¿Es la guerra?
Viernes, Febrero 8th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis, Y sobre esta piedra | 16 comentarios »No sé si lo he dicho alguna vez en público, pero si no es así, ahora es un momento tan bueno como otro cualquiera para comentarlo. Me encanta La fraternidad de Babel, el blog de César Mallorquí. César no sólo tiene ideas interesantes, sino que sabe exponerlas de un modo siempre atrayente y, sobre todo, sabe reflexionar muy bien sobre ellas.
Reconozco que parte de mi querencia por su blog viene de la pura afinidad: a menudo me encuentro reflejado en muchas de las ideas y reflexiones que se vierten en él.
Y en el último post que he leído, plantea un tema que lleva un tiempo dando vueltas en mi cabeza, más o menos desde que la Iglesia española empezó a adoptar una postura combativa, agresiva y, en ocasiones, ferozmente enfrentada a buena parte de las iniciativas sociales del gobierno.
Hace años, leyendo un análisis de la obra de Tolkien recuerdo que el autor comentaba que, en El señor de los anillos, el bien era pasivo (y fundamentalmente reactivo) y el mal era activo y a menudo era quien tomaba la iniciativa, mientras los buenos estaban a verlas venir.
Y esa idea ha venido a mi memoria tras leer el post de César. Mientras el mal se organiza y se lanza a las calles para defender sus intereses (sí, para mí quienes salen a la calle, no a defender su modo de vida sino a intentar cargarse el de los demás -que es lo que pretenden esas manifestaciones “a favor de la familia”, digan lo que digan- representan el mal, por muy buenos padres, maridos, hermanos y amigos que sean en su entorno social) ¿qué está haciendo mientras tanto el otro bando?
Pues poco, o nada, quizá. Y tal vez sea porque no hay ningún “otro bando”. O al menos no lo hay de una forma articulada y organizada. Porque las personas partidarias de una sociedad totalmente laica, donde Iglesia y Estado estén radicalmente separados, las personas que piensan que la religión debería ser un asunto circunscrito al ámbito de lo estrictamente privado, las personas que opinan que cualquier forma de familia que dos o más personas adultas elijan es tan familia como la tradicional, las personas que creen que darles derechos a unos no implica quitárselos a otros… todas esas personas a las que podríamos denominar “laicistas” tienden a ser más bien individualistas, no se organizan en una estructura grupal ni crean colectivos jerarquizados. Una de las cosas que suele tener (y recalco el “suele”) el ser ateo, agnóstico o incluso un creyente que se limita a vivir su fe sin inmiscuirse en la de los demás, es que no están imbuidos del ánimo evangelizador, proselistista, que los llevaría a intentar que el resto del mundo comparta su forma de ver las cosas.
Y eso es bueno. O, dicho de otro modo: de acuerdo a mi sistema moral, es una cualidad positiva.
Pero también es malo, en un aspecto puramente práctico. Y en una situación como la actual, donde la jerarquía eclesiástica se lanza a las calles para demostrar lo que es de verdad (una organización más preocupada por su propia supervivencia y por mantener sus áreas de influencia que por vivir realmente de acuerdo al código ético y moral que dicen representar) todos estos “laicistas” no reaccionan.
O debería decir quizá que no reaccionamos. Dejamos que el enemigo (porque cualquiera que intente el menor paso hacia una sociedad teocrática -y eso es lo que intenta la Iglesia, nos lo vendan como nos lo vendan, desde el momento en que intentan asimilar los conceptos de pecado y delito como si fueran uno solo- es mi enemigo) dé los primeros pasos, se organice, haga ruido y centre en sus actos la mirada de los medios de comunicación.
El problema, como apuntan buena parte de los comentarios en el post de César que mencionaba al principio, es que crear una organización que intente neutralizar con su información el ruido qué está produciendo la otra parte, es difícil. Quizá incluso imposible.
Y no estoy hablando de una liga de ateos, ni siquiera de una plataforma de ateos y agnósticos. He usado el término “laicista” (que no sé si existe, la verdad) un par de veces y lo vuelvo a usar ahora. Se trataría de un grupo que aglutinase a todas aquellas personas que, independientemente de su religión o carencia de ella, estuvieran dispuestos a luchar por una sociedad laica, con todo lo que eso implica. Y estoy seguro de que no sólo ateos y agnósticos estarían por la labor, sino muchos creyentes.
No sé muy bien qué aspecto, qué organización, qué tipo de estructura podría o debería tener un grupo así. Y, como he dicho, no estoy muy seguro de que fuese posible o incluso de que resultase práctico. Pero cuanto más pasa el tiempo, más necesario lo encuentro.
Nunca he sido proselitista con mi ateísmo. En parte por buena educación (siempre me ha parecido de una grosería imperdonable que alguien te insista en soltarte su rollo después de que le hayas dicho veinte veces que no estás interesado en el asunto), en parte porque lo encontraba estúpido y en parte porque nunca he comprendido la necesidad de evangelizar a los demás. Pero a lo mejor está llegando la hora de usar las estrategias del enemigo y empezar a dar caña por todas partes donde sea posible. No sé muy bien cómo ni de qué manera.
Quizá me estoy preocupando por nada. A lo mejor todo esto que ha causado mi alarma no es más que la pataleta final de una organización cada vez más débil que ve cómo el poder e influencia que tenía se le van de las manos. A lo mejor, si nos limitamos a quedarnos cruzados de brazos y esperar un poco, las cosas sucederán por sí mismas.
Pero a lo mejor no. Y confieso que eso me preocupa bastante.
POSTDATA: Entre el momento en que escribí esta entrada y el de su publicación en Escrito en el agua, César ha actualizado su blog con un post titulado Francotiradores, que incide sobre algunos aspectos del mismo tema y que, ciertamente, no tiene desperdicio.
