Marcado tres veces

En este oficio, tener a un chiflado por cliente es inevitable, tarde o temprano. Normalmente te los sacas de encima con facilidad. Pero a veces te encuentras con un chiflado que no te discute la minuta, está dispuesto a adelantarte todo el dinero necesites y te ofrece una generosa prima si encuentras lo que ha pedido. A ésos es más difícil darles con la puerta en las narices. En realidad, es precisamente a ésos a los que no quieres darles con la puerta en las narices.

A lo largo de mi carrera profesional me han pedido que busque las cosas más raras. Desde la dentadura de oro del abuelo fusilado en la Guerra Civil al cromo de un jugador de fútbol que el cliente había atesorado de niño y que perdió en la adolescencia. En cierto modo, podríamos decir que me he especializado en encontrar cosas raras; que, de hecho, he construido alrededor de ello mi reputación profesional y es lo que hace que tenga una cartera de clientes escasa pero jugosa: tipos excéntricos y con una economía más que saneada a los que no les importa pagar lo que sea necesario con tal de conseguir el caprichito de su corazón.

Así que, en realidad, aunque en el cristal biselado de mi puerta sigue poniendo «Detective privado» y como tal aparezco en las páginas amarillas, hace tiempo que me he convertido en otra cosa. No sé muy bien cómo llamarme: un «conseguidor», tal vez. Un amigo un poco pedante y algo pretencioso me llamó una vez «arqueólogo de sueños»; y reconozco que la descripción no me disgusta.

El tipo que entró aquella tarde en mi oficina no parecía especialmente excéntrico. No más que otros clientes. Algo nervioso, es cierto, lleno de extraños tics y ademanes crispados y con la manía de lanzar cada poco miradas huidizas a su espalda, como si temiera que alguien lo estuviera siguiendo. Como he dicho, nada especialmente raro; al menos en mi campo de experiencia.

—Quiero que encuentre al Anticristo —me dijo nada más entrar por la puerta, sin esperar a estrecharme la mano tan siquiera—. ¿Acepta el encargo o no?

Vale, iba directo al grano. Estaba como una cabra, pero iba directo al grano.

—Digamos que no lo rechazo —respondí, para ganar tiempo y ver de qué pie cojeaba el tipo aquél—. Pero comprenderá que, sin más detalles, no puedo prometerle nada.

Pareció aliviado, y sus siguientes palabras me explicaron por qué:

—Es usted el octavo detective al que acudo. Todos me echaron de su despacho sin atender a explicaciones. Y algunos no fueron precisamente amables.

Reprimí una sonrisa.

—Verá, señor…

—Rodríguez.

—Verá, señor Rodríguez, encontrar cosas extrañas es precisamente a lo que me dedico. Le aseguro que su petición no es más… sorprendente que otras de las que me he hecho cargo. Por otro lado, comprendo la reacción de mis colegas.

Seguía siendo un amasijo de tics y miradas de reojo, igual que cuando había entrado por la puerta, pero ahora parecía más cómodo que unos minutos atrás.

—Gracias a Dios —dijo en un susurro. Alzó la vista y me miró con desconfianza—. Habla en serio, ¿verdad? No me está dando cuerda para luego mandarme a paseo.

Negué con la cabeza.

—Nunca rechazo un caso sin haberme enterado antes de los pormenores —le dije, tratando de sonar lo más profesional y tranquilo posible—. Si, una vez oídos estos, me parece que lo que usted quiere es factible, por difícil que sea, acepto el caso. Siempre que —enarqué una ceja— esté usted de acuerdo con mis honorarios.

Hizo un gesto con la mano, como si apartase algo molesto.

—El dinero no es problema —dijo—. No es ningún problema. Ojalá lo fuera. Si sólo se tratase de dinero… En realidad, el trabajo que le voy a proponer es muy sencillo; al menos eso espero. Sé dónde está y sé quién es. Lo único que tiene que hacer usted es hablar con él.

Sonreí.

—Créame, me encantará aceptar su dinero a cambio de nada. Pero, ¿no le sería más fácil ir usted mismo a verle? Y más barato, desde luego.

Negó con la cabeza y un espasmo sacudió su hombro.

—No. Ése es precisamente el asunto. Yo no puedo. Lo he intentado. Lo he intentado no sé cuántas… —Su voz se quebró de repente—. No puedo. Por más que trato de llegar a él, consigue eludirme. No sé cómo…

Se mordió el labio y bajó la vista. Vi que sus manos se habían convertido en dos puños y, por primera vez, me pregunté si aquel cliente no sería demasiado excéntrico hasta para mí.

—¿Por qué no me cuenta los detalles? —dije, pese a todo—. Quizá así comprenda mejor la naturaleza de su encargo.

