Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Febrero, 2008

Tránsito: una comedia fúnebre

Viernes, Febrero 29th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 5 comentarios »

Inteligente.

Si hubiera que definir con una sola palabra la obra de Connie Willis, sin duda sería esa. Por encima de sus obsesiones personales, de su humor, de su empeño en poner en solfa una y otra vez los sobrentendidos que aceptamos como verdades absolutas, de su gusto por la alta comedia y el costumbrismo o su romanticismo ajeno a la ñoñería, es la inteligencia lo que marca su obra. Inteligencia no entendida como arrogancia o superioridad, sino más bien como el hecho de no subestimar nunca a su público y de no conformarse con salidas narrativas fáciles.

Desde Los sueños de Lincoln hasta este Tránsito (pasando por El libro del día del Juicio Final, Remake u Oveja mansa) Connie Willis se fue consolidando como una de las autoras más interesantes del panorama de la ciencia ficción en los años noventa del pasado siglo. Siempre fiel a sus temas y obsesiones favoritos, se ha pasado buena parte de su carrera, en cierto modo, dando vueltas alrededor de las mismas ideas. Pero en lugar de limitarse a trazar una y otra vez la misma curva, ha buscado nuevos caminos, lugares cada vez distintos desde donde contemplar lo mismo.

Tránsito tiene, por ambiente y relación entre los personajes, más de un punto de contacto con Oveja mansa. Ambas nos hablan de una investigación científica (en un hospital una, en una empresa la otra), ambas tienen como investigadores principales a dos personas cuyos objetivos se complementan pero no son el mismo y ambas giran en torno a un punto que está frente a las narices de los personajes durante casi toda la historia, pero que son incapaces de ver hasta el final. Y, al igual que Oveja mansa, Tránsito podría considerarse sin ningún problema una novela mainstream y bien podría haber sido publicada en una colección de literatura general sin parecer fuera de lugar. Es cierto que al final la autora deja la puerta abierta a una posible interpretación fantástica (o quizá habría que decir sobrenatural), aunque sin decidirse abiertamente por ella.

Ahí se acaban las similitudes. Frente a la apariencia más ligera de Oveja mansa, esta obra adopta casi desde el principio un tono más oscuro que, en ocasiones, tiene mucho de premonitorio. No es sorprendente si tenemos en cuenta que la trama gira alrededor de las experiencias cercanas a la muerte, un tema que por fuerza impone un tratamiento distinto a una investigación sobre el patrón oculto tras las modas.

Pese a eso, Willis no abandona su hábil uso de la ridiculización de personajes o situaciones para traspasar las apariencias y llegar al fondo de las cosas, ni sus escarceos con la comedia; una comedia que, como siempre, remite al cine americano de los años cuarenta, a Howard Hawks, Frank Cappra o Preston Sturges: no es sorprendente que uno se pueda imaginar con facilidad, casi de modo inevitable, a Cary Grant —o incluso James Stewart— y Katherine Hepburn encarnando a los personajes principales de la novela.

El armazón narrativo de Tránsito bebe sin pudor en el thriller y, en cierto modo, casi podemos decir que estamos ante una novela policiaca, donde la autora va dejando pistas ante nuestros ojos —y los de los personajes— y al mismo tiempo distrayendo nuestra atención —y especialmente la de los personajes— para que no seamos conscientes de su relevancia. Una novela policiaca que, sorprendentemente, es honrada con sus lectores y no cae en trampas fáciles: a lo largo de la historia las pistas para resolver el misterio están ahí para quien quiera verlas y, sin embargo, pasamos por alto la mayoría de ellas sin necesidad de que la autora eche mano de rocambolescas tramas que solo se sostendrían por su habilidad dialéctica.

También estamos ante una exploración de qué es y cómo funciona la memoria humana (tema que Willis ya ha tratado en otras obras, incluyendo Los sueños de Lincoln, su primera novela en solitario), de cómo ella nos define y nos hace ser lo que somos y, sobre todo, de cómo muchas veces nos miente.

Añádase a eso unos personajes contemplados con cierta ironía, aunque no con superioridad; un lugar absurdo que sería el marco ideal para una persecución en una película de los hermanos Marx; un rechazo (sin acritud pero con firmeza) de todos esos rituales que componen la hipocresía que tiñe buena parte de nuestras vidas; un esfuerzo consciente y deliberado para no cerrar los ojos y ver el mundo tal como es, no como nos gustaría que fuera; y, sobre todo, una renuncia a aceptar y dejarse ganar por esa estupidez contra la que, como decía Schiller, los propios dioses luchaban en vano, y que con la llegada de lo políticamente correcto, de la sociedad del eufemismo por sistema y el buenismo desatado y mal encaminado, parece haberse convertido en el foco que define nuestro mundo.

