La apuesta de Asimov por la libertad: Un análisis de “El fin de la Eternidad” (1)

Los viajes en el tiempo conforman, posiblemente, uno de los subgéneros más difíciles dentro de la ciencia ficción. Son muchos los autores que los usan como premisa o como simple decorado, pero pocos los que se atreven a hacer del viaje temporal el eje alrededor del que gire su novela: escribir teniendo como tema central el viaje en el tiempo y conseguir que el resultado sea coherente, con consistencia y al mismo tiempo nos sorprenda no es, para nada, tarea fácil. Puede serlo (o al menos resultar menos difícil) en el terreno del relato corto, donde una narración es capaz de sostenerse por sí sola con una única idea afortunada alrededor de la que gire todo, pero cuando entramos en territorio novelístico las inevitables ramificaciones de esa idea central comienzan a apoderarse de la trama y el autor debe ser muy hábil para que esta no se le vaya de las manos.

Es un tema que Asimov trató pocas veces: en algo menos de media docena de cuentos y en su novela El fin de la Eternidad que posiblemente sea su más conseguida narración larga, muy por encima de obras con una fama mayor como la Trilogía original de las Fundaciones o Los propios Dioses, considerada comúnmente por crítica y público como su mejor novela.[1]

Aunque no es el momento ni el lugar para enzarzarme en una digresión, no puedo por menos que disentir. Sí que es cierto que en Los propios Dioses el estilo de Asimov está más depurado: ya se ha despojado de toda la hojarasca pulp que aún sobrevive —aunque apenas— en El fin de la Eternidad, y su forma de narrar, directa, lacónica y sin florituras, está ya perfectamente asentada. No es menos cierto que su primer tercio es una espléndida novela corta, por sí sola a la altura de lo mejor de la obra asimoviana, con un final irónico y desesperanzador, ese «y nadie sabrá que yo tenía razón» que proporciona la última pieza que faltaba para definir con nitidez al personaje principal y ver solo entonces, en ese preciso momento, los verdaderos impulsos que lo mueven.

Sin embargo, es en la segunda novela corta de las tres que conforman Los propios Dioses donde la obra resbala y no consigue estar a la altura de su fama. Y resulta curioso, porque es esa segunda parte (la titulada precisamente «… los propios Dioses…») a la que suelen aludir crítica y público para justificar las bondades de la novela. Se habla hasta la saciedad de cómo Asimov fue capaz de diseñar unos alienígenas tan alienígenas como nadie había hecho antes, quizá con la excepción de Stanley G. Weinbaum.

Es cierto, pero bastante menos de lo que parece a primera vista. Nadie duda que la biología de los para-Hombres es enloquecedoramente extraña y que está muy bien diseñada, y en todo momento resulta coherente. Pero no es menos cierto que es una auténtica lástima todo ese derroche de trabajo e imaginación para que luego su comportamiento social, afectivo y sexual no sea muy distinto del de un americano de clase media de la segunda mitad del siglo veinte.

Destacar también que Los propios Dioses se ve lastrada por su condición de fix up de tres novelas cortas interrelacionadas ya que, si bien la primera es excelente y la segunda mantiene el tono, la tercera está muy por debajo del nivel de las otras dos.

El fin de la Eternidad, sin embargo, es una obra mucho mejor acababa en cuanto a trama, argumento y dosificación de la historia. Y es, me atrevería a decir, una obra mucho más profunda y arriesgada en cuanto a sus implicaciones ideológicas que Los propios Dioses.

Individualista

El fin de la Eternidad parte de una novela corta con el mismo título que en su momento Asimov no consiguió publicar, si bien el editor le comentó que convenientemente alargada podía resultar una buena novela. Años más tarde Asimov incluiría esa primera versión en su volumen Cuentos paralelos junto a las versiones originales de Un guijarro en el cielo (su primera novela publicada) y «Creencia» (un relato al que se vio obligado a cambiar el final porque a Campbell no le convencía el primero que había escrito).

Echar un vistazo a la novela corta original y compararla con la obra más larga que finalmente fue publicada es una tarea fascinante. Al contrario que con Un guijarro en el cielo, donde el Buen Doctor se limitó a alterar ligeramente la estructura y añadir un poco de relleno para alargar la historia, en el caso de El fin de la Eternidad novela y novela corta son dos obras muy distintas, y no tanto en cuanto a personajes, desarrollo de la trama o conclusión de la misma (que también, de hecho en la versión original y pese al título, Asimov no destruye la Eternidad) como en lo que se refiere a sus intenciones y al punto de vista adoptado.

