Con dados cargados

Para Cris, Gorin y Lektu, cada uno de ellos sabe por qué

Compruebo una última vez el sistema de sonido: el micrófono oculto funciona a la perfección y en mi oído el auricular desgrana sin problemas todos esos sonidos que hacemos y de los que nunca somos conscientes: un carraspeo, un chasqueo de los labios, un murmullo apenas audible. Desde donde estoy puedo ver perfectamente al salvaje, sentado en una esquina del café esperando a que su infusión alcance la temperatura adecuada y mirando con indiferencia por la ventana. El agente llega a su lado y él no parece consciente de su presencia, así que el recién llegado carraspea ligeramente para llamar su atención. El salvaje vuelve la cabeza hacia el otro y alza la vista.

–Ah, ya veo –dice. No hay sorpresa en su rostro, solo cansancio–. Así que es usted, al fin. Síentese.

Hay una vacilación casi imperceptible, antes de que el agente tome asiento donde el otro le ha indicado.

–No hace falta que me suelte el rollo acostumbrado. A menos que se sienta obligado a ello, claro –dice el salvaje, mientras comprueba con las manos la temperatura de su café, asiente ligeramente y se lleva la taza a los labios.

Su interlocutor sonríe. Es una sonrisa dura: no va a dejarse ganar en este juego.

–¿Y cuál es ese “rollo acostumbrado”? –pregunta.

–Vaya. A lo difícil, ¿eh? De acuerdo –se aclara la garganta–. Veamos. “Soy un agente autorizado de la Agencia Transtemporal Panuniversal. Estoy aquí porque dentro de dos años usted inventará una máquina del tiempo. Eso trastocaría la Historia tal y como la conocemos. He venido a impedir que construya su máquina”. Más o menos. Seguro que he trabucado alguna palabra y hasta puede que haya simplificado el discurso. Pero en esencia es eso ¿verdad?

Durante tres segundos que para mí no parecen acabar nunca el agente es incapaz de moverse.

–Usted no es quien he venido a ver –dice al fin.

El otro asiente.

–Bingo. El premio gordo para el caballero. Ha tardado bastante menos que algunos de sus colegas. Y la próxima vez tardará menos aún.

–¿La próxima vez?

–Cuando nos volvamos a encontrar. Al menos desde su punto de vista. Desde el mío eso ocurrió la vez anterior que nos encontramos.

El agente asiente, y creo que empieza ser consciente de que se encuentra quizá ante el mayor desafío de su carrera. Su oponente no sólo es hábil y previsor: ya ha tenido contacto con él en un momento que para el agente aún no ha llegado y por tanto conoce sus métodos, su habilidades y, posiblemente, sus debilidades.

–Bien –dice–. Las cartas sobre la mesa, entonces –extiende los brazos, las palmas de las manos hacia arriba, en un gesto que conozco bien–. Nada de argucias, nada de excusas. Los dos sabemos a qué atenernos.

El salvaje sonríe con un solo lado de la boca y a sus ojos asoma un brillo de diversión.

–Claro. Sólo que ese truco ya lo usó una vez y no le sirvió de nada.

–Nunca nos hemos visto antes, ¿verdad? –dice el agente–. Todo esto no es más que un farol. Y muy bueno, debo añadir. De haber caído en él le habría dado una importante ventaja.

–¿Y no me la da? –pregunta el salvaje mientras posa su taza de café, vacía, sobre la mesa–. En estos momentos usted no sabe qué pensar. No sabe si nos hemos visto antes o no. Y de haberlo hecho, desconoce qué me pudo decir en ese momento, qué debilidades ocultas mostró en nuestro segundo encuentro. O en el primero. Esto es un poco confuso, a veces.

–No. Como muy bien dice, no tengo manera de saber si volveré a verle. Y si es así no sé qué le diré entonces. Así que es muy simple: no tendré en cuenta ese dato al tratar con usted.

