Huérfanos en cuatricomía
Viernes, Mayo 30th, 2008 Pertenece a Dentro de la viñeta, Visto y oído | 19 comentarios »- El mismo día, hace un año: Territorio incierto: La venganza de los Sith, de Mathew Stover
Por supuesto, la figura del héroe tiene mucho de sublimación de nuestras fantasías. Y en buena medida, la figura del superhéroe es la sublimación de la fantasía de un adolescente. Así, no es extraño que algunos de los superhéroes más conocidos sean huérfanos. No sólo eso, sino que en ocasiones, es precisamente la desaparición de la figura paterna la que crea el personaje.
Sin duda Batman no existiría sin el asesinato de los padres de Bruce Wayne; aunque, pese a todo, sí que hay una cierta figura paterna en su vida en la persona de Alfred Pennyworth.
Cuando Peter Parker es picado por una araña radioactiva aún está vivo su tío Ben, es cierto, pero es la muerte de éste la que crea el personaje y sus motivaciones tal como la conocemos.
Y a Superman no le basta con la muerte de sus padres para transformarse en tal, sino la destrucción de todo su planeta y el exilio a otro mundo.
Hay más casos, evidentemente (Namor, híbrido de humano y atlante, que ha perdido a su madre y apenas sabe nada de quién fue su padre; la antorcha humana original, que fue creada en un laboratorio; o Wonder Woman, a partir del barro) y en general, durante la llamada Edad de Oro del cómic de superhéroes, las figuras paternas no existen. O bien son directamente obviadas o han desaparecido, de un modo u otro, de la vida de los héroes.
Algunos de los más emblemáticos superhéroes fueron creados por gente muy joven (dos adolescentes, en el caso concreto de Superman) y es muy posible que para ellos esa falta de una figura paterna, esa orfandad, funcionase a nivel inconsciente como una liberación. El adolescente contempla a menudo la familia como un obstáculo, un impedimento que no le permite desarrollar todo su potencial (de hecho, si me perdonáis la digresión, ésa es una de las claves del éxito de la saga de Harry Potter, como muy bien señala Eduardo Vaquerizo en el número 9 de Hélice). No es extraño, entonces, que eso se sublime en la fantasía de un héroe poderoso que no sólo no tiene lazos familiares que lo lastren, sino que es precisamente la desaparición de esos lazos la que lo convierte en un héroe.
Si nos centramos en Superman y Spiderman, los dos personajes más emblemáticos de las dos principales universos superheroicos, veremos que su orfandad, aunque determinante para ser lo que son (y cómo son), tiene consecuencias muy distintas para cada uno de ellos.
Superman, es el ejemplo casi extremo de lo que he expuesto algo más arriba. El hombre sin lazos familiares por excelencia. El último hijo de un planeta muerto. El extraterrestre que parece humano pero no lo es y no lo será nunca. ¿Es extraño que llamase a su refugio la Fortaleza de la Soledad?
Con el tiempo, por supuesto, las cosas cambiarían: Jonathan y Martha Kent, los padres adoptivos de Kal-el, permanecerían a su lado durante buena parte de su adolescencia. Superman visitaría el Krypton de antaño (ya fuera de viajando física o mentalmente) y llegaría a ver a sus verdaderos padres. De hecho, a medida que los años van pasando y los distintos autores van incorporando nuevos personajes kryptonianos a los mitos del Hombre de Acero (su prima Kara, que se convertiría en Supergirl, la ciudad embotellada de Kandor, unos cuantos supercriminales que escapan con cierta frecuencia de la Zona Fantasma; y no nos olvidemos de Krypto, la supermascota), llega un momento en que uno casi podría preguntarse si, aparte del consejo científico que regía los destinos del planeta, alguien más había muerto en la explosión de Krypton.