Todo ello visto con humor, teñido de amor y tratado con inteligencia.

© 2008, Rodolfo Martínez

El Napoleón del crimen

Miércoles, Febrero 27th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 12 comentarios »

El material del que nacen las leyendas es, a menudo, trivial. En la mente de casi cualquier aficionado al género policiaco la figura del profesor Moriarty se alza como el gran enemigo de Holmes, su némesis oscura, y uno tiene la sensación de que el detective de Baker Street y el malvado matemático pasaron media vida luchando el uno contra el otro.

Y sin embargo, si acudimos al canon holmesiano, vemos que Moriarty sólo aparece, y de forma fugaz, en una de las historias de Conan Doyle. Es mencionado, ya muerto, en un par de ellas más. Y en una de las últimas historias que su creador escribió sobre Holmes, el detective resuelve un misterio tras el que se adivina la mano del profesor.

Eso es todo. Un villano creado ex profeso para que Holmes y él se dieran muerte en las cataratas de Reichenbach y que, para Conan Doyle no tuvo la menor importancia: en aquel momento, cuando decide matar a su criatura en las páginas de «El problema final», necesitaba que Holmes se enfrentase a su mayor desafío, así que creó a ese temible profesor de matemáticas, poder en la sombra de una sobrecogedora conspiración criminal y enemigo juramentado de Sherlock Holmes.

Es probable que Conan Doyle no volviera a pensar en el personaje (salvo quizá en sus pesadillas, donde sin duda no podría evitar identificarse con él, visto el fallido intento que ambos habían llevado a cabo para hacer desaparecer a Holmes del mundo). En «La casa deshabitada», donde Holmes vuelve de entre los muertos, el profesor sigue fallecido y es con uno de sus lugartenientes, el coronel Sebastian Moran, con quien se las ve el detective. Más adelante, en otro relato, Holmes comenta de pasada que Londres se ha vuelto muy aburrido desde la muerte de Moriarty.

Eso, unido a su sombra en la tardía novela El valle del terror, es todo el rastro de Moriarty que hay en el canon holmesiano.

En realidad son los epígonos de Conan Doyle los que, encaprichados del temible profesor, hacen de él la criatura terrible y poderosa que hoy puebla la imaginación popular, y ellos son los verdaderos responsables de que el personaje alcance su verdadera estatura de “Napoleón del crimen”, tal y como Holmes lo describe la primera (y casi la última) vez que habla de él en el canon.

Y es curioso que buena parte de ellos sigan la tesis que nace al amparo de una frase de la espléndida biografía Sherlock Holmes de Baker Street escrita por W. S. Baring-Gould y donde se comenta que el joven Holmes sufrió lo indecible a manos de su preceptor de matemáticas, el profesor Moriarty. No sabemos cómo llegó Baring-Gould a esa conclusión (ese es uno de los aspectos más fascinantes y al tiempo más irritantes de su libro: lo poco que se molesta en explicar de dónde saca o en qué lugar ha documentado muchos aspectos de su biografía) pero los autores que se enfrentaron con Holmes después de la muerte de Conan Doyle parecen haberla encontrado terriblemente interesante.

Algo que podemos ver incluso en producciones cinematográficas como El secreto de la pirámide, donde se nos presenta a un Holmes adolescente cuyo primer villano es uno de sus profesores y que casi acabada la proyección (de hecho después de los créditos finales) se nos revela como Moriarty. La película, que contradice con alegría algunos de los más importantes hechos establecidos por el canon (la forma en que Holmes y Watson se conocieron, sin ir más lejos), es poco más que un agradable divertimento que, sin embargo, tiene en su haber el mérito de haberse anticipado en unos cuantos años a ese steam-punk que no hace mucho parecía de moda en las producciones cinematográficas de Hollywood y cuyo último ejemplo podría ser el fallido remake de La máquina del tiempo. También cuenta con el aliciente añadido de ser una de las primeras producciones cinematográficas donde uno de los personajes es creado digitalmente: el caballero medieval que se escapa de la vidriera de una iglesia.

En su primera novela, Nicholas Meyer ahonda en la tesis de Moriarty como profesor de matemáticas de un joven Holmes, y va unos cuantos pasos más allá, al hacerlo en parte responsable de la adicción a la cocaína del detective, adicción de la que se curará gracias a los esfuerzos del doctor Watson, su hermano Mycroft y el doctor Sigmund Freud. La novela fue editada en castellano como Elemental, doctor Freud (el mismo título que tuvo aquí la película basada en ella), con lo cual se perdía por completo la referencia canónica de su título original, ese The Seven-per-cent solution (La solución al siete por ciento) que hace alusión precisamente a la dosis de droga que Holmes se inyectaba tres veces al día.