El otro se encoge de hombros, vuelve la vista un instante y marca con el dedo algo del menú. Un cigarrillo autocontenido se materializa en su boca. Una inspiración, un chisporroteo y el extremo del pequeño cilindro blanco se convierte en una diminuta brasa. Se llena los pulmones, echa aire y la nube de humo muere a escasos centímetros de su boca. Desde donde estoy parece una extraña criatura mítica, rodeada de un aura de humo cuyos tentáculos se diluyen lentamente a medida que se alejan de él.

–Como quiera –dice–. Ahora podemos iniciar una batalla dialéctica que nos llevará horas o yo puedo explicarle por qué no va a conseguir detenerme nunca. Luego, usted se va, y asunto arreglado.

–Explique lo que quiera. Aunque no esperará que le tome en serio.

–No. Aún no, en todo caso.

El agente no responde, como si no hubiera oído su pulla.

–De acuerdo. Ahí están ustedes, la ATP, con sus flamantes maquinitas del tiempo cuánticas (perdón, sus vehículos de desplazamiento temporal interuniversal, quería decir) convencidos de que alguien les ha puesto a cargo de todo en todas partes y de que deben velar por el desarrollo correcto de los acontecimientos. Cuando un individuo no autorizado (¿un “salvaje” fue la expresión que usó la otra vez?) desarrolla su propia versión de la máquina del tiempo ustedes aparecen y se lo impiden de un modo u otro. En nuestro anterior encuentro no entró en detalles, pero se las arregló para hacerme saber que las cosas pueden llegar a ponerse desagradables para el pobre “salvaje” si este no acepta de buen grado destruir su invento y someterse a un borrado y reconstrucción de la memoria. Siempre tienen éxito porque, no importa lo que tarden, tienen todo el tiempo del mundo (de varios mundos, en realidad) para llevar a cabo su tarea. ¿Es un resumen fidedigno?

–Bastante satisfactorio.

–Bien. Y ahí es donde entro yo. Un geniecillo chiflado de veintidós años que ha desarrollado lo que para él son unas revolucionarias ecuaciones que describen el colapso de la función de onda de manera completamente inesperada y que, dentro de dos años, le permitirán construir su propia versión del aparato de ustedes. Una versión primitiva, por supuesto: capaz de moverse longitudinalmente a lo largo del tiempo pero no transversalmente entre otros universos. Sus estudios revelan que, si se me permite construir mi máquina, esta realidad se verá seriamente alterada, y los ecos de esas alteraciones podrían alcanzar otras zonas del panuniverso. Así que usted ha venido para darme a elegir entre no desarrollar jamás mi invento (y de paso olvidar que podría haber llegado a desarrollarlo) o incorporarme a la ATP. Todo un honor porque, según usted mismo me dijo, rara vez hacen la segunda oferta: normalmente no hay alternativas al olvido.

–Así es. –Nada en el tono de voz del agente lo traiciona, pero tiene que ser consciente de que las palabras del salvaje revelan como muy probable su segundo encuentro. O, si no fue con él, con otro agente de la ATP enviado a detenerle.

–Y usted se pregunta qué hago yo aquí. Por qué mi yo adecuado, el que tiene la edad correcta y pertenece a este momento del tiempo, no está sentado a esta mesa, tomándose un café e ignorante de lo que le espera en lugar de esta versión más vieja de mí mismo que me ha suplantado.

El agente asiente. Yo no puedo evitar una sonrisa, mientras asisto a esta conversación, fingiendo ocuparme de mi refresco. El salvaje habla con fluidez, sin confundirse ni en los pronombres ni en los tiempos verbales. Parece claro que ha tenido abundante experiencia en el viaje a través del tiempo.

–Ustedes afirman que tienen todo el tiempo del mundo. Pero yo también lo tengo. El yo que debería haber estado hablando con usted tiene veintidós años. Mi yo presente ronda los treinta. He pasado seis años (y seguramente pasaré unos cuantos más) buscándome a mí mismo en el pasado, encontrando el momento preciso en que ustedes darían con mi yo anterior y, de un modo u otro, evitando que estuviera en ese momento y en ese lugar. Y, a menudo, apañándomelas para que fuera yo, en lugar de yo, el que estuviera allí. ¿Me sigue?

–Sin ningún problema. Pero usted tiene que saber que no puede tener éxito. Tarde o temprano daremos con uno de sus yoes anteriores en un momento que usted no haya controlado.