Me di cuenta de que tomaba aire, y lo hacía como si le costase esfuerzo. Al fin alzó la vista y volvió a mirarme.

—De acuerdo. Le contaré la historia. Sí. Luego, usted decidirá.

* * *

Media hora más tarde no sabía qué pensar. La opción más lógica era llamar al manicomio más cercano y preguntarles si se les había escapado algún interno. Porque Rodríguez estaba mal, muy mal. Su mente no era otra cosa que un hervidero de conspiraciones y paranoias mal ensambladas que, desde luego, no tenían nada que ver con la realidad.

Su historia no era muy larga de contar. Al menos tenía eso a su favor. Era un cúmulo de despropósitos, pero por lo menos era corta:

Un par de meses atrás, y en compañía de varios amigos, Rodríguez había pasado un fin de semana en la casa que uno de éstos tenía en un pequeño pueblo en las montañas, allá por la zona de Beleño. Era un caserón rural no muy grande, pero cómodo y bien restaurado.

No sé muy bien a qué se dedicaron esos días. Un poco de todo, supongo. En determinado momento, estaban echando unas manitas de poker y Rodríguez, mientras recogía sus cartas, vio que la caja de la baraja tenía un número en una de las esquinas. El número era el 666. Sí, ese mismo, el número de la bestia y todas esas cosas que escribió San Juan en el Apocalipsis después de atizarse una buena tortilla de setas.

En realidad se dio cuenta enseguida de que estaba viendo la caja al revés y que el número era en realidad el 999. Rodríguez no recordaba si se trataba de un número de serie del fabricante o del tipo de baraja o qué, pero era algo bastante prosaico, en cualquier caso. Le llamó la atención el asunto, lo dejó pasar con una sonrisa, siguió jugando al poker con sus amigos y no volvió a pensar en ello.

Parece ser que luego le tocó fregar los platos. Supongo que perdería en la partida o era su turno, qué más da. Decidió empezar por lo más grande, así que echó mano de la sartén y soltó sobre ella tres chorritos de detergente. Pft. Pft. Pft. El resultado fue que, justo en medio de la sartén y formando, según Rodríguez, un perfecto triángulo equilátero, aparecieron tres seises dibujados con mistol.

Coño, qué mal rollo, pensó, todavía tomándose la cosa a broma. Cogió la esponja y borró aquello. De nuevo, según dijo, lo aceptó como una coincidencia, siguió fregando y no volvió a darle más vueltas.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, Rodríguez empezó a encontrarse el 666 en todas partes: en los dibujos aleatorios que la ceniza hacía en los ceniceros, en los cercos de agua que los vasos dejaban en la mesa, en las volutas de humo de los cigarrillos, en las huellas de pies que había en el barro a la entrada de la casa…

Al principio había intentado tomárselo a risa. Una casualidad. Eso era todo. Luego, había empezado a sospechar que se trataba de alguna especie de broma pesada que le habían preparado sus amigos. Pero al final ninguna interpretación racional podía explicar aquel alarmante cúmulo de seiscientosesentayseises que aparecían por todas partes.

La culminación llegó cuando ya se iban y Rodríguez estaba al borde del colapso nervioso. Sobre la puerta principal, atornillado a una viga de madera, estaba el cuadro eléctrico. Mientras cogía su chaqueta, Rodríguez le echó un vistazo (a aquellas alturas había pasado de tratar de no mirar a su alrededor a dirigir la vista a todas partes en busca de nuevos 666) y se encontró con un nombre y una cifra.

El nombre era el de Germán Cuevas Olmedo, instalador eléctrico. Y la cifra, la de su número de instalador. Que era, por supuesto, el 666.

De algún modo Rodríguez se las apañó para no volverse loco (o eso decía él), mantuvo la calma y decidió que había llegado el momento de ir hasta el final. Tomó nota de todos los datos del instalador que venían en la caja del cuadro eléctrico y determinó que lo buscaría, daría con él y obtendría la confirmación de lo que ya era más que una sospecha: que aquel tipo no era otro que el Anticristo.

—Todo encaja, ¿no lo ve? —me dijo—. Seguro que es algo inconsciente, que él mismo no se da cuenta, pero va dejando signos de su paso por donde quiera que va. Es como si la naturaleza se rebelase ante su presencia y fuera dejando pistas para que los demás sigamos su rastro y seamos conscientes de su existencia.

No recuerdo qué respondí a eso. Seguramente algún gruñido poco comprometedor y un gesto para que siguiese hablando. Lo hizo, claro. A aquellas alturas, nadie podría haber impedido que terminara su historia.

