AsturCon 2008: Canción de hielo y fuego
Lunes, Marzo 31st, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 9 comentarios »- El mismo día, hace tres años: Desde la isla Lincoln
Ya está en marcha, un año más, la AsturCon, los encuentros de ciencia ficción y fantasía que se realizan dentro del entorno de la Semana Negra de Gijón.Las fechas, del 11 al 13 de julio de este año.
El lugar, como ya he dicho, la Semana Negra.
Y este año, aprovechando que George RR Martin es uno de los invitados al festival gijonés, la AsturCon estará dedicada a Canción de Hielo y Fuego, como no podía ser menos.
En un caso así sólo había una opción para el cartel de este año: Enrique Corominas. Ya habéis visto el cartel justo al inicio del post: Un Jon Nieve en medio del frío norte (aunque esperamos que para julio el tiempo mejore por aquí), defendiendo el Muro con su wargo Fantasma. Al fondo del personaje, una de las atalayas del Muro, con un sospechoso parecido con el mirador de la Providencia de Gijón.
© 2008, Enrique Corominas, por el cartel
Territorio incierto: Los Corleone cabalgan de nuevo
Miércoles, Marzo 26th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »- El mismo día, hace un año: Exhumando: 1984-1989
- El mismo día, hace dos años: Sin ningún género de duda
- El mismo día, hace tres años: "La princesa prometida" revisitada
Digámoslo claro: El Padrino no iba sobre la mafia, no era una crónica del ascenso y caída de una familia de la cosa nostra, sino algo muy distinto. Era, en realidad, una nueva muestra de esa larga tradición literaria de ensalzamiento del buen bandido: Robin Hood, el Capitán Blood, Dick Turpin, Curro Jiménez… y, finalmente, Michael Corleone.Era, por tanto, un cuento, en la mejor acepción de la palabra y, como los buenos cuentos, no pretendía ser realista, aunque sí intentaba decirnos unas cuantas cosas sobre nosotros mismos. Cierto que no estaba muy bien contado (me temo que Puzo era un mal escritor que, pese a todo, dio con una buena historia que no supo narrar todo lo bien que se merecía) pero eso se solucionó cuando Francis Ford Coppola lo traspasó al celuloide y todos pudimos ver y hacer nuestras las aventuras y desventuras de la familia Corleone. Porque, además del cuento del buen bandido, El Padrino es también la crónica de una familia que, más que italiana, parece griega, como si el destino aciago fuera algo implantado en sus genes desde el momento mismo de su concepción.
En resumen: un culebrón. Palabra que, bien lo sé, tiende a tener un matiz peyorativo (al igual que su equivalente americano, el soap opera que, por cierto, acabó bautizando uno de los subgéneros más populares de la ciencia ficción: el space opera), pero no nos vamos a preocupar a estas alturas por cosas como la dignidad o la respetabilidad, ¿no es cierto?
Eso era la novela de Mario Puzo: un culebrón, un buen culebrón, con todos los ingredientes para hacer que se quedase grabado de inmediato en la imaginación del público. Y las sucesivas versiones para la pantalla de Coppola no sólo no ocultaron ése aspecto sino que, en cierto modo, hicieron de ello, de su condición de culebrón familiar, el pivote alrededor del que giraba la historia.
El balance de las tres películas es irregular, aunque sin duda la primera es un clásico del cine por derecho propio y se ha vuelto algo que casi podríamos calificar de atemporal. La segunda tiene momentos memorables, es cierto y, sobre todo, un montaje que la hace funcionar (seguir toda la trama de Michael en la segunda película sin interrupciones se hace aburrido; algo que pudimos ver cuando se hizo un montaje cronológico para televisión hace unos años). En cuanto a la tercera, aún siendo la más floja de las tres, tiene los suficientes “toques Corleone” para resultar un digno colofón a la saga. Confieso, además, que siento debilidad por ese momento en las escaleras del teatro, cuando Michael descubre que su hija ha muerto (y que, probablemente, ha muerto por su causa) y suelta toda la culpa y el dolor que lleva más de treinta años acumulando. Esa secuencia en que el personaje intenta gritar y no puede es, para mí, uno de los momentos más intensos de la historia del cine.
Como decía, ahí se había quedado la cosa, en apariencia. Coppola supo ver las posibilidades de la historia que Puzo había contado con cierta torpeza en su novela y creó con ella tres películas que, con todos sus defectos, quedarán grabadas en nuestra memoria para siempre.
