura y se le mostraba tal y como era. Al principio pareció que nada ocurriría, como si con el reconocimiento hubiera llegado un acuerdo: yo respeto tu territorio y tú el mío. Luego, él había comprendido que eso era imposible: gacela o leona, ella podía llevar el Grial dentro de su cuerpo y esa sola posibilidad le impedía dejarla con vida. Fue difícil. Ella luchaba bien y él era aún muy inexperto, pero al final se había impuesto. Luego, de nuevo la decepción y por un instante (tan breve que apenas recuerda lo que experimentó) el arrepentimiento. Si la hubiera dejado vivir, sin inmiscuirse ninguno en el territorio del otro, salvo quizá algunas veces para encontrarse en terreno neutral e intercambiar experiencias… Algunas noches, cuando la soledad que se dibuja en el helado y lejano rostro de la luna es demasiado insoportable se pregunta cómo habría sido su vida entonces.

Pero normalmente no tiene tiempo para eso. Cuando no está inmerso en su caza, en su búsqueda, la vida no es más que una fugaz sucesión de días desvaídos poblados de colores apenas perceptibles y sonidos torpes, salvo ese momento único al atardecer en que se interna en el extraño cilindro hueco de hormigón y contempla el mar inacabable mientras anochece. Y cuando caza, la misma naturaleza de su búsqueda hace que le resulte imposible pensar en nada más.

Llega al fin a la feria, cruza el río que desemboca en la playa y deambula indiferente entre la masa sudorosa y vociferante que llena el parque. Sabe hacia dónde debe ir y se encamina hacia allí con precisión. Ella lo espera, por supuesto, cómo podría ser de otra manera. Y la máscara que es su rostro ensaya una sonrisa al verlo.

Él no se deja engañar por la alegría, no se deja engañar por el súbito palpitar de su propio pulso en las venas. Las emociones, lo sabe muy bien, traicionan y lo único importante es su Grial, encerrado tal vez dentro del cuerpo de la mujer que ahora se le acerca y lo besa.

Él devuelve el beso y comenta algo sobre su aspecto, cualquier trivialidad que hace que su sonrisa cobre una nitidez repentina. El resto de la noche lo pasan recorriendo la feria, deteniéndose ante los puestos de libros (y sonríe al ver esas portadas tétricas en las que asesinos en colores primarios acechan a sus víctimas), comiendo algo en alguna de las carpas, asistiendo quizá a un concierto o una mesa redonda, probando suerte en la tómbola o el tiro al blanco. Él hace todas esas cosas de forma automática, sin preocuparse mucho: lo ha ensayado tanto que hasta el último de sus gestos es natural, fluido, y ella no nota nada, salvo a veces una súbita alteración en los ademanes tranquilos de ese hombre impertérrito que puebla sus sueños y sus días desde hace casi una semana. Pero cree que no es más que la excitación por estar a su lado, por tener sus labios en su boca o su mano apretando esa cintura trémula. Y en cierto modo tiene razón, porque a veces él no puede evitar la emoción, pero no ante esa máscara de carne, ante ese autómata biológico (y, sí, deseable) que camina a su lado, sino por el tesoro oculto que quizá guarde en su interior.

(Y recuerda el momento más precioso de todos, cuando la muerte y el sexo se fundieron en un abrazo que pareció durar para siempre. No necesita esforzarse para sentirse de nuevo rodeado por sus piernas, navegando entre sus muslos, buscando con manos y lengua aquellos pezones pequeños y densos, saboreando los huecos más recónditos de su cuello, hurgando con ternura en su vientre. Y en el mismo instante, con una sincronicidad que no hubiera encontrado de haberla buscado premeditadamente, se derramó dentro de ella mientras su estilete abría un surco en su piel y era ella la que derramaba su sangre y su vida sobre él. Y durante un tiempo interminable sintió el más dulce de los drenajes y se revolcó como un animal en celo entre la sangre que ella le ofrecía. Pasó mucho rato antes de que logrará tranquilizarse y encontrara su centro en mitad de aquella orgía de amor -¿hacia quién? no lo sabía y no importaba- y muerte y pudiera proseguir su búsqueda.)

Y por fin suben a la noria y ella se acurruca junto a él, buscando un refugio que encontrará para siempre en la muerte, unos minutos después. La noria da una, dos vueltas, y luego se detiene y él contempla maravillado la ciudad que se extiende a sus pies. Desde allí, ajeno al ruido y las luces chillonas que pueblan la feria, casi puede sentir que la ciudad es suya, que en cierto modo ella es su Grial y no lo que ha estado buscando todos estos años en el cuerpo de las mujeres.

Luego, el momento pasa, la noria sigue su camino y ambos descienden de la barquilla. Ella está excitada y se le acerca más a cada momento y él (que encuentra ese contacto agradable, pero de una forma distante) permite que lo haga e incluso la anima. Deja que una sonrisa asome a su rostro y señala casi como sin querer un lugar vacío entre dos casetas, al fondo del recinto, donde el parque termina y comienza el oscuro descampado que sube hacia el monte. Ella, creyendo interpretar correctamente sus intenciones, asiente y ambos se encaminan hacia allí.