El salvaje niega con la cabeza y vuelve a sonreír mientras arruga el autocig consumido y lo arroja al reciclador.

–Aún no lo ha entendido. Es lógico. Por mis cálculos diría que usted es el original, el primero de todos, el primer agente que la ATP envía a detenerme. Así que todo esto tiene que resultarle nuevo y hasta desconcertante. Verá, no hay ningún momento de mi pasado (de mi pasado anterior a la construcción de mi máquina, quiero decir) en el que ustedes puedan contactar conmigo por la sencilla razón de que yo no recuerdo que eso haya sucedido jamás.

Ahora es el turno del agente de sonreír, casi de pavonearse mientras le explica a su interlocutor la situación y le aclara el error que ha cometido: le cuenta que el tiempo es fluido y que si su presente encarnación no recuerda que hayan llegado a él en el pasado eso sólo quiere decir que aún no lo han hecho. Pero lo harán, sin duda, y entonces todos sus recuerdos cambiarán para amoldarse a la nueva realidad.

El salvaje le mira con sorpresa y ahora sé, más allá de toda duda, que es fingida.

–No es posible. Si ustedes contactasen conmigo en un momento en que yo no recuerdo que lo hayan hecho eso sólo crearía un nuevo universo, divergente de este a partir de ese instante. Pero el actual permanecería tal y como es.

–Eso parecería lógico, ¿verdad? Hasta sería bonito. Pero me temo que no es así. –La seguridad que escucho en la voz del agente me resulta insoportable–. Hay infinitas realidades, eso es cierto, y cada una difiere de la otra sólo en detalles minúsculos: pero lo que se hace en una realidad la cambia a esta, altera su historia, y no la de otras. Ocasionalmente esos cambios pueden tener ecos en realidades adyacentes, pero no siempre.

–Comprendo. Y según esa teoría que ustedes manejan, yo debería rendirme de una vez porque, no importa lo que tarden, ustedes acabarán teniendo éxito.

–Algo así. Usted es uno solo, nosotros muchos: podemos cubrir mucho más tiempo que usted.

El salvaje frunce la boca, pensativo.

–En realidad eso es una falacia, y usted lo sabe ¿no es cierto? Puedo cubrir exactamente tantos instantes como ustedes: simplemente, al ser yo uno solo tengo que desplazarme a más momentos de mi pasado, mientras que ustedes pueden repartírseme. –Encuentra graciosa la expresión y se ríe en silencio–. Pero el resultado es el mismo.

–De acuerdo –dice el agente–. Supongamos que es capaz de hacer lo que dice. Pero nada le garantiza que no vaya a cometer un fallo, que deje de cubrir un momento del que nosotros nos podamos aprovechar.

Hay un segundo de vacilación que podría ser incertidumbre. Termino mi refresco y pulso la combinación para otro, mientras me pregunto si no será el momento de intervenir. No, decido, aún no. El momento de hacerlo todavía no ha llegado, pero está cerca.

–Quizá no –dice el salvaje–. ¿Qué me propone?

–¿Recuerda nuestro ofrecimiento? Es usted un hombre hábil, rápido de reflejos, sabe pensar bien y controlar los imprevistos. Únase a nosotros: sería un excelente agente de campo.

–Ya veo. La oferta me halaga. Y la aceptaría si no fuera porque no acabo de ver qué autoridad tiene la ATP para hacer lo que hace.

–Eso es… ridículo.

–¿Ah, lo es? ¿Quién les ha puesto al mando? ¿Quién les ha dicho que pueden atar y desatar a su antojo? ¿Quién les ha autorizado a decidir cuál es la línea temporal adecuada en cada realidad? –Tanto el agente como yo hemos oído antes esas mismas preguntas, pero siempre en un tono apasionado, normalmente cargadas de rabia y frustración. Su voz impasible, en la que no es posible discernir sentimiento alguno más allá de un leve desprecio cansino, parece desconcertar a su interlocutor, como me desconcertó a mí la primera vez–. Lo cierto es que no son más que un puñado de burócratas atemorizados cuya única obsesión es el control.