Pero obsérvese que todos esos elementos (con la excepción de Supergirl, y ésta siempre vivirá bajo la sombra de su famoso primo) están localizados en lugares donde no son una amenaza; separados del héroe, ya sea por el espacio o por el tiempo. Y el héroe tiene acceso a esos momentos o esos lugares, pero cuando él quiere y siempre bajo sus condiciones. Así, cuando Superboy está a punto de llegar a la edad adulta, los Kent mueren, con lo que pasan a convertirse en un recuerdo nostálgico pero ya no pueden influir en su comportamiento. En cuanto a sus padres biológicos, Jor-el y Lara, viven en un cómodo pasado que Kal-el puede visitar cuando desee: él puede llegar a ellos, pero ellos a él, no. Es cierto que hay una ciudad entera llena de kryptonianos, pero está convenientemente miniaturizada y encerrada en una botella; es, en realidad, un lugar al que ir de turista, pero poco más. La Zona Fantasma, el universo espectral donde están encerrados los criminales de Krypton, es el único lugar que puede ser considerado una amenaza, pero Superman siempre tiene a mano un conveniente proyector para devolver a los genios maléficos a su botella.
Versiones posteriores del personaje (especialmente la desarrollada por John Byrne tras Crisis en Tierras Infinitas) cambiarían eso, en algunos casos de un modo bastante radical. Pero el personaje original era, al igual que otros muchos héroes enmascarados de la época, una criatura sin lazos familiares. Y es, de hecho, la no existencia de esos lazos la que en cierto modo (porque Superman no es Superman hasta que no deja Krypton y viene a la Tierra) le da todos sus poderes.
Spiderman, en cambio, transita por otros derroteros.
Huérfano y criado por sus tíos, son estos los que ejercen como padres sustitutos y hacen que durante toda su infancia y parte de su adolescencia Peter Parker tenga un modelo de conducta paterno claro y concreto al que agarrarse. Aún están vivos cuando le pica la araña radiactiva, pero no es hasta la muerte de su tío Ben que el personaje se convierte en lo que conocemos.
Curiosamente, en una pirueta que podría parecer un tanto paradójica, la desaparición de la figura paterna no convierte a Peter Parker en un irresponsable. El adolescente no se siente liberado, sino todo lo contrario.
La muerte del tío Ben transforma a Peter en un adulto. Un proceso brillantemente resumido en ese “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” que funcionará como mantra del personaje y que Peter sólo llega a comprender del todo cuando ve (y sufre) las secuelas de no medir las consecuencias de sus actos. El tío Ben desaparece de su vida en ese momento, pero se convierte en una carga moral de la que Peter ya no podrá librarse y que acabará definiendo su comportamiento.
No sé cuánto de todo esto fue fruto de la improvisación y cuánto fue deliberado por parte de Stan Lee. Sospecho que hubo más de lo primero que de lo segundo. Pero, sea como sea, no es sorprendente esta diferencia entre el más famoso huérfano de la Marvel y su contrapartida en el Universo DC. Al contrario que Superman (creado por dos adolescentes, como ya hemos dicho) el padre de Spiderman es un hombre ya ha cumplido los cuarenta cuando crea su personaje más popular y lo que hace en el origen del superhéroe arácnido es, en realidad, narrar un rito de iniciación, de paso a la madurez.
Algo parecido sería incorporado, curiosamente, a Superman en el “remozado” de su origen que se hizo en los años sesenta. Es la muerte de los Kent (primero Martha y después Jonathan) la que termina convirtiendo a Superboy en Superman. Cuando sus padres adoptivos fallecen (por su culpa, como sabríamos después, a causa de un extraño virus que Superboy había traído inadvertidamente del futuro al que iba a “jugar” de vez en cuando con la Legión de Superhéroes), Kal-el deja de ser un niño y se convierte en un adulto.
Ambos momentos (la muerte del tío Ben, el fallecimiento de los Kent) son una metáfora bastante obvia -tosca pero efectiva- del trauma que implica la conversión de adolescente a adulto. De la ruptura, por así decir, del cordón umbilical afectivo. A partir de ese momento, el héroe está solo y es el último responsable de sí mismo.
Lo curioso es que en ambos casos se trata de la muerte de padres adoptivos. Los reales hace mucho que han muerto cuando el héroe hace su aparición.
Revisitando el Whedonverso
Miércoles, Mayo 28th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 22 comentarios »- El mismo día, hace un año: Venga, hombre, hasta la cocina
- El mismo día, hace tres años: Es un trabajo para...
Recientemente me he puesto de nuevo a ver Buffy. Y, claro, al llegar la cuarta temporada surgió la disyuntiva: ¿Qué hacemos con Angel? ¿Esperamos a terminar la serie principal y luego le damos caña al spin-off? ¿Las vamos alternando? Y, de ser así, ¿cómo?
