Hay que amarlo
Sábado, Diciembre 29th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 8 comentarios »- El mismo día, hace un año: Drímar. Prólogo: Los años cruciales
Es excéntrico, va a su puñetera bola, tiene cualquier cosa menos tacto para decir las cosas y, a menudo, no parece vivir en el mismo continuo espacio-temporal que el resto del mundo.
Pero cuando ves detalles como éste

hay que amarlo, no quedan más narices.
Territorio incierto: El ojo de la mente, de Alan Dean Foster
Martes, Diciembre 25th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »- El mismo día, hace un año: Morrison y la JLA: Hijos del Reino
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El año que viene se cumplirán treinta años de la primera publicación de lo que, al menos para mí, sigue siendo la mejor novela de Star Wars.
Bueno, eso no es decir mucho, me diréis.
Cierto que, tanto las novelizaciones de las películas como los distintos libros que luego han ido saliendo bajo el sello de la franquicia, tienen un nivel que no es como para tirar cohetes. Recuerdo algunos con agrado (sigo convencido de que la Trilogía de la nueva República de Timothy Zann haría un estupendo grupo de películas o tal vez una buena serie de TV) y otros con auténtico horror (otra trilogía, la de la Academia Jedi, del infumable Kevin J. Anderson, por poner el primer ejemplo que me viene a la memoria) pero la mayoría han pasado sin pena ni gloria por mi mente.
De los comics podríamos decir otro tanto. Recuerdo con agrado la primera serie, publicada por Marvel y editada en nuestro país por Bruguera (Planeta los está reeditando ahora, por cierto, así que atención los nostálgicos completistas, es vuestra oportunidad), pero a veces tengo la impresión de que es más por pura nostalgia que por otra cosa. Aunque los dos o tres números donde Roy Thomas embarcaba a Han Solo en una suerte de remake galáctico de Los siete magníficos tenían su aquel: el jedi loco Don-wan Quixoti no se me ha ido de la memoria en todos estos años, por no mencionar un conejo gigante con muy mala hostia.
Luego, de las distintas series, miniseries y maxiseries de cómic que han ido saliendo bajo la cabecera de Star Wars pocas son las que me hayan resultado memorables. Quizá Star Wars: Relatos, una serie trimestral dedicada a historias cortas, es lo más notable que recuerdo ahora mismo. También podría comentar Star Wars: Infinito, donde se nos cuenta un “qué hubiera pasado si” bajo la premisa de que el disparo de Luke no consigue destruir la Estrella de la Muerte. Tiene su aquel contemplar esas versiones alternativas de El Imperio contraataca y El retorno del jedi.
Pero ninguno de estos productos ha conseguido hacerme olvidar la novela que Alan Dean Foster publicó en el lejano 1978 y que yo leí ávidamente en unos días de verano mientras mi familia veraneaba en Cullera. (Días después encontraría en una librería de la localidad todos los libros de La saga de los Aznar y me haría con ellos, pero eso es otra historia y no sé muy bien si será contada en otra ocasión).
No era la primera novela de Star Wars que Foster escribía. De hecho, suya es la novelización de la película original, aunque el libro apareció como firmado por Lucas. Años después, éste reconocería que Foster había sido el autor de la novela, aunque creo que muchos aficionados ya lo sospechábamos tras leer El ojo de la mente. Había demasiados puntos en común en el modo en que estaban escritas ambas novelas.
Y ni siquiera la adaptación de lo que luego sería el Episodio IV a formato novela era la primera novelización de la que se encargaba Foster. En realidad, el hombre parece haberse convertido en un especialista en ese tipo de cosas: ha escrito novelas de Star Trek, alguna otra de Star Wars, ha novelizado Alien (creo recordar que más de una película, de hecho) y, en realidad, parece haberse encargado de pasar al papel buena parte de los guiones cinematográficos de ciencia ficción en los últimos veinte años.
Es un narrador eficaz, que sabe caracterizar adecuadamente a los personajes y llena de “carne” de forma eficiente el esqueleto que son los guiones que tiene por tarea novelizar. Sin duda no es un escritor de primera línea, pero sí un narrador competente, cosa que pocas veces se puede decir de quienes se dedican a lo mismo que él.