Hizo algo más, de hecho. Convirtió a los Corleone en iconos culturales y los asentó con firmeza en la imaginación popular. En estos momentos, Vito, Sonny, Fredo o Michael (sobre todo el último y el primero) son tan reconocibles como Supermán, Tarzán o Sherlock Holmes y, como ellos, tienen ciertas frases definitorias (no, no diré nada de una oferta que no podréis rechazar), ademanes y tics que los identifican el primer golpe de vista y, sin duda, un universo de ficción propio: una suerte de historia alternativa donde lo trágico y lo romántico son el timón narrativo y que, me temo, poco tiene que ver con la mafia real, sin duda mucho más miserable, mediocre y mezquina; más parecida a lo que podemos ver en Los Soprano, probablemente.
Y una vez que algo o alguien se convierte en un icono popular, no se le permite morir. Conan Doyle lo sabía muy bien, y los herederos de Mario Puzo no lo ignoran.
De ahí han surgido dos nuevas novelas sobre la familia Corleone y seguramente surgirá alguna más, al menos mientras la franquicia resulte rentable.
La primera novela, El Padrino: El retorno, se las apaña con cierta habilidad para no resultar una pieza deslavazada pese a los hechos que narra: básicamente el periodo que transcurre entre la primera y la segunda película, algún hecho paralelo a ésta última y algunos acontecimientos posteriores a ella. Todo aderezado, no podía ser menos, con algún flashback sobre el patriarca Vito y su ascenso en la organización mafiosa.
Mark Winegardner, autor de las dos secuelas, es bastante mejor escritor que Puzo, y se nota, pero no es capaz de dar con una historia que tenga la fuerza y la garra (ni el hálito trágico) de El Padrino original. Se limita a cumplir, como cualquier otro escritor de franquicias, con lo que se espera de él: hacernos volver a un escenario de ficción que nos gusta y devolvernos personajes que, en su momento, nos atrajeron.
No hace un mal trabajo, y enhebra su trama con habilidad, hay que concedérselo; sospecho que en parte hace bien su labor porque lleva dentro un fan de la saga original al que le encanta que le permitan jugar con ella. Vamos, que bajo ese aspecto de respetable profesor universitario hay algo no muy distinto de un friki de Star Wars que se pone a escribir una novela sobre la familia Skywalker.
Sabe describir situaciones y personajes y su caracterización, no sólo de los personajes, sino de su época y su ambiente es impecable. Es cierto que al acabar el libro uno tiene la sensación de que éste no es el todo el Michael que uno ha construido en su imaginación, pero se le acerca lo bastante para resultar satisfactorio.
Más o menos.
Ha salido también la segunda secuela: El Padrino: La venganza. En ella, y siguiendo la tradición de la saga de enhebrar la historia de la familia Corleone con acontecimientos importantes del pasado reciente, se habla del asesinato de Kennedy (transmutado aquí en Shea, igual que Sinatra se convirtió en Fontane en la novela original) organizado por una mafia que no ha obtenido del presidente lo que esperaba obtener. De este modo, la trama de la historia va avanzando hacia la tercera película y, a lo largo de la novela van apareciendo personajes que tendrán su importancia en ella y desapareciendo otros que no están presentes en el tercer film. Es decir, como en la anterior, esta novela intenta llenar los huecos entre las películas y aprovecharlos para contar una historia y tratar de hacerla interesante.
Michael es de nuevo el héroe de la peripecia. El hombre que, una vez más, intenta hacer lo mejor y acaba causando lo peor. El destino habitual de los Corleone, vaya.
Ambas novelas son lecturas agradables —más que otras franquicias que he leído últimamente—, pero también perfectamente olvidables, en realidad. Aunque bien escritas y, en general, bien llevadas, no dejan de ser más de lo mismo. Alimento para fans ansiosos por volver a sus universos de ficción favoritos, básicamente.
Tienen un efecto positivo, eso sí. Leerlas me hace desear ver de nuevo las películas de Coppola. Aunque sólo sea por eso, ya merecen la pena.
Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis, crítica en la red).
El juego de Caín
Miércoles, Marzo 26th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 10 comentarios »- El mismo día, hace un año: Exhumando: 1984-1989
- El mismo día, hace dos años: Sin ningún género de duda
- El mismo día, hace tres años: "La princesa prometida" revisitada
Hacía tiempo que tenía ganas de leer algo nuevo de César Mallorquí y, por algún motivo (supongo que, en el fondo, tal como él mismo ha dicho alguna vez en su blog, puros prejuicios) no terminaba de decidirme con sus novelas juveniles.