En realidad, quedaba poco por contar. Tenía datos más que suficientes para encontrar a aquel hombre (aquella criatura, decía Rodríguez), así que no le costó mucho dar con su domicilio o su número de teléfono. Sin embargo, por más que lo intentó, nunca consiguió acercarse a él, verlo, hablarle. De algún modo, cada vez que intentaba llegar a su casa, sucedía siempre algo: un atasco, una procesión, un acontecimiento deportivo, una manifestación, un accidente, su coche fallaba, la policía le multaba, alguien le llamaba por teléfono con algo urgente del trabajo… De un modo u otro, algo lo desviaba siempre de su camino y le impedía llegar.

—Creo que, de alguna manera, él siente mi presencia. Quizá mi obsesión por él me ha marcado y he entrado en alguna especie de… no sé… un campo defensivo. Pero lo cierto es que no puedo llegar hasta él.

No soy psicólogo, pero no hacía falta serlo para ver que lo que Rodríguez me contaba era casi de libro de texto: su mente se inventaba una conspiración que no existía y, al mismo tiempo, ponía a su paso obstáculos insalvables que le impedían desenmascararla. Típico. Casi de película de Hollywood, vamos.

—Quizá yo tenga los mismos problemas —le dije.

Meneó la cabeza.

—No. No lo creo. Usted no se encuentra emocionalmente implicado. Para usted esto no es otra cosa que un encargo, un trabajo. Así que no activará sus defensas. —Loco sí, pero tonto no, pensé. Tenía cubiertas todas las alternativas—. Al menos… al menos eso espero. Sí, porque si no…

Y bien, ésa era la historia. Claramente, el fruto de una mente perturbada. Es cierto que Rodríguez necesitaba ayuda profesional, sin duda, pero no la que yo podía ofrecerle.

Sin embargo, me dije, lo único que perdía si aceptaba su caso era un poco de tiempo; y ni siquiera se podía decir que lo fuese a perder: me iban a pagar por ello. Lo que me había pedido no era ni complicado ni ilegal, como mucho un poco embarazoso: ir a cierta dirección, hablar con determinada persona, hacerle algunas preguntas y arriesgarme al ridículo. Volver a casa, entregar mi informe y cobrar. Fin del asunto.

—De acuerdo —dije—. Acepto su caso. Vuelva dentro de tres días y le diré cómo ha ido todo… y, de paso, le daré la factura.

No pareció aliviado por mis palabras, pero buena parte de sus tics desaparecieron.

Por mi parte, saqué del cajón de mi escritorio el formulario para el contrato y se lo tendí. Lo firmó sin siquiera mirarlo y se fue del despacho. No me estrechó la mano al irse. Y creo que agradecí que no lo hiciera. No soy supersticioso, ni creía que la locura de Rodríguez fuera contagiosa, pero mejor no tentar al destino.

* * *

Bien, me dije, un par de horas de viaje y unas preguntas sin sentido a un instalador eléctrico que, desde luego, no tenía ni idea de lo que se le venía encima. A lo más que me arriesgaba era a ser expulsado de malos modos de su casa. Dinero fácil, en cualquier caso.

Cierto, no tendrían que haber sido más allá de un par de horas de viaje. Sin embargo, en cuanto salí de la ciudad al día siguiente, fue como si el mundo entero se hubiera confabulado contra mí: un atasco considerable hasta que por fin pude tomar la autopista y luego, ya en ésta, un accidente que me tuvo parado media hora, hasta que la grúa por fin retiró los vehículos accidentados. Seguí casi sin problemas (aunque el tráfico era demasiado denso para la hora y el lugar) hasta que me acerqué a las montañas. Primero, una lluvia ligera pero persistente; después, una tormenta considerable; y, cuando parecía que el cielo iba a despejarse, empezó a granizar con fuerza.

Pese a todo, conseguí llegar sin problemas a la ciudad donde vivía Germán Cuevas Olmedo, instalador eléctrico número 666 del Principado, aunque para entonces ya era casi noche cerrada.

Vale, me dije. Espera al día siguiente y pasa esta noche en un hotel. Así lo hice.

* * *

A la mañana siguiente (soleada, aunque fría), desayuné, pagué el hotel, y subí de nuevo a mi coche. No me costó encontrar el barrio que buscaba. Ni tampoco dar con la calle o el número. Sorprendentemente, hasta pude aparcar sin problemas. Comprobé con la vista las ventanas y vi que en la que debía de ser la suya había gente. Perfecto.

