La apuesta de Asimov por la libertad: Un análisis de “El fin de la Eternidad” (2)

Estilo

Se ha acusado a Asimov de carecer de estilo, de no saber escribir, de utilizar un lenguaje pobre y sin matices. Ese lenguaje es suficiente, sin embargo, para hacer avanzar la trama de forma fluida, para darnos una idea del decorado con dos pinceladas y para definir a los personajes allí donde es necesario definirlos, sin detenerse en ahondar en su caracterización psicológica más allá de lo que los requerimientos de la historia exigen. Sin duda nunca leeremos a Asimov por el goce estético que nos produzca su estilo, no saborearemos sus palabras con deleite o nos regocijaremos por sus ocurrentes metáforas. Pero también es cierto que (especialmente en el Asimov de a partir de finales de los cincuenta, ya con su herramienta lingüística totalmente depurada) es un lenguaje que nos permitirá meternos en la historia sin dificultadas y nos llevará de un lado a otro de la misma con el menor esfuerzo posible.

Al contrario de lo que se ha dicho a menudo, su estilo no es ni plano ni pobre. Es, simplemente, lacónico y tendente a la síntesis.[1] Es un estilo que, depurado a través de los años, se convierte en las manos de Asimov en la herramienta perfecta para una narración amena, limpia y sin complejidades.

Por otro lado, a menudo se olvidan otros aspectos del estilo de Asimov, y que precisamente en El fin de la Eternidad son usados de un modo magistral. En primer lugar su envidiable manejo de la trama, siempre fluida en sus manos y siempre discurriendo de un modo lógico y sin altibajos narrativos ni tropezones de ritmo. En segundo su utilización de los flashbacks para conseguir una acción más condensada y evitar que la narración lineal de los hechos lleve a la novela a un ritmo moroso y aburrido. En tercer lugar su habilidad para definir a los personajes con menos de media docena de pinceladas. Puede parecer que no tienen vida interior, más allá de lo que la trama lo requiere. Pero nos son descritos con el suficiente detalle para darnos cuenta de que esa vida, aunque no la veamos, está allí. Afirmar que los personajes de Asimov son planos solo por que no se toma la molestia de convertirse en Stephen King y darnos una descripción pormenorizada de sus procesos mentales es como decir que Philip Marlowe carece de próstata solo porque Raymond Chandler nunca se ha tomado el trabajo de mostrarlo en el retrete.[2]

Asimov nos dice de los personajes aquello que es necesario saber en tanto en cuanto afecta a la historia. Y lo que nos dice de ellos es consistente y está bien elaborado. Para sus propósitos narrativos no es necesario nada más.[3]

Pero quizá su marca de fábrica característica sea una cierta ambigüedad moral que, al final, resulta no serlo tanto. Como autor Asimov rara vez ha juzgado a sus personajes, en pocas ocasiones nos ha mostrado héroes y villanos. Generalmente lo que vemos son dos o más antagonistas, con uno de ellos convertido en personaje principal de la historia. Pero tanto él como sus enemigos tienen, desde su propio punto de vista, motivos perfectamente válidos para su comportamiento. No hay «malos» en la obra de Asimov, solo personajes que se oponen al héroe por motivos tan correctos como los que el héroe tiene para oponerse a ellos.

Dije antes que esa ambigüedad moral resulta no serlo tanto. El hecho mismo de que el personaje central termine en la mayoría de los casos consiguiendo el triunfo nos puede dar una idea de por donde van las simpatías morales de Asimov en tanto que autor. Incluso con eso, es lo suficientemente honrado con sus lectores para no imponerles su visión moral del mundo y tratar de plantear todas las opciones de forma que no le cieguen sus prejuicios personales, permitiendo así que los lectores escojan por sí mismos una vez acabada la lectura.

Todas estas características están presentes en El fin de la Eternidad y es ahí donde mejor y más sabiamente empleadas han sido por Asimov.

Y posiblemente es donde mejor jugada está la baza de la ambigüedad moral. Como comentaré más adelante, El fin de la Eternidad es una novela en la que el protagonista no solo pierde, sino que decide pasarse a al otro bando, con el resultado de que al final encontramos incluso más válidos los argumentos del antagonista que los del héroe.

Una organización castrante

La Eternidad, como hemos dicho, es el Hermano Mayor del ser humano. Si en la novela corta original su papel parecía tener cierta justificación, aquí nos es presentada paulatinamente como un Ente claramente malévolo que ha ahogado los anhelos humanos de expansión y posiblemente sea la causa última de su extinción como especie: fría, aséptica, obsesionada por el control y optando siempre por el término medio (es decir, la mediocridad) poco se parece a la otra gran organización que vela por el transcurrir adecuado del tiempo en la literatura clásica de CF, la Patrulla del Tiempo de Poul Anderson.[4]

En realidad, a medida que vamos viendo a un personaje tras otro, vemos que todos ellos adolecen de alguna tara mental, hasta que llegamos a la conclusión de que el destino último de la Humanidad está en manos de desequilibrados emocionales obsesionados por impedir cualquier comportamiento humano extremo para, al menos eso creen, asegurar a los hombres una existencia lo más plácida y segura posible. Además, la Eternidad está lastrada por el rencor hacia sí misma, un rencor que se manifiesta en la forma en que todos tratan a los Ejecutores (los responsables de hacer el cambio físico que altere el fluir temporal): haciéndoles el vacío y apartando la vista como si no existieran cuando se cruzan con ellos. Es como si la Eternidad estuviera cerrando los ojos a las consecuencias de sus propios actos y descargando su sentimientos de culpabilidad en la parte más visible de su organización: alguien puede solicitar un cambio de realidad, alguien puede calcularlo y alguien puede dar la orden de que se lleve a cabo, pero todos podrán decirse a sí mismos que fue el Ejecutor, y no ellos, el responsable físico del cambio.