El juego de Caín ha sido la oportunidad que esperaba y confieso que, en cuanto supe de su publicación, estaba buscando el momento adecuado para ponerme con ella e hincarle el diente como se merecía.
Y el momento ha sido esta pasada Semana Santa, durante mi, llamémosle así, “retiro cántabro”. Allí, entre un poco de turismo (no mucho, que el tiempo no acompañaba), conversaciones interminables, unas cuantas partidas de juegos de mesa y de cartas (incluido el descubrimiento de un nuevo juego, el adictivo “Nomeacuerdo”), algo de movimiento frente a la Wii y un pequeño rol en vivo, encontré el tiempo para devorar la novela una mañana en el lapso que medió entre el desayuno y el mediodía.
He dicho “devorar” porque, una vez comenzada la lectura, fue casi imposible abandonarla. Escrita con soltura y eficacia, con unos personajes bien delineados e interesantes, una trama que avanza de un modo tan inevitable como atrayente y un misterio eficazmente envuelto y convincentemente desvelado, El juego de Caín muestra un César Mallorquí en plena madurez como narrador. Y es una espléndida madurez.
Es, en cierto modo, una novela negra de factura clásica, con su característico narrador (narradora en este caso) en primera persona, su disección afilada de ciertas partes de la sociedad en la que vivimos y, como no podía ser menos, la sensación de fracaso y frustación con la que el detective se queda tras la resolución del caso. César actualiza esos elementos, clásicos del género, como ya he dicho, y los integra en un Madrid contemporáneo y perfectamente reconocible (y creíble) por el que va moviendo sus personajes con eficacia.
Literatura de género, sin la menor duda, con vocación de serlo y sin avergonzarse lo más mínimo por ello. Y literatura de género de primera calidad, eso desde luego. Confieso que estoy impaciente por leer la siguiente novela de esta serie. Porque habrá más novelas con estos personajes, de eso estoy seguro (el propio César lo ha confirmado en su blog), como también estoy seguro de que me atraparán desde las primeras páginas, como ha hecho ésta.
Si tuviera que ponerle un pero a la novela (y ya es ponerse pejigueras) sería la breve introducción de tres páginas que, la verdad, resulta redundante y no aporta nada al conocimiento de personajes o ambientes. La novela no necesita esa introducción y creo que funcionaría mejor con una inmersión directa en la historia (todo lo que se cuenta ahí nos será mostrado de forma paulatina a lo largo del libro). Un “pero” muy menor, en todo caso, y que no empaña esta estupenda novela.
Quiero más, por si no había quedado claro.
Menudo tercer aniversario
Lunes, Marzo 24th, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 12 comentarios »- El mismo día, hace un año: Que dos años no es nada, que es febril la mirada...
- El mismo día, hace tres años: "Escrito en el agua" reloaded
Tiempo de cambios, dicen, pero no esperaba tantos cambios.
El caso es que ayer, al llegar a casa tras unos días fuera, me encuentro con que he dejado caducar mi nombre de dominio y éste ya está pillado (no no voy a ser paranoico pensando que alguien estaba como buitre al acecho; estas cosas pasan y no soy tan importante para que alguien esté ocupando su tiempo en pillarme en un renuncio).
En fin, en cualquier caso, el problema ha sido menor. He abierto un nuevo dominio (este www.escritoenelagua.com) y he conseguido recuperar el blog e incorporarlo a él.
Así que empezamos una nueva etapa. Aunque algo más nueva de lo que tenía previsto en un principio.
No hay dos sin tres
Lunes, Marzo 24th, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Que dos años no es nada, que es febril la mirada...
- El mismo día, hace tres años: "Escrito en el agua" reloaded
O eso dicen.
En cualquier caso, hoy se cumplen tres años desde que inicié Escrito en el agua (si no contamos el breve prólogo que tuvo en mi antiquísima página web).
No hay mucho que comentar, en realidad. El blog ya habrá comentado por sí mismo todo lo comentable. Así que, aparte de reseñar el aniversario, nada más.
Y ahora, a otra cosa, mariposa.
Diseño inteligente
Viernes, Marzo 21st, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Tarot
Pues sí, confieso que casi me tenían convencido con lo del diseño inteligente.
Hasta que vi a Ratzinger y a Rouco Varela. Es imposible que haya nada inteligente tras ese diseño.
¿Se puede ser católico a medias?
Miércoles, Marzo 19th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 15 comentarios »- El mismo día, hace un año: Obra breve
Es una cuestión que ya he discutido varias veces, con creyentes y con no creyentes. Con católicos y con no católicos.
