Éste no es mi Holmes, que me lo han cambiao

Umberto Eco, en las Apostillas a El nombre de la rosa, comenta algunas de las cosas que más chocantes le resultaron en las críticas que se publicaron de su novela. En su momento, dice, tenía miedo de que los críticos se le echasen encima por los elementos anacrónicos que había en ella, no tanto de ambientación como de pensamiento. Porque era consciente de que, en algunos momentos, ponía en boca de sus personajes pensamientos e ideas demasiado modernos para la época.

Y sí, la crítica señaló todo eso, pero no tal y como él esperaba. Porque, una y otra vez, los críticos encontraron como demasiado modernos pensamientos y actitudes que eran fruto una traslación directa de documentos de la época, mientras alababan como “inequívocamente medievales” ideas y frases que Eco sabía que una persona de aquel tiempo no habría manejado.

Curiosa paradoja sin duda.

¿Y a qué viene esto?, os preguntaréis.

Uno de los comentarios más frecuentes que se han hecho a mi obra holmesiana es que mi Sherlock Holmes no es el Sherlock Holmes original, el de Conan Doyle. Una veces se ha comentado eso como algo negativo y otras se han limitado a apuntar el dato, sin entrar a valorarlo.

Y sí, no me queda más remedio que estar de acuerdo. Mi Holmes es muy distinto del Holmes que aparece en los relatos escritos por Arthur Conan Doyle (lo que generalmente se conoce como “el canon holmesiano”). Su personalidad es distinta, su modo de comportarse con los demás también lo es y, probablemente, su visión del mundo no es igual que la del Holmes original y “fetén”. He procurado, es de cajón, que esos cambios no fueran arbitrarios y que resultaran compatibles con la personalidad original. Digamos que si el Holmes de Conan Doyle hubiera pasado por determinadas experiencias podría haberse convertido en el Holmes de Martínez. Al menos esa era mi pretensión. Como es evidente, puedo haber tenido éxito en ese intento o puedo haber fracasado. Y es tarea de los lectores dilucidar ese punto.

Ahora bien, no puedo evitar sentir la misma perplejidad que Eco mencionaba en su libro cuando los argumentos que algunos usan para demostrar de qué modo mi Holmes no es el original, recalcan parecidos en lugar de divergencias.

Me explico.

Se ha afirmado, por ejemplo (no siempre en tono negativo, recalco) que mi Holmes fuma cigarrillos en lugar de hacerlo en pipa, que no va vestido con la gorra de cazador, que no justifica sus deducciones, que le da al alcohol en lugar de a la tradicional cocaína, que es demasiado sanguinario y no tiene empacho en matar u ordenar que maten a otro ser humano o que habla y explica demasiado a lo largo del proceso en lugar de esperar a las conclusiones finales. Todo eso se ha puesto como ejemplo del modo en que me he apartado del original.

Y sí, resulta curioso, porque todo eso lo hacía, una y otra vez el Sherlock Holmes de Conan Doyle:

  • Holmes fumaba, literalmente, de todo. Cigarrillos, puros y, por supuesto, la tradicional pipa, y si analizamos todo el canon, veremos que en lo único que tiene preponderancia la pipa sobre el resto de las labores del tabaco es como herramienta de trabajo. Holmes usa la pipa para reflexionar (“Esto es un problema de tres pipas”, afirma alguna vez) y navegar por su propia mente, pero cuando se trata de fumar algo por simple placer, no hay una preponderancia clara entre pipas, cigarros o cigarrillos. Fue William Gillette, el actor que lo encarnó por primera vez, quien dio carta de naturaleza a la pipa como elemento fundamental del aspecto de Holmes. Una pipa, además, muy concreta, tipo cachimba, que Gillete eligió porque le permitía hablar con comodidad sin necesidad de sacarla de la boca.
  • Como cualquier caballero de su época, Holmes no despreciaba un buen licor, como sabe cualquiera que haya leído los relatos originales de Conan Doyle. Y, si lo ha hecho, también sabrá que Holmes no se pasó toda su vida inyectándose alcaloides. El vicio de la cocaína desaparece por completo tras su muerte y reaparición (entre “El problema final” y “La casa deshabitada”) y los expertos holmesianos han sugerido que durante sus viajes por oriente (seguramentre en el Tibet, que afirma haber visitado) aprendió a drogarse con sus propias endorfinas sin necesidad de acudir a estímulos externos. En cualquier caso, es un hecho claro que abandonó la droga.
  • Holmes le pide a Watson que mate a una persona en El signo de los cuatro y éste no vacila en hacerlo, por poner un solo ejemplo. El detective no tiene ningún problema en provocar situaciones que llevarán a la muerte a los “malvados”. No es un personaje sanguinario, ciertamente, pero no pierde el tiempo con dudas o remordimientos si se trata de matar para defender su vida o la de sus seres más cercanos y no le quita el sueño que un asesino sin escrúpulos acabe muerto, víctima de sus propias malas artes.
  • Es cierto que, al principio (y ocasionalmente, a medida que el tiempo pasaba) Holmes explicaba pormenorizadamente cómo había deducido esto, lo otro o lo de más allá. Pero no es menos cierto que, llegado un momento, Conan Doyle empieza a prescindir de las explicaciones. Holmes se limita a decir, por ejemplo, “ese tipo que come frente a nosotros es un contable retirado, está viudo y tiene dos hijas casaderas” y no explica cómo ha llegado a esa conclusión. Recuerdo, de hecho, una conversación entre el detective y su hermano Mycroft (ahora mismo no estoy seguro de si en “El intérprete griego” o en “Los planos del Bruce-Parlington“, pero sin duda en uno de los dos) en la que los dos se apresuran a demostrarle al otro quien es más agudo en sus deducciones sobre lo que les rodea, ante un Watson apabullado que no consigue explicarse cómo llegan a ellas. Con el paso del tiempo, las habilidades deductivas de Holmes se dan por sentadas y Conan Doyle no siempre se molesta en explicar el proceso mental que hay tras las sorprendentes afirmaciones de su personaje.
  • Holmes siempre ha ido soltando fragmentos de información aquí y allá y, sobre todo en las novelas, ha ido resolviendo aspectos intermedios de la cuestión y explicándoselos a Watson (es decir, a los lectores) antes de llegar al final y desvelar por completo el misterio.

Esta aparente confusión (el tomar como elementos espureos cosas que son totalmente canónicas) tiene una explicación muy sencilla, desde luego. Y es que el Holmes que conoce buena parte de la humanidad no es el que creó su autor, sino el que, primero sus ilustradores y luego el cine y la televisión, fueron construyendo. Para la mayoría (y confieso que en buena parte también para mí) Holmes no es Holmes sin su pipa, su abrigo y su gorra, elementos de su iconografía que, sin embargo, son ajenos a su creador.

De hecho, en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos digo explícitamente que Holmes lleva una gorra de cazador y un macfarlan. Al fin y al cabo, aunque Conan Doyle nunca dijo explícitamente que Holmes vestía así (como mucho menciona de pasada la gorra de cazador una vez, creo recordar), tampoco lo negó nunca, lo que me permitía esa pequeña licencia.

Los detalles de personalidad son otra cosa, claro. Y es en esos, sin duda, donde mi Holmes más se aparta del original. Pero no porque no tenga empacho en matar a alguien, porque no justifique sus deducciones o porque no reserve la exposición de la solución del misterio para el final y vaya dando noticia de sus progresos. Porque todas esas cosas las hacía el Sherlock Holmes original que, por supuesto, es un personaje mucho más complejo que el icono de una pieza en que se ha convertido en la mente de buena parte del público.

Como ya he dicho, acepto que mi Holmes y el Holmes original difieren bastante. He intentado que sean, cuando menos, compatibles, que uno haya podido evolucionar a partir del otro. Y, aunque creo haber tenido éxito, no soy yo el más adecuado para juzgar eso.

Eso sí, cuando alguien me vuelva comentar lo distinto que es mi personaje al original, agradeceré que se tome la molestia de hacer notar las diferencias entre ambos, y no las similitudes. Siempre resultará menos fatigoso, al menos para mí.

