Tránsito: una comedia fúnebre

Inteligente.

Si hubiera que definir con una sola palabra la obra de Connie Willis, sin duda sería esa. Por encima de sus obsesiones personales, de su humor, de su empeño en poner en solfa una y otra vez los sobrentendidos que aceptamos como verdades absolutas, de su gusto por la alta comedia y el costumbrismo o su romanticismo ajeno a la ñoñería, es la inteligencia lo que marca su obra. Inteligencia no entendida como arrogancia o superioridad, sino más bien como el hecho de no subestimar nunca a su público y de no conformarse con salidas narrativas fáciles.

Desde Los sueños de Lincoln hasta este Tránsito (pasando por El libro del día del Juicio Final, Remake u Oveja mansa) Connie Willis se fue consolidando como una de las autoras más interesantes del panorama de la ciencia ficción en los años noventa del pasado siglo. Siempre fiel a sus temas y obsesiones favoritos, se ha pasado buena parte de su carrera, en cierto modo, dando vueltas alrededor de las mismas ideas. Pero en lugar de limitarse a trazar una y otra vez la misma curva, ha buscado nuevos caminos, lugares cada vez distintos desde donde contemplar lo mismo.

Tránsito tiene, por ambiente y relación entre los personajes, más de un punto de contacto con Oveja mansa. Ambas nos hablan de una investigación científica (en un hospital una, en una empresa la otra), ambas tienen como investigadores principales a dos personas cuyos objetivos se complementan pero no son el mismo y ambas giran en torno a un punto que está frente a las narices de los personajes durante casi toda la historia, pero que son incapaces de ver hasta el final. Y, al igual que Oveja mansa, Tránsito podría considerarse sin ningún problema una novela mainstream y bien podría haber sido publicada en una colección de literatura general sin parecer fuera de lugar. Es cierto que al final la autora deja la puerta abierta a una posible interpretación fantástica (o quizá habría que decir sobrenatural), aunque sin decidirse abiertamente por ella.

Ahí se acaban las similitudes. Frente a la apariencia más ligera de Oveja mansa, esta obra adopta casi desde el principio un tono más oscuro que, en ocasiones, tiene mucho de premonitorio. No es sorprendente si tenemos en cuenta que la trama gira alrededor de las experiencias cercanas a la muerte, un tema que por fuerza impone un tratamiento distinto a una investigación sobre el patrón oculto tras las modas.

Pese a eso, Willis no abandona su hábil uso de la ridiculización de personajes o situaciones para traspasar las apariencias y llegar al fondo de las cosas, ni sus escarceos con la comedia; una comedia que, como siempre, remite al cine americano de los años cuarenta, a Howard Hawks, Frank Cappra o Preston Sturges: no es sorprendente que uno se pueda imaginar con facilidad, casi de modo inevitable, a Cary Grant —o incluso James Stewart— y Katherine Hepburn encarnando a los personajes principales de la novela.

El armazón narrativo de Tránsito bebe sin pudor en el thriller y, en cierto modo, casi podemos decir que estamos ante una novela policiaca, donde la autora va dejando pistas ante nuestros ojos —y los de los personajes— y al mismo tiempo distrayendo nuestra atención —y especialmente la de los personajes— para que no seamos conscientes de su relevancia. Una novela policiaca que, sorprendentemente, es honrada con sus lectores y no cae en trampas fáciles: a lo largo de la historia las pistas para resolver el misterio están ahí para quien quiera verlas y, sin embargo, pasamos por alto la mayoría de ellas sin necesidad de que la autora eche mano de rocambolescas tramas que solo se sostendrían por su habilidad dialéctica.

También estamos ante una exploración de qué es y cómo funciona la memoria humana (tema que Willis ya ha tratado en otras obras, incluyendo Los sueños de Lincoln, su primera novela en solitario), de cómo ella nos define y nos hace ser lo que somos y, sobre todo, de cómo muchas veces nos miente.

Añádase a eso unos personajes contemplados con cierta ironía, aunque no con superioridad; un lugar absurdo que sería el marco ideal para una persecución en una película de los hermanos Marx; un rechazo (sin acritud pero con firmeza) de todos esos rituales que componen la hipocresía que tiñe buena parte de nuestras vidas; un esfuerzo consciente y deliberado para no cerrar los ojos y ver el mundo tal como es, no como nos gustaría que fuera; y, sobre todo, una renuncia a aceptar y dejarse ganar por esa estupidez contra la que, como decía Schiller, los propios dioses luchaban en vano, y que con la llegada de lo políticamente correcto, de la sociedad del eufemismo por sistema y el buenismo desatado y mal encaminado, parece haberse convertido en el foco que define nuestro mundo.

Todo ello visto con humor, teñido de amor y tratado con inteligencia.

5 comentarios

  1. Sí pero no: Connie Willis es una escritora inteligente, pero pierde en las distancias largas. Tránsito termina haciéndose pesada. A la mejor Willis hay que leerla en extensiones breves: Oveja mansa, Remake y algunos cuentos como “Incluso la reina”.

    Y es una de las mejores constructoras de personajes de la CF. En general.

  2. A mí no se me hizo en absoluto pesada (cosa que sí me pasó con Por no mencionar al perro, que creo que es más corta).

    Pero quizá sí que sus obras más redondas son las de distancia media.

  3. Opino lo mismo que Juanma. La leí hace unos tres meses y, aunque en general me gustó, pensé que le sobraba algo de extensión, que podría haber sido más corta sin perder nada.

  4. A mí me gustó bastante en su día, hace ya unos cuantos años. El recuerdo que guardo de ella es de una novela triste, melancólica, sin esos toques de ironía que son habituales en el resto de la obra de Willis. Y, aunque suene cursi, muy bonita. Triste y bonita, de hecho.

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