Más vale tarde que nunca
Lunes, Febrero 11th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 12 comentarios »
Fue culpa mía, lo confieso. Hace unos años, mi amigo José Luis Rendueles me dejó un libro del que contaba maravillas y yo, varios meses después, se lo devolví sin haberlo leído. Lo cierto es que la portada me echaba para atrás: me sonaba a best-seller barato y, en aquella época, no estaba de humor para algo así. No recuerdo el texto de la contraportada, pero sí que echarle un vistazo no contribuyó precisamente a animarme con la lectura.
El libro era Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy.
Sí, para matarme, estoy de acuerdo. Para golpearme con él en la cabeza una y otra vez por cenutrio, sin la menor duda.
Pero qué le vamos a hacer. A veces las circunstancias se confabulan de esa manera y pasa lo que pasa. En lugar de descubrir la obra de McCarthy hace unos años, he tenido que hacerlo ahora, cuando las circunstancias se han confabulado del modo opuesto y los comentarios que he ido leyendo acerca de La carretera, por un lado, y el interés que ha despertado la adaptación cinematográfica de No es país para viejos que han hecho los Coen, por el otro, me han llevado, por fin, a leer algo de este hombre.
Ha sido como un puñetazo. Como una patada directa al hígado.
La novela ha sido No es país para viejos (estaba accesible y barata) y me la he leído en casi nada. Son poco más de doscientas treinta páginas, y he pasado buena parte de ellas asombrándome no sólo de la dureza de lo que se cuenta, sino del modo totalmente despiadado en que se hace. Se me ha hecho cortísimo y durísimo al mismo tiempo. Y sospecho que la adaptación cinematográfica no me decepcionará: la novela parece haber sido escrita ex profeso para que los Coen la lleven al cine, en la línea de su Sangre fácil, o de Fargo.
Y, al acabarla, he querido más, claro.
Estoy ahora precisamente con ese Meridiano de sangre que debí haber leído hace unos años. No llevo más de cien páginas, pero de momento es como si estuviera visitando una versión sin censurar de Grupo salvaje, de Peckimpah. O, para ser más exactos, como si Grupo salvaje fuera la versión para niños de Meridiano de sangre. Y, sospecho que, a medida que vaya leyendo más, las cosas irán a peor. O sea, a mejor.
Como he dicho, McCarthy es despiadado en su uso del lenguaje. Escueto, lacónico y tan afilado que una sola frase suya vale por párrafos enteros de otros autores. Y hasta por páginas, si me apuráis. Su disección de los personajes no sólo es brillante y llega hasta el fondo, sino que tiene la rarísima virtud de no juzgarlos jamás y limitarse a mostrarlos ante nosotros. Su modo de narrar tiene algo profundamente inquietante, por otra parte, tanto que me ha hecho sentir incómodo más de una vez.
Podría decir mucho más, pero no creo que haga falta. Además, tampoco es plan ahora de ponerme a descubrir que el mundo es redondo, después de todo este tiempo. Pero supongo que, por tarde que haya llegado, no puedo evitar compartir mi entusiasmo por lo que he leído de este hombre.
Y por todo lo que leeré, me imagino. Porque en cuanto termine Meridiano de sangre, le va a seguir La carretera, casi fijo. Y después… ya veremos.
POSTDATA: Unos días después de haber escrito esto fui a ver No es país para viejos, la película de los Coen. Y, tal como suponía, la película no me decepcionó lo más mínimo. No sólo está en el mejor estilo de los hermanos Coen, sino que es una adaptación fidelísima de la novela, tanto en la pura anécdota como, sobre todo, en el modo de narrar. El estilo visual de la película, lacónico, casi desnudo, le va a la historia de McCarthy a la perfección.