Meyer es más conocido como director de cine y guionista que como novelista, especialmente entre los aficionados a Star Trek al haber sido director de la segunda y sexta películas de la serie y co-guionista de la cuarta, lo que no nos debe hacer olvidar su Los pasajeros del tiempo (Time after time) donde un H. G. Wells encarnado por un convincente Malcolm McDowell viajaba al siglo XX en persecución de Jack el Destripador -interpretado por ese secundario de lujo que es David Warner- para enamorarse, ya en nuestra época, de una Mary Steenburgen que parece condenada a tener romances con viajeros en el tiempo (véase si no Regreso al Futuro. Parte III).

En general, Meyer no ha tenido demasiada fortuna con los títulos en castellano de sus novelas. Su obra The Canary Trainer -El amaestrador de canarios, que de nuevo es una alusión a una frase de los relatos canónicos holmesianos-, donde enfrentaba a Holmes con nada menos que El fantasma de la Ópera de Gaston Lerroux, fue traducida en nuestro país como El ángel de la música. Por no mencionar que el traductor de Elemental, doctor Freud decide que “air guns” (fusiles de aire comprimido, como el que usa Sebastian Moran para intentar matar a Holmes) son en realidad “cañones antiaereos”.

Los giros de tuerca que los distintos autores han ido dando a la relación entre Holmes y Moriarty van de lo sorprendente a lo descabellado, con ocasionales incursiones en lo estúpido y alguna que otra idea brillante. En La última aventura de Sherlock Holmes, Michael Dibbin entrecruza los destinos de Holmes, Moriarty y Jack el Destripador en una historia que, aunque empieza a volverse previsible hacia la mitad, funciona sin problemas y aprovecha los puntos oscuros de las historias canónicas para meter de rondón entre ellos su propia teoría. Es una buena novela y quizá una de las historias donde la relación entre Holmes y Watson está explorada con más cariño e inteligencia. Algunas de sus páginas son desgarradoras, sin duda.

En la antología Sherlock Holmes a través del tiempo y del espacio, el temible profesor asoma unas cuantas veces y en algunos casos lo hace con cierta gracia. Reconozco que mi favorita de entre todas las historias de esa antología es la narración del Club de los Viudos Negros, de Isaac Asimov, donde Henry, el sagaz camarero del club, desvela el terrible contenido de La dinámica de un asteroide, el tratado de matemáticas que escribió Moriarty y que asombró y horrorizó a los científicos de su tiempo.

En Star Trek, la nueva generación, una recreación virtual de Moriarty (producto de Data, obsesionado por el detective victoriano y sus procesos mentales) pone en apuros en más de una ocasión a la tripulación del Enterprise. Ese Moriarty es un personaje fascinante y atractivo cuya historia, por desgracia, terminará resolviéndose de forma apurada y poco satisfactoria en un episodio de la séptima temporada (que estuvo dedicada, fundamentalmente, a ir atando cabos sueltos argumentales).

Pero quizá el autor que ha sabido dar un giro más sorprendente a la relación entre Holmes y Moriarty haya sido Robert Lee Hall, en cuyo Adiós, Sherlock Holmes explora la lucha entre ambos desde la perspectiva de la ciencia ficción. Estamos ante una novela que usa los elementos más intrigantes del canon (la reserva de Holmes a hablar de sí mismo, lo poco que se sabe de su juventud, el excéntrico carácter de su hermano) precisamente para contradecirlo y mostrarnos la verdadera historia que yace detrás. Cuenta con la virtud añadida de hacer que sea Watson el verdadero protagonista de la obra, un Watson que se ve obligado a investigar el pasado de su amigo sólo para descubrir que gran parte de lo que sabía de éste no era más que una cortina de humo. A medida que Watson va descubriendo el pasado oculto de su amigo podríamos sospechar que los derroteros que va la historia no serán muy distintos que los de La última aventura de Sherlock Holmes.

Afortunadamente no es así.

No desvelaré el final de la obra salvo para comentar que es, posiblemente, uno de los pastiches holmesianos más brillantes que he leído y con un giro de tuerca final tan bien fundamentado en elementos del canon que, después de leerla, uno casi podría pensar que Conan Doyle tenía algo parecido en mente pero nunca se decidió a escribirlo. Es cierto que resulta difícil de encontrar (sus dos ediciones en castellano, la de Planeta y la de Valdemar, hace tiempo que están fuera de circulación) pero pese a todo recomiendo a cualquier aficionado a la literatura holmesiana que intente buscarla. No quedará defraudado.