En El ojo de la mente supo construir un space opera más que decente usando el universo de Star Wars. Centrándose en los personajes de Luke y Leia (y, por supuesto, los dos droides que siempre los acompañan), la premisa de la novela no podía ser más simple: de camino a una reunión con el grupo rebelde del sistema solar de Circarpo, las naves en las que viajan tienen un accidente y se ven obligados a tomar tierra en un planeta supuestamente desierto. Allí correrán un buen sinfín de aventuras, se enfrentarán a los soldados del Imperio, conocerán a una charlatana que manipula la fuerza y tiene una astilla de un cristal que la amplifica, harán nuevos amigos y nuevos enemigos y, finalmente, tras su busca del cristal completo (ese Ojo de la Mente a la que hace referencia el título de la novela) terminan enfrentándose al temible Lord Darth Vader en un duelo en el que, por supuesto, nada se resuelve.
La novela está bien llevada, los personajes (tanto los que ya conocemos como los nuevos) están adecuadamente caracterizados y la peripecia funciona, con un ritmo narrativo bien dosificado y exotismo y acción más que suficientes.
Nadie me convencerá de que Lucas no usó ideas de esa novela. Por un lado, el planeta en el que caen se parece demasiado a Dagobah para que sea casualidad y, además, la escena del aterrizaje forzoso que describe Foster está pasada casi literalmente a la pantalla cuando Luke llega al planeta de Yoda. Por el otro, cuando varios años más tarde, en El retorno del jedi, contemplé cómo Vader tenía un brazo artificial no pude por menos de pensar que eso era una referencia a la lucha entre él y Luke en la novela de Foster, donde el malvado Señor del Sith perdía un brazo.
Fue una novela que releí varias veces, a lo largo de los años. Y aún hoy me sigue funcionando. Más allá de su inserción en el universo de Lucas, me funciona sin problemas como un space opera bien llevado y agradable de leer. Y algunos de sus ambientes y situaciones no han perdido su atractivo con el paso del tiempo.
No tengo muy claro si esta novela es considerada canónica en cuanto a los acontecimientos que narra. Pero podría serlo sin problemas: una aventura que Luke y Leia habrían podido correr entre Una nueva esperanza y El Imperio contraataca, puesto que nada hay en lo que ocurre en el libro que contradiga acontecimientos posteriores. De hecho, en la adaptación al cómic que se hizo años después, se introdujeron elementos de las películas siguientes, como el Súper Destructor Estelar de Vader o el personaje del capitán (y después almirante) Piett.
Poco después, se publicaría otra novela de Star Wars. Se llamaba Al extremo de las estrellas y sus protagonistas eran Han Solo y Chewbacca en una aventura que (así lo entendí años después) tenía lugar bastante antes de su encuentro con cierto granjero de Tatooine. También supe más tarde que el libro era parte de una serie donde se narraban las aventuras de un Han Solo pre-Episodio IV. La novela no era nada del otro jueves, me temo, pero ya sabéis cómo es el factor nostalgia: en su momento la leí pero no la compré y siempre he lamentado no tenerla. Años más tarde, mi buen amigo Rafa Marín me regaló un ejemplar.
Tras esto llegarían las novelizaciones de El Imperio Contraataca y, luego, de El retorno del jedi; las dos me parecieron muy inferiores a lo que había escrito Foster. Luego, pasaron varios años durante los que, al menos en nuestro país, no hubo más novelas de Star Wars. Hasta que Martínez Roca empezaría, con Heredero del Imperio (la primera parte de la trilogía de Timothy Zann que mencionaba antes) la publicación masiva de las novelas de la franquicia.
Ahora mismo las novelas de Star Wars se cuentan por docenas: tenemos novelas protagonizadas por los personajes de la trilogía original, por los de la nueva trilogía, por los hijos de Han y Leia, por un joven Obi-wan Kenobi aprendiendo las artes de los jedis, por el escuadrón de X-Wing comandado por Wedge Antillies (que alguien, en 1997, tuvo la humorada de traducir como Cuña Antillana en la primera novela), por casi todo el que ha tenido algún papel en las películas, en realidad.
Pero ahí sigue El ojo de la mente. Una novela sólida, bien construida, que sabe tratar con igual eficacia personajes propios y ajenos y que no ofende la inteligencia del lector. Algo infrecuente en el mundo de la literatura franquiciada.
Una rara joya, en realidad.
