El agradecimiento de una dama

Como ya he explicado en otra parte, este cuento surgió a raíz de una petición de Paco Ignacio Taibo II para la Semana Negra de 2004. Se publicó en Compa(ñ)ero Leonardo, que se distribuyó gratuitamente entre los asistentes al festival gijonés y, posteriormente, fue reeditado en Laberinto de espejos, mi segunda recopilación de relatos. Obvio es decirlo, el cuento no tiene la menor pretensión de resultar verosímil históricamente.

Para Javi, el auténtico padre de la idea

Debería haber sido un encargo, uno más, ni más difícil ni más fácil que otros muchos, pero había algo en aquella mujer, algo desconcertante y profundamente misterioso. Posaba para él con una tranquilidad casi sobrenatural, con una inmovilidad que resultaba inquietante. A veces le parecía ver brillar algo en sus ojos, y el inicio de lo que podría haber sido una sonrisa estaba a punto de asomar a sus labios. Sin embargo, como si de pronto fuera consciente de que se estaba traicionando, el brillo se apagaba y el gesto moría en su boca antes de haber tenido tiempo de formarse. Al principio pensó que había sido una ilusión, un engaño de la luz, una de esas quimeras que a veces vemos por el rabillo del ojo y desaparecen en cuanto enfocamos la vista. Pero no, con el correr de los días aquel fantasma de un gesto se fue repitiendo. Y cada sonrisa que no llegaba a formarse, cada mirada que no se concretaba le iban robando su tranquilidad poco a poco, como si ella fuera una de aquellas horribles criaturas de los Cárpatos y él una víctima indefensa.

Su marido, por otro lado, era un patán, sin la menor duda. Un patán gordo, adinerado y locuaz hasta la exasperación. Podía soportar todo eso, al fin y al cabo, llevaba haciéndolo mucho tiempo y siempre se las había apañado para que las mezquindades y manías de sus empleadores no le afectaran. Pero aquel cretino unía a su escandalosa falta de maneras un interés desmedido por sus diseños. Sus interminables peticiones («Explicadme mejor esto, maese Leonardo», «¿En qué consiste esto otro?», «¿Cuál es la utilidad de este aparato?», «¿Creéis que si le añadimos esto funcionará mejor?») le impedían concentrarse en el trabajo y la cualidad chillona de su voz había estado a punto de hacerle perder los estribos más de una vez, a él que jamás había perdido la calma.

—Señor, sois un magnífico espécimen de patán —era la respuesta que estaba siempre al borde mismo de sus labios—. Y os agradecería que me dejarais solo para que pudiera terminar el trabajo por el que me pagáis. Luego, si os parece bien, os diseccionaré por el bien de la ciencia. Y el mío.

Pero, claro, no podía decirle eso. Al fin y al cabo, uno no muerde la mano que lo alimenta, e irritante o no, aquel maldito estúpido era lo bastante influyente para hundirle; así que no le quedaba más remedio que sonreír, respirar hondo y tratar de parecer halagado ante el interés que mostraba por sus bocetos y el entusiasmo que asomaba a sus ojillos ante cada nuevo juguete imposible.

El tiempo iba transcurriendo y, mal que bien, el retrato iba cobrando forma y ya faltaba poco para que estuviera listo: aguantaría un poco más, cobraría sus dineros (nunca ganados con tanto esfuerzo, pensaba), se iría de allí, y trataría de olvidar su estancia en aquel antro de ostentación, mal gusto y decoración recargada.