Pronto están solos, rodeados por el silencio y una oscuridad tan sólo interrumpida por las lejanas luces de la feria y la sonrisa distante y socarrona de la luna. Se tienden en la yerba y él permite, por primera vez en toda la noche, que su cuerpo tome las riendas, que sus manos hagan lo que sus hormonas desean y acaricien el cuerpo de la mujer, que su pene se convierta en algo duro y cálido bajo sus pantalones, que su lengua sea un dardo suave sobre los pezones de la mujer. Pero ni siquiera en ese momento pierde el control, incluso cuando permite que sus gónadas piensen por él, un retazo distante de consciencia lo contempla todo con frialdad y espera a que llegue el momento para volver a tomar las riendas.

Y el momento llega. Ella está tan excitada que apenas percibe nada que no sea él, el cuerpo de él, el olor de él que de pronto se ha vuelto insoportablemente intenso y delicioso. Así que su mano se desliza por su pierna, alza la pernera del pantalón y desenvaina el estilete que lanza un destello de plata a la luna distante justo antes de trazar un arco carmesí entre las dos orejas de la mujer.

Con el tiempo ha aprendido y se aparta antes de que el borbotón de sangre pueda alcanzarlo. Ve la sorpresa en los ojos de ella, la incomprensión que la asalta mientras muere y luego ya no tiene tiempo para ver nada más, porque sólo está su tarea, su búsqueda cuyo final presiente tan cercano.

Concentrado en apartar la piel, en diseccionar las vísceras, en cavar un cálido pozo de muerte en el vientre de la mujer no es consciente de nada que no sea su trabajo, ni siquiera de su propia erección, de su orgasmo, del flujo repentino del semen que convierte en una sopa espesa sus calzoncillos. Sólo puede pensar en su búsqueda a medida que aparta capa tras capa de tejido, hace a un lado las tripas, abre por fin su estómago.

Y lo ve, allí, al fondo, oscuro y erizado de pinchos, no mayor que una pelota de tenis de mesa. Apenas se atreve a pensar, a desear, a imaginar tan siquiera que pueda ser su Grial. Sólo puede seguir sajando, agrandando la entrada y al fin coger aquello con manos temblorosas y alzarlo a la luz de la luna, hacerlo girar entre sus dedos y contemplar aquella estructura inverosímil que había dentro del cuerpo de la mujer.

Pero enseguida comprende que no, que no es su Grial. Nunca ha visto nada como eso, pero ha leído sobre ello, sabe lo que es: un bezoar, en realidad una masa apelmazada de pelos y comida a medio digerir a la que los jugos digestivos han ido dando esa forma delicada e incomprensible. Experimenta de nuevo la decepción y alza el rostro crispado de rabia hacia una luna que parece reírse de él más que nunca.

Luego, lo comprende. No, no ha encontrado su Grial. Es posible que no lo encuentre jamás. Pero ha dado con un símbolo, con una promesa. Al igual que la luna no es su enemigo, sino el avatar visible de él, el bezoar es un símbolo de su Grial, un signo de que está en el camino correcto, de que, aunque no lo encuentre jamás, su Grial existe.

Rebusca entre el bolso de su víctima hasta dar con un pañuelo con el que limpia el bezoar. Luego, envuelto en el mismo pañuelo, se lo guarda en el bolsillo y da media vuelta, regresando hacia la feria, indiferente al cadáver que deja a sus espaldas, a la luna que parece haber enmudecido de repente, a las luces cada vez más cercanas.

Se incorpora de nuevo a ese mundo de robots de carne y sangre, de marionetas felices y, mientras vuelve a casa, se pregunta cuál de ellas ocultará dentro de ella su Grial. Quizá esa pelirroja que se ha vuelto de un modo fugaz al pasar él, o tal vez la rubia bajita que le pidió perdón con una sonrisa después de haberlo pisado, o puede que la morena de ojos rasgados que parece presentir algo extraño en sus ademanes y aparta la vista con demasiada rapidez. Aunque es muy posible que no sea en ninguna de ellas, que sea alguien que está todavía por llegar, que a lo mejor no llega nunca.

No importa. Su Grial existe. Tiene la prueba en el bolsillo de su pantalón. Aunque nunca lo encuentre sabe que existe y ahora tiene un nuevo motivo para seguir buscando. A sus espaldas, las luces de la feria se van convirtiendo en una tentación distante y otra vez el mundo es un lugar apenas perceptible poblado de sonidos tenues y colores sin fuerza. Las emociones de la caza, de la búsqueda, se diluyen en un sopor lánguido mientras llega a su casa, se detiene en el portal y echa una última mirada a la lejana luna en el cielo. Y por primera vez cree percibir en ese rostro indiferente un atisbo de preocupación. Así que sonríe y entra en su casa.

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