Publicado originalmente en Territorio incierto (Blibópolis, crítica en la red)
Derrota
Viernes, Diciembre 21st, 2007 Pertenece a Para leer, Poemas | 2 comentarios »Hojas de afeitar
que navegan por tus tripas.
Cuentos que no terminan,
no empiezan,
no siguen.
El filo cortante, medido y preciso
de una palabra
dicha cuando nadie escuchaba.
Los nativos están inquietos
Miércoles, Diciembre 19th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 9 comentarios »Pues sí, parece ser, por lo que he oído, que se ha aprobado imponerle el canon a cualquier aparato susceptible de almacenar información expecto, de momento, a nuestros cerebros. Pero todo se andará, no me cabe duda.
Muy bien. De acuerdo. Los muchachotes de la SGAE se han salido con la suya y, parece, seguirán saliéndose con ella un tiempo más. No mucho, creo yo. Pero el suficiente para sigan hinchándonos las pelotas unos cuantos años.
Así que mi enhorabuena.
Pero, por favor, un poco menos de hipocresía sería de agradecer. Que me jodan, vale, pero al menos que tengan los redaños de hacerlo de frente y sin intentar venderme la moto de que es por mi bien.
O dicho de otro modo, que no intenten venderme como positiva, progresista y destinada a proteger a público y artistas una cosa tan retrógrada, abusiva y anacrónica como estas canonjías.
Termino con un par de reflexiones.
- Pese a lo que se nos intenta vender, canon y derecho a la copia privada no van indisolublemente unidos. Cierto que sin derecho a la copia privada no puede haber canon (no puedes imponer un canon sobre una actividad ilegal, algo que la SGAE sabe muy bien pese a sus intentos de criminalizar una y otra y otra vez una actividad perfectamente legítima por medio de publicidad engañosa). Pero sin duda sí que puede haber derecho a la copia privada sin canon (algo que a la SGAE no le conviene resaltar, evidentemente).
- Y si la copia privada es legal, debo asumir que las protecciones anticopia que algunos ponen en sus discos o DVDs son ilegales, ya que están interfiriendo en mi derecho a copiar un disco de audio o una película que he adquirido legalmente. Así que ya sabéis, la próxima vez que intentéis copiar algo y no podáis por culpa de la protección aticopia, denunciad al fabricante.
A por ellos. Al fin y al cabo son pocos (menos de los que se piensa) y sin duda no son más que una panda de cobardes.
El maestro Maxim
Sábado, Diciembre 15th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 8 comentarios »- El mismo día, hace un año: Los fanzines de los 90: BEM
Encontré esto en mi buzón hará cosa de una semana. Y, la verdad, no he podido resistir la tentación de compartirlo:

Como el texto no se ve muy bien, lo reproduzco a continuación. Aviso que las palabras resaltadas lo han sido por mí:
Resuelve todos los problemas inmediatamente con un don hereditario, posee un poder sorprendente, con su experiencia, seriedad, poder y rapidez demostrados en todos lo ámbitos podrá ayudarles en todos sus problemas amorosos incluso en situaciones desesperadas, posee un gran poder a distancia, provoca, atrae y refuerza los sentimientos. En resumen todo tipo de artes ocultas. Vea a sus enemigos de rodillas, mejore su situación social, desintegre a los demonios del infierno. Gracias a su asombroso secreto hombres y mujeres estarán a sus pies, tiene los espíritus mágicos más rápidos y poderosos que existen.
Una joya, vamos. La verdad es que no podía parar de reírme mientras lo leía, porque el folletito está plagado de momentos completamente surrealistas. Y, encima, lo mismo vale para un roto que para un descosido: da igual que quieras poner de rodillas a tus enemigos, tener éxito en la vida o lanzar una cruzada contra el infierno, el maestro Maxim puede ayudarte con todo eso. Porque no en vano tiene los espíritus mágicos más poderosos.
Y los más rápidos, oiga. No lo olvidemos.
¿El fin de una etapa?
Miércoles, Diciembre 12th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 13 comentarios »Es una sensación que tengo desde hace un par de años. Que el fandom (el núcleo más activo de los aficionados al fantástico) está llegando al final de una etapa.
De hecho, a veces me pregunto si ese final no habrá llegado hace ya tres o cuatro años y las instituciones, como suele ser norma, aún no han sabido reconocerlo y siguen empeñadas en seguir adelante con un modelo de realidad que ya no existe.
¿De qué hablo?
