Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Noviembre 30th, 2007

24

Viernes, Noviembre 30th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 7 comentarios »

Estoy enganchado a las peripecias de Jack Bauer, lo confieso. Desde que vi la primera temporada, hará cosa de año y medio, me he convertido en un adicto a 24 y cada vez que termina una temporada, me quedo con ganas de más.

No suelo verla cuando la emiten: no tengo paciencia para esperar agónicamente semana a semana cada episodio. Así que normalmente aguardo a que haya terminado para ver completo en el menor tiempo posible (si todo va bien, en un fin de semana) qué es lo que ha hecho esta vez el amigo Jack en sólo veinticuatro horas.

La serie cada vez se vuelve más inverosímil, sin duda, más llena de pirotecnia y golpes de efecto. Supongo que es normal: al fin y al cabo, estamos ante un evidente “más difícil todavía” y cada temporada tiene que superar en emoción, intriga e intensidad a la anterior. Llegará un momento, supongo, en que la cosa se vuelva imposible. Pero espero que el momento tarde en llegar.

Y sí, como decía, la serie se va volviendo más inverosímil y más descabellada a medida que avanza el tiempo. Pero eso no sólo no me importa, sino que es un aliciente más. “A ver por dónde nos salen ahora” es una frase habitual mientras vemos 24.

Pero no es la única, al menos por mi parte. Porque confieso que la serie se está convirtiendo en una forma perfecta de descargar estrés. De hecho, es como si las peripecias de Jack Bauer mientras salva los Estados Unidos (o sea, el mundo) despertaran lo peor que hay en mí y no sólo me descubro a mí mismo animando al bueno de Jack en situaciones difíciles (”¡Matalos!” “¡Reviéntales la cabeza, Jack!” salen de mi boca con sorprendente facilidad) o lanzando expresiones admirativas ante sus proezas (”¡Qué gallu ye el chaval!” suele ser frecuente) sino que de pronto empiezo a lanzar peroratas en las que mi parte más violenta, clasista, racista y machista sale a pasearse con auténtico entusiasmo.

No sé qué es lo que tiene la serie, pero desde luego me libera de un montón de basura y tiene un efecto totalmente catártico para mí. Cuando termina la temporada me siento tranquilo, a gusto, relajado. Mucho mejor que si me hubiera tirado un fin de semana en uno de esos Spas de lujo (eso que en mis tiempos, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra y perseguían humanos con intenciones más bien lujuriosas hacia Raquel Welch -¿y quién no?- llamábamos “balneario”, pero bueno).

La serie no me gusta por eso, por supuesto. Me gusta por su ritmo endemoniado, por lo inverosímil de muchas de sus situaciones, por la propuesta de ciencia ficción (de política ficción, concretamente) que plantea y donde traza un interesante presente alternativo y un curioso futuro cercano del mundo, por los distintos personajes (sobre todo Jack, claro, pero también Chloe y muchos otros), por el aire de culebrón que a menudo adopta (culebrón de intriga política y culebrón de espionaje y culebrón de acción, pero culebrón al fin y al cabo, con todos los clichés que tiene el culebrón), por la idea de condensar todos los acontecimientos que uno vería normalmente a lo largo de un año en un solo día… por muchas cosas, en realidad.

Digamos que dejar desatada mi parte más bestia y más políticamente incorrecta es sólo un extra, un feliz añadido con el que no contaba.

Pero cómo mola.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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