¿Quién engañó a Roger Rabbit?: otra realidad

Los años no han sido del todo amables con esta película en ciertos aspectos. A su técnica de fusión de imagen real con dibujos animados, en su día novesosa y espectacular, hoy se le ven las costuras con facilidad. De hecho, producciones posteriores (como Space Jam) usarían esa técnica de un modo más eficaz. Los años no pasan en balde, ciertamente.

Pese a eso, la película me sigue pareciendo uno de los grandes momentos del cine fantástico. La premisa de la historia es tan simple, tan evidente una vez la has visto que sólo a un genio podía habérsele ocurrido: asumir que los cartoons son seres reales capaces de interactuar con los humanos. Y de interactuar en todos los aspectos, por más que la vocación de “película familiar” del film nos impida verlo de forma explícita. Porque si a Jessica Rabbit la “han dibujado así”, como ella misma reconoce, es evidente que no ha sido para proporcionar a los niños unas horas de infantil entretenimiento.

Sin duda la película podría haber ido mucho más lejos con su premisa, en lugar de limitarse a jugar con un par de ideas y homenajear al cine negro (un homenaje que sin embargo no termina de funcionar a causa del color; pero de haberla hecho en blanco y negro habría sido la parte de los “dibus” la que no habría funcionado). Y, en cierto modo, transita en una especie de tierra de nadie en la que no parece decidirse entre hacer un producto más adulto u orientarase directamente por lo infantil. Pero, a pesar de todo, funciona, gracias un guión muy bien medido, una buena dirección y, sobre todo, un gran acierto en el casting, tanto en lo que se refiere a la parte real como a la dibujada. La confluencia entre ambos mundos queda creíble incluso hoy, cuando nos damos cuenta de que “canta”.

Aunque quizá son más de dos mundos los que confluyen en la película.

Hay humanos y cartoons, es cierto. Pero hay algo más. Porque Roger Rabbit es una criatura dulce e ingenua, totalmente Disney, que sin embargo trabaja en su programa con un co-protagonisa claramente Warner como es Baby Herman (Roger es DC y Herman, Marvel, podríamos decir, para los aficionados al cómic). Esa curiosa fusión entre dos de las más importantes -y a menudo divergentes- corrientes en la animación del siglo pasado, acaba resultando no sólo armónica y natural sino que Zemeckis y su equipo se las apañan para que nos pase desapercibida durante toda la película y sea sólo después cuando nos demos cuenta.

La película está llena de buenos momentos y tiene un par de reflexiones (medio en serio medio en broma, como hay que hacer las reflexiones para que no nos resulten indigestas) bastante interesantes sobre la ficción y el entretenimiento. Pero confieso que, con los años, no son momentos concretos los que recuerdo (más allá, por supuesto, de la aparición de Jessica) sino, sobre todo el universo en el que se desarrolla la película.

Y, de hecho, cada vez que la veo, tengo la sensación de que lo que pasa en ella no es fantasía: de que las cosas eran así en los estudios de cine de la época y los cartoons eran seres reales.

Ya sólo por eso, merece la pena.

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