Hablo de que quizá las HispaCones ya han cumplido su ciclo vital. Y puede que otro tanto le ocurra a la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror).
Tengo la sensación de que ambas siguen existiendo más por inercia que porque haya detrás realmente un impulso vital que las haga seguir adelante.
Y confieso que tengo esa sensación especialmente respecto a la AEFCFT.
De todos los objetivos que en su momento se plantearon, creo que la Asociación ya ha cumplido los que era posible cumplir (aglutinar a su alrededor a una parte de los aficionados españoles al fantástico) y que los otros (la ruptura de las fronteras del “gueto”, la promoción del fantástico patrio en todos los ámbitos posibles) no puede llevarlos a cabo en su actual formulación. Si su gestión se profesionalizase, en lugar de depender de la buena fe y el tiempo libre de un puñado de aficionados voluntariosos, sería otro cantar. Pero hoy por hoy, esa opción no parece muy posible.
Por si eso fuera poco, ahora mismo su existencia me parece redundante para el único objetivo que puede cumplir: en esta era de “comunicación global” (vale, sí, menos global de lo que se piensa y con una comunicación a menudo ahogada por el ruido) hay multitud de alternativas para que los aficionados se unan, se reúnan, charlen, queden para comer, den sus premios, organicen encuentros, preparen mesas redondas, ofrezcan exposiciones de esto, lo otro y lo de más allá… Ya no es necesaria una AEFCFT para hacer eso: y la prueba más palpable es el hecho de que las nuevas generaciones de aficionados se buscan la vida por su cuenta y se organizan a su modo obviando la existencia de esa Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror que, para ellos, tiene poco que ofrecer, por no decir nada.
El mundo ha cambiado. Sigue siendo exactamente igual y al mismo tiempo se ha transformado radicalmente, como pasa siempre.
Y quizá es ya el momento de reconocerlo. De admitir que el ciclo natural de vida de la AEFCFT ya se ha cumplido y que es tiempo de pasar a otras cosas.
No sé cuáles. De hecho, ni siquiera estoy muy seguro de que lo que acabo de decir en los párrafos precedentes sea cierto. Es, como he dicho, una sensación que experimento, una cierta inquietud que noto a veces, cuando pienso en estos temas. Es posible que esté equivocado y que no vea la situación con claridad, ciertamente.
Pese a todo, la sensación sigue ahí.
¿Un sistema obsoleto?
Lunes, Diciembre 10th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 10 comentarios »El sistema de gobierno predominante en Occidente tiene ya un tiempecito a sus espaldas. Me refiero a articular la representación popular a través de los partidos políticos.
Y, visto cómo va la cosa, no puedo por menos de preguntarme si es un sistema que todavía funciona o si le estará llegando el momento de extinguirse. No sé, pero cuanto más pienso en ello más inoperativos veo a los partidos políticos, menos representativos de la voluntad popular y, de hecho, más alejados de la realidad a medida que pasa el tiempo. Como si todos ellos fueran, en cierto modo, herederos de Göebbels y estuvieran intentando construir su propia realidad para hacérsela tragar después al mundo, ya sea por persuasión, por manipulación, por propaganda o, directamente, por imposición.
Pero me estoy saliendo del tema.
Decía que cuanto más pasa el tiempo más dudas tengo de que el sistema de partidos sea un modo realmente eficaz de articular la vida política en un país democrático. Son, en cierto modo, dinosaurios, y se comportan como tales: lentos al cambio, cada vez más endogámicos, encerrados sobre sí mismos y viviendo en una suerte de torre de marfil ideológica que obvia elementos de la realidad cotidiana como los índices abstención en las elecciones, el desencanto cada vez mayor del ciudadano ante la clase política o, directamente, su desconfianza hacia ella.
El problema es que no tengo muy claro con qué los podríamos sustituir. Pero sí que es cierto que tengo bastante claro que debemos sustituirlos por algo. Y rápido, antes de que sea demasiado tarde.
Porque a veces, cuando pienso esas cosas, recuerdo otras. Como el hecho, que muchos prefieren ignorar, de que buena parte de las dictaduras nacen con un gran apoyo popular precisamente porque los representantes legítimos del ciudadano son incapaces de conectar con su propio pueblo; algo de lo que se aprovecha el dictador, evidentemente.