Una de las últimas apariciones públicas del profesor Moriarty ha sido en la serie de cómics (y en la mediocre película basada en ella) The League of Straordinary Gentlemen, obra de Alan Moore y Kevin O’Neill y donde el guionista de Watchmen y From Hell construye una deliciosa historia steam-punk al tiempo que narra la fundación del servicio secreto inglés, cuyos primeros agentes son nada menos que Mina Harker, el Doctor Hyde, Allan Quatermain, el capitán Nemo y Hawley Griffin, enfrentados a un anónimo (aunque fácilmente reconocible) doctor oriental por la posesión de la cavorita del profesor Cavor. En su aparición en el cómic, Moriarty no se muerde la lengua al calificar a Holmes de “drogadicto sodomita” y otras lindezas por el estilo y Moore y O’Neill nos los presentan como un hombrecillo encorvado cuya apariencia y ademanes parecen una mezcla del Shylock de Shakespeare y el señor Scrooge de Dickens.

Es precisamente en los comics (concretamente en los de las dos grandes compañías editoras norteamericanas, Marvel y DC) donde Moriarty ha encontrado a dos de sus más destacados hijos espirituales. Tanto el Kingpin de los tebeos de Spider-man y Daredevil como, y especialmente, el Lex Luthor que John Byrne y Marv Wolfman diseñaron tras las Crisis en Tierras Infinitas, deben mucho a ese “Napoleón del crimen”, respetable ciudadano en apariencia y cabeza en la sombra de una todopoderosa organización criminal, cuyos planes por la dominación del mundo se ven frustrados una y otra vez por la intervención del héroe de turno, quien podrá poner coto a sus maquinaciones, pero nunca detenerlas por completo.

Tiene sentido. Al fin y al cabo, si un héroe sobrevive y tiene descendencia espiritual también deben hacerlo sus enemigos, o el héroe perdería todo sentido como tal. Así, mientras Sherlock Holmes siga vivo en la imaginación popular, Moriarty no terminará de morir jamás.

Publicado originalmente en Cosecha Roja (Bibliópolis, crítica en la red)

© 2002, 2008, Rodolfo Martínez

Otras casas por las que voy de visita (2)

Lunes, Febrero 25th, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 2 comentarios »

Hace poco más de un año, escribí una entrada con este mismo título, donde comentaba los blogs que más solía visitar.

Desde entonces, no es que haya habido muchas novedades, aunque sí unas pocas.

Casi todos los blogs que mencionaba entonces siguen estando en mis enlaces y han aparecido unos pocos nuevos. De los antiguos, confieso que en estos momentos el que con más ganas visito es La fraternidad de Babel, de César Mallorquí. Y de los nuevos, sin duda El Cuaderno de apuntes de Kotinussa. Por motivos muy distintos (las interesantes reflexiones de uno, y las afiladas percepciones de la otra, por no mencionar esa tranquila y casi delicada mala leche con que escribe algunas cosas) son las dos bitácoras que más interesantes me resultan ahora mismo. Quizá habría que añadir La decadencia del ingenio, un blog que incorporé a mis enlaces un poco porque sí y que, desde luego, se ha convertido en una de las idas de pinza más desternillantes e ingeniosas que he leído en mucho tiempo.

Y, por supuesto, el iconoclasta blog de los chicos de ADLO!, que incluí (creo que con justicia) entre las otras páginas que he incorporado dedicadas a la crítica. La caña que esta gente le da a muchos aspectos del mundillo del cómic es tremendamente refrescante y, casi siempre, muy acertada.

Eso no quiere decir que haya dejado de visitar las otras páginas que tengo en mis enlaces, o que no me resulten interesantes. Pero hoy por hoy, probablemente sean éstas que he mencionado las que visito con más ganas.

© 2008, Rodolfo Martínez

Qué cosas

Viernes, Febrero 22nd, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 4 comentarios »

El otro día, y tras una búsqueda por internet, descubrí que en la Universidad Complutense de Madrid tienen mis novelas holmesianas. Lo sorprendente no es eso, lo realmente extraño es que están (al igual que otra media docena de novelas fantásticas de autores españoles) en la biblioteca de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales.

Supongo que no es nada más raro que algún friki de becario en la biblioteca de esa facultad que les está colando de rondón ciencia ficción y fantasía.