En la novela corta original, la Eternidad (esa organización que trasciende el tiempo y se dedica a vigilar que éste transcurra como ellos creen que debe hacerlo) no es vista como un ente malévolo y su papel como Gran Bienhechor no es puesto en duda jamás. En realidad, aparte de jugar un poco a las paradojas temporales e introducir una de ellas como sorpresa final a su relato, poca cosa más hace Asimov en la versión más corta.

En la que finalmente fue publicada, sin embargo, las cosas han cambiado mucho, y el individualismo de Asimov (ese rechazo por cualquier forma paternalista de gobierno tan característico de los norteamericanos desde 1776 y del que Heinlen ha hecho su bandera convirtiéndolo a menudo en la pataleta de un adolescente) permea toda la obra y casi diría que es lo que la hace avanzar hacia su conclusión inevitable.

En vida Asimov fue una persona que huyó de las polémicas y que prefirió casi siempre contemporizar con sus oponentes antes que lanzarse a una confrontación directa. Es conocido el hecho de que dejó de introducir alienígenas en su obra para no tener que discutir con John Campbell (a quien admiraba y con quien se sentía en deuda) por la insistencia de éste en perpetuar en los extraterrestres ciertos estereotipos racistas característicamente anglosajones. También se sabe que incorporó una subtrama que no le gustaba en la novela Polvo de estrellas por indicación del editor Horace L. Gold, o que (y pese al desagrado personal que experimentaba hacia él) mantuvo toda su vida una relación cordial —aunque superficial— con Robert A. Heinlein.

Eso puede darnos una imagen de un Asimov pusilánime y carente de convicciones personales[2]. En realidad lo que creo que lo lastraba era su tremendo sentido de la lealtad, que lo llevaba a no tocar determinados temas para no chocar con personas a las que admiraba o con las que se sentía en deuda, y su pudor casi victoriano —pese a la aparente contradicción de su comportamiento público, extrovertido y arrogante— que le hacía ver con malos ojos cualquier tipo de pelea en público. Pero sus convicciones ideológicas eran bastante firmes, y están presentes en casi toda su obra. Más allá de ese optimismo cientifista que la crítica se ha empeñado en señalar una y otra vez como su marca de fábrica personal —característica que comparte con casi toda su generación, excepciones como Pohl y Kornbluth aparte— la obra de Asimov es una apuesta continua en favor del pensamiento racional, la independencia humana y el compromiso. Su ideología nunca estuvo muy claramente definida, en parte porque posiblemente no se sintiera cómodo con los postulados de ninguna de las corrientes principales de pensamiento, pero es fácil seguir esas tres características a lo largo de toda su obra.[3]

Y es en esta novela, creo que de forma inconsciente, donde todo eso sale a la luz y se manifiesta en un alegato en contra de cualquier tipo de control paternalista. En cierta manera, El fin de la Eternidad tiene mucho de puñetazo en la cara los postulados de la Ilustración Dieciochesca, ese «todo para el pueblo pero sin el pueblo» del que hicieron su bandera y que aún hoy envenena buena parte de nuestra sociedad (a menudo con el consentimiento implícito de los propios gobernados, pero eso sería otra historia). En El fin de la Eternidad Asimov hace una apuesta por la madurez de la especie humana y su derecho a buscar su propio destino sin un Hermano Mayor[4] que vele por ella a cada paso que da. Y si el resultado es la catástrofe, parece decir, al menos será una catástrofe libremente elegida y no impuesta desde fuera por una supuesta élite que se ha arrogado el derecho a decidir por los demás.

Es también una crítica a ese todopoderoso Estado Moderno que hemos heredado de la Revolución Industrial y que parece tener como lema «hay cosas que es mejor que el pueblo no sepa, por su propio bien»[5]. Asimov, como individualista que es, como apátrida ideológico (y sus críticos y ácidos comentarios sobre el sionismo son buena prueba de ello), no puede por menos que rechazar eso y alzarse en rebelión contra algo así.

El resultado es una novela que, pese a ser infravalorada una y otra vez por crítica y público (rara vez aparece en las listas de favoritos, ni en las generales del género ni en las de la obra de Asimov), se puede codear con tranquilidad con los grandes clásicos de la ciencia ficción de todos los tiempos. Una obra madura, bien estructurada y bien ejecutada, en la que nada sobra ni falta y donde los acontecimientos se deslizan hacia una conclusión que, si bien al ser revisada nos parece inevitable, en una primera lectura no puede por menos que cogernos por sorpresa.