Y estamos viviendo una situación parecida, o eso me parece. No, no da la impresión de que esté asomando ningún posible dictador en el panorama político español, ciertamente. Pero sí que percibo una desconexión cada vez mayor entre electorado y representantes. Tienen que darse otros factores para que un país esté “maduro” para una dictadura, es cierto, pero éste sin duda es buen principio en esa dirección.
Y lo peor, si lo pienso un poco, no es el hecho en sí. No es que políticos y ciudadanos parezcan a veces vivir en realidades distintas, cuando no opuestas. Tampoco lo es que la respuesta de los ciudadanos sea pasar del tema cada vez más. No, lo que verdaderamente me parece chungo y peligroso es que a los políticos esa falta de conexión no parece importarles lo más mínimo.
La ven, eso creo. Sin duda tienen que verla. Pero no parece que les esté precupando gran cosa.
© 2007, Rodolfo Martínez
Más coherencia
Viernes, Diciembre 7th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 10 comentarios »Es curioso.
Hace unos días dejé una entrada comentando una historia que había oído. Ya sabéis, la de la niña que vino a casa contando que una amiga le había dicho que Dios existía pero los Reyes Magos no.
Y lo curioso son las reacciones que recibo, en general, cuando cuento esa historia en el trabajo.
La primera expresión que acude a la mayoría de los rostros cuando digo que la madre ha decidido educar a su hija en el ateísmo es de extrañeza, de desagrado e incluso, directamente, de rechazo.
En realidad, creo que si hubiera dicho que la madre ha decidido educar a su hija en el satanismo la reacción habría sido menos negativa, lo cual no deja de ser chocante.
O sea, sí, si eres creyente tienes derecho a educar a tus hijos en tus creencias; da igual cuáles sean: a todo el mundo le parece normal que un católico eduque a sus hijos en el catolicismo; un judío, en el judaísmo; un budista, en el budismo… lo que sea, en realidad, en tanto se trate de algún tipo de creencia religiosa. Pero si eres ateo, decir que educas a tus hijos en el ateísmo provoca rechazo; a veces incluso indignación. De hecho casi podía ver las palabras escritas en la frente de alguno: “cómo se atreve a hacerle eso a su hijo. Si no cree, es su problema, pero con qué derecho le impone eso al niño”.
Diría que es gracioso, pero no, no lo es. Vamos, a mí no me hace ninguna gracia, al menos.
© 2007, Rodolfo Martínez
Y ahora, unas palabritas de Scrooge
Miércoles, Diciembre 5th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 23 comentarios »Con un título similar (”And now, a word from Scrooge”), Asimov escribió hace unos cuantos años un artículo sobre la Navidad.
Y ahora que la fecha temida vuelve a estar cerca en el calendario (es curioso cómo cada año que pasa, está cerca en el calendario un poco antes; dentro de nada a finales del verano ya estaremos en la pre-Navidad) no puedo evitar recordar ese título y, por supuesto, al personaje de Dickens.
Scrooge no era precisamente ningún dechado de virtudes, reconozcámoslo. Avaro, mezquino, cruel, carente de compasión… Sin embargo, al menos era coherente consigo mismo.
Bueno, lo era hasta que recibe la visita de los tres fantasmas y deja de serlo. Pero eso es otra historia y ya la contó Dickens una vez y Hollywood unas cuantas más.
En cualquier caso, si uno es un cabrón todo el año, lo menos que puedo pedirle es que lo siga siendo en Navidad. Que no se va redimir ante mí porque de pronto derroche buena voluntad, buen rollo (y hasta buen talante) durante un par de semanas. No, lo siento, esa actitud tan típicamente latina (que los italianos han elevado casi a la categoría de arte) de rasgarte las vestiduras y gritar al mundo entero que eres un puerco y un pecador para luego poder seguir pecando impunentemente, no me va. Supongo que en lo moral es el equivalente de las orgías romanas: comes hasta reventar, vomitas y estás listo para seguir comiendo hasta reventar.
Como que no. Lo siento, pero no.
Como decía, Scrooge era coherente consigo mismo. Un pequeño detalle entre tantos defectos, pero una virtud importante. Si durante 364 días no veía ningún motivo para ser una buena persona, ¿por qué tenía verlo precisamente el día de Navidad?
Y creo que, en el fondo, eso es lo que me molesta de la Navidad. No el consumismo desenfrenado, ni la cada vez más hortera decoración de calles, balcones y ventanas; ni siquiera los molestos villancicos emitidos en la vía pública. O sea, todo eso jode, pero lo sobrellevas.