Ver primero una temporada completa de Buffy y luego otra de Angel no nos parecía buena idea. Ir alternando un capítulo de una con otro de la otra, aunque parecía lo ideal, implicaba cambiar el disco en el reproductor con cada capítulo, a menos que tuviéramos dos DVDs, que no era el caso. Así que al final tiramos por la calle de enmedio: un disco de Buffy y otro de Angel. Y así hasta el final.
Ver así las dos series ha servido para darme cuenta de que están más relacionadas de lo que creía y que la memoria me había jugado una mala pasada, pues me había quedado con la idea de que las conexiones entre las dos eran escasas y sin demasiada importantacia.
El ejemplo perfecto puede ser el capítulo de la quinta temporada de Buffy donde Spike le cuenta cómo mató a su primera Cazadora en China, durante la revuelta de los boxers. Ahora bien, eso sucede en 1900, cuando Ángel ya había recuperado el alma y era, por tanto, un vampiro “bueno”. Sin embargo, vemos al cuarteto completo (Darla, Drusila, Ángel y Spike) paseando como predadores satisfechos en medio de las revueltas.
Luego, llega al episodio correspondiente de Angel y enseguida me doy cuenta de lo que ha pasado: en efecto, el personaje ya tiene alma y si aparece en China es en un intento desesperado de volver a ser el que era. Trata de engañar a Darla (y sobre todo a sí mismo) y convencerla de que puede volver a ser el de antes, tenga alma o no. Fracasa, evidentemente.
Y, mientras van pasando los episodios y los personajes y su entorno se van volviendo más complejos y más interesante, voy dándome cuenta de unas cuantas cosas que, en realidad ya sabía, pero en las que no me había parado a pensar últimamente.
Como el hecho de que aunque me gusta Buffy, la serie, encuentro a Buffy, el personaje, completamente odioso y, a menudo, hostiable por muchas de sus reacciones (su comportamiento con Ángel cuando éste intenta salvar a Faith de sí misma podría ser un ejemplo perfecto de lo niña estúpida, mimada y malcriada que es a menudo la Cazavampiros). Así que tiene su mérito que Whedon haya sido capaz de hacer una serie que me gusta y me engancha (y me gusta y me engancha cada vez más a medida que se va volviendo más compleja y va profundizando más en el alma de los personajes) a pesar de que no soporto a su protagonista.
Con Angel me pasa algo parecido, si bien en un grado bastante menor. Su pose de “alma atormentada” (ese resabio de vampiro sensible a lo Anne Rice que, lo reconozco, me repatea profundamente; cuánto daño ha hecho esa señora al mito vampírico) resulta irritante, cierto, pero el hecho de que todos los personajes de la serie -empezando por el propio Ángel- ironicen continuamente con ello y se lo tomen de vez en cuando a cachondeo, lo hace más soportable.
La segunda cosa que se me hace evidente en este segundo visionado de ambas series, es el modo magistral en que Joss Whedon maneja los clichés y los estereotipos. Jugando continuamente con ellos, dándoles las vueltas, buscándoles las esquinas y consiguiendo sacar algo nuevo y fresco de situaciones y personajes que no pueden ser más tópicos en muchas ocasiones. Whedon es un maestro del cliché y, sobre todo, es un maestro en el difícil arte de conseguir que los clichés parezcan novedodos y originales.
Y por último (no lo es, pero tampoco me voy a tirar el día entero hablando del asunto) he confirmado que el personaje más conseguido y con más potencial de ambas series -y hay personajes estupendos, sobre todo entre los distintos grupos de sidekicks que rodean a los héroes- es, sin la menor duda, Spike. De lejos. Y además, demuestra que toda esa cháchara de que cuando te transformas en vampiro pierdes el alma y tu yo es sustituido por un demonio con tus recuerdos, es una soberana chorrada. Si algo demuestra Spike a medida que la serie va avanzando (y su reacción ante la muerte de la madre de Buffy es un ejemplo clarísimo) es que tiene alma -léase “conciencia”, para aquellos a los que el palabro les de unas connotaciones demasiado religiosas- mucho antes de que se ponga a intentar recuperarla. En realidad, hasta podríamos decir que el mismo hecho de que intente recuperarla implica que ya la tiene.

Lo más curioso es que el personaje haya tenido que esperar para desarrollar del todo su verdadero potencial hasta el final de su participación en las dos series. Porque es en la séptima temporada de Buffy y en la quinta de Angel donde Spike se desarrolla por completo y consigue, en más de una ocasión, robarles las series a sus dos protagonistas.