NOTAS:

  1. Aunque siendo estrictos no es en la ciencia ficción donde encontraremos la mejor novela de Asimov, sino en el policíaco. Sin duda su obra narrativa más conseguida es Asesinato en la Convención, un relato de misterio escrito en un tono desenfadado y ocasionalmente agresivo en el que el Buen Doctor se nos revela como un maestro para la literatura policiaca costumbrista, haciendo un magnífico retrato del mundo libresco y, de paso, permitiéndose ciertas dosis de autoironía (no exentas de arrogancia, pero Asimov no sería Asimov sin su enorme ego).
  2. De hecho, podemos comentar el curioso caso de Asesinato en la Convención. Tras escribirla, Asimov pensó en la posibilidad de seguir por ese camino, pero sus editores, Doubleday, le dijeron que no estaban interesados en más libros de ese estilo. En lugar de buscar otro editor o intentar negociar con ellos (al fin y al cabo era uno de los autores que más beneficios daban a la editorial) Asimov —quien siempre se sintió en deuda hacia Doubleday— aceptó la decisión.
  3. Las pocas veces que Asimov escribió un relato centrado en los sentimientos lo hizo siempre desde un punto de vista —en tanto que narrador— racional y distante. Quizá por eso un cuento como «El ni o feo» funciona tan bien y consigue emocionarnos: porque aunque los personajes se dejan llevar por sus sentimientos y deciden en base a ellos el narrador no se emociona jamás. En cambio, en uno de los pocos momentos en que Asimov se dejó llevar por sus emociones al escribir obtuvo esa pieza sensiblera y ocasionalmente cursi que es «El hombre del bicentenario», premiada múltiples veces, es cierto, pero una de las peores historias de Asimov desde mi punto de vista (un remake de Pinocho, en realidad, lacrimógeno y prescindible y donde el niño de madera, para ser humano, tiene antes que morirse).
  4. Parece un momento adecuado para traducir bien, por fin, el Big Brother de George Orwell, especialmente cuando un programa televisivo que eleva el voyeurismo a la categoría de arte parece haber usurpado la autoría de la expresión «Gran Hermano» al escritor británico.
  5. Y que es, si me perdonáis la digresión, el eje alrededor del que gira la conocida serie de TV Expediente X.

Publicado originalmente en Gigamesh Nº 38

© 2004, Rodolfo Martínez

4 comentarios

  1. A mi es la novela del Buen Doctor que mas me gusta. Por cierto creo que la mejor novela de Heinlein es “Puerta al verano”, también de viajes temporales.

  2. “Puerta al verano” es una de mis novelas de Heinlein favoritas, sin duda. Me gusta bastante más que obras más apreciadas como “Forastero en Tierra Extraña”, por ejemplo.

  3. Echo de menos a Asimov. Me acuerdo cuando aparecían libros nuevos de este autor en los ’80, era como una brisa fresca para la mente. Su perdida es terrible.

    Disfruté mucho con “Los Propios Dioses” y con “El fin de la Eternidad”. Cuando las leí por primera vez tenía unos 14 años y no se me olvidarán nunca. Las he vuelto a releer tiempo después y siguen teniendo muy buen “sabor”.

    Ya que te gusta bastante este autor y su obra, cual crees que es la mejor web sobre Asimov actualmente?

    Por cierto, que precisamente antes de ayer, buscando en Amazon me encontré con que hay varios libros que pueden considerarse autobiográficos de Asimov (posteriores a su propia autobiografía “Isaac Asimov: A Memoir”), pero no realmente escritos por el:

    1) “It’s Been a Good Life” y “Notes for a Memoir: On Isaac Asimov, Life, and Writing ” (por su viuda, Janet Asimov).

    2) “Yours, Isaac Asimov: A Lifetime of Letters” (por Stanley Asimov, que creo que es su hermano). Este último es realmente una compilación de las numerosas cartas que Isaac Asimov escribió durante su vida.

    Has leído alguno de ellos? Te han gustado?

  4. Me temo que sobre webs acerca de Asimov, no tengo la menor idea, lo siento.

    De los libros briográficos que mencionas, creo que uno de ellos (me parece que “Its’s been a good life”) es una especie de “compendio” que la viuda de Asimov realizó usando como base las tres autobiografías de Asimov.

    Y el volumen de cartas, lo desconocía totalmente.

    Son libros que acabarán cayendo, un día de estos, sin da, pero de momento aún no los he leído.

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