No, lo que de verdad me toca las narices es la falta de coherencia. De pronto, porque conmemoramos que ha nacido Cristo, Mitra o el solsticio de invierno ya está aquí o lo que sea, hay que ser buenos, hay que ser felices, hay que perdonar y reconciliarse con el prójimo.
Pues no, no me da la gana. Porque es incoherente. Porque es hipócrita. Y porque, en el fondo, es pura cosmética.
¿Disfruto de las navidades? Disfruto de no tener que ir a trabajar ni en Navidad ni en Año Nuevo. El resto, es una época del año como otra cualquiera. Con sus inconvenientes, como que las calles estén a rebosar, por ejemplo. Pero que, bueno, vas sobrellevando.
Pero nada más.
No tiene ningún significado especial.
Y qué demonios, no debería tenerlo. O, para ser más exactos, no veo por qué debería tenerlo. No soy cristiano, así que no me afecta que se conmemore el nacimiento de Dios encarnado. Tampoco profeso ninguna otra religión, así que el que haya nacido Mitra, Osiris o Chandranpulandan por esas fechas me deja indiferente. Y como, por otro lado, las costumbres y rituales de una sociedad agrícola no me conmueven lo más mínimo, que se celebre el solsticio de invierno me importa más bien poco. Vamos, que no tiene ningún significado especial para mí.
Acepto, por supuesto que pueda tenerlo para otros. Pero dado que yo no hago exhibición pública de los días que sí tienen un significado para mí ni pretendo convertirlos en un acontecimiento social, agradecería que los demás hicieran lo mismo y dejaran de invadir mi levensraum (o como se escriba) emocional con sus impúdicas y molestas muestras de sentimiento navideño.
No espero que lo hagan, claro.
En fin, volviendo al título del post, y como habría dicho el bueno de Scrooge: “Paparruchas”.
© 2007, Rodolfo Martínez
Territorio incierto: Christopher Tolkien, bajo una sombra alargada
Lunes, Diciembre 3rd, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 4 comentarios »Las cosas cambian, sin duda.
Digo esto porque, durante mucho tiempo, mi opinión sobre Christopher Tolkien era bastante negativa, por decirlo de un modo diplomático. Lo consideraba un aprovechado; un individuo que, a la sombra de su padre, expurgaba una y otra vez sus pertenencias intelectuales para sacarse un buen dinero. Su proceder me parecía difícilmente justificable desde un punto de vista moral y, en general, tendía a encontrar sus actos más bien repulsivos éticamente.
Como decía, las cosas cambian.
Sigo creyendo que lo que hace no es del todo correcto. Siempre he pensado que si un autor decide no publicar algo, ese deseo debe ser respetado tras su muerte. Su obra pública deja de pertenecerle, es cierto, y pasa a convertirse en patrimonio de todos (y si al autor le fastidia que la reediten ciertas cosas porque las considera un pecadillo de juventud, peor para él, habérselo pensado mejor antes de publicarlas por primera vez), pero aquello que él ha decidido no hacer público, sigue perteneciendo al ámbito de lo estrictamente privado y personal y, por tanto, nadie tiene derecho a ir contra sus deseos y sacarlo a la luz. Ni antes ni después de muerto.
Me diréis que entonces se habrían perdido muchas obras de valor. Que si hubiéramos respetado los deseos de los autores entonces buena parte de la obra de Kafka no habría visto nunca la luz, por ejemplo. Y eso habría supuesto una pérdida para todos.
Es cierto, pero me temo que estamos ante una paradoja que, para mí, es irresoluble. Por un lado, y por seguir con el ejemplo, todos salimos ganando con la publicación de la obra de Kafka, somos más ricos gracias a ella. Por el otro, sigo pensando que el autor es el único propietario de su obra mientras no decida hacerla pública y que, por tanto, nadie tiene derecho a imponerse sobre sus deseos.
No hay manera de resolver el asunto, salvo quizá aplicando la máxima de que el bien común y mayor debe imponerse sobre el perjuicio a individuos concretos. Quizá sea la única solución válida, pero sigue sin gustarme. Por no mencionar que en nombre del “bien común” se han hecho, se hacen y me temo que se harán barbaridades difícilmente justificables. Como decían los robots de Asimov cuando discutían las leyes de la robótica, y perdón por la digresión, es fácil decidir qué le hace daño o no a un ser humano concreto, pero ¿cómo defines lo que le hace daño a la humanidad como conjunto?