–¿Qué nos queda, entonces?

–¿A ustedes? Seguir intentándolo aunque fracasen.

–Podríamos matarle.

–¿Aquí y ahora? Sin duda, pero eso no resolvería nada: ¿y si en este instante de mi vida yo ya he cubierto todos los posibles momentos de mi pasado? Antes le he mencionado mi edad, pero ¿era cierto lo que dije? Quizá ya he viajado al tiempo adecuado y he obtenido un cuerpo virtualmente inmortal y luego me he pasado varios miles de años ocupado apartándome a mí mismo de su camino. ¿Cómo saberlo?

Tiene razón. ¿Cómo?

–Además, y créame que lo siento, ustedes ya han fracasado.

Ya llegamos, pienso. El momento de hacer notar mi presencia y terminar con esta farsa está casi ahí, al alcance de mi mano. Un poco más, solo un poco más.

–Eso es…

–¿Ridículo? Aún no se ha dado cuenta. Lo hará pronto, estoy seguro, porque en nuestro segundo encuentro usted seguirá adelante por rutina, por deber, pero ya no habrá el menor convencimiento de que lo que esté haciendo sirva para algo.

–No farolee.

–No lo hago. Es más, hasta voy a explicárselo. Usted mismo me contó por qué yo no puedo evitar ganar y por qué ustedes ya han perdido.

–¿Cuándo? ¿En ese segundo encuentro que no estoy seguro de que vaya a tener lugar?

–No. Aquí mismo. Hace unos minutos. Cuando creía estar sacándome de mis errores de principiante. Lo que se cambia en una realidad la afecta a ella, ¿no es cierto?, no crea líneas temporales divergentes, sino que remodela esa parcela del panuniverso de forma que lo creado por el cambio haya estado siempre allí. Olvidemos por un momento los efectos colaterales en realidades adyacentes. Ahora piense en esa bonita teoría cuántica que ustedes usan para su ATP, recuerden la premisa de que el ojo del observador afecta al experimento. Luego permítame que le explique cómo es mi “primitiva” máquina del tiempo y en qué difiere de las suyas. Creo que será suficiente.

–Adelante.

–Mis ecuaciones, ecuaciones cuánticas, por cierto, describen y posibilitan un artefacto que colapsa la función de estado del universo. Mi máquina del tiempo.

–Su… –el agente no puede seguir hablando. Vuelve la vista hacia la ventana. Aunque no puedo ver su rostro, comprendo que las implicaciones de lo que el otro acaba de decir se van abriendo paso a través de su cabeza, y llenándola de un extraño y lánguido horror–. Eso es imposible.

–¿Por qué? ¿Acaso la propia mecánica cuántica no predice su propio fracaso, no, mejor, su inutilidad, cuando se enfrenta con una singularidad? En realidad puede considerar mi máquina del tiempo precisamente como algo así: una singularidad determinista en un universo probabilístico. De hecho, si me permite la pirueta verbal, diría que mi aparato es una singularidad determinista desnuda: el universo puede asomarse a ella y contemplarla, al contrario que con un agujero negro –sonríe, como asaltado por una idea repentina–. Si somos exactos, es mi singularidad la que se asoma al universo y lo obliga a contemplarla. A partir de ahí las consecuencias son obvias, ¿no cree?

Ya. Ahora es el momento. Si tengo que hacer algo, si debo cortar esto por algún lugar, salvar a la ATP del desastre, tiene que ser aquí, ahora. Me incorporo en mi asiento y echo a andar hacia la mesa. Alguien me sujeta por el brazo. Me vuelvo y le veo.

–No –me dice–. No puede.

¿Ha previsto incluso esto? Claro que, si tenía razón sobre su máquina, ¿cómo evitar no preverlo? Pese a todo intento desasirme, solo para encontrarme con que alguien me agarra del otro brazo. Miro a un lado y a otro: ambos me observan con una media sonrisa plantada en un lado de la boca, la misma media sonrisa del salvaje de la mesa. En sus manos hay un delgado tubo metálico.

–No lo intente. No queremos herirle. Deje que termine –me dicen, no sé cuál de ellos, quizá ambos a la vez.