Y siempre he pensado que la respuesta no puede ser otra que no.
Porque una de las normas básicas de la Iglesia Católica, uno de sus pilares ideológicos fundamentales es que sólo la jerarquía debidamente autorizada tiene derecho a interpretar las Escrituras. No la iglesia como conjunto de fieles, sino la iglesia como institución con una organización jerárquica.
Y eso, como digo, es uno de los pilares fundamentales del catolicismo, una de las cosas que separa (con difícil posibilidad de reconciliación) a la Iglesia Católica de las protestantes. Mientras que éstas consideran que cualquiera puede interpretar la palabra revelada por Dios en Biblia (de hecho, fue la libre interpretación de ésta uno de los motivos más evidentes que propiciaron el cisma protestante), aquélla afirma que sólo la jerarquía tiene esa potestad, sólo aquellos a los que Dios ha nombrado sus representantes autorizados pueden interpretar su palabra. Cambia eso y ya no tienes la Iglesia Católica. Tienes otra cosa, que podrá ser mejor o peor, pero es distinta.
Por tanto, si la jerarquía afirma que la virginidad de la virgen es dogma de fe, por poner un ejemplo, y tú interpretas de otro modo los pasajes de la Biblia donde se habla de ello, ya no te estás ajustando a las creencias de la Iglesia Católica y te conviertes, inmediatemente, en un hereje. No puedes decir “soy en parte católico porque creo que los dogmas X e Y son ciertos, pero no el Z”. El dogma debe aceptarse en su totalidad.
Porque la iglesia no es un club social donde, si uno está en desacuerdo con alguno de sus estatutos, puede convocar una asamblea de socios para modificarlos. Entre otras cosas porque, por definición, por diseño podríamos decir, no todos los socios pueden votar, sólo aquellos que son parte de la junta directiva o han sido elegidos por ésta para definir cuáles son las normas válidas.
Tengo amigos católicos para los que esto es difícil de tragar. Y lo comprendo. Se sienten católicos y ésa es la iglesia que sienten como suya. Sin embargo, buena parte de su ideario moral choca de frente con lo que la Iglesia Católica (la jerarquía de la Iglesia Católica) ha definido como dogma. No son católicos, aunque se sientan como tales. O, como mucho, son católicos descarriados, herejes que se han apartado de la ortodoxia.
Y no, no hay distintos puntos de vista en este caso. Mejor dicho, no hay puntos de vista distintos y correctos en este caso. Como he dicho, la Iglesia Católica no es un club social o un país con un sistema democrático. Es, por definición, una teocracia en la que sólo algunos miembros concretos tienen la potestad de interpretar la palabra de Dios. Es algo que a menudo los católicos olvidan (o quizá prefieren no pensar en ello): el hecho de que el rebaño (el pueblo de Dios) es incapaz de decidir por sí mismo el camino a seguir y debe ser guiado por los pastores (la jerarquía eclesiástica) y que la voz del rebaño puede ser oída y tal vez tenida en cuenta, pero no tiene voto. Sólo votan los pastores. De hecho, si aceptamos como ciertos los dogmas de la Iglesia Católica, los pastores ni siquiera votan: se limitan a interpretar la voz de Dios en sus corazones y, por tanto, lo que dicen cuando ejercen su labor de pastores no es su opinión personal, sino la de Dios.
Así que me temo que no me vale el “soy católico, aunque estoy en desacuerdo con algunas cosas”. Si esas cosas son parte del dogma y no estás de acuerdo con ellas, ya no eres católico. O mejor dicho, lo eres, porque una vez has sido bautizado no dejas de serlo hasta que no apostates o te excumulguen. Pero digamos que tu pensamiento ya no es católico, te has convertido en un hereje. Y no puedes decir que eres católico en parte, porque no es así como funcionan las cosas.
Y no soy yo quien lo dice. Son los representantes autorizados por Dios para hablar en su nombre. O, al menos, debes pensar que lo son, si eres católico.
Éste no es mi Holmes, que me lo han cambiao
Lunes, Marzo 17th, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 1 comentario »Umberto Eco, en las Apostillas a El nombre de la rosa, comenta algunas de las cosas que más chocantes le resultaron en las críticas que se publicaron de su novela. En su momento, dice, tenía miedo de que los críticos se le echasen encima por los elementos anacrónicos que había en ella, no tanto de ambientación como de pensamiento. Porque era consciente de que, en algunos momentos, ponía en boca de sus personajes pensamientos e ideas demasiado modernos para la época.