El propio protagonista, Adrew Harlan, manifiesta un comportamiento claramente aberrante en presencia de las mujeres. Es incapaz de comportarse con ellas con naturalidad, e incluso llega a experimentar por ellas un rechazo que no es otra cosa que deseo sublimado.

Pero no es el único: Lavan Twisell, el gran programador, es un individuo hosco, abrupto y frío del que se dice que ha sustituido su corazón por una calculadora, y que en el momento cumbre de su vida ha cauterizado sus propias emociones para no verse obligado a romper unas reglas cada vez más castrantes.

En realidad, todos y cada uno de los miembros de la Eternidad que nos son presentados en la novela están marcados de forma indeleble con alguna tara emocional. No hay un solo ser sano en la organización, todos ellos son eunucos emocionales incapaces de aceptar su condición como tales y que han sublimado todos y cada unos de sus instintos y afectos insatisfechos en su ansia, no tanto de poder, como de control.

En cierto modo, El fin de la Eternidad podría resumirse como la historia de un hombre incompleto que recupera las partes de sí mismo que había perdido. Ese Andrew Harlan, el Ejecutor perfecto, la imagen misma de la eficiencia total e implacable y que, poco a poco, va desmoronando el castillo de naipes tras el que se oculta para descubrirse a sí mismo. Una vez que lo hace, una vez que se encuentra como ser humano completo y que es capaz de aceptarse en ese estado, solo puede quedar una conclusión: la Eternidad debe ser destruida.

Harlan, sin embargo no es capaz de verlo por sí mismo, y tiene que ser un personaje ajeno quien dé el paso por él.

NOTAS:

  1. Algo que precisamente lo lastraría en su última etapa como escritor. Con el paso de los años el lenguaje de Asimov se había ido despojando de todo lo superfluo: era una herramienta que servía para narrar de forma sucinta y sintética. Aprender a llenar de «hojarasca literaria» sus novelas en la última parte de su vida tuvo que ser un esfuerzo agotador (él mismo lo reconoce en sus memorias) y condenado de antemano al fracaso. El dicho de «perro viejo no aprende trucos nuevos» puede aplicarse aquí con estricta justicia. Las últimas novelas de Asimov se deslizan hacia lo aburrido con facilidad y no son capaces de despertar el interés de sus obras más antiguas. Es muy posible que despojadas de todo lo que les sobraba (más de la mitad en alguna ocasión) nos encontrásemos entonces con novelas bastante dignas e historias, sin duda, mucho más fluidas. De hecho, tengo la sensación de que el propio Asimov se dio cuenta de lo que ocurría y por eso planteó su última obra, Hacia la Fundación, como un grupo de novelas cortas interrelacionadas. Por ello, no es sorprendente que Hacia la Fundación, sin alcanzar el nivel de sus obras de la época clásica, resulte más satisfactoria, desde un punto de vista narrativo, que el resto de las novelas de Asimov escritas a partir de los ochenta.
  2. Siempre me ha sorprendido, por otra parte, que cuando un autor presta especial atención a la trama y se preocupa simplemente en caracterizar a sus personajes lo suficiente como para que encajen en ella se lo acuse de ser un escritor incompleto. Cuando hace lo contrario, por ejemplo, y obvia cualquier trama o coherencia argumental interna para centrarse en el estudio de la psicología de sus personajes es considerado normalmente como un gran autor. Es un prejuicio de la crítica que me resulta difícil de comprender. De hecho, ese mismo prejuicio fue el causante de que, durante muchos años, la crítica cinematográfica americana considerara a Alfred Hitchcock un director del montón, popular sin duda, pero no un «autor».
  3. Por no mencionar que, con los años, y especialmente en el terreno de la narración corta, Asimov se convierte en un maestro de la atmósfera y la caracterización. Sus relatos en torno a los Viudos Negros pueden ser un ejemplo perfecto: el supuesto misterio policiaco es a menudo trivial y roza el ridículo en más de una ocasión. Sin embargo los relatos funcionan gracias a la atmósfera y la caracterización de los personajes.
  4. Es curioso los enfoques tan distintos que ambos autores dan a organizaciones, sobre el papel, tan similares. La Patrulla del Tiempo de Anderson es a menudo una excusa para embarcarse en el terreno de la especulación histórica o incluso la ucronía. Asimov, sin embargo, y pese a su interés por la historia y la novela histórica, prescinde por completo de esa posible ramificación de su premisa argumental para centrarse en las implicaciones físicas, e incluso metafísicas, de una organización que controle por completo los viajes en el tiempo.

Publicado originalmente en Gigamesh Nº 38
© 2004, Rodolfo Martínez

Un comentario

  1. Qué buena La Patrulla del Tiempo de Paul Anderson. Y qué buen autor en general, por cierto.

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