Allá por la antigüedad (hace tres mil años, o mil, o quinientos, qué más da) un soldado herido en el campo de batalla estaba completamente cubierto de moscas. Un compañero se le acercó e hizo ademán de espantarlas.
-¡Quieto! -dijo el herido-. ¿Qué haces?
-Sólo quería ayudarte.
-Pues entonces mejor me dejas en paz.
-No lo entiendo.
-Estas moscas llevan alimentándose de mi sangre varias horas. Están casi ahítas y ya apenas molestan. Si las espantas, vendrán otras más hambrientas y será mucho peor.
No es que hayan cambiado mucho las cosas desde entonces, ciertamente.
(after Mika Waltari)

Vivan las “caenas”.