En realidad, debería haber terminado ya el trabajo. Y lo habría hecho de no haber sido por aquella cosa indefinible que percibía en el rostro de la mujer: aquel gesto que no era una sonrisa pero quizá podría llegar a serlo, aquel brillo en sus ojos, más presentido que visto, que no sabía si era diversión, impaciencia o anticipación. Por más que le doliera tenía que confesar que aquella criatura silenciosa e impasible lo tenía fascinado, y que la imposibilidad de llevar al lienzo lo que veía (no, lo que estaba punto de ver pero nunca conseguía captar del todo) en su rostro lo estaba llevando poco a poco al borde del colapso nervioso. En toda su vida no había encontrado nada que no pudiera trasladar a su obra, de un modo u otro se las había arreglado siempre para que lo que llegaba a sus ojos pasara a través de su mano al papel o al lienzo. Quizá no siempre de un modo directo: a menudo había tenido que mentir para dar con la verdad, que seguir caminos oblicuos para encontrar la línea recta, que crear un laberinto para hacer visible lo evidente, pero lo había conseguido. Siempre.

Pero no ahora.

Así que los días seguían pasando. Cualquiera que hubiera contemplado su trabajo habría pensado que estaba prácticamente terminado y que se estaba demorando en los últimos detalles por puro perfeccionismo. Sin embargo, no era así. El retrato no sólo no estaba acabado, sino que, tal como él lo veía, ni siquiera había empezado la parte difícil. Por supuesto, minucias tales como el fondo, la iluminación, el contorno del cuerpo, la perspectiva, el adecuado reflejo de la luz sobre sus ropajes o el tono correcto de su piel estaban más que ultimados. Dar una pincelada más sobre aquello, lo sabía bien, no era más que vanidad.

Pero el rostro… El rostro que había en su retrato era el de una mujer inexpresiva y sin vida, un autómata al que se le había agotado el resorte, un títere abandonado a su suerte por el titiritero. Sabía que nadie más lo notaría, que todos murmurarían su aprobación, como siempre, ante el trabajo del maestro. Pero los demás no importaban, su opinión era irrelevante. La única opinión que contaba era la suya, la única mirada que debía sentirse satisfecha era la propia.

Y no lo estaba.

Y empezaba a pensar que no lo estaría nunca. El gesto que intentaba captar continuaba eludiéndolo y a medida que pasaban los días estaba más convencido de que ella lo hacía a propósito, que estaba jugando con él como un gato con un ratón: siempre a punto de terminar el juego y convertir la promesa de la sonrisa en un gesto explícito, y siempre negándoselo en el último momento.

—Parecéis intranquilo, maese Leonardo —le había dicho el marido la tarde anterior.

¿Intranquilo? Ciertamente tenía que estarlo, si aquel patán grasiento había sido capaz de notarlo. Por unos instantes había estado a punto de contarle lo que le pasaba, de pedirle ayuda para resolver el enigma que había en el rostro de su esposa. Pero antes de que pudiera decidirse, el hombre se había encogido de hombros y se había embarcado de nuevo en su interminable petición de explicaciones sobre sus diseños.

Sus diseños. ¿Por qué le importaban tanto aquellas cosas que había garabateado en tiempos muertos, en los momentos en que había dejado volar su imaginación? ¿Qué tenían de interesante aquellos bocetos de juguetes a medio acabar? No eran más que pasatiempos, juegos, quimeras de su mente que carecían por completo de importancia. Más de una vez había considerado la posibilidad de destruirlos, pero siempre se había echado atrás en el último momento: al fin y al cabo, por descabellados que resultaran, por más que carecieran del menor propósito práctico, no dejaban de ser divertidos.

Bah, un patán, volvió a pensar. Un patán sin modales que se entretenía en juegos infantiles. Eso era todo.

Así que siguió trabajando, tratando de concentrarse en aquella mujer inescrutable que todos los días, con una puntualidad innatural, se acercaba a su estudio y posaba inmóvil durante dos horas.

Apenas hablaban entre ellos. Ella lo saludaba al entrar, se despedía de él al salir y respondía a sus intentos de conversación con frases cortas y amables que carecían de significado. En todo aquel tiempo nunca había pedido ver el retrato, y él no sabía si debía sentirse ofendido o halagado ante aquella impasible falta de interés.

Pero ya no podía prolongar aquello durante mucho más tiempo. Bien o mal, debía rematar el cuadro. Aceptaría los parabienes de un público que nunca aprendería a mirar del modo adecuado, pero en su interior lo consideraría uno de sus pocos fracasos, y trataría de no pensar en él demasiado a menudo, aunque sabía que en eso también iba a fracasar, que el pensamiento de no haber podido rematar aquel retrato lo atormentaría todos los días de su vida.