Y sí, la crítica señaló todo eso, pero no tal y como él esperaba. Porque, una y otra vez, los críticos encontraron como demasiado modernos pensamientos y actitudes que eran fruto una traslación directa de documentos de la época, mientras alababan como “inequívocamente medievales” ideas y frases que Eco sabía que una persona de aquel tiempo no habría manejado.
Curiosa paradoja sin duda.
¿Y a qué viene esto?, os preguntaréis.
Uno de los comentarios más frecuentes que se han hecho a mi obra holmesiana es que mi Sherlock Holmes no es el Sherlock Holmes original, el de Conan Doyle. Una veces se ha comentado eso como algo negativo y otras se han limitado a apuntar el dato, sin entrar a valorarlo.
Y sí, no me queda más remedio que estar de acuerdo. Mi Holmes es muy distinto del Holmes que aparece en los relatos escritos por Arthur Conan Doyle (lo que generalmente se conoce como “el canon holmesiano”). Su personalidad es distinta, su modo de comportarse con los demás también lo es y, probablemente, su visión del mundo no es igual que la del Holmes original y “fetén”. He procurado, es de cajón, que esos cambios no fueran arbitrarios y que resultaran compatibles con la personalidad original. Digamos que si el Holmes de Conan Doyle hubiera pasado por determinadas experiencias podría haberse convertido en el Holmes de Martínez. Al menos esa era mi pretensión. Como es evidente, puedo haber tenido éxito en ese intento o puedo haber fracasado. Y es tarea de los lectores dilucidar ese punto.
Ahora bien, no puedo evitar sentir la misma perplejidad que Eco mencionaba en su libro cuando los argumentos que algunos usan para demostrar de qué modo mi Holmes no es el original, recalcan parecidos en lugar de divergencias.
Me explico.
Se ha afirmado, por ejemplo (no siempre en tono negativo, recalco) que mi Holmes fuma cigarrillos en lugar de hacerlo en pipa, que no va vestido con la gorra de cazador, que no justifica sus deducciones, que le da al alcohol en lugar de a la tradicional cocaína, que es demasiado sanguinario y no tiene empacho en matar u ordenar que maten a otro ser humano o que habla y explica demasiado a lo largo del proceso en lugar de esperar a las conclusiones finales. Todo eso se ha puesto como ejemplo del modo en que me he apartado del original.
Y sí, resulta curioso, porque todo eso lo hacía, una y otra vez el Sherlock Holmes de Conan Doyle:
- Holmes fumaba, literalmente, de todo. Cigarrillos, puros y, por supuesto, la tradicional pipa, y si analizamos todo el canon, veremos que en lo único que tiene preponderancia la pipa sobre el resto de las labores del tabaco es como herramienta de trabajo. Holmes usa la pipa para reflexionar (”Esto es un problema de tres pipas”, afirma alguna vez) y navegar por su propia mente, pero cuando se trata de fumar algo por simple placer, no hay una preponderancia clara entre pipas, cigarros o cigarrillos. Fue William Gillette, el actor que lo encarnó por primera vez, quien dio carta de naturaleza a la pipa como elemento fundamental del aspecto de Holmes. Una pipa, además, muy concreta, tipo cachimba, que Gillete eligió porque le permitía hablar con comodidad sin necesidad de sacarla de la boca.
- Como cualquier caballero de su época, Holmes no despreciaba un buen licor, como sabe cualquiera que haya leído los relatos originales de Conan Doyle. Y, si lo ha hecho, también sabrá que Holmes no se pasó toda su vida inyectándose alcaloides. El vicio de la cocaína desaparece por completo tras su muerte y reaparición (entre “El problema final” y “La casa deshabitada”) y los expertos holmesianos han sugerido que durante sus viajes por oriente (seguramentre en el Tibet, que afirma haber visitado) aprendió a drogarse con sus propias endorfinas sin necesidad de acudir a estímulos externos. En cualquier caso, es un hecho claro que abandonó la droga.
- Holmes le pide a Watson que mate a una persona en El signo de los cuatro y éste no vacila en hacerlo, por poner un solo ejemplo. El detective no tiene ningún problema en provocar situaciones que llevarán a la muerte a los “malvados”. No es un personaje sanguinario, ciertamente, pero no pierde el tiempo con dudas o remordimientos si se trata de matar para defender su vida o la de sus seres más cercanos y no le quita el sueño que un asesino sin escrúpulos acabe muerto, víctima de sus propias malas artes.
