Aquí, allí, en todas partes

… but to love her is to meet her everywhere
—Lennon & McCartney—

Vuelves el rostro y en ese momento los dígitos del reloj marcan el minuto cero, un minuto que sabes que no volverás a ver. No quieres girar de nuevo la cabeza, no quieres enfrentarte a sus ojos ansiosos, pero sabes que no podrás evitarlo, así que alzas la vista y allí está sobre ti, mirándote con una llama fría que parece estar consumiéndole.

—Sí —dice. Y es la misma voz que no creíste volver a escuchar jamás, la misma voz que escuchaste por última vez hace siete años—. Sí —repite, y cada afirmación te suena como una letanía, como un conjuro contra su propio miedo.

Alguien gorgotea a lo lejos, y entonces recuerdas el cuerpo de tu marido en el salón, recuerdas la forma retorcida en que su hombro y parte de la cabeza asomaban más allá de la puerta, recuerdas el charco sobre el que descansaba su cuerpo, de un rojo tan intenso que casi parecía negro. Algo te sube desde la boca del estómago, y en un espasmo tu boca suelta el sollozo que no has podido contener.

Él continúa sobre ti, comprobando la firmeza de tus ligaduras, recorriendo con sus ojos ardientemente fríos cada centímetro de tu cuerpo, afirmando una y otra vez en una especie de rezo mágico que carece de sentido.

Un minuto. Al volver la cabeza de nuevo te das cuenta de que ya ha pasado todo un minuto, que has desperdiciado un minuto entero en detalles irrelevantes.

—¿Por qué? —consigues preguntar, y te sorprende que tu voz suene tan entera, que no se perciba en ella nada del terror que ha convertido tu estómago en una bola pesada y minúscula que amenaza con hacer trizas tu columna vertebral.

Y él sonríe ante la pregunta y abandona su letanía de “síes” dirigidos a sí mismo. Sonríe y su mano recorre tu labio superior, arranca de él una gota de sudor y lo paladea con delicia.

—Hueles a ti —dice—. Eso ha sido siempre lo más difícil de encontrar. Tu olor. He visto tu nariz docenas de veces, el matiz de tu pelo rubio lo he presentido en centenares de esquinas, incluso he encontrado a menudo el tono exacto de azul que brilla en tus ojos. Pero tu olor… Tan elusivo, tan… Y aquí está: el preciso aroma de tu miedo. —Aspira con fuerza por la nariz, cerrando los ojos, como si no quisiera que nada le distrajera de algo tan trivial—. Sí, nítido y claro, con ese toque ácido, denso. ¿Tienes idea de lo difícil que ha sido?

No, claro que no. De lo único de lo que tienes idea es de que tu marido ha muerto o agoniza en el salón, que tus propios minutos de vida están contados y que ese asesino de mirada helada y ardiente que insiste en aspirar tu olor una y otra vez y te tiene atada a la cama fue una vez el hombre al que amaste.

Lo único que sabes con certeza es que hasta esta tarde tu vida se había ido desarrollando por derroteros tranquilos y apacibles, sin sorpresas pero también sin sobresaltos, que las pocas veces que pensabas en ello podías considerarte casi feliz y que él no era más que una sombra borrosa que ocasionalmente cobraba nitidez con una punzada de dolor y deseo solo para diluirse casi enseguida en la oscuridad de tu memoria.

Lo único en lo que puedes pensar es en el modo metódico, calculado y preciso en que rebanó el cuello de tu marido no hace ni cinco minutos, en el brillo de su estilete iniciando su arco mortal justo bajo su oreja y muriendo en la nuez, en el gorgoteo de incomprensión, en el borbotón densísimo que se escapó de la herida, en las palabras que ya no pudo articular nunca más y que murieron para siempre justo al borde de su boca mientras se desplomaba sobre la alfombra con un ruido sordo que, pensaste, era imposible que fuera causado por un cuerpo vivo.

Y te quedaste allí, de pie, incapaz de creer lo que acababa de ocurrir, incapaz de comprender por qué ese desconocido al que acababas de abrirle la puerta había hecho trizas tu ilusión de felicidad, incapaz de asimilar la llama en su mirada, el estilete en su mano, la sonrisa desigual en su rostro, incapaz de ver quién era, que era él, que había vuelto y que había dejado de ser una sombra perdida en el laberinto de tu memoria para permanecer allí, nítido como una pesadilla, de pie en mitad del salón mientras tú, pobre estúpida, eras incapaz de dar media vuelta, echar a correr, gritar pidiendo ayuda.