En cualquier caso, y volviendo al tema que nos ocupa, sigo creyendo que Christopher Tolkien no hace lo correcto al publicar la obra inédita de su padre. La excepción sería quizá El Silmarillion, que sin duda Tolkien deseaba ver publicado, aunque tengo mis dudas de que quisiera verlo publicado tal y como finalmente acabó siéndolo.
Pero hace tiempo que dejé de considerar que las motivaciones que había tras los actos de Christopher Tolkien fueran las que siempre había creído. Su comportamiento puede parecerme equivocado, pero no los motivos que hay tras él.
Al fin y al cabo, seamos sinceros, el hombre no necesita tomarse todo el trabajo que se está tomando para sacarse un dinerillo. Como albacea de su padre, tiene sus obras publicadas (por no mencionar los derechos de adaptación a otros medios, la posibilidad de franquiciar merchandising y muchas otras cosas) para vivir una existencia más que holgada, él y todos los suyos.
Y por otro lado, no nos engañemos, salvo contadas excepciones, todos esos libros que Christopher Tolkien ha ido editando tras la muerte de su padre no han sido precisamente los grandes éxitos de ventas que algunos se imaginan. Lo cual no es sorprendente, teniendo en cuenta que su contenido parece más apropiado para despertar el interés del filólogo o del investigador académico que del aficionado de a pie a la literatura fantástica.
Porque se está tomando un trabajo enorme ordenando, revisando, comparando versiones, descifrando a menudo palabras medio borradas por el tiempo, intentando componer una versión coherente, anotando aquí y allá, y molestándose en ofrecer al público lo que es poco menos que un mapa completo del proceso creador de su padre, desde sus inicios hasta casi el día de su muerte. Es un trabajo que dudo mucho que compense los beneficios que ha obtenido con esos libros. Es, de hecho, una tarea que estoy casi seguro de que le absorbe una más que considerable parte de su tiempo. En cierto modo, Christopher Tolkien vive a la sombra de su padre, entregado a investigar, analizar y recuperar su obra.
Tras esto, al menos eso creo, no hay un afán de notoriedad ni una avaricia desmedida ni un deseo mezquino de vivir de las obras de otro. Pienso que hay, fundamentalmente, amor y responsabilidad. Pienso que Christopher Tolkien se siente responsable del legado de su padre y hace lo que hace por los motivos correctos, por más que el hecho en sí, tal como dije antes, no termine de parecérmelo.
Por otra parte, sería un hipócrita si no reconociese que, por mucho que en un plano ideal deplore cualquier publicación póstuma que no haya sido autorizada de forma explícita por el autor, en el mundo real me he beneficiado del trabajo de Christopher Tolkien.
Como admirador del creador de El señor de los Anillos y como escritor, confieso que he disfrutado de los Cuentos inconclusos y de El libro de los cuentos perdidos y de La historia de El señor de los Anillos. Poder asomarme de esa manera a la mente de Tolkien, asistir al proceso creador sin ahorrarme ni una de sus etapas, ver cómo su obra fue creciendo y transformándose en el tiempo no sólo me ha resultado fascinante, sino que ha acabado siendo útil para comprender cómo funciona todo eso con mi propio trabajo.
Y sí, también he disfrutado con la reciente publicación de Los hijos de Hurin y no puedo por menos que aplaudir el trabajo enorme que Christopher Tolkien se ha tomado para reconstruir la historia de Turin Turambar y ponerla a nuestra disposición. Ha sido un trabajo de varios años, estoy seguro, revisando manuscritos, descifrándolos, tratando de reconciliar una versión con otra hasta conseguir un texto coherente y lo más fiel posible a las intenciones del autor.
Así que volvemos de nuevo al principio. Considero que lo que el autor decide que quede inédito, debe quedar así para siempre. Y al mismo tiempo, me alegro de que no haya sido así en el caso de Tolkien y que una persona tan concienzuda y entregada como su hijo se haya tomado el enorme trabajo necesario para que todo eso llegue hasta nosotros.
Y es que, como dije antes, la paradoja es irresoluble.
Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis, crítica en la red)
© 2007, Rodolfo Martínez
