Cerca, lejos

Siempre existe alguien que está más jodido que tú y que te envidia. Y alguien que vive mejor que tú y al que envidias. Es inevitable. Así es cómo funcionan las cosas.

La felicidad y la infelicidad son estados tan subjetivos que resultan imposibles de cuantificar.

Cuando una persona que tiene todas sus necesidades cubiertas y todos sus caprichos colmados se lamenta por no haber podido conseguir el frastelufe atrispulado que necesitaba para que luciera en la repisa de su chimenea, lo que pensamos, inevitablemente, es que es un mimado malcriado que se queja de vicio y que lo mejor que podía hacer era ponerse a disfrutar de todo lo que tiene y dejarse de pejigueradas. Cuando nosotros nos quejamos de lo precario que es nuestro trabajo, el poco futuro que tiene y lo mierdoso que resulta, seguro que podemos encontrar sin problemas un buen montón de personas que considerarán que somos unos mimados malcriados que nos quejamos de vicio y que lo mejor que podíamos hacer era ponernos a disfrutar de lo que tenemos y dejarnos de pejigueradas. Ah, y que esa mierda de trabajo que tenemos lo cogían ellos con los ojos cerrados.

A uno le puede doler tanto cortarse mal una uña como a otro le dolerá que le amputen una pierna. El único modo posible de cuantificar esas cosas en función de cómo nos hacen sentir. Su valor absoluto es irrelevante.

O, como en el viejo chiste: “Joder, Pepe, vaya día que llevamos: se muere tu padre, yo pierdo un bolígrafo…”.

3 comentarios

  1. Lo dices como si fuera algo malo.

    Lo que siempre me ha fascinado de los refranes (bueno, aparte del hecho de que algunos son ingeniosos y otros tienen unas imágenes francamente curiosas) es que puedes encontrar un refrán para justificar algo y también para su contrario.

    Y ambos suelen ser ciertos, encima.

  2. A todos nos gusta quejarnos de algo. Y eso está bien, y es justo y saludable: son las insatisfacciones las que nos espabilan y hacen que nos movamos. Malo es el día en que uno dice “ya está, ya no aspiro a nada más”.

    El problema, como suele pasar, viene de los abusos. Y con esto de quejarse hay dos bien gordos: el limitarse a las quejas, sin hacer absolutamente nada para remediar la molestia (y convertir así la queja en un fin en sí mismo, o una forma de atraer atención), y la falta de tacto a la hora de abrir la boca para quejarse (falta de tacto en el cómo, el cuándo y el delante de quién).

    Y luego están los quejistas profesionales, pero a esos no los aguanta ni su madre.

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