—Creíste que no volverías a verme, ¿no es cierto? —dice él, como si te hubiera leído el pensamiento—.Creíste que te habías librado de mí para siempre, ¿verdad?

¿Lo creíste? ¿No había días en los que deseabas que las cosas hubieran sido distintas, en los que te sorprendías echándole de menos en el momento mismo de despertar, en los que hubieras dado algo porque estuviera allí?

—No debería extrañarme, al fin y al cabo. Siempre ocurre igual. Nunca esperas verme. Nunca lo has esperado.

No lo comprendes. No tienes ni idea de lo que está diciendo. Claro que en realidad no tienes ni idea de nada de lo que está pasando. La única certidumbre es la de tu muerte. Una certidumbre que te asaltó por primera vez hace cinco minutos, cuando el te tomó con una garra delicada y seca y te arrastró hacia tu propio dormitorio sin que tu opusieras la menor resistencia. Te asaltó entonces y no te ha abandonado, no te abandonará hasta que deje de ser una certidumbre y se convierta en un hecho.

—¿Por qué lo haces? —dice él, mirándote casi con dolor—. ¿Por qué insistes una y otra vez en aparecer en mi vida y luego finges no saber que ibas a encontrarme? ¿Por qué?

No espera la respuesta que no puedes darle. Alza la mano con el estilete, el arma roba un destello a la lámpara y tú piensas que por fin, que ya está, que se ha acabado, que vas a morir sin comprender, pero al menos todo terminará de una vez.

Sólo que no es así. Cuando baja la mano no es para hundir la hoja en tu carne, sino para rasgar tus ropas y poner al descubierto tu piel temblorosa. Oyes cómo corta el elástico de tus bragas, cómo te libera del sujetador con dos tajos precisos. Y luego, una vez desnuda, más indefensa que nunca ante él, ves como se queda completamente inmóvil, con los ojos abiertos como platos, incapaz casi de respirar.

—No… es… posible —dice, y es como si cada palabra le hubiera costado hasta su última reserva de fuerza—. Ya cuando te vi esta mañana fue increíble, pero esto… Apenas podía creer mi suerte. Normalmente no soy exigente, ¿comprendes? —Lo que comprendes es que de algún modo tu sentencia ha sido aplazada unos minutos mientras él encuentra la calma suficiente para hablar y que quizá, sólo quizá, vas a saber lo que ocurre antes de morir—. Tu aspecto general es suficiente: tus andares, tu estatura, tu pelo y un cierto parecido en el rostro me bastan. ¿Bastarme? Son suficientes para volverme loco, para no dejarme descansar, para obligarme una vez más a dejarlo todo y correr tras de ti. A veces apareces con tu propia nariz y entonces es magnífico: cómo explicártelo, esa enorme nariz que tú siempre consideraste fea y que sin embargo era la clave de tu belleza. Y a veces, a veces te me presentas casi completa. Pero hoy… Cuando te vi esta mañana fue como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si todas las demás no hubierais existido: eras tan tú, tan tú misma.

Se baja de la cama, casi salta de ella, y se lleva las manos a la cabeza. No puedes evitar seguirle con la mirada y, pese a todo, está a punto de escapársete la sonrisa al ver la expresión en su rostro, ese gesto de sorpresa casi infantil que hace siglos, en otra vida, hacía que te dieran ganas de comértelo a besos.

—Debí imaginármelo. Al comprender que olías como tú tenía que haberlo supuesto, pero incluso entonces no me atreví a esperar que estuvieras tan completa, que fueras tú misma en todos y cada uno de tus detalles, que al fin hubieras cristalizado en tu yo definitivo.

Se gira y te contempla, y comprendes que está mirando tu cuerpo, examinándolo, comparándolo poro a poro con la imagen de ti que guarda en su memoria. Recorre con la mirada las piernas demasiado delgadas para tu constitución, la mata encrespada de oscuro pelo que oculta tu coño, tu vientre tembloroso con el pequeño cráter del ombligo y el minúsculo lunar justo a su lado (y durante una eternidad él parece incapaz de apartar la vista del lunar), tus pechos, ahora desparramados sobre ti, con los pezones convertidos en dos piedras pequeñas y duras a causa del miedo y del frío, tu cuello, la línea de tus hombros, tu mentón puntiagudo, tus labios delgados, lo abrupto de tus pómulos, el trazo firme de tu nariz, tus ojos que de tan azules parecen siempre al borde del llanto, colmados de miedo ahora.

—Apenas lo puedo creer —dice, ya más tranquilo, mientras vuelve a subir a la cama y comienza a desnudarse después de dejar a un lado el estilete—. Apenas puedo creerlo, de veras.

