Poirot contra Fu-Manchú

Si bien me gusta la novela-problema británica tengo que reconocer que no soy precisamente un gran admirador de Agatha Christie. Le reconozco el mérito de haberse sabido mantener en la cumbre durante tanto tiempo y la habilidad innegable para ensartar tramas inverosímiles sin que lo parecieran y conseguir al final que nos creyéramos que todo encajaba y que además no podía hacerlo de otro modo. Al respecto son impagables los comentarios de Raymond Chandler sobre Diez negritos o Asesinato en el Orient Express, cuando destruye la verosimilitud de ambas novelas en menos de media docena de frases. El mérito de la autora está en que no nos demos cuenta mientras leemos de que la historia no se sostiene ni por la más feliz de las casualidades.

Sin embargo, siempre me han resultado poco simpáticos sus personajes principales. Con el tiempo me he ido reconciliando con la señorita Marple (y, mal que me pese, hasta se me ha ido volviendo entrañable), pero sigo encontrando a Poirot cursi, amanerado e insufrible. Habrá quien me diga que Sherlock Holmes, uno de mis personajes favoritos, no es menos insufrible. Por algún extraño motivo Holmes no me resulta antipático pero apenas puedo resistir los impulsos de retorcerle el gaznate al relamido belga. Creo saber por qué es, aunque me resultaría difícil argumentarlo; pero diría que Conan Doyle construye un personaje mayor que la vida, mientras que Agatha Christie diseña un pelele de talla mucho menor. En cierto modo, las novelas de Agatha Christie se leen a pesar de su protagonista, porque el misterio está lo suficientemente bien tramado para que podamos prescindir del odioso personajillo belga. Por el contrario, muchos relatos de Conan Doyle se leen a pesar del misterio -como mínimo tonto en muchos casos- y gracias a la personalidad de Holmes (y al retrato costumbrista y ácido que a menudo traza de su época, sin duda); sin llegar a los extremos de Chandler, que decía que Sherlock Holmes es “poco más que una actitud y media docena de líneas de diálogo magníficas”, son sin duda el personaje y su actitud los que a menudo hacen interesantes las historias holmesianas.

Es curioso, por tanto, que la que considero la mejor novela policiaca al estilo clásico, no solo sea de Agatha Christie, sino que tenga a Poirot como protagonista. Me refiero a El asesinato de Roger Acroyd, que lectores más veteranos quizá recuerden bajo el título de El asesinato de Rogelio Acroyd, siguiendo la costumbre editorial de hace unos cuantos lustros que traducía invariablemente los nombres de pila de los personajes o incluso los autores (así, hemos visto obras firmadas por “Edgardo” Poe; o han pasado a la memoria colectiva los nombres de Guillermo -y no “William”- Brown o Julio -en lugar de “Jules”- Verne). De hecho, recuerdo una novela (creo que Cianuro espumoso) donde el traductor se disculpaba por dejar el nombre de la protagonista, “Rosemary”, en el original y no traducirlo como “Rosa María”. Argumentaba (innecesaria aunque atinadamente) que el nombre inglés no se correspondía con el castellano, sino que significaba “romero” y que venía de los términos latinos que significaban “rocío” y “mar”; puesto que su sentido etimológico era importante en el curso de la historia se veía obligado a dejarlo en el original.

Si bien el grueso de la obra de Agatha Christie lo componían las novelas de corte clásico, ocasionalmente se permitía pequeños caprichos, como La venganza de Nofret (un policiaco ambientado en el antiguo Egipto), Intriga en Bagdad (un thriller político) o Los cuatro grandes, en la que hace una incursión en la literatura pulp al más puro estilo de Doc Savage o La sombra. De hecho, en esta novela, la autora usa y abusa una y otra vez de trucos y gadgets pertenecientes a la literatura popular más efectista y llega a obtener resultados francamente disparatados. Los cuatro grandes es una novela delirante y divertida donde Poirot -como un James Bond cualquiera- se enfrenta a una conspiración para hacerse con el control mundial dirigida por cuatro oscuros personajes, uno de los cuales es un infame doctor oriental que, si bien no es nombrado de ese modo por evidentes problemas de derechos de autor, no es otro que el Fu-Manchú de Sax Rohmer.

Incluso llega, en el desenlace de la novela, a usar un artificio tan propio de un folletín como que Poirot finja su muerte y luego se haga pasar por su hermano (Ulises Aquiles Poirot) por el método genialmente estúpido (y que por supuesto engaña a todos) de afeitarse el bigote. Con ese detalle, en cierto modo, Poirot traiciona sus propios métodos: en el universo de ficción en el que él vive, los casos se resuelven entre otras cosas porque a menudo las víctimas son criaturas maníaticas que siempre lo hacen todo del mismo modo, en el mismo lugar y a la misma hora. Podríamos decir que, al afeitarse el bigote, Poirot está metajugando (en expresión acuñada por los jugadores de rol): sabe que los lectores nunca supondremos que se traicionaría a sí mismo de ese modo y, por tanto, su sencillo truco funcionará y nos engañará.