Sin embargo, no las tenía todas conmigo mientras echaba a andar hacia el portal. Sé que suena absurdo, pero de algún modo una sensación extraña, incómoda, me acompañaba desde la noche anterior. Y no podía por menos de recordar el cúmulo de casualidades que habían convertido un tranquilo viaje de un par de horas en un trayecto más bien accidentado que me había tomado la mayor parte del día. Justo como le había pasado a Rodríguez, o al menos como me había dicho que le había pasado cada vez que había intentado dar con Cuevas.

Estás destemplado y nervioso, me dije. El viaje no fue precisamente relajado, la cama del hotel no era muy cómoda, y el desayuno no ha sido ninguna maravilla. Así que simplemente estás destemplado, eso es todo.

Llegué al portal número seis, busqué en la botonera el sexto piso y mi dedo avanzó hacia la letra F. Sin embargo, no lo pulsé. Dos pensamientos contradictorios corrían por mi cabeza y no podía librarme de ellos.

Por un lado, ¿estaba seguro de lo que iba a hacer? Iba a molestar un tipo que no había hecho nada simplemente porque un chiflado se había obsesionado con él. ¿Tenía derecho a inmiscuirme en su vida de esa forma?

Y al mismo tiempo no podía evitar la idea de que no todo era trigo limpio en el tal Cuevas. Demonios, pase que su número de instalador no era más que una coincidencia desafortunada. Pero vivía en el número seis, en el sexto piso y, si la cuenta de la vieja no me fallaba, la F era la sexta letra del alfabeto. ¿Otra casualidad? ¿O quizá el tipo estaba jugando a algún juego extraño y, pese a todo, había algún atisbo de verdad en las paranoias de Rodríguez? Por supuesto que Cuevas no era el Anticristo, eso estaba fuera de la cuestión, pero quizá… ¿Quizá qué?

En cualquier caso, el asunto no era ése. El asunto era que había aceptado un trabajo y que tenía una obligación con mi cliente. No importaba que fuera un desequilibrado: habíamos firmado un contrato.

Así que finalmente pulsé el timbre. Me contestaron al cabo de unos segundos:

—¿Sí?

—¿Germán Cuevas?

—Soy yo.

—¿Podría hablar con usted un momento?

Hubo unos instantes de vacilación.

—No quiero ningún seguro, ni ninguna enciclopedia.

Sonreí.

—No estoy aquí para eso. Tampoco soy Testigo de Jehová —añadí.

Otra vez unos segundos de espera.

—Suba.

Así lo hice. Me abrió la puerta una mujer malencarada, encorvada y de mirada huidiza. ¿Su madre, su suegra? Desde luego no creía que fuera su mujer: por los datos que tenía, Cuevas no superaba los treinta y cinco, y aquella mujer estaba bien entrada en sus sesenta. ¿Quizá sesenta y seis, pensé con una sonrisa torcida?

Pasé al interior de un saloncito amueblado de forma espartana, con un enorme televisor en una de las paredes y varios altavoces estratégicamente situados por toda la habitación. Cuevas estaba sentado en un sillón y se levantó al verme.

—Usted no me conoce —dije, mientras le tendía la mano—. Y seguramente va encontrar ridículo el motivo de mi visita. Así que intentaré que sea lo más breve posible.

Cuevas me estrechó la mano y me indicó con un ademán que me sentara.

—¿Quiere tomar algo, un café, un refresco? —me preguntó.

Negué con la cabeza. Miré a mi alrededor y vi un cenicero en la mesa de cristal que había frente a mí.

—No, gracias —dije—. ¿Le importa si fumo?

—Adelante.

Sentía la mirada de la mujer clavada en mi nuca. Traté de no darle importancia y encendí un cigarrillo. Cuevas, sin embargo, pareció consciente de mi incomodidad, porque alzó la vista y, en un tono tranquilo, imperturbable, pero con una sorprendente autoridad, dijo:

—Mamá. ¿Puedes dejarnos un momento?

Oí rezongar algo incomprensible a mis espaldas y, al cabo de unos segundos, noté que Cuevas se relajaba ostensiblemente.

—En fin, usted dirá para qué quería verme, señor…

—González. Álvaro González. —Eché una calada y dejé caer la ceniza en el cenicero—. En realidad, ahora que estoy aquí no sé muy bien por dónde empezar.

Sonrió. Era una sonrisa cálida, directa, pero en sus ojos brillaba algo oscuro y sutilmente amenazador.

—Quizá por el principio —dijo.

Me encogí de hombros. Venga, me dije. Acabemos con esto de una vez y volvamos a casa.

—En realidad, creo que será mejor que vaya directamente al grano. Perdóneme si le resulto grosero o inconveniente, o incluso si mi pregunta le parece absurda o ridícula. Pero… —dudé unos instantes, yo mismo no podía creerme la tontería que estaba a punto de soltar— ¿es usted el Anticristo?