Termina de desnudarse y se alza frente a ti, y puedes ver con tus propios ojos lo que estos siete años han hecho con su cuerpo, la forma en que la grasa y el tiempo han ido ocultando a ese hombre delgado que una vez amaste. Su pene aún es tal y como lo recuerdas, pequeño (del tamaño justo para tu boca, decía él, y nunca le llevaste la contraria), y empieza a erguirse con rapidez a medida que sus manos comienzan a recorrer tu piel, a medida que las yemas de sus dedos, casi con temor, van trazando caminos absurdos sobre ti.

—Al principio… Al principio, qué expresión más estúpida. Pero sí, al principio fue liberador, ¿por qué no? Me había librado de ti. No sé lo que recuerdas, ni siquiera sé si recuerdas algo, aunque lo más probable es que ya ni sepas quién soy. —¿Algo? ¿algo? El pensamiento te llena de rabia y casi consigue ahogar al miedo. ¿Algo? ¿Cómo se atreve? Lo recuerdas todo, recuerdas perfectamente cada una de las noches de llanto después de que te dejara, lo mucho que te costó rehacer tu vida, el hecho ineludible de que incluso cuando ya le habías olvidado no dejabas de pensar en él—. Y luego, cuando comprendí mi error, cuando salí a la calle a buscarte ya no estabas. ¡Ya no estabas, maldita sea!

Sus manos se detienen en tus muslos, y aunque vacilan al principio enseguida recuerdan el camino a casa y sientes sus dedos hurgando tiernos en tu entrepierna. Intentas evitarlo, y aunque el pensamiento de la muerte no se va de tu cabeza, aunque los ojos vidriosos de tu marido no desaparecen de tu memoria, notas que fracasas, que pese a todo él aún te conoce bien y sabe la forma de producirte placer, sabe cómo conseguir que algo se agite en la parte más baja de tu espina dorsal, la boca se te seque, los pezones se te conviertan en dos puntas de flecha y tus piernas deseen abrazar sus caderas.

—Sí —dice de nuevo. Otra vez es una letanía, pero ya no para alejar nada, el conjuro ahora no pretende evitar, sino convocar—. Sí —repite—. Sí —dice una tercera vez, y entonces notas como su pene se desliza entre tus muslos, lentamente, con facilidad, navegando como si la ensenada de tu coño le hubiera pertenecido siempre, como si siempre fuera a pertenecerle.

—Comprendo que al principio quisieras vengarte de mí —dice sin dejar de moverse. Tú recuerdas ese ritmo pausado, y no puedes evitar responder a él—. Pero, ¿de esa manera? ¿Era necesaria tanta crueldad? –Y el final de su pregunta queda colgado justo en el borde, igual que su glande parece colgado para siempre justo al borde, como si ya no fuera a entrar más. Y pese a ti misma tu cuerpo se mueve, exigiendo, pidiendo, suplicando que le den lo que él al fin accede a darte—. ¿De veras era necesaria? —pregunta de nuevo—. No, yo creo que no, ¿sabes? No es justo, ¿comprendes? No es justo. A cada lado que mirase, a cada paso que daba, con cada promesa que rompía tu estabas allí, exactamente igual que en aquella absurda canción. No podía librarme de ti, me tenías rodeado, asediabas mi vida a retazos: tu forma de andar en una mujer, tu pelo en otra, tu mirada en una tercera, tu voz al borde del llanto en otra más. No era justo, no era justo, no era justo. —Y con cada nuevo “no era justo” acelera su ritmo dentro de ti, acerca su cabeza a tu cuerpo, su lengua asoma en su boca, paladea tus pezones y sus dientes sobre ellos son el más delicioso de los dolores—. No era justo, no era justo, no era justo —dice, murmura, gruñe incluso cuando saborea tu carne, cuando muerde tu piel, cuando paladea tu sudor—, no era justo, no era justo, no era justo —sigue diciendo cada vez más rápido, a la vez que el ritmo de su cuerpo se incrementa y tú misma sientes que todo tu cuerpo se pone rígido, que algo en lo más hondo de ti se contrae, que estás a punto de gritar de puro placer, y aunque te muerdes la boca para evitarlo no puedes hacer nada contra la llegada repentina del orgasmo, de la más dulce de las muertes, teñida de miedo y de horror, y maravillosa como nada que hayas experimentado antes.

Él se detiene. Su respiración es un jadeo satisfecho que, poco a poco, se va tranquilizando. Su cabeza descansa en tu pecho, su pene se va volviendo flácido entre tus piernas y sus manos se agarran a tus caderas como si temieran caer.