3 comentarios

  1. Hola, qué tal.
    He leído LAS HUELLAS DEL POETA y LA SABIDURÍA DE LOS MUERTOS. No me quejo de tu Sherlock Holmes, ni mucho menos, y las críticas que podría lanzar no irían en la línea de “fuma cigarrillos!” o “no vacila en matar!”, pues eso viene de gente que en realidad no ha leído el “canon”. Lo mejor que has hecho, en mi opinión, de Sherlock Holmes, es la novella “La sabiduría de los muertos”. Creo es el pastiche más contenido e interesante (la parte que atañe a Isadora Persano está muy bien traída); las historietas cortas de Drácula et al son aventurillas apresuradas, entretenidas pero sin enjundia. En cuanto a “Las huellas del poeta”, te diré que creo que peca en exceso de pretensiones y de “throwing all in including the kitchen sink”. Lo de Superman es demasiado, y la insistencia en incluir temas lovecraftianos y fantásticos, un poco reduandante, ya.
    Dicho todo esto, entiendo -y comparto- tu pasión por el personaje, así como el deseo cumplido de crear nuevas vidas para él. Simplemente, diré que me gustaría que en algún momento hicieses algo con Holmes que no esté tan conectado con lo fantástico: es un personaje que funciona en realidad con lo cotidiano (oculto y misterioso, desde luego, pero real). Supongo que te atrajo la idea de enfrentar al personaje de mente fría y calculadora, todo raciocinio, con fuerzas inexplicables de la naturaleza o de lo desconocido. Ahí Holmes siempre pierde carisma y efectividad.
    Yo he escrito una novelilla de Holmes titulada “El retorno del cazador”, en la que el coronel Sebastian Moran pone en jaque al detective con una trama terrible que amenaza el futuro de Europa en el año 1897. Me lo he pasado muy bien haciéndola, y no será la última. Me gustaría que pusieses tu capacidad de narrador al servicio de algo auténticamente “holmesiano”.
    De todas formas, a falta de leer la tercera novela de Holmes que has escrito, te diré que dentro de la oleada de pastiches del detective que nos arrasa cada año en todos los idiomas, te colocaría hacia arriba. Y leo bastantes pastiches de Holmes. El último, el mío, que va a ser publicado en plan tirada cutre próximamente, por una de esas editoras no profesionales.
    Perdona por el rollo, hoy me apetecía hablar con alguien que conociese el personaje.
    Un saludo

  2. Estoy en todo de acuerdo con José Goas Jul. Disfruté mucho de “La sabiduría de los muertos” tras buscarlo por todas partes. Pero “Las huellas del poeta” me resultó chirriante y abarrotado de referencias estrafalarias. Lo siento. Holmes y el mundo de Lovecraft tienen sus conexiones; pero Clark Kent no casa muy bien con Franco, con Bogart-Blaine, con las referencias a Indiana Jones o con todos los coetáneos ficticios o reales que atestan la novela. Me cansó. Con el único que no me meto es con tu Sherlock, respetuosísimo según entiendo al personaje original e incluso al de los más reputados pastiches. Diferente, pero coherente. No se puede ser el mismo a los ochenta años que en la madurez, y eso me pareció un gran acierto. También reconozco que la leí apenas se publicó y unos años después la recuerdo con claridad, lo que no puedo decir de otras muchas novelas. Y que aquel Holmes sí era mi Holmes. Un saludo admirado, y perdón por mis posibles inconveniencias.

  3. Puedo aceptar sin problemas opiniones como la tuya: consideras que la mezcla que intenté no quedó conseguida, salió mal, chirriaba… lo que fuera. No estoy del todo de acuerdo, evidentemente, pero es razonable y es argumentable.

    El problema es cuando, y eso lo he sufrido, alguien suelta afirmaciones del estilo de “ese Holmes no es el canónico ni en sus actitudes ni en su forma de pensar y comportarse” y luego descubres que la persona que ha dicho eso conoce a Holmes básicamente a través del cine y no sabe realmente cómo era el Holmes canónico, pero ha querido dárselas de listo y de culto con ese comentario.

    En fin, son cosas que pasan.

    Como digo, mis novelas pueden no gustar. Pueden parecer malas, incluso infectas. No tengo nada que decir a eso. Me dolerá más o menos (no dejan de ser hijos y la tendencia normal es que todos los vean tan hermosotes como uno mismo los ve) pero no es algo que pueda discutir.

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