No quiero decir que antes no fuera un buen personaje: su potencial está claro desde su primera aparición en Buffy cuando, tras meses de generar expectativas en torno a la temible amenaza que va a representar el Ungido, llega Spike y se deshace de él en menos tiempo del que tarda en pestañear (capítulo , por cierto, que es un ejemplo perfecto de la mala idea que destila Whedon y una muestra de lo mucho que le gusta jugar a cargarse las expectativas y a desorientar al espectador). Spike es un personaje que va creciendo poco a poco: desde sus primeras apariciones, donde es poco más que una fuerza destructiva y malévola, se va volviendo cada vez más complejo hasta el extremo de acabar aceptando (a regañadientes y echando pestes a cada paso del camino; al fin y al cabo es Spike) el incómodo papel de héroe a su pesar que parece haberle asignado el destino. Es en ese momento cuando alcanza su verdadera estatura y, como decía antes, casi les roba ambas series a sus protagonistas.
Por supuesto, no hace falta mencionar que lo que he confirmado con este nuevo visionado es lo condenadamente buenas que son las dos series y lo condenadamente bueno que es Whedon.
¿Y ahora? ¿Tal vez una nueva revisión de Firefly seguida del visionado de Serenity? Quién sabe.
Indy convence… a algunos
Lunes, Mayo 26th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Paternalismo
- El mismo día, hace tres años: Detectives, guerras y poetas
Una vez más, división de opiniones en el visionado colectivo de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, como ya pasó en su día con el Superman Returns de Brian Singer.
De hecho, si queréis leer un comentario bastante negativo de la película, no tenéis más que asomaros por El trasgu probabilista de Instanton para haceros una idea de lo que sintió el sector que estaba situado más a la izquierda (en la fila, se entiende) mientras veíamos la película.
Al sector “derechista”, en cambio, la película nos gustó y nos convenció, sin problemas: entramos por ella desde el primer minuto y no nos costó nada mantener la suspensión incredulidad que el film exigía -más quizá que en anteriores entregas, cierto-. Nos gustó la historia llena de peripecias un tanto absurdas -como debe ser-, nos gustó la recreación (deliberadamente anacrónica e irreal) de una época, nos gustó el hijo de Indy, nos gustó el ritmo de la película y nos encantó Marion. Y, en general (pese a que encontramos un tanto anticlimático el momento de “resolución del enigma”) nos lo pasamos muy bien durante el tiempo que duró la película.
¿Factor nostalgia, como algunos indican? ¿Le perdonamos al profesor Jones cosas que no le perdonaríamos a otro personaje? No lo sé. Creo que no es así. Sin duda el factor nostalgia es un elemento más que añadir al disfrute, pero sólo uno más y ni siquiera determinante.
¿Es esta, pese a todo, la peor de las cuatro entregas? Pues no lo tengo muy claro. Habría que hacer un visionado de la saga completa para poder decidirlo. Y sospecho que, llegado el caso, el resultado tampoco resultaría determinante.
Puro espectáculo, sin duda.Y más de lo mismo, también sin la menor duda. Pero precisamente de eso se trataba, claro.
Blue Harvest
Viernes, Mayo 23rd, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 8 comentarios »- El mismo día, hace un año: El sueño del rey rojo
No recuerdo ni cuándo fue la primera vez que vi Padre de familia, ni qué episodio era. Pero sí que recuerdo que no me podía creer lo que estaba viendo.
Obvio es decir que no tardé en convertirme en un fan de la serie. Su humor surrealista, cínico, cañero (burro, en realidad, tan burro que a veces resulta increíble) y totalmente iconoclasta me atrapó desde el primero momento, por no mencionar esos personajes totalmente “impresentables” (empezando, por supuesto, por Peter Griffin, uno de los ejemplares de ser humano más mezquinos, hedonistas, egoístas y tarados que he visto en mucho tiempo, todo un orgullo para la especie) o esos momentos en que parece que los guionistas se han fumado hasta las cenizas de su padre o bebido hasta el agua de los floreros y se les va la pinza por donde menos te esperas. Creo que la serie terminó de ganarme el día en que me di cuenta de que el alcalde del pueblo no sólo se llamaba Adam West (como el actor que encarnó a Batman en la televisión en los años sesenta) sino que, además, estaba interpretado por Adam West.