No hubo asombro, ni enfado, ni siquiera una sonrisa o una carcajada histérica. Ni el menor signo de perplejidad asomó a su rostro perfectamente rasurado. Durante unos segundos interminables permaneció inmóvil. Luego, encendió un cigarrillo y lo fumó con parsimonia, disfrutando cada calada, como si fuera la primera vez en mucho tiempo que se permitía algo así.

—¿Qué espera que le responda? —dijo al fin.

Sí, cierto, me dije. Buena pregunta. Volví a encogerme de hombros.

—No lo sé —respondí—. Supongo que esperaba que se riera, o me llamara chiflado, o me echase de su casa.

Asintió.

—Sí, esa habría sido la reacción más lógica.

El silencio cayó entre los dos de un modo casi físico, palpable, como si de pronto el aire hubiera cristalizado a nuestro alrededor y todo se hubiera vuelto insoportablemente pesado. Apagué el cigarrillo en el cenicero, y ese gesto tan trivial me costó un esfuerzo casi insoportable. Al volver a recostarme en el sofá me di cuenta de que había algo raro en el cenicero, en la forma en que la ceniza se había desparramado por él trazando un grupo de tres figuras que… No. Tonterías.

En aquel momento, un ruido de pasos a mis espaldas rompió el encantamiento. La sensación de opresión desapareció de mi pecho y, al volverme, vi que la madre de Cuevas volvía a entrar en la sala, llevando una bandeja con café y unas galletas. Lancé una sonrisa en su dirección, pero ella no me miraba: tenía la vista clavada en su hijo y me di cuenta entonces de lo negrísimos que eran sus ojos.

—Gracias mamá —dijo Cuevas—. ¿Quiere un café, señor González?

Creo que asentí, pese a mi negativa anterior a su ofrecimiento. En realidad, no estoy muy seguro. Aquella mujer me provocaba una sensación siniestra, amenazante. Y, si lo pensaba un poco, su hijo no me resultaba demasiado tranquilizador. Había algo en él, en sus ademanes, como si en cierto modo todo cuanto hiciese fuera parte de una representación en mi beneficio. No quiero decir que me pareciera falso o insincero, pero al mismo tiempo…

La madre de Cuevas sirvió el café en las dos tazas y luego me tendió una a mí. La tomé con un mudo gesto de agradecimiento y traté de concentrarme en revolver el brebaje, en no pensar en nada. Me sentía como un muelle demasiado tenso, como el parche de un tambor a punto de romperse. No contribuyó mucho a tranquilizarme el hecho de que la mujer, al servirle el café a su hijo, susurrase:

—Mátalo.

O al menos eso fue lo que creí oír. Porque Cuevas, impertérrito, cogió la taza que su madre le tendía y revolvió el café como si su madre no hubiera dicho nada.

—Gracias mamá —dijo otra vez—. Ahora, por favor…

Ella le miró unos segundos, totalmente inmóvil, pero al final, apartó la vista y rezongando de nuevo algo incomprensible, nos dejó solos.

—Lo lamento —dijo Cuevas—. Me temo que mi madre no se encuentra bien del todo. Y a veces dice cosas un poco inconvenientes.

Inconvenientes, claro. «Mátalo» es una cosa bastante inconveniente que decir. Sin embargo, me las apañé para responderle:

—No pasa nada, lo comprendo.

Él hizo un gesto extraño con la cabeza, como si no creyera mis palabras. Yo me bebí el café casi frío de un solo trago, posé la taza en la mesa (y traté de no mirar el cenicero en el proceso) y dije:

—En fin, será mejor que me vaya. Creo que ya le he molestado bastante.

No me importa confesar que tenía miedo. No sabía exactamente qué estaba pasando allí, pero fuera lo que fuera cada vez me gustaba menos, a cada minuto que pasaba me sentía más amenazado. Por supuesto, me decía, no había nada sobrenatural en todo aquello; el solo pensamiento era absurdo. Pero no podía quitarme de la cabeza la idea de que Cuevas estaba metido en algo turbio y que cuanto más tiempo pasase en aquella casa, más peligro corría. Con el tiempo he ido aprendiendo a confiar en mis instintos, y éstos me han salvado de un apuro en más de una ocasión.

—Pero aún no he respondido a su pregunta —dijo Cuevas.

—No creo que sea necesario —dije—. Quiero decir, ¿qué respuesta podría darme? Está claro que es una pregunta absurda.

—Sólo si la respuesta es negativa.

¿Qué podía decir a eso? Nada, evidentemente. Así que permanecí en silencio.