Aquella mañana, la que había decidido que sería la última, había algo extraño en el aire, un olor sutil y enervante, como si a lo lejos se estuviera fraguando una tormenta. Pese a que su mente continuaba atribulada, su cuerpo parecía empeñado en llevarle la contraria y notó que aquel día se movía con más vivacidad de la habitual. Comprendió que no era el único cuando la mujer entró en su estudio con un paso sorprendentemente animado. Se dio cuenta de que el gesto que no conseguía captar estaba mucho más cerca de hacerse presente que otras veces, casi al borde mismo de sus labios, como un fantasma que está a punto de cobrar consistencia. ¿Quizá presentía que él había decidido darse por vencido y estaba jugando con él por última vez, fingiendo que, ahora sí, lo que buscaba estaba al alcance de su mano, dejándole ver casi con claridad lo que quería para frustrarlo una última vez?

No importa, se dijo. Es igual. Se había decidido y, de un modo u otro, hoy terminaría el retrato.

El tiempo fue pasando. Con pinceladas sutiles, tranquilas, fue rematando su obra, tratando de no pensar en la profunda insatisfacción que recorría su cuerpo cada vez que miraba a su modelo.

Algo le distrajo, de repente. Un grito de triunfo procedente del exterior del estudio. Se encogió de hombros. Dios sabría lo que su marido estaría haciendo en aquellos momentos, en qué clase de trivialidad se habría embarcado aquella mañana.

De pronto, el grito de triunfo se convirtió en uno de terror y pudo ver que una forma confusa y aleteante pasaba fugazmente por la ventana que había a las espaldas de la mujer. El grito dio paso a un alarido que se perdió en la lejanía y que terminó de forma abrupta en un golpe sordo y distante.

No pudo evitar asomarse a la ventana. Abajo, en el valle, había una masa informe y despedazada. Miró hacia arriba: un confuso tropel de criados se asomaba al borde del pequeño torreón, sus rostros convertidos en un amasijo de desamparo y temor.

—¿Ocurre algo? —preguntó la mujer, a sus espaldas, en el mismo tono que podía haberle preguntado qué tiempo hacía o cuánto faltaba para el anochecer.

Abandonó la ventana y miró unos instantes a la mujer. Contempló su perfil impasible y apenas pudo evitar un estremecimiento. La loca idea que acababa de entrar en su cabeza era un absurdo, un imposible, y la apartó de ella mientras volvía junto al retrato y le explicaba a la mujer lo que había visto.

—Comprendo —dijo ella por toda respuesta.

Por un instante estuvo a punto de dejarlo pasar. Pero no pudo evitar la pregunta, que salió de sus labios casi contra su voluntad:

—¿Sabéis de qué se trataba?

—Sin duda era mi marido probando uno de vuestros inventos.

El horror debería haberse cebado en él, pero entonces la vio, clara y precisa por primera vez en su rostro, aquella sonrisa paciente y triunfal, aquel brillo en sus ojos que, por primera vez, fue algo más que una ilusión o una promesa. Cualquier otro pensamiento se fue de su cabeza, y olvidó al hombre gordo y chillón que se acababa de convertir en puré de patán allá abajo. Sólo podía pensar en aquel rostro que ahora, por fin, se mostraba ante él como había querido imaginarlo todo aquel tiempo y no había podido: la sonrisa impasible, indescifrable, el brillo en los ojos que hablaba de planes trazados durante semanas, quizá durante meses, la satisfacción (pero lejana, distante, controlada en todo momento) por el triunfo alcanzado.

Contuvo el aliento, temeroso de romper el hechizo y lenta, cuidadosamente, tomó sus pinceles y empezó a trasladar al lienzo que tenía ante él lo que (ahora sí) había visto. Se sorprendió de lo fácil que le estaba resultando, como si algo desconocido guiara su