Sin duda es una serie que no habría sido posible de no haber sido por otras que abrieron camino antes que ella. Y el modelo más evidente (aunque ni de lejos la única serie de animación pionera en este aspecto) es Los Simpson, con la que comparte varias características, como que ambas estén articuladas alrededor de un núcleo familiar o cuenten a menudo con apariciones de personajes del “mundo real”, a veces interpretados por sí mismos. Pero allá donde Los Simpson juega con los estereotipos, la hipocresía social y las apariencias bajo las que se ocultan “cosas chungas”, Padre de Familia revienta directamente todo eso eso, como si la sutileza fuera una cosa para pusilánimes. De hecho, y aunque parezca un contrasentido, es esa falta de sutileza uno de las grandes bazas de la serie.
En Blue Harvest, nos cuentan su personalísima visión de la primera película de Star Wars, y , sin dejar de ser un episodio más de Padre de Familia, con todas sus características habituales, se convierte en una estupenda revisitación, a mitad de camino entre la irreverencia desenfrenada y el amor incondicional de fan, de la saga de George Lucas.
El episodio está lleno de momentos impagables, explotando con habilidad los clichés más evidentes de Star Wars y los fallos argumentales de la primera película, en una combinación extraña pero que al mismo tiempo funciona. Porque, por un lado, no tienen piedad con el original que parodian, pero al mismo tiempo queda claro que Blue Harvest es la obra de un fan que conoce a la perfección Star Wars y siente verdadera pasion por ella.
Algo que queda perfectamente claro en los extras que acompañan al DVD en el que se ha editado Blue Harvest, donde vemos a Seth McFarlene, el creador de la serie, entrevistando a George Lucas y dejando claro, no sólo que conoce el universo de Star Wars casi mejor que su creador, sino que se lo está pasando de miedo allí, sentado frente a Lucas y tratando de no babear de entusiasmo.
Mis momentos favoritos del episodio (todo el mundo tendrá los suyos, por supuesto), son estos tres:
- La aparición de Peter Griffin (que encarna a Han Solo) diciendo: “Soy Han Solo, el único actor que no ha visto su carrera arruinada por esta película”.
- El momento en que Luke (Chris) y Han llevan a Chewbacca (Brian) al bloque de celdas y en el ascensor suena una versión -para ascensor, evidentemente- de la ominosa Marcha Imperial.
- Cuando las tropas de asalto del imperio matan, no sólo a los tíos de Luke, sino a John Williams y a toda la Orquesta Sinfónica de Londres y Luke se lamenta amargamente: “Dios mío, ahora tendremos que seguir el resto de la película con Danny Elfman”.
Destacar entre los extras del DVD (además de la elegante camiseta, por supuesto) la recopilación de las distintas escenas de la serie donde se ha hecho referencia a Star Wars en algún momento. Son unas cuantas, y algunas resultan impagables.
Y, por supuesto, el teaser de la secuela: Something, Something, Something Dark Side. Esperemos que no tarde.
Aprovechando que el Pisuerga pasa por algún sitio…
Miércoles, Mayo 21st, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 9 comentarios »- El mismo día, hace un año: Susceptibilidad y unidireccionalidad
- El mismo día, hace tres años: Enrique V, Acto IV, Escena III
Con el cambio de dominio he tenido que reactivar algunas cosas que estaban ya activas en el antiguo. Y una de ellas ha sido el panel de estadísticas de WordPress.
Hoy he aprovechado para ver las cadenas de búsqueda por la que la gente había llegado aquí y (aunque esto no tocaría hasta dentro de un año, o así) he dado con unas cuantas que me han dejado un tanto perplejo:
- como ser una buena madrastra
- a mis 16 años folle a mi madrastra
- citas citables sobre la calumnia
- que son las cuelgas
- puede ser que las pipas quita el sueño
- mi corazoncito escrita
- cómo chupar una teta
La primera es parte de un grupo de cadenas de búsqueda (que suelen incluir la palabra “madrastra” o “Blancanieves” o “Disney”) que hacen que mi post referido a la Blancanieves de Leone Frollo esté rápidamente subiendo puestos en el ranking de entradas más vistas de este blog. Éste me ha llamado la atención porque se aparta de lo habitual. Quien haya escrito esto no está pidiendo versiones eróticas de clásicos de Disney ni madrastras perversas ni cosas de esas… o al menos parece que no.
