Cuentos y novelas

Corría el año 1998. Por aquel entonces jugaba con la idea de llegar a publicar algún día un libro de cuentos y, de hecho, llegué a reunir los que consideraba mis mejores relatos y pensé en mandar esa antología a algún editor. No lo hice y, con el correr de los años, la idea iría cambiando hasta cristalizarse, por fin, en Callejones sin salida y Laberinto de espejos, las dos antologías que recogen casi toda mi narrativa breve. Pero, por aquella época, llegué a escribir una introducción para esa recopilación de relatos que nunca llegó a ver la luz. Di con ella hace unos días, mientras rebuscaba por mi disco duro en busca de antiguos textos que pudieran reciclarse. Lo curioso es que di con el texto pocos días después de haber leído un post en La fraternidad de Babel que tocaba un tema muy similar (y es que la vida está llena de pequeñas coincidencias que casi -pero sólo casi- son capaces de hacerme replantearme mi ateísmo). He aquí esa introducción que nunca llegó a ver la luz:

¿Qué distingue un cuento de una novela? La diferencia más evidente es su extensión. Pero esa no deja de ser una distinción trivial. Existen novelas que no son sino cuentos inflados, y hay cuentos que son novelas deshidratadas. En realidad, el cuento y la novela son dos géneros tan distintos como lo pueden ser la poesía y el teatro. Cada uno tiene sus reglas y solo en lo externo se parecen.

Una novela está condenada a contar una historia (pese a los fútiles y a menudo ridículos esfuerzos del noveau roman francés). Hasta Joyce, cuando perpetraba desmesuras tales como el Finnegan’s Wake era consciente de que estaba contando una historia: caótica, sin duda, desbordante, pero una historia.

Un cuento, sin embargo, puede sobrevivir exclusivamente a base de una imagen, de una idea. El mejor cuento es aquel que no parece contar gran cosa pero que, acabada su lectura, no se va de nuestra cabeza y, días más tarde, nos sorprendemos pensando en él.

Existe otro tipo de cuentos. No son novelas deshidratadas, pero nos están contando una historia. Porque existen historias que reclaman media docena de páginas, y dedicarles más las empobrece y las diluye. En cierto modo creo que esos dos tipos de cuentos son dos géneros distintos, y el segundo está más cerca de la novela, en el sentido en que pertenece también a la narrativa.

Pero el primer cuento no es exactamente narrativa, aunque tampoco es poesía. Tiene algo de ambos, y al mismo tiempo posee algunas cualidades que están vedadas tanto a la novela como al poema. Este tipo de cuentos son los más difíciles de escribir y reconozco que, durante el tiempo que llevo escribiendo son muy pocos los relatos de ese estilo que han salido de mis dedos, y menos aun los que han sobrevivido al paso de los años.

En general, como me definió un amigo hace algunos años, soy más bien un corredor de distancias medias y largas. La novela es el género donde me siento cómodo: allí puedo desarrollar un entorno, manipular y diseñar unos personajes, estructurar el fluir de los acontecimientos hasta su último detalle. No es por tanto, extraño, que los pocos cuentos que he escrito pertenezcan más al segundo tipo que al primero. No son novelas deshidratadas; como ya he dicho, las historias que cuentan no requieran más páginas. En algunos casos podrían tenerlas sin ganar ni perder efectividad, pero en la mayoría de ellos, añadirles más palabras no haría sino empobrecerlos.

Dicen que la novela es como un largo noviazgo, y el cuento como un ligue de fin de semana. Quizá. Pero hay largos noviazgos que terminan cayendo en la rutina y la desgana y ligues de fin de semana que, pasados los años, siguen obsesionándonos.

2 comentarios

  1. A mí, una novela corta que me pareció un cuento alargado, y que por ello mismo perdió valor, es Camino a Bizancio de Silverberg. Como cuento en torno a 15-20 pgs hubiera quedado estupendamente, pero creo que se le notan las costuras al haberlo hinchado.

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