Por un momento acaricio la idea de intentarlo, pese a todo, de forzarle a que me dispare y cambiar así los acontecimientos. Pero ¿lo haría realmente, o mi muerte tendría lugar con la suficiente discreción como para pasar desapercibida? Con una facilidad que me sorprende a mí mismo, me declaro derrotado, me llamo cobarde y permanezco inmóvil mientras frente a mí la conversación se arrastra hacia su final.

–Sí –dice el salvaje sentado a la mesa–. Mi máquina del tiempo no es un artefacto probabilístico, sino determinista: y ese determinismo no está oculto tras la capa protectora de un horizonte de sucesos. Eso convierte a cualquier universo en el que ella esté en un universo determinista. En ese universo, este mismo, no puede haber cambios en la realidad, esta está fijada y es única, en cierto modo, todo el universo se ha convertido en una singularidad, y al igual que la original está desnuda: el resto de los universos pueden contemplarla. Si yo no les recuerdo a ustedes en mi pasado es porque ustedes nunca estuvieron en él; si yo recuerdo haberme desplazado en el tiempo para apartar a mis versiones más jóvenes de su camino es porque eso ya ha ocurrido.

–No…

–Sí. Curioso. Me preguntaba qué sentiría al contárselo. Qué experimentaría al ver la cara del primero de ustedes al que se lo dijese –bufa apenas–. La verdad es que es decepcionante. La anticipación arruina el placer cuando llega el momento, ¿verdad?

–No… –articula de nuevo el agente, tratando desesperadamente de no creerle, incapaz de hacerlo. Un universo determinista, infectando a los de su alrededor como un tumor, convirtiéndose en el vórtice de una infección que destruiría para siempre a la ATP. Porque, ¿qué sentido tiene una agencia que se dedica a velar por el correcto desarrollo de los acontecimientos si estos solo pueden desarrollarse de una única manera?

–Váyase. Esto ya no tiene sentido. Volveremos a vernos, pero hoy no estoy de humor.

El agente he hace caso y, como una marioneta cuyos hilos manejara él, se levanta de la mesa y se va. Le veo abandonar el local, tratando de fingir aplomo, seguridad, pero apenas es una farsa mal ensayada. Sé que volverá a su cabina y dudará mucho tiempo antes de pulsar el botón que le devolverá al distante futuro donde la ATP tiene sus cuarteles.

Me doy cuenta en ese momento de que los dos hombres que me sujetaban han desaparecido, de que, ahora que ya nada puedo hacer, tengo el camino libre. ¿Qué hago? ¿Sigo aquí, me voy? Camino hacia la mesa. Él me ve llegar y al principio no comprende. Luego asiente.

–Buen disfraz –dice–. ¿Cuánto ha oído?

–Todo.

–Claro. Todo. ¿Y no ha intentado intervenir? ¿No ha tratado de hacer que esta vez la conversación fuera distinta a como recordaba, de demostrar que me equivocaba?

–Sí, lo he hecho, pero usted me ha detenido.

–Por supuesto. No podría haber sido de otro modo. ¿Se ha convencido entonces?

–No –pero la palabra sale de mis labios sin convicción. Sé que la próxima vez que nos veamos (la primera que él me vea, la tercera que le vea yo) será peor aún. Me enfrentaré a él solo porque considero que es mi deber, pero sabiendo de antemano que estoy condenado al fracaso, que en este universo determinista que su máquina ha construido no hay posibilidad de cambios, que si él no recuerda haber sido vencido por mí, yo no puedo haberle vencido en su pasado, aunque este sea mi futuro.

El salvaje me mira, y asiente en un gesto de comprensión. Ambos estamos condenados a repetir una y otra vez el mismo baile prefijado de antemano. Nada puede cambiar eso.

–Verá –me dice–. Puede que en otras partes Dios juegue a los dados. Pero aquí lo hace con dados cargados.

Y dentro de poco, pienso una última vez, en todas partes.

Publicado originalmente en 2001, nº6 (setiembre/octubre de 2002).
Recogido posteriormente en Callejones sin salida (Berenice, 2005).

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