- Es cierto que, al principio (y ocasionalmente, a medida que el tiempo pasaba) Holmes explicaba pormenorizadamente cómo había deducido esto, lo otro o lo de más allá. Pero no es menos cierto que, llegado un momento, Conan Doyle empieza a prescindir de las explicaciones. Holmes se limita a decir, por ejemplo, “ese tipo que come frente a nosotros es un contable retirado, está viudo y tiene dos hijas casaderas” y no explica cómo ha llegado a esa conclusión. Recuerdo, de hecho, una conversación entre el detective y su hermano Mycroft (ahora mismo no estoy seguro de si en “El intérprete griego” o en “Los planos del Bruce-Parlington“, pero sin duda en uno de los dos) en la que los dos se apresuran a demostrarle al otro quien es más agudo en sus deducciones sobre lo que les rodea, ante un Watson apabullado que no consigue explicarse cómo llegan a ellas. Con el paso del tiempo, las habilidades deductivas de Holmes se dan por sentadas y Conan Doyle no siempre se molesta en explicar el proceso mental que hay tras las sorprendentes afirmaciones de su personaje.
- Holmes siempre ha ido soltando fragmentos de información aquí y allá y, sobre todo en las novelas, ha ido resolviendo aspectos intermedios de la cuestión y explicándoselos a Watson (es decir, a los lectores) antes de llegar al final y desvelar por completo el misterio.
Esta aparente confusión (el tomar como elementos espureos cosas que son totalmente canónicas) tiene una explicación muy sencilla, desde luego. Y es que el Holmes que conoce buena parte de la humanidad no es el que creó su autor, sino el que, primero sus ilustradores y luego el cine y la televisión, fueron construyendo. Para la mayoría (y confieso que en buena parte también para mí) Holmes no es Holmes sin su pipa, su abrigo y su gorra, elementos de su iconografía que, sin embargo, son ajenos a su creador.
De hecho, en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos digo explícitamente que Holmes lleva una gorra de cazador y un macfarlan. Al fin y al cabo, aunque Conan Doyle nunca dijo explícitamente que Holmes vestía así (como mucho menciona de pasada la gorra de cazador una vez, creo recordar), tampoco lo negó nunca, lo que me permitía esa pequeña licencia.
Los detalles de personalidad son otra cosa, claro. Y es en esos, sin duda, donde mi Holmes más se aparta del original. Pero no porque no tenga empacho en matar a alguien, porque no justifique sus deducciones o porque no reserve la exposición de la solución del misterio para el final y vaya dando noticia de sus progresos. Porque todas esas cosas las hacía el Sherlock Holmes original que, por supuesto, es un personaje mucho más complejo que el icono de una pieza en que se ha convertido en la mente de buena parte del público.
Como ya he dicho, acepto que mi Holmes y el Holmes original difieren bastante. He intentado que sean, cuando menos, compatibles, que uno haya podido evolucionar a partir del otro. Y, aunque creo haber tenido éxito, no soy yo el más adecuado para juzgar eso.
Eso sí, cuando alguien me vuelva comentar lo distinto que es mi personaje al original, agradeceré que se tome la molestia de hacer notar las diferencias entre ambos, y no las similitudes. Siempre resultará menos fatigoso, al menos para mí.
Cuentos y novelas
Viernes, Marzo 14th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »- El mismo día, hace un año: El alfabeto del carpintero
Corría el año 1998. Por aquel entonces jugaba con la idea de llegar a publicar algún día un libro de cuentos y, de hecho, llegué a reunir los que consideraba mis mejores relatos y pensé en mandar esa antología a algún editor. No lo hice y, con el correr de los años, la idea iría cambiando hasta cristalizarse, por fin, en Callejones sin salida y Laberinto de espejos, las dos antologías que recogen casi toda mi narrativa breve. Pero, por aquella época, llegué a escribir una introducción para esa recopilación de relatos que nunca llegó a ver la luz. Di con ella hace unos días, mientras rebuscaba por mi disco duro en busca de antiguos textos que pudieran reciclarse. Lo curioso es que di con el texto pocos días después de haber leído un post en La fraternidad de Babel que tocaba un tema muy similar (y es que la vida está llena de pequeñas coincidencias que casi -pero sólo casi- son capaces de hacerme replantearme mi ateísmo). He aquí esa introducción que nunca llegó a ver la luz:
¿Qué distingue un cuento de una novela? La diferencia más evidente es su extensión. Pero esa no deja de ser una distinción trivial. Existen novelas que no son sino cuentos inflados, y hay cuentos que son novelas deshidratadas. En realidad, el cuento y la novela son dos géneros tan distintos como lo pueden ser la poesía y el teatro. Cada uno tiene sus reglas y solo en lo externo se parecen.
