Baudolino: inventando la verdad

Umberto Eco volvió a la Edad Media (si es que alguna vez la había abandonado del todo) en su cuarta novela, en la que narraba la historia de un mentiroso que terminaba teniendo la suerte, o la desgracia, de creerse sus propias mentiras y hacer que el resto del mundo las creyera y, algunas, las terminase convirtiendo en realidad.

Eco, como narrador, siempre ha tenido cierta predilección por los flashbacks. Al fin y al cabo, El nombre de la Rosa no es otra cosa que un larguísimo flashback en el que un personaje, ya en el ocaso de su vida, rememora acontecimientos de su juventud y se embarca en el peligroso juego de narrarlos desde una doble perspectiva: la que tenía en el momento en que sucedieron los hechos y la que tiene ahora al contarlos.

El péndulo de Foucault vuelve sobre la misma técnica, con el personaje central a punto de rematar su historia, y recontando los pasos que lo han llevado hasta allí. En La isla del día antes juega a contar en dos frentes temporales distintos: por un lado la historia de su protagonista en el barco abandonado; por el otro, todo lo que este recuerda mientras intenta desentrañar el enigma que le rodea.

En este Baudolino volvemos a tener dos historias narradas en paralelo: en primer lugar la de Baudolino en sus últimos días contándole (y mintiendo en el proceso) su historia a Nicetas, y en segundo esa historia que le cuenta, en la que realidad, mentiras y fantasía se entremezclan sin que uno pueda separarlas, a la mejor manera de los cronistas medievales.

Si en La isla del día antes era el protagonista quien se contaba su historia a sí mismo, y tenía que ser el narrador quien reflexionara sobre ella, aquí la figura del bizantino Nicetas cumple precisamente ese propósito: el de interpretar, dudar o creer lo que Baudolino le cuenta, haciendo de puente entre el protagonista y el lector y permitiendo que compartamos, por un lado, las dudas sobre lo narrado y, por el otro, la fascinación por ello.

Al contrario que en sus dos novelas anteriores, tanto el estilo como la estructura del libro son engañosamente fáciles, y uno se desliza por las páginas de este libro con suavidad, con una fluidez que el novelista italiano solo había logrado en El nombre de la Rosa. El péndulo de Foucault, con su deliberada vocación de novela pedante y morosa, estaba llena de escollos para el lector, al igual que ocurría con el evidente ejercicio de estilo barroco (en su acepción más literal) que es La isla del día antes. En Baudolino, sin embargo, y sin renunciar a ninguno de sus presupuestos estéticos o narrativos, Eco ha construido un libro asequible y con múltiples niveles que, al igual que había ocurrido con su primera novela, se adapta sin dificultades al gusto de paladares literarios muy diversos.

Tampoco renuncia a la mezcla de géneros: Baudolino es, por supuesto, una novela histórica, pero también tiene mucho de novela de misterio, de relato policiaco, de narración de aventuras, e incluso de historia fantástica, según cómo interpretemos o aceptemos lo que el protagonista cuenta de sí mismo. Es, también, hasta cierto punto, una investigación, una reconstrucción y exposición -fingida y real al mismo tiempo- del modo en que nacieron algunos de los mitos más importantes de la Edad Media europea: desde el santo Grial hasta la Sábana Santa, pasando por el Reino del Preste Juan.

Baudolino, como personaje, es paradójico: incapaz de no mentir, pero incapaz de dejar de creer en sus propias mentiras, hasta el punto de que termina embarcándose en un viaje desesperado en busca de una de ellas. Capaz de sentirse culpable por actos que no ha cometido, pero sí imaginado y hecho creer como reales a quienes le rodean. En cierto modo, es un camaleón, una criatura poblada de historias, que ve el mundo y cuenta el mundo adaptándose a quién le rodea a y lo que espera de él. Y, a medida que vamos leyendo, no podemos evitar preguntarnos de qué color es el camaleón cuando se mira a sí mismo en el espejo. Quizá de todos.

Como el resto de los mortales, Baudolino es la suma de sus recuerdos, y poco importa lo cierto o falso de los mismos, ellos son los que lo han hecho ser como es, y es el recuerdo de su historia personal lo que forja su presente. Atrapado por su memoria, por lo que ha vivido, soñado, inventado e intentado encontrar, su única salida como ser humano es rendirse a la memoria (aunque la sepa falsa) y seguir siendo lo que es.

No estamos ante una novela tan deslumbrante como El nombre de la Rosa, tan pedante (y aclaro que uso el término con propósitos puramente descriptivos y no valorativos) como El péndulo de Foucault o tan formalmente elaborada como La isla del día antes, pero sí que estamos ante un libro construido con precisión y delicadeza y cuyas páginas fluyen con una suavidad que hacen inevitable su lectura. ¿La mejor novela de Eco? No lo sé, pero sin duda sí la mas equilibrada en la convivencia de todos los elementos dispares que la componen.

No puedo terminar este comentario sin mencionar la labor excelente de la traductora, Helena Lozano, quien ya había hecho un magnífico -y costoso- trabajo en La isla del día antes y que aquí vuelve a mostrarnos lo lejos que puede llegar un buen traductor cuando se compromete a fondo con su trabajo.

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