—Es curioso —dijo Cuevas—. Usted no ha venido aquí por sí mismo. Alguien le ha enviado. —Pareció estar discutiendo algo consigo mismo. Al fin llegó a una decisión y asintió solemnemente—. Sí, no hay ninguna implicación personal en lo que está haciendo. Sólo trabajo. Por eso ha llegado tan lejos.

Aquel tipo estaba repitiendo, casi palabra por palabra, lo mismo que Rodríguez había dicho en mi despacho. Creo que lo vi claro en ese momento: Rodríguez y Cuevas estaban de acuerdo, eran parte de alguna absurda trama en la que me habían involucrado. Estaba siendo víctima de una cara y estúpida broma pesada. Y sin embargo, ¿para qué, con qué propósito?

—¿Es usted policía? —preguntó Cuevas, sacándome de mis pensamientos.

Negué con la cabeza. De acuerdo, me dije, sigámosle el juego.

—Detective privado.

—Comprendo. Y su cliente es alguien que… me ha percibido, ¿no es eso? Ha intentado llegar hasta mí y no ha podido. Así que le ha contratado a usted para ello.

Cada una de sus palabras confirmaba mis sospechas. Ignoraba los motivos (y, en realidad, creo que no quería conocerlos) pero para mí empezaba a estar muy claro que Cuevas y Rodríguez se habían puesto de acuerdo para embarcarme en aquella ridícula historia. Era la única explicación racional posible.

Podía hacer dos cosas, seguir jugando o irme de allí. Por primera vez en mucho tiempo, no hice caso de lo que me pedían las tripas y, en lugar de largarme, pregunté:

—¿Me está diciendo que es usted realmente el Anticristo?

Se encogió de hombros.

—Es una interpretación. No necesariamente la correcta, aunque sin duda sí la más extendida.

Discurso impecable. Información cero. Ni admisión ni negación. El tipo era bueno en lo suyo, desde luego.

—Pero usted lo ve de otro modo —dije, tratando de darle cuerda y ver adónde me llevaba todo aquello.

—Sí, es una forma de decirlo. —Dudó unos instantes y me miró con un interés lejano, casi abstraído; como un científico que contempla una nueva clase de insecto y no está muy seguro de cómo clasificarla—. ¿De verdad quiere que se lo explique? —preguntó, al cabo de un rato.

Buena pregunta.

—Estoy aquí para eso —dije.

Volvió a vacilar unos instantes.

—Me pregunto si lo que acaba de decir es verdad. Tengo la impresión de que usted mismo no sabe para qué está aquí.

Demonios, ya estaba bien. Vale, me había dejado meter en aquella extraña trama y estaba dispuesto a seguir la farsa hasta el final. Pero ya era más que suficiente. Sin duda aquel tipo tenía algo, eso era innegable; había algo en sus ademanes de… hipnotizador, algo peligroso y lleno de autoridad. De acuerdo. Y estaba claro sabía jugar muy bien su juego, pero no iba a dejar que me siguiera enredando.

—Escuche. Estoy aquí porque un cliente me ha encargado que lo vea y le haga una pregunta. Desde luego, mi cliente está como una cabra, pero he aceptado su dinero y eso me compromete a cumplir su encargo. Ya lo he hecho. Usted me ha respondido. No creo que tengamos nada más de qué hablar.

No pareció haber oído mis palabras.

—No debe tener ningún miedo —dijo—. No voy a hacerle daño.

Esas palabras me hicieron desear no haber dejado mi arma en la caja fuerte de mi despacho.

—No sabe cómo me tranquiliza oír eso —dije, tratando de sonar divertido.

Sonrió.

—Venga —dijo, incorporándose en el sillón—, salgamos un momento.

Echó a andar hacia un extremo de la habitación, donde ésta se abría a una pequeña terraza. Tras unos instantes de vacilación, y pese a que todo el cuerpo me pedía lo contrario, le seguí.

—Hoy hace un buen día. Un poco fresco, pero agradable —dijo, mientras se apoyaba en la barandilla e inspiraba profundamente—. ¿Sabía usted que cuando compré este piso esta calle ni siquiera se llamaba igual?

El brusco cambio de tema me pilló por sorpresa. No supe qué decir.

—En realidad, era parte de otra calle, y este portal tenía el número 88, no el 6. Hace dos años decidieron dividir la calle a partir del número ochenta y dos, y me encontré viviendo en el portal seis.

—Ya.

—Y este piso era el quinto, hasta que la comunidad de vecinos decidió que el entresuelo carecía de sentido y a partir de entonces sería el primero.