Quien escribió eso de “a mis 16 años folle a mi madrastra”, ¿estaba buscando por la red a ver si alguien se había enterado de ello y hablaba del asunto?
Lo de “citas citables sobre la calumnia” me deja un poco extrañado, pero, bueno, asumo que alguien está buscando frases graciosas u ocurrentes sobre ese concepto. Ahora bien, lo de “qué son las cuelgas” ya me descoloca totalmente, lo de que las pipas quiten el sueño (¿y qué pipas: las de comer, las de fumar, las pistolas…?) me suena a inicio de una nueva leyenda urbana y, por último, eso de “mi corazoncito escrita” me deja sin aliento y me hace pensar, no sé por qué, en un tango.
En cuanto a la última… Hay cosas que se aprenden pero no se pueden enseñar, como diría el otro, por muchos diagramas explicativos que nos pongan
También he aprovechado para echar un vistazo a cuáles son las entradas más visitadas desde que me he mudado a www.escritoenelagua.com. Entre las primeras tienden a estar, de momento, algunos de los posts más recientes, lo que más o menos es lógico. Pero veo que van escalando puestos con rapidez otros como:
- Algunas figuritas (1)
- La madrastra que no imaginó Walt Disney
- Una parte de la infancia perdida
- ¿Era Sherlock Holmes el decimotercer apostol?
Lo sorprendente es que también están entre las entradas más visitadas tres de las páginas que aparecen en el menú de la cabecera: Reseñas , Publicaciones y Contacto.
Por último, le he echado un vistazo a los enlaces a través de los que se ha llegado hasta aquí. Pocas sorpresas por ese lado: un porcentaje importante de la gente ha llegado a través de (por orden de visitas) los blogs de Rafael Marín, Gorinkai, Skalagrim o Blogdemlo. Y en general, la mayoría llega a través de enlaces de distintos blogs, muchos de los cuales tengo enlazados a mi vez. La dichosa endogamia de la blogosfera, supongo.
Evidentemente, todas estas estadísticas son aún un poco engañosas. Hace poco que las he activado y no recogen los datos de cuando este blog estaba en drímar. A medida que los meses vayan pasando imagino que tendré un panorama más veraz del asunto (y seguro que, como antes, el post de la Blancanieves de Frollo no tardará en auparse a la primera posición en cuanto a visitas).
Por otro lado… ¿le interesa a alguien además de a mí mismo todo esto? ¿Es esta entrada un monumento a un ego -según algunos- demasiado hipertrofiado? ¿O es tal vez un modo de rellenar contenidos en un momento en que no se me ocurre qué decir? ¿O las dos cosas? ¿O…?
Elegid la que queráis, como de costumbre.
El abismo en el espejo
Lunes, Mayo 19th, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Citas citables: La gente que no necesita a la gente
- El mismo día, hace tres años: La séptima víctima
Nunca he estado satisfecho del todo con El abismo te devuelve la mirada. Cuando la escribí, allá por 1996, lo hice de un modo demasiado rápido: la historia que estaba contando tenía implicaciones personales demasiado cercanas -y en buena medida, dolorosas- y necesitaba librarme de ella pasándola al papel. Así que el resultado, aunque satisfactorio en líneas generales, no fue todo lo bueno que debería haber sido.
Eso se unió al hecho de que fue publicada en 1999 en una colección que, aunque interesante (reunía a algunos de los mejores escritores españoles de género negro), tuvo una distribución más bien penosa y acabó agonizando anónimamente sin que nadie se percatara de ello.
Así que la idea de conseguir reeditar algún día El abismo te devuelve la mirada siempre estuvo en mi ánimo, junto a la sensación de que tenía que volver a la novela y rematarla como se merecía.
Eso hice allá por el año 2005. Amplié la historia, introduje nuevos personajes y situaciones que habían quedado implícitos en la versión original y, en general, redondeé una trama que, en su momento, no había sabido elaborar lo suficiente. El resultado fue una novela que, sin dejar de contar la historia que narraba originalmente ni, eso creo yo, traicionarla, era lo bastante distinta del El abismo te devuelve la mirada para considerarla en cierto modo un nuevo libro.
El paso siguiente era, evidentemente, encontrar un editor para ella. Eso sucedió el año pasado, cuando Hegemón Ediciones se mostró interesada en publicar algo mío y decidí mandarles esta nueva versión.
Si todo va bien, en un máximo de un par de meses la novela estará en la calle. Para distinguirla de la versión original y hacer notar que esto no es simplemente una reedición hemos decidido llamarla El abismo en el espejo. Si las cosas no se tuercen, se presentará en la Semana Negra de Gijón, desconozco todavía si conjuntamente con Sherlock Holmes y el heredero de nadie o de forma individual.
Tanto a los que en su momento leisteis El abismo te devuelve la mirada y disfrutasteis con ella, como los que no conocías su existencia, espero que El abismo en el espejo os resulte una lectura satisfactoria.
Un par de citas
Viernes, Mayo 16th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 3 comentarios »- El mismo día, hace un año: ¿Por qué no?
En la edición digital de El País:
En nuestros días y en nuestro entorno, el nacionalismo podrá adoptar todos los colores de la izquierda en todos los ámbitos imaginables, pero, en lo que le es propio y distintivo, es un puro movimiento de derechas, de ruptura de la igualdad, de división de la ciudadanía, de defensa o búsqueda de privilegios para unos (generalmente unos pocos) a costa de otros (generalmente los más). Que los Otegui o los Carod se apunten a todas las causas de izquierda menos a una, la defensa del espacio y la igualdad ciudadana ya conquistados, es de una tremenda inconsistencia moral, pero de una gran sagacidad táctica, tanto para sí mismos como para toda esa cohorte de intelectuales, profesionales y funcionarios que les siguen dispuestos a conquistar el aparato del Estado.
Mariano Fernández Enguita
La primera: la izquierda sólo puede defender ideas nacionalistas instrumentalmente, porque cree que el nacionalismo sirve a otros propósitos emancipadores más básicos. Y sucede que el nacionalismo, por definición, no puede ser instrumental, no busca razones ulteriores, porque entonces deja de ser nacionalismo. Para el nacionalismo los intereses de los míos, simplemente porque son los míos, tienen prioridad sobre cualquier otra consideración, vencen cualquier principio de justicia.
Y la segunda es que todas las razones instrumentales a las que se puede apelar, todos los valores que identifican a la izquierda (la igualdad, el control democrático, la libertad para elegir la propia vida), cuando se miran de cerca, tienen implicaciones antinacionalistas.
(…)
La idea de que hay unos pueblos que han de tener un trato especial no puedo dejar de asociarla a lo que antes te decía del trato con los reyes, a desandar lo recorrido desde la revolución francesa. Pensamiento reaccionario en estado puro.
Félix Ovejero
Recomiendo, ya que estamos, la lectura completa de ambos textos, a los que podéis acceder desde los links que encabezan las citas.
Sagacidad periodística
Jueves, Mayo 15th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 5 comentarios »- El mismo día, hace tres años: ¿Dónde estabas en los malos tiempos? ,
- El mismo día, hace tres años: Más papistas que el papa
Leído en el Qué! del lunes, 12 de mayo de 2008
SUPERMAN MUERE
La publicación del cómic “La muerte de Superman”, que ahora se edita en castellano, sorprende con un inesperado final: el superhéroe por excelencia fallece.
Qué aguilillas, los reporteros del periódico.
Bueno, al menos no han dicho que era una novela gráfica.
No hay nada nuevo bajo el sol
Miércoles, Mayo 14th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: ¿Por qué?
- El mismo día, hace tres años: El diccionario del diablo
Ojeando (y también hojeándolo, de paso) el periódico mientras comía, encontré un artículo de opinión donde hablaba de las “bellezas de photoshop” y comentaba el buen aspecto que tienen nuestros políticos en las fotografías, como un reflejo inverso de Dorian Grey, donde la realidad es reformada a gusto y una papada se elimina aquí, una arruga se suaviza allá o unas bolsas bajo los ojos desaparecen acullá.
Hace dos mil años alguien comentaría, seguramente, lo bien que había quedado el emperador en su estatua triunfal después de que, en el bronce o el mármol, se le hubieran quitado unas cuantas verrugas, puesto algo más de pelo y corregido sus piernas torcidas.
Las herramientas cambian y la tecnología avanza. El impulso que hay detrás sigue siendo el mismo.
“He cambiado”, decía Richard Gere en Oficial y caballero. “¿Cambiar?”, le respondía Lou Gosset Jr. “No has cambiado nada. Sólo has pulido un poco tu actitud. Te has limitado a sacarle brillo”.
A veces tengo esa sensación. Bueno, la tengo prácticamente siempre, lo que pasa que unos días es más intensa que otros. No hemos cambiado gran cosa desde la fundación de la primera cultura urbana (quién sabe si desde antes). Hemos ido sacándole brillo al asunto, puliéndolo aquí y alla, pero en el fondo la evolución del espíritu humano ha sido mínima. Han evolucionado (a veces a un ritmo aterrador) las herramientas que usamos, pero el propósito con el que las utilizamos apenas ha variado nada.
Seguimos siendo monos. Tribales, territoriales y llenos de miedo, lo que nos vuelve tremendamente agresivos y nos convierte, posiblemente, en el bicho más peligroso y dañino que hay sobre el planeta.
Y supongo que siempre lo seremos, por mucho photoshop que le apliquemos a las apariencias.
Iron Man
Lunes, Mayo 12th, 2008 Pertenece a Dentro de la viñeta, Imágenes en acción, Visto y oído | 5 comentarios »- El mismo día, hace tres años: Un caso de identidad
Mi primera reacción cuando se informó de que Marvel, en lugar de franquiciar sus personajes para la gran pantalla, iba a mantener el control creativo de los mismos, fue pensar algo así como “se masca la tragedia”. Si a eso unimos que Iron Man nunca ha sido uno de mis personajes de cómic favoritos (me gustaba como miembro de Los Vengadores, pero sus aventuras en solitario no me decían gran cosa), digamos que iba a ver esta película con bastante desconfianza y esperando tragarme un truño más de tantos, pese al entusiasmo y expectación de algunos amigos, sobre todo Sergio Iglesias.
Así que he salido del cine gratamente sorprendido. Muy gratamente, de hecho. La película me funciona y, lo más importante, me funciona durante todo su metraje: no se viene estrepitosamente abajo en el momento en que Tony Stark se mete en la armadura y los CGIs empiezan a adueñarse de la pantalla, sino que mantiene sin problemas el nivel que iba teniendo hasta entonces.
Ciertamente, buena parte del mérito es de Robert Downey Jr., uno de los mayores aciertos de casting que he visto últimamente en las adaptaciones de cómic de superhéroes a la pantalla. Hay momentos en que la película funciona exclusivamente gracias a él y al aire de “voy de requetesobrao” con el que ha encarado la interpretación de Tony Stark.
En general, la película me ha parecido bastante digna y bien llevada y no me han dolido los seis euros y pico que he tenido que pagar. El intento, por otro lado, de hacer una especie de trasvase de todo el universo Marvel a la gran pantalla, no pasa, de momento, de ser una curiosidad que hará sonreír al fan de los comics pero que, si se mantiene y se agranda de la forma correcta (hasta desembocar, suponemos, en esa adaptación de Los Vengadores de la que se habla últimamente), puede ser un atractivo más de esta nueva tanda de adaptaciones marvelitas.
El personaje está bien actualizado y sus características básicas se han respetado en la adaptación. En lo visual, la armadura funciona sorprendentemente bien (confieso que la idea de ver en pantalla a un tío con una armadura roja y amarilla me ponía los pelos como escarpias) y la historia, pese a su sencillez, o quizá precisamente por eso, fluye de un modo adecuado y desemboca en un final correcto. Tiene un cierto aire de “episodio piloto” que mantienen a menudo las primeras adaptaciones de un superhéroe a la pantalla, pero parece que los responsables de este Iron Man han aprendido la lección de Batman Begins y han sabido convertir el origen del héroe, en lugar de una molesta excrecencia que hay que narrar para que nos enteremos de qué pasa, en algo interesante de por sí.
Vamos, que sí, que me ha gustado. Y, de hecho, me ha pasado algo que no me pasaba últimamente en el cine: salí de la película con ganas de volver a verla.
PSTADATA 1: Sí, el trailer de la nueva de Indy -emitido antes de Iron Man- mola que te cagas y me tuvo babeando de emoción como un crío durante toda su proyección.
POSTADA 2: Me temo, hablando de trailers, que Speed Racer va a ir a verla su padre. Yo no, en todo caso.