Pero es curioso, en cualquier caso.

© 2008, Rodolfo Martínez

Nauseas y preocupación

Miércoles, Febrero 20th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 5 comentarios »

Esas son las dos sensaciones que me provoca la actual campaña electoral. Los eslóganes de los distintos partidos me revuelven el estómago (van de lo estúpido a lo paternalista, pasando por ñoño) y la dialéctica empleada por las dos principales fuerzas políticas en liza me produce, más que preocupación, auténtico terror.

Esa especie de buenismo simplón de cuento de hadas barato por parte de unos y ese ansia por explotar los miedos y los prejuicios más oscuros del electorado por parte de los otros, me aterroriza. En serio. Me produce pavor.

Quizá, si lo pienso un poco, lo que más miedo me da es no saber cuál de las dos estrategias me horripila más.

© 2008, Rodolfo Martínez

Sherlock Holmes y las huellas del poeta: el embrión

Lunes, Febrero 18th, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | 5 comentarios »

Recientemente, mientras revisaba mi disco duro (sí, lo confieso, en busca de cosas que pudieran ser recicladas para Escrito en el agua) me encontré con una carpeta llamada “Continuación”, que colgaba de la carpeta “La sabiduría de los muertos”. En ella había varios textos tomados de diversas fuentes sobre Winston Churchill y lord Phillimore (sin duda, parte de la documentación de la novela), pero también un fichero llamado Notas para continuación sabiduría.

Al verlo, confieso que me sorprendió un poco. Rara vez tomo notas cuando escribo una novela. Puedo tomarlas sobre elementos de ambientación, aspectos cronológicos o cosas así, que es mejor tener por escrito que fiarlas a la memoria. Pero en lo que se refiere a detalles de argumento, personajes o estructura suelo confiar en lo que hay almacenado en mi cabeza y no me molesto en apuntar nada.

Esta vez lo hice, sin embargo. Si trato de hacer memoria, recuerdo vagamente que, cuando se me ocurrió la idea de una continuación de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, tenía poco más que el arranque y la época y lugar donde ambientarla. De hecho, a juzgar por la fecha del texto, aún no había escrito una sola línea de la novela. Supongo que estas notas fueron una forma de jugar con varias posibilidades y tratar de clarificar las cosas y, por algún motivo, en lugar de limitarme a darle vueltas en la cabeza, me puse a pensar con los dedos, por así decir.

Creo que las notas son interesantes porque, por un lado, trazan unos cuantos caminos argumentales que entonces me parecían prometedores pero que al final no seguí y, por el otro, pasan de largo sobre elementos que luego serían importantes en la novela final. Me ha parecido buena idea publicarlas aquí, como muestra de lo distinto que acaba resultando lo que piensas cuando te sientas a escribir una novela y lo que luego realmente acabas escribiendo. He añadido al texto original unos cuantos comentarios.

Julio 1938: Lord Phillimore, militante de organizaciones pro Nacionales. Presidente de “Friends of National Spain” y miembro destacado de “United Christian Front”, que se dedicaba a demostrar que Franco luchaba por el cristianismo contra el anticristo. Emisario oficioso de Londres en la “corte” Nacional, enviado por Chamberlain.

Muerte de Lovecraft, creo, en 1937. No más tarde, en todo caso. Su copia del Necronomicon (no lo olvidemos, la única completa) desaparece. Alguien la lleva a España.

En aquel momento, aún no se me había ocurrido la idea de que Holmes hablase con Lovecraft poco antes de su muerte. Ni tenía clara la estructuración final de las distintas copias del Necronomicon, a juzgar por lo que comento. Ni, mucho menos, el larguísimo flashback que acabaría siendo la segunda parte de la novela.

De hecho, tenía poco más que un nombre y un lugar: Lord Phillimore, personaje real que había estado en España durante la Guerra Civil y cuyo apellido lo entroncaba con el James Phillimore ficticio que Conan Doyle menciona en un relato de Sherlock Holmes y que yo había usado en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. Fue esa coincidencia de nombres (encontré a Lord Phillimore mientras leía una biografía de Franco) la que me hizo darle vueltas a la posibilidad de escribir una nueva novela holmesiana.

Lovecraft padre miembro de la francmasonería egipcia. Conectar eso con la obsesión de Franco con la masonería internacional. ¿Quiso ser masón y lo rechazaron?

El sucesor de Mycroft al frente de los servicios secretos, el nuevo “M”, saca a Holmes de su retiro (en 1938 tendría que tener cerca de noventa años, pero se mantiene excepcionalmente joven gracias a sus investigaciones eugenésicas con las abejas y su jalea real).

