Con trampa y cartón

Hace unas semanas vi por fin Planet Terror, el capricho de Robert Rodríguez que forma parte del capricho aún mayor llamado Grindhouse donde él y su amigo Quentin Tarantino han decidido dar rienda suelta (una vez más) a su gusto por el cine de serie B (y a veces, de serie Z) de los 70.

Y hace unos días vi la otra mitad del proyecto, el Death Proof de Tarantino.

No es que la película de Rodríguez me entusiasmase ni me pareciera una obra maestra, ni de lejos, pero tenía su gracia y, al menos, respetaba las normas que los dos directores se habían autoimpuesto: hacer un programa doble al estilo de los que veían siendo críos en cutres salas de cine. Como consumidor que fui de ese mismo tipo de películas en mi infancia, para mí el experimento tuvo su gracia, la película se me pasó en dos patadas y, si bien intrascendente, fue lo bastante divertida e ida de olla como para entretenerme un buen rato.

El filme de Tarantino, por el contrario, se me hizo insufrible casi enseguida. Buena parte de su metraje me pareció prescindible, repetitivo (había momentos en que creía estar asistiendo al diálogo inicial de Reservoir Dogs pero con los participantes travestidos en mujeres) y, algo que nunca me había pasado con su cine, aburridísimo. Para colmo de males, al contrario que su amiguete de travesuras cinematográficas, Tarantino se pasa por el forro las normas del proyecto y lo que empieza siendo un homenaje al cine de género más cutre de los años setenta (con transiciones de plano casposas, la cinta deteriorada, y secuencias mal ensambladas entre sí) de pronto se transmuta por completo y desaparece toda pretensión de ser fiel a las premisas del asunto. Coincidiendo con el cambio del color al blanco y negro, es como si estuviéramos viendo otra película, con un montaje totalmente distinto y una planificación de las secuencias que no tiene nada que ver con lo anterior. Como si Tarantino se hubiera cansado de pronto del juego y hubiera decidido hacer una vez más lo de siempre.

Y eso es lo que hace. La película se convierte en un refrito de momentos tarantinianos anteriores y se desliza por la pendiente del aburrimiento hasta casi el final. Un final que, pese a que la persecución que cierra el film es modélica y de lo mejorcito que uno ha podido ver en ese tipo de escenas, no consigue salvar el desastre que es la película.

Así que me temo que me quedo con el Planet Terror de Rodríguez. No me parece una maravilla, ya lo he dicho, pero al menos es un producto honrado y coherente con las premisas del proyecto. Entretiene, divierte por lo bruta que es y resulta perfectamente olvidable. Death Proof, por el contrario, es un producto pretencioso y aburrido que, aunque cuenta con dos o tres momentos excelentes, no consigue remontar el vuelo de forma adecuada.

Ah, se me olvidaba. No os perdáis los trailers que acompañan la película de Rodríguez. Especialmente el de Machete. Impagable.

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