No me miraba mientras hablaba, y yo casi lo agradecí. No sabía muy bien qué responder a todo aquello. Sin embargo, algo dentro de mí encontró el valor suficiente y dijo, en un tono casi mordaz que me tomó a mí mismo por sorpresa:

—Y ahora va a decirme que antes ésta era la puerta E y que alguien puso un piso nuevo en medio.

Se volvió y me miró. Y por primera vez vi diversión asomar a sus ojos.

No —dijo–. Ésta siempre ha sido la puerta F. ¿Me creerá si le digo que nunca me paré a pensar que la F era la sexta letra del alfabeto? No me di cuenta, simplemente.

Me encogí de hombros.

—Sí, supongo que le creo —dije.

Ahora se recostaba de espaldas a la calle y me miraba con una cierta calidez. Como si se sintiera a gusto conmigo y como si eso no le pasara muy a menudo. Tuve la sensación de que le gustaba, de que le caía bien. Sin embargo, eso no contribuyó a tranquilizarme.

—Toda mi vida me han perseguido esas tres cifras. Estoy marcado por el seiscientos sesenta y seis, acosado por él, rodeado. Por supuesto, no será necesario que le diga que nací un seis de junio a las seis de la mañana. Y supongo que, como detective que es, habrá hecho sus investigaciones y habrá dado con mi número de instalador.

—En realidad fue su número de instalador lo que alertó a mi cliente.

Asintió.

—Ya veo. Sí, tiene sentido.

Atisbé una figura a través de la ventana y de las cortinas corridas a medias. Sí, claro, su madre, quién si no. Vigilándonos con el ceño fruncido, pero sin atreverse a hacer nada más. La tercera intérprete de aquella farsa. Porque tenía que ser una farsa, ¿qué otra cosa si no?

—Su madre lo sabe, supongo —dije.

—¿Saberlo? Si por ella fuera, habría caído sobre el mundo hace tiempo y habría cumplido el destino que, según dice, es mío desde mi nacimiento. En fin, ya sabe, todas esas tonterías: convertirme en rey del mundo, intentar impedir la segunda venida de Cristo, todo eso. Seguro que conoce el tema, aunque sea a través de las películas.

Asentí.

—La verdad, la idea no me resulta nada apetecible. Incluso diría que sólo pensar en ello hace que me canse. Ridículo: ¿qué voy a hacer con el mundo, una vez que lo tenga? ¿Alquilarlo, ponerlo en venta, redecorarlo? ¿Para qué lo quiero, de qué me sirve? No. Me gusta hacer lo que hago y vivir como vivo. No tengo el menor deseo de acumular poder o andar por ahí matando recién nacidos, algo que seguro que es muy cansado, por no mencionar que bastante sucio. Si Cristo quiere volver al mundo, que vuelva y se deje matar otra vez, como lo hizo la anterior: seguro que encuentra más de un voluntario. Pero que sean otros, no yo. —Se encogió de hombros—. No es asunto mío, al fin y al cabo.

No dije nada. Una vez más, no sabía cómo podía responder a sus palabras. Tras la ventana, su madre seguía observándonos, fingiendo que limpiaba el salón o recogía algo.

—No tiene ni idea de lo que es estar toda tu vida rodeado por esos tres números, surgiendo a tu paso por donde quiera que vas, tratando de meterse dentro de ti, de hacer que encajes en un molde, de ajustarte a la profecía que un judío loco hizo hace dos mil años y que me condena a tenerlo todo para perderlo después. No, gracias. Paso. Si quieren provocar el fin del mundo, que lo hagan, pero no va a ser a mi costa. No soy la marioneta de nadie. —Tomó aire y fue como si le costara trabajo—. Llevar una vida normal me ha costado más de lo que usted puede creer, señor González. No sé imagina lo difícil que es escapar de lo que el universo entero ha decidido para ti. Pero me las he apañado; de algún modo he encontrado un hueco en el que encajo, por mí mismo y no por lo que otros decidieron para mí. Y haré lo que sea para conservarlo. Es cierto que de vez en cuando no puedo evitar que el maldito número aparezca, aunque me paso el día entero luchando contra él. La mayoría de las veces tengo éxito. No siempre, por desgracia.

Bajó la cabeza y vi que fruncía el ceño.

—Lo siento por su cliente. El… no sé cómo llamarlo. El mecanismo que me protege de visitantes molestos es algo automático; yo no lo controlo. Me temo que, en tanto siga obsesionado por mí, continuará viendo huellas de mi presencia por todas partes. Y al mismo tiempo no podrá encontrarme nunca. No puedo hacer nada para remediar eso. Diría que lo lamento, pero en realidad no es así: prefiero que personas como su cliente no me encuentren. Es mejor para todos. Sobre todo para mí..