Al fin alza la cabeza y te mira. Sonríe, y aunque intentas convencerte a ti misma de que es la sonrisa que recuerdas, no puedes evitar la llama fría de sus ojos.

—Tenía que hacer lo que hice —dice, en un susurro—. Tenía que apagar todo rastro de ti, borrar la pista de tu aroma, ocultar las huellas de tus ojos, enterrar para siempre toda marca de tu cuerpo, de tus ademanes, de tu sonrisa, de tu voz. Siete años acechando, temiendo y esperando encontrarte en cada desconocida que se cruzaba en mi camino. Y luego siguiéndote, eliminando tu rastro, borrando tus huellas, ocultando tus pistas. Haciéndote desaparecer del mundo para que dejaras de estar a mi alrededor, para no sentir más tu presencia, para dejar de desearte cada vez que te encarnabas en otras mujeres.

Suelta el aire con fuerza. Y a medida que el placer se apaga el miedo se enseñorea de tu cuerpo de nuevo. Con el miedo viene la comprensión, y eso lo hace aún peor. Porque si has sido tú quien ha creado ese psicópata enloquecido que mata cuanto se te parezca, ese monstruo que se acaba de derramar dentro de ti y en breves instantes va a acabar con tu vida, eso es terrible. Pero si tú no lo has creado, si él siempre ha sido así y se limitó a tomar el control de su vida cuando te dejó y no consiguió olvidarte, es peor aún. Porque entonces ¿a quién amaste hace siete años, a quién has estado a punto de amar hace un momento?

—Y ahora es el instante definitivo —dice, obligándote a volver a la realidad de repente—. Tu maleficio va a dejar de tener poder sobre mí, porque has cometido el error de aparecer completa. En lo más hondo de mí sabía que lo que hacía no tendría éxito mientras te empeñaras en rodearme oculta en otros rasgos, mientras me obligaras a desentrañar las madejas de otros cuerpos en tu busca. Pero has cometido el error de encarnarte completa y de nada servirá la maldición que me lanzaste, porque hoy por fin estoy a punto de borrarte del todo, de tapar para siempre todas tus huellas en el mundo.

Ves su mano dirigirse hacia el estilete, y pese a ti misma tu cabeza gira para encontrar el reloj. El minuto 58 se convierte en el 59 en el momento mismo en que su brazo baja, en el que sientes que tu vientre se abre como una cremallera tensa y tus entrañas se desparraman sobre ti como si siempre hubieran deseado la libertad.

Casi no te da tiempo a sentir dolor, porque su mano vuelve a bajar y abre un nuevo camino para tu sangre justo bajo tu mentón; y lo que sientes ahora es una intensa sensación de drenaje, y notas que bajas peldaño a peldaño la escalera de la muerte para siempre. Y con cada paso la terrible comprensión de que él no sabe quién eres realmente te va llenando de horror. Lo miras una última vez y tas cuenta de que no te ve, de que no te ha visto en todo el día, que para él no eres más que otro de los fantasmas de ti misma que llenaban su vida, sólo que esta vez más completo, esta vez definitivo. Apenas tienes tiempo de paladear la ironía, de gorgotear una negación que no llega a salir de tu boca mientras él se viste, se limpia y abandona la habitación, sortea el cuerpo inmóvil de tu marido y cierra la puerta a sus espaldas. Mientras mueres, mientras ese minuto cero que ya no verás no termina de llegar, lo imaginas saliendo a la calle, satisfecho de sí mismo, liberado e ignorante de a quién ha destruido realmente, y comprendes que no puedes permitirlo. Así que rechinas los dientes, buscas tus últimas fuerzas en medio del pantano lánguido por el que chapoteas tu agonía y consigues lanzar tu maldición. No hace siete años sino ahora, pero eso no importa, piensas mientras terminas de morir y el minuto cero no llega aún. No hace siete años, pero para siempre, piensas. Te imaginas a ti misma como si la vida que ya casi no tienes dependiera de ello e intentas verte como él te veía cuando te amaba (¿te amaba?) y por primera y última vez consigues encontrarte hermosa. Concentras esa imagen en un último grito que ya no podrás soltar y la dejas irse convertida en una maldición que le perseguirá para siempre, que le ha estado persiguiendo desde siempre y no le ha dejado descansar tranquilo durante todos estos años, que no le dejará descansar tranquilo durante el resto de su vida.

El reloj marca el minuto cero que ya no ves.

Publicado originalmente en Gigamesh nº 34 (julio de 2003).
Recogido posteriormente en Laberinto de espejos (Berenice, 2006).

© 2003, Rodolfo Martínez

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