Investigar la historia del MI5 y el MI6. Ver si ya existían o fueron creados después de la II Guerra Mundial.

¿Posible aparición de Adamson?

Como se puede ver, mi idea era que el “M” que había sucedido a Mycroft Holmes como jefe de los servicios secretos británicos fuera un nuevo personaje. Algo que fue cambiando a medida que escribía la novela. El tema de la jalea real y su efecto como “especia geriátrica”, por así decir, ya estaba en el embrión de la historia. Al fin y al cabo, es uno de los temas recurrentes de muchos de los que han escrito pastiches holmesianos.

Es curiosa esa pregunta que me hago sobre Adamson. Cuando escribí este texto, aún no tenía clara la historia que estaba escribiendo, pero a medida que fue cobrando forma empecé a ver claro que la presencia de Adamson en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos no terminaba de casar del todo con la trama más elaborada (y de ámbito más global) que estaba creando para la siguiente novela. De hecho, aquellos que la hayáis leído recordareís que Sherlock Holmes, cuando se pone a rememorar su primera “aventura lovecraftiana”, por llamarla de algún modo, pasa de puntillas sobre la presencia de Adamson.

En realidad, era yo quien pasaba de puntillas sobre eso y rogaba que los lectores no se preguntasen “¿y qué pasa con Adamson, cómo encaja en toda esta movida?”. Resolví (creo que con cierta coherencia) este dilema en la siguiente novela, Sherlock Holmes y la boca del infierno, y confieso que, entre los varios motivos que me llevaron a escribirla, estaba el de solucionar el problema de Adamson.

La obsesión de Franco por la masonería y su posible origen, por otro lado, no pasó de un comentario de pasada en la versión definitiva. Era una trama que me pareció prometedora en su momento, pero que luego no terminó de encajar en la historia.

Lord Phillimore usa su traslado a España como excusa para conseguir el Necronomicon: tiene la espinita clavada desde que su antepasado desapareció cuando era el Conservador de Amanecer Dorado y el libro estaba a su cargo. El servicio secreto británico se aprovecha de eso y de sus simpatías franquistas para que Chamberlain lo envíe como embajador oficioso y Holmes sea enviado con él ¿disfrazado tal vez de ayuda de cámara? y consiga a su vez el libro.

La idea de que Pillimore fuera un personaje relevante en el libro, se desvaneció enseguida, a medida que los primeros capìtulos fueron orientando la historia hacia otro lado. Al final, lo único que sobrevivió fue su presencia como inicio de la acción. Al fin y al cabo fue la coincidencia de que existiera un Phillimore real y el juego de tratar de relacionarlo con el Phillimore ficticio que aparece en el relato de Conan Doyle, lo que me llevó a pensar en una continuación de mi primera novela holmesiana. Eso sí, conservo la aparición de Holmes como su mayordomo.

¿Por qué los que robaron el libro a Lovecraft en su lecho de muerte lo envían a España, país en medio de una guerra? Investigar la posibilidad de que los orígenes del Alzamiento Nacional estén relacionados con el ocultismo. La guerra es necesaria: hay algo en el libro que requiere su invocación en medio de una guerra y mejor si es una guerra atroz como una civil. Además, España era el lugar perfecto, pues bastaba con dar un ligerísimo empujón a una situación ya de por sí propicia. El Alzamiento fue orquestado por fuerzas en la oscuridad (lo que, paradójicamente, daría la razón a Franco sobre el “contubernio judeo-masónico”) que necesitaban el escenario adecuado para la invocación, mientras otra parte se hace con el libro en Estados Unidos.

Esta idea sobre el “origen secreto” de la guerra civil española se mantuvo casi sin cambios. Fue haciéndose un poco más compleja a medida que la trama se iba clarificando e iba añadiendo elementos a ella, pero en esencia es lo que he descrito en el párrafo precedente.

¿El narrador? No puede ser Watson: demasiado viejo por esa época, incluso probablemente fallecido: si tiene ochenta años en 1931, difícilmente está en forma en 1938 para el trabajo de campo. Tiene que ser alguien conozca a Holmes de antiguo: de hecho, lo reconoce cuando lo ve en compañía de lord Phillimore. ¿Un antiguo irregular? No, no me convence. En cualquier caso, está en España como corresponsal para algún periódico británico: tipo joven. De simpatías republicanas, probablemente, pero cubre la guerra desde el bando nacional. ¿De qué conoce a Holmes? ¿El nieto o sobrino nieto de la señora Hudson?… Quizá. Buena idea.

Como se ve, no tenía muy claro quién iba a contar la historia. Y, de hecho, fui descubriéndolo a medida que escribía (”pensaba con los dedos”, como he dicho antes) e iba descartando las distintas posibilidades. E incluso, una vez que hube decidido que William Hudson sería el narrador, aún quedaron unos cuantos detalles de su origen que se fueron resolviendo mientras la novela avanzaba.

Ya está: Kim Philbi lo ha enviado o tiene conexiones con él. Joven oxfordiano que trabaja para el servicio secreto británico pero que en realidad es un agente soviético, como Philby. Claro que, si es agente británico, no debería sorprenderse de ver a Holmes. O sí, si la misión de Holmes es tan secreta que sólo “M” (¿y quién podría ser ese “M”? Hay que pensarlo) la conoce. Y a todo esto, ¿para qué quiere “M” el Necronomicon?

Es curioso. No recordaba esa idea de meter al topo más famoso del espionaje británico en la historia. Pero quizá quedó flotando por ahí, pues Philbi es mencionado (aunque no tiene demasiada relevancia para la historia) en Sherlock Holmes y el heredero de Nadie.

Investigar personajes de la época famosos que estuvieran entonces en España. Hemingway demasiado obvio, además es posible que por aquel entonces no estuviera aquí o estuviera en la zona republicana. “Cameo” de un joven e idealista arqueólogo llamado Henry Jones. Y, por supuesto, de un no menos joven e idealista llamado Rick Blaine (no olvidemos que en Casablanca se dice que llevó armas para la república española durante la guerra civil). El primo del Barón Rojo estuvo en la Legión Cóndor, pero no sé si ya se había largado por aquel entonces.

Aquí estaba buscando posibles “cameos” de personajes de la época, tanto reales como ficticios. Es curioso que, de todos los que menciono aquí, el único que acabé usando fue el de Rick Blaine. Y además, lejos de ser un simple “cameo”, acabó convirtiéndose en un personaje importante.

Posibilidad de que la trama les haga moverse hacia Asturias, concretamente hasta Gijón. Ya veremos.

Y así fue, la trama acabó haciendo que mis personajes se pasaran por Gijón. Cuando escribí estas palabras estoy seguro de que aún no sabía cómo hacerlos moverse hasta aquí ni, mucho menos, qué los impulsaría a hacerlo. Lo fui descubriendo sobre la marcha, a medida que la historia crecía y lo que ya llevaba contado me iba sugiriendo posibles alternativas para lo que quedaba por contar.

Lo que acabo de describir es algo que me pasa con casi todas mis novelas. De las ideas que tengo cuando me siento a escribir, no todas sobreviven a lo largo del proceso e incluso éstas acaban cambiando de un modo u otro. La diferencia en este caso es que normalmente todo eso tiene lugar en mi cabeza y en Sherlock Holmes y las huellas del poeta parte de ello pasó al papel.

Espero que os haya parecido un poco interesante, al menos.

© 2008, Rodolfo Martínez

La modernización de la empresa española (y 10)

Domingo, Febrero 17th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 1 comentario »

¿La cómo de la qué?

© 2008, Rodolfo Martínez

De lo que se desprende que…

Viernes, Febrero 15th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 2 comentarios »

Los españoles preferimos el sexo a la violencia, ya que la entrevista de Iñaki Gabilondo a Zapatero fue vista por más personas que la que hizo a Rajoy.

© 2008, Rodolfo Martínez

Baudolino: inventando la verdad

Viernes, Febrero 15th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Umberto Eco volvió a la Edad Media (si es que alguna vez la había abandonado del todo) en su cuarta novela, en la que narraba la historia de un mentiroso que terminaba teniendo la suerte, o la desgracia, de creerse sus propias mentiras y hacer que el resto del mundo las creyera y, algunas, las terminase convirtiendo en realidad.

Eco, como narrador, siempre ha tenido cierta predilección por los flashbacks. Al fin y al cabo, El nombre de la Rosa no es otra cosa que un larguísimo flashback en el que un personaje, ya en el ocaso de su vida, rememora acontecimientos de su juventud y se embarca en el peligroso juego de narrarlos desde una doble perspectiva: la que tenía en el momento en que sucedieron los hechos y la que tiene ahora al contarlos.

El péndulo de Foucault vuelve sobre la misma técnica, con el personaje central a punto de rematar su historia, y recontando los pasos que lo han llevado hasta allí. En La isla del día antes juega a contar en dos frentes temporales distintos: por un lado la historia de su protagonista en el barco abandonado; por el otro, todo lo que este recuerda mientras intenta desentrañar el enigma que le rodea.

En este Baudolino volvemos a tener dos historias narradas en paralelo: en primer lugar la de Baudolino en sus últimos días contándole (y mintiendo en el proceso) su historia a Nicetas, y en segundo esa historia que le cuenta, en la que realidad, mentiras y fantasía se entremezclan sin que uno pueda separarlas, a la mejor manera de los cronistas medievales.

Si en La isla del día antes era el protagonista quien se contaba su historia a sí mismo, y tenía que ser el narrador quien reflexionara sobre ella, aquí la figura del bizantino Nicetas cumple precisamente ese propósito: el de interpretar, dudar o creer lo que Baudolino le cuenta, haciendo de puente entre el protagonista y el lector y permitiendo que compartamos, por un lado, las dudas sobre lo narrado y, por el otro, la fascinación por ello.

Al contrario que en sus dos novelas anteriores, tanto el estilo como la estructura del libro son engañosamente fáciles, y uno se desliza por las páginas de este libro con suavidad, con una fluidez que el novelista italiano solo había logrado en El nombre de la Rosa. El péndulo de Foucault, con su deliberada vocación de novela pedante y morosa, estaba llena de escollos para el lector, al igual que ocurría con el evidente ejercicio de estilo barroco (en su acepción más literal) que es La isla del día antes. En Baudolino, sin embargo, y sin renunciar a ninguno de sus presupuestos estéticos o narrativos, Eco ha construido un libro asequible y con múltiples niveles que, al igual que había ocurrido con su primera novela, se adapta sin dificultades al gusto de paladares literarios muy diversos.

Tampoco renuncia a la mezcla de géneros: Baudolino es, por supuesto, una novela histórica, pero también tiene mucho de novela de misterio, de relato policiaco, de narración de aventuras, e incluso de historia fantástica, según cómo interpretemos o aceptemos lo que el protagonista cuenta de sí mismo. Es, también, hasta cierto punto, una investigación, una reconstrucción y exposición -fingida y real al mismo tiempo- del modo en que nacieron algunos de los mitos más importantes de la Edad Media europea: desde el santo Grial hasta la Sábana Santa, pasando por el Reino del Preste Juan.

Baudolino, como personaje, es paradójico: incapaz de no mentir, pero incapaz de dejar de creer en sus propias mentiras, hasta el punto de que termina embarcándose en un viaje desesperado en busca de una de ellas. Capaz de sentirse culpable por actos que no ha cometido, pero sí imaginado y hecho creer como reales a quienes le rodean. En cierto modo, es un camaleón, una criatura poblada de historias, que ve el mundo y cuenta el mundo adaptándose a quién le rodea a y lo que espera de él. Y, a medida que vamos leyendo, no podemos evitar preguntarnos de qué color es el camaleón cuando se mira a sí mismo en el espejo. Quizá de todos.

Como el resto de los mortales, Baudolino es la suma de sus recuerdos, y poco importa lo cierto o falso de los mismos, ellos son los que lo han hecho ser como es, y es el recuerdo de su historia personal lo que forja su presente. Atrapado por su memoria, por lo que ha vivido, soñado, inventado e intentado encontrar, su única salida como ser humano es rendirse a la memoria (aunque la sepa falsa) y seguir siendo lo que es.

No estamos ante una novela tan deslumbrante como El nombre de la Rosa, tan pedante (y aclaro que uso el término con propósitos puramente descriptivos y no valorativos) como El péndulo de Foucault o tan formalmente elaborada como La isla del día antes, pero sí que estamos ante un libro construido con precisión y delicadeza y cuyas páginas fluyen con una suavidad que hacen inevitable su lectura. ¿La mejor novela de Eco? No lo sé, pero sin duda sí la mas equilibrada en la convivencia de todos los elementos dispares que la componen.

No puedo terminar este comentario sin mencionar la labor excelente de la traductora, Helena Lozano, quien ya había hecho un magnífico -y costoso- trabajo en La isla del día antes y que aquí vuelve a mostrarnos lo lejos que puede llegar un buen traductor cuando se compromete a fondo con su trabajo.

© 2008, Rodolfo Martínez

La modernización de la empresa española (9)

Jueves, Febrero 14th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »

En las obras de Dickens, los personajes realmente malvados, mezquinos y miserables no eran ni los pobres de solemnidad ni los ricos de toda la vida, sino los que un día fueron pobres y empiezan a medrar en la escala social y económica como sicarios del verdadero poder.

El opresor más miserable no es el amo de esclavos, sino el esclavo de confianza del amo.

© 2008, Rodolfo Martínez