Se apartó de la barandilla y echó a andar hacia el interior de la casa. Lo seguí. Su madre nos vio entrar y desapareció de nuestra vista.

—En fin, señor González. Le confieso que ha sido un placer poder hablar de esto con alguien. No es algo que pueda hacer muy a menudo, se lo aseguro. Usted no cree nada de cuanto he dicho, todavía no, pero precisamente por eso me ha sido más fácil contárselo. Dígame, ¿ha decidido ya qué le va a decir a su cliente?

Me encogí de hombros. Lo cierto es que no tenía ni idea. De hecho, en aquellos momentos ni siquiera estaba muy seguro de qué podía contarme a mí mismo de todo aquello, como tomarme aquella absurda conversación que estábamos manteniendo.

—No lo sé —dije al fin—. Supongo que le explicaré lo que he visto y oído. Es para lo que me pagó, al fin y al cabo.

Asintió y me tendió la mano. Se la estreché.

—Buenos días, señor González. Espero que a partir de ahora su vida no se vuelva demasiado complicada.

Sin una palabra más, me acompañó a la puerta y esperó en ella hasta que hube subido al ascensor. Lo último que vi de él mientras las puertas se cerraban fue su rostro serio y tranquilo, con un brillo distante en sus ojos oscuros y una sonrisa esbozada a medias, casi triste, casi maliciosa.

* * *

En el coche, mientras me fumaba un cigarrillo, seguía sin saber qué pensar. Bueno, en realidad, sí que lo sabía; sabía lo que se suponía que debía pasar por mi cabeza: que había ido a dar con un grupo de chiflados, con una secta de locos que creían cosas absurdas y que estaban intentando enredarme en una trama ridícula y fantástica. Nada de lo que me había contado Cuevas podía ser verdad: el mundo no es el lugar desquiciado que él había intentado dibujarme. No quiero decir que el mundo no esté desquiciado, desde luego, pero sin duda no lo está de ese modo.

No, no hay bandadas de 666 apareciendo de la nada a cada paso que da Cuevas, acechando el momento oportuno para hacérsele visibles a Rodríguez. No hay ningún número de la bestia que lo haya marcado en su nacimiento o un campo defensivo que impida acercarse a él a quienes le buscan. No va a haber una segunda venida, ni los cielos van a abrirse con la Gloria de Dios, ni la Tierra se verá sacudida con una guerra por nuestras almas. Y, desde luego, no existe el Anticristo. Y, carajo, si existiera, no sería un vulgar electricista que vive con una madre desquiciada en una ciudad de mala muerte.

De pronto, alguien dio unos golpes contra el cristal de la ventanilla del coche. Volví la cabeza: era un empleado del Ayuntamiento, de esos que comprueban los parquímetros y llaman a la policía para que pongan multas a los coches mal aparcados.

—Tiene que irse —me dijo.

Bajé el cristal de la ventanilla y entonces vi los tres seises que había en la pechera de su uniforme verde.

—Tiene que irse —repitió.

Antes de que pudiera responder, una moto pasó a nuestro lado, con el tubo de escape escupiendo de forma espasmódica. Lanzó tres borbotones humo negro al aire. Y, casi antes de que mi vista pudiese captarlo, las volutas se enroscaron formando un 666 casi perfecto.

—¿Me oye? ¿Se encuentra bien?

Moví la cabeza en lo que quizá fuera un asentimiento.

—Tiene que irse —dijo el tipo una tercera vez.

—Sí —conseguí responder—. Ya me voy.

Se fue y me quedé solo. Intenté no pensar en lo que acababa de ver. Accidentes. Casualidades. Cansancio. Parte de la conspiración. Una broma. Estúpida y de mal gusto, y sobre todo sin el menor sentido, pero una broma, qué otra cosa.

Música, me dije, necesito un poco de música para tranquilizarme. Encendí la radio del coche, pero lo único que salió de ella fue estática. Mierda, ya se ha vuelto a desconfigurar. Pulsé el botón de autobúsqueda y dejé que el maldito cacharro, que no me había dado más que problemas desde que comprara el coche, encontrase alguna emisora.

Finalmente lo hizo y un borbotón de música estridente llenó el interior del automóvil.

Intenté no mirar el aparato de radio, porque en aquel momento supe, con una precisión casi mortal, lo que iba a encontrar en el display al hacerlo. Pese a todo, mi cabeza se empeñó en llevarme la contraria y mis ojos, como si alguien los estuviera empujando, se clavaron en las tres cifras idénticas que indicaban la frecuencia donde se había detenido el dial.

Publicado originalmente en Paura 2 (Bibliópolis, 2005).
Recogido posteriormente en Laberinto de espejos (Berenice, 2006)

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