Una novela está condenada a contar una historia (pese a los fútiles y a menudo ridículos esfuerzos del noveau roman francés). Hasta Joyce, cuando perpetraba desmesuras tales como el Finnegan’s Wake era consciente de que estaba contando una historia: caótica, sin duda, desbordante, pero una historia.
Un cuento, sin embargo, puede sobrevivir exclusivamente a base de una imagen, de una idea. El mejor cuento es aquel que no parece contar gran cosa pero que, acabada su lectura, no se va de nuestra cabeza y, días más tarde, nos sorprendemos pensando en él.
Existe otro tipo de cuentos. No son novelas deshidratadas, pero nos están contando una historia. Porque existen historias que reclaman media docena de páginas, y dedicarles más las empobrece y las diluye. En cierto modo creo que esos dos tipos de cuentos son dos géneros distintos, y el segundo está más cerca de la novela, en el sentido en que pertenece también a la narrativa.
Pero el primer cuento no es exactamente narrativa, aunque tampoco es poesía. Tiene algo de ambos, y al mismo tiempo posee algunas cualidades que están vedadas tanto a la novela como al poema. Este tipo de cuentos son los más difíciles de escribir y reconozco que, durante el tiempo que llevo escribiendo son muy pocos los relatos de ese estilo que han salido de mis dedos, y menos aun los que han sobrevivido al paso de los años.
En general, como me definió un amigo hace algunos años, soy más bien un corredor de distancias medias y largas. La novela es el género donde me siento cómodo: allí puedo desarrollar un entorno, manipular y diseñar unos personajes, estructurar el fluir de los acontecimientos hasta su último detalle. No es por tanto, extraño, que los pocos cuentos que he escrito pertenezcan más al segundo tipo que al primero. No son novelas deshidratadas; como ya he dicho, las historias que cuentan no requieran más páginas. En algunos casos podrían tenerlas sin ganar ni perder efectividad, pero en la mayoría de ellos, añadirles más palabras no haría sino empobrecerlos.
Dicen que la novela es como un largo noviazgo, y el cuento como un ligue de fin de semana. Quizá. Pero hay largos noviazgos que terminan cayendo en la rutina y la desgana y ligues de fin de semana que, pasados los años, siguen obsesionándonos.
Poirot contra Fu-Manchú
Miércoles, Marzo 12th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 8 comentarios »- El mismo día, hace un año: Las aventuras del joven Steve Jobs (con Bill Gates, el muchacho maravilla)
Si bien me gusta la novela-problema británica tengo que reconocer que no soy precisamente un gran admirador de Agatha Christie. Le reconozco el mérito de haberse sabido mantener en la cumbre durante tanto tiempo y la habilidad innegable para ensartar tramas inverosímiles sin que lo parecieran y conseguir al final que nos creyéramos que todo encajaba y que además no podía hacerlo de otro modo. Al respecto son impagables los comentarios de Raymond Chandler sobre Diez negritos o Asesinato en el Orient Express, cuando destruye la verosimilitud de ambas novelas en menos de media docena de frases. El mérito de la autora está en que no nos demos cuenta mientras leemos de que la historia no se sostiene ni por la más feliz de las casualidades.
Sin embargo, siempre me han resultado poco simpáticos sus personajes principales. Con el tiempo me he ido reconciliando con la señorita Marple (y, mal que me pese, hasta se me ha ido volviendo entrañable), pero sigo encontrando a Poirot cursi, amanerado e insufrible. Habrá quien me diga que Sherlock Holmes, uno de mis personajes favoritos, no es menos insufrible. Por algún extraño motivo Holmes no me resulta antipático pero apenas puedo resistir los impulsos de retorcerle el gaznate al relamido belga. Creo saber por qué es, aunque me resultaría difícil argumentarlo; pero diría que Conan Doyle construye un personaje mayor que la vida, mientras que Agatha Christie diseña un pelele de talla mucho menor. En cierto modo, las novelas de Agatha Christie se leen a pesar de su protagonista, porque el misterio está lo suficientemente bien tramado para que podamos prescindir del odioso personajillo belga. Por el contrario, muchos relatos de Conan Doyle se leen a pesar del misterio -como mínimo tonto en muchos casos- y gracias a la personalidad de Holmes (y al retrato costumbrista y ácido que a menudo traza de su época, sin duda); sin llegar a los extremos de Chandler, que decía que Sherlock Holmes es “poco más que una actitud y media docena de líneas de diálogo magníficas”, son sin duda el personaje y su actitud los que a menudo hacen interesantes las historias holmesianas.
Es curioso, por tanto, que la que considero la mejor novela policiaca al estilo clásico, no solo sea de Agatha Christie, sino que tenga a Poirot como protagonista. Me refiero a El asesinato de Roger Acroyd, que lectores más veteranos quizá recuerden bajo el título de El asesinato de Rogelio Acroyd, siguiendo la costumbre editorial de hace unos cuantos lustros que traducía invariablemente los nombres de pila de los personajes o incluso los autores (así, hemos visto obras firmadas por “Edgardo” Poe; o han pasado a la memoria colectiva los nombres de Guillermo -y no “William”- Brown o Julio -en lugar de “Jules”- Verne). De hecho, recuerdo una novela (creo que Cianuro espumoso) donde el traductor se disculpaba por dejar el nombre de la protagonista, “Rosemary”, en el original y no traducirlo como “Rosa María”. Argumentaba (innecesaria aunque atinadamente) que el nombre inglés no se correspondía con el castellano, sino que significaba “romero” y que venía de los términos latinos que significaban “rocío” y “mar”; puesto que su sentido etimológico era importante en el curso de la historia se veía obligado a dejarlo en el original.
Si bien el grueso de la obra de Agatha Christie lo componían las novelas de corte clásico, ocasionalmente se permitía pequeños caprichos, como La venganza de Nofret (un policiaco ambientado en el antiguo Egipto), Intriga en Bagdad (un thriller político) o Los cuatro grandes, en la que hace una incursión en la literatura pulp al más puro estilo de Doc Savage o La sombra. De hecho, en esta novela, la autora usa y abusa una y otra vez de trucos y gadgets pertenecientes a la literatura popular más efectista y llega a obtener resultados francamente disparatados. Los cuatro grandes es una novela delirante y divertida donde Poirot -como un James Bond cualquiera- se enfrenta a una conspiración para hacerse con el control mundial dirigida por cuatro oscuros personajes, uno de los cuales es un infame doctor oriental que, si bien no es nombrado de ese modo por evidentes problemas de derechos de autor, no es otro que el Fu-Manchú de Sax Rohmer.
Incluso llega, en el desenlace de la novela, a usar un artificio tan propio de un folletín como que Poirot finja su muerte y luego se haga pasar por su hermano (Ulises Aquiles Poirot) por el método genialmente estúpido (y que por supuesto engaña a todos) de afeitarse el bigote. Con ese detalle, en cierto modo, Poirot traiciona sus propios métodos: en el universo de ficción en el que él vive, los casos se resuelven entre otras cosas porque a menudo las víctimas son criaturas maníaticas que siempre lo hacen todo del mismo modo, en el mismo lugar y a la misma hora. Podríamos decir que, al afeitarse el bigote, Poirot está metajugando (en expresión acuñada por los jugadores de rol): sabe que los lectores nunca supondremos que se traicionaría a sí mismo de ese modo y, por tanto, su sencillo truco funcionará y nos engañará.
No es, desde luego, una novela para ser tomada en serio (pero ¿hay alguna?) pero sí para proporcionarnos unas horas divertidas viendo al habitualmente relamido y serio Poirot comportándose más que nunca como un personaje de opereta y rodeado de trucos de literatura barata por todas partes. Un capricho, sin duda, por parte de Agatha Christie, pero un capricho logrado y divertido.
Termino esta entrada ligeramente caótica volviendo a El asesinato de Roger (o Rogelio) Acroyd. Porque resulta curioso que la considere casi la novela policiaca perfecta si tenemos en cuenta que rompe una de las normas no escritas –aunque en realidad si lo están, en uno de los textos de Chandler– del género: traiciona la confianza que el lector no puede evitar depositar en un narrador en primera persona. Pero el de esa novela miente (o más exactamente no cuenta toda la verdad) y podemos argüir por tanto que la obra no es honrada con el lector. Sin embargo, tal y como Chandler decía, la trampa está tan bien construida y explicada (toda la novela, de hecho, está edificada de un modo muy brillante alrededor de esa trampa), que uno se la perdona sin demasiados problemas.
Y al contrario que muchas novelas policiacas que una vez resuelto el misterio carecen del menor interés, El asesinato de Roger Acroyd gana con una relectura, sabiendo ahora dónde y de qué modo la autora nos ha escamoteado la verdad y contemplando con deleite lo bien que lo ha hecho.
Publicado originalmente en Cosecha Roja (Bibliopolis, crítica en la red)