No es, desde luego, una novela para ser tomada en serio (pero ¿hay alguna?) pero sí para proporcionarnos unas horas divertidas viendo al habitualmente relamido y serio Poirot comportándose más que nunca como un personaje de opereta y rodeado de trucos de literatura barata por todas partes. Un capricho, sin duda, por parte de Agatha Christie, pero un capricho logrado y divertido.

Termino esta entrada ligeramente caótica volviendo a El asesinato de Roger (o Rogelio) Acroyd. Porque resulta curioso que la considere casi la novela policiaca perfecta si tenemos en cuenta que rompe una de las normas no escritas –aunque en realidad si lo están, en uno de los textos de Chandler– del género: traiciona la confianza que el lector no puede evitar depositar en un narrador en primera persona. Pero el de esa novela miente (o más exactamente no cuenta toda la verdad) y podemos argüir por tanto que la obra no es honrada con el lector. Sin embargo, tal y como Chandler decía, la trampa está tan bien construida y explicada (toda la novela, de hecho, está edificada de un modo muy brillante alrededor de esa trampa), que uno se la perdona sin demasiados problemas.

Y al contrario que muchas novelas policiacas que una vez resuelto el misterio carecen del menor interés, El asesinato de Roger Acroyd gana con una relectura, sabiendo ahora dónde y de qué modo la autora nos ha escamoteado la verdad y contemplando con deleite lo bien que lo ha hecho.

Publicado originalmente en Cosecha Roja (Bibliopolis, crítica en la red)

9 comentarios

  1. Pues mira, la curiosidad después de tu mención a Chandler me ha llevado a “El Simple Arte de Matar”, que conocía pero no había leído. Que gran ensayo.
    Así que, ¡gracias!

  2. MIra, gracias al post éste al final he leído el libro de Chandler, o artículo, o tesis, “El Simple Arte de Matar”, del cuál había oído hablar pero que por hache o por be nunca me había agenciado. Qué gusto da ver una vez más que Chandler tenía las ideas claras; y qué placer leer algo suyo que aún no conocía, como el reencuentro con un amigo de los de verdad de quien hace mucho que no sabes nada.

  3. Es un gran artículo, cierto. Chandler tenía una forma de ver las cosas que molaba bastante, sin duda.

    No sé si conoces el libro “Chandler por sí mismo”. Es una colección de sus cartas ordenadas por temas que resulta tremendamente interesante. Lo publicó editorial Debate hace unos cuantos años, pero quizá se pueda encontrar aún.

  4. No lo conozco. Es raro que un autor que me gusta tanto en lo que se refiere a su producción de ficción se me haya pasado por completo en otros aspectos de su vida literaria. Raro porque acostumbro a lo contrario. Me haré con el libro ése en cuanto pueda pescarlo.

  5. Y como me has tocado la fibra y aún ando dándole vueltas, te copipego parte de lo que escribí acerca de El asesinato de Roger Acroyd, que también es una de mis favoritas:

    “La clave vuelve a ser el mostrar una parte por el todo, logrando engañar absolutamente al lector, rindiéndolo a los encantos de un protagonista simpático y exhibiendo, una vez más, la superioridad de las celulillas grises de Poirot.”

    Y también parte de lo que escribí sobre Los cuatro grandes, que es de las que menos me gustan:

    “El hecho de que esta persecución se realice en una serie de capítulos independientes entre sí, casi inconexos en gran número de casos, hace pensar en un intento de disimular una nueva recopilación de relatos cortos insertándolos en otro relato corto “madre” que los aloja con miras a darle una forma global, formando una novela con la suma de unas partes que en realidad sólo cuentan con un delgado hilo de conexión.”

    Pues eso :-)

  6. A mi las que más me han gustado de Agatha Christie por ahora,ya me quedan poquitas por leer,son Sangre en la piscina, Diez negritos, La casa torcida, La venganza de Nofret.

    Ahora estoy leyendo Cianuro espumoso y si que es esta la que mencionas:

    “De hecho, recuerdo una novela (creo que Cianuro espumoso) donde el traductor se disculpaba por dejar el nombre de la protagonista, “Rosemary”, en el original y no traducirlo como “Rosa María”. Argumentaba (innecesaria aunque atinadamente) que el nombre inglés no se correspondía con el castellano, sino que significaba “romero” y que venía de los términos latinos que significaban “rocío” y “mar”; puesto que su sentido etimológico era importante en el curso de la historia se veía obligado a dejarlo en el original.”

    Saludos!!

    P.D. si os quereis pasar por mi web voy poniendo el que leo en cada momento y los voy resumiendo y puntuando,incluso relato por relato.

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