La muerte de Superman. El cómic

Decía, al hablar del DVD, que el cómic original de La muerte de Superman no era “una obra maestra ni de lejos”. Y ciertamente, no lo es. Sin embargo, en este caso la memoria me jugó una mala pasada. Y es curioso, porque lo normal es que las trampas de la nostalgia te hagan recordar las cosas como algo mucho mejor de lo que eran en realidad y lo que ha pasado aquí es justo lo contrario.

No sé si este puñado de números de las colecciones regulares del Hombre de Acero están destinadas a pasar a la Historia (así, con mayúsculas) del noveno arte. Seguramente no.

Tampoco es que me importe mucho.

Lo que recoge esta saga es, en pocas palabras, una de las mejores etapas de Superman. Seguramente el momento en que mejor ha estado definido el propio personaje y sus motivaciones, al igual que su entorno y todo cuanto lo rodeaba. Quizá porque quienes se encargaban de las cuatro colecciones que entonces había de Superman (Superman, Action Comics, Man of Steel y Man of Tomorrow) formaban un equipo creativo que estaba poniendo toda la carne en el asador -buena parte de ellos, sino todos, habían sido fans del Supes antes de meterse profesionalmente en el mundo del cómic-  y al frente de todos estaba un coordinador (editor, según la terminología americana) que sabía lo que estaba haciendo y sentía verdadero entusiamo por el personaje.

Evidentemente, todo eso no habría sido posible sin el trabajo previo de John Byrne, que siete años antes había renovado la mitología de Superman y, sobre todo, había introducido una serie de cambios en Clark Kent que lo habían convertido, de una especie de parodia torpe y ridícula, en un personaje creíble y con unas motivaciones asumibles. Byrne no estaba solo y, si bien la mayor parte del mérito es suyo, también estaban ahí Marv Wolfman -que siempre es el gran olvidado en estas cuestiones- y Jerry Ordway, que empezó como simple dibujante pero no tardó en aportar sus propias ideas y acabó convirtiéndose, con el tiempo, en uno de los mejores guionistas de Superman.

Tras la marcha de Byrne, Roger Stern y Ordway (junto a George Pérez que, aunque no permaneció demasiado tiempo en el universo de Superman, se las apañó para incorporar unas cuantas cosas interesantes sobre su herencia kryptoniana) siguieron refinando las ideas aportadas por Byrne y construyeron un entorno cada vez más complejo e interesante. Especialmente Ordway quien, centrándose sobre todo en los secundarios de la serie y reaprovechando conceptos creados en su día por Jack Kirby, fue definiendo una galería de secundarios de lujo que arropaban, y a veces eclipsaban, a Superman.

Tras unos inicios algo vacilantes, los guionistas post-Byrne usaron precisamente la última historia que éste escribió antes de dejar la serie (donde Superman, por primera vez, actuaba de juez, jurado y verdugo y mataba a tres supercriminales kryptonianos de un universo alternativo) para construir una serie de acontecimientos que desembocarian en la Saga del Exilio. Es allí donde empiezan a arrancar con seguridad tanto Stern como Ordway (acompañados durante un breve periodo, como ya he dicho, por George Pérez) y empiezan a demostrar lo mucho que son capaces de enriquecer el universo de Superman. Dan Jurgens se uniría por aquella época a la serie y, poco a poco, empezaría a desarrollas sus propios conceptos.

Algo más tarde llegaría Louise Simonson, y con ella se completaría el cuarteto de guionistas que, juntos, se convirtieron en el equipo que mejor ha sabido tratar al Último Hijo de Krypton en su larga historia. No creo que sea exagerado decir que, en el lapso que media entre la marcha de Byrne en 1988 y la boda de Lois y Clark en 1996, las colecciones de Superman fueron, de lejos, la mejor serie regular de superhéroes que había en el mercado.

Mike Carlin fue el responsable de coordinar todo esto y de hacer que, en esa época, las cuatro series mensuales distintas de Superman funcionaran como una única serie semanal (de hecho, aparte de la numeración propia de cada serie, había otra, correlativa, que iba pasando de una a otra): el equipo creativo variaba de un título a otro, pero la continuidad argumental se mantenía y, si bien cada tándem guionista-dibujante tenía unas predilecciones bastante marcadas y se centraba en un tipo de historias concretas, todos ellos colaboraban en la historia general y aportaban sus propias ideas al conjunto.

Y al decir todos, quiero decir todos. Eran los cuatro guionistas los que escribían cada número, pero en las reuniones anuales que Carlin convocaba y coordinaba, participaba todo el equipo creativo y todas las ideas eran discutidas y tomadas en consideración, vinieran de donde vinieran. Eso creó una sinergia que desde entonces, me temo, no se ha repetido en las series de Superman.

La culminación de todo eso fue, precisamente, esta Muerte de Superman, una historia en tres actos de la que la muerte del personaje era sólo el primero y, como reconocían los guionistas, el menos interesante. “Vale, matamos a Superman”, dijo uno de ellos. “Y luego, ¿qué hacemos?”.

En Funeral por un amigo (el nudo de la trilogía, por así decir) se especulaba con lo que ocurría en un mundo sin Superman. Estábamos en 1992, una época donde el héroe que triunfaba era una suerte de antihéroe de psique torturada que disparaba primero y preguntaba después. Superman parecía, pues, un modelo heroico obsoleto, un ideal pasado de moda. ¿Y qué le ocurre de pronto al mundo cuando ese ideal pasado de moda desaparece?

La conclusión llegaba con El reinado de los superhombres, donde se presentaban cuatro candidatos al manto heroico del Hombre de Acero. Los aficionados sabíamos que, en el fondo, ninguno de ellos era el original. Que éste estaba en alguna parte aguardando el momento para volver. El Último Hijo de Krypton, Steel, el Cyborg y Superboy se revelarían todos, en mayor o menos medida, como fraudulentos y uno de ellos, de hecho, sería el verdadero y temible enemigo a batir. 

Así fue. Durante casi un año, la trama fue llegando a su conclusión natural y las pistas que íbamos viendo encajaron como sabíamos que harían hasta desembocar en un desenlace a su altura. El verdadero Superman regresaba de entre los muertos y era como si nunca se hubiera ido: allí estaba, el más incansable boy-scout del universo, incapaz de darse por vencido por mal que estuvieran las cosas y siempre dispuesto a ver la esperanza allí donde no parecía haber ninguna. En la arrasada ciudad de Coast City se enfrentaba a su mayor desafío y salía triunfante, listo para regresar a un mundo que lo reclamaba, aunque no lo supiera.

Muchas cosas habían cambiado, en Metrópolis y en el mundo, durante su ausencia. Él mismo, en cierto modo, no había salido indemne de la experiencia: al fin y al cabo, había comprobado que era mortal (por más que no fuera una “muerte definitiva”, como no lo suelen ser las de los héroes). Acontecimientos posteriores (como la “sobrecarga” de sus poderes o incluso la pérdida de los mismos, por no mencionar su conversión en un ser de energía y su “desdoblamiento” en un Superman Rojo y otro Azul) intentarían darle nuevos giros de tuerca al personaje, pero no siempre serían los más acertados y, de hecho, al final se acabaría volviendo una y otra vez a la imagen clásica, al icono original.

El equipo creativo se mantuvo aún algún tiempo más y, aunque intentaron repetir algo parecido a la muerte del Hombre de Acero -al menos en términos mediáticos- con la boda entre Clark y Lois (por cierto, que eso siempre ha sido una de las cosas que más me han gustado del Superman post-Crisis: es Clark quien consigue a Lois y no Superman), ya no era lo mismo. Con los años, guionistas y dibujantes fueron llegando y marchándose de las series del Hombre de Acero y confieso que, en los últimos tiempos, las he seguido con más desgana que otra cosa. De hecho, lo último que recuerdo haber leído (en lugar de limitarme simplemente a ojearlo) es ya del año 2000, cuando Lex Luthor ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos en el Universo DC. Y, cuando Carlin dejó de ser editor de los títulos de Superman y éstos dejaron de tener continuidad unos con otros, me temo que mi interés decayó más aún.

Volver a leer esta saga completa (aprovechando el tomo -tomazo, más bien- que Planeta ha sacado siguiendo la nueva edición americana) ha sido una gozada, ciertamente. No es, como he dicho, el mejor tebeo de superhéroes que jamás se ha escrito, ni tampoco creo que lo pretendiera. Pero es una buena historia, construida con cuidado y con amor y contada con habilidad.

Que no es poco.

2 comentarios

  1. tengo un comic original con fecha de 1988, aunque en internet dice que fue publicado en el 93, pero como sea es el de la muerte de superman, no c q tanto pueda valer

  2. Byrne es el verdadero generador del actual Clark-Superman, tan así que Smallville está altamente “byrnzada”(primeras tres-cuatro temporadas). Después vino el Mundo de Kripton. Con una sociedad muy intertesante de estudiar (soy urbanista), bien dibujada y afín al ego de quien ha dominado toda la vida por la tecnología (al escribir esto pasamos en México por la mitad de lo que será conocida como influenza porcina o influenza americana y nos descubrimos o re-descubrimos como meras hormigas en el planeta).
    Posteriormente viene el exilio al espacio (muy buenoo también), el cual has mencionado correctamente, en cronología y contenido, y despues se empezó a desinflar. De lo peorcito: Suerman Rojo-Azul.
    Actualmente (fines del primer decenio del s.XXI) han re-inventado a Superman con un Clark Kent torpe, plomizo y tímido (antí-tesis de Byrne), con un Kriptón de “caricatura” que no de cómic, sin exilio en el espacio (y entonces sin los personajes y monstruos que esa emisión aportó), un Lex L. otra vez de caricatura (ni siquiera cercano al que apareció en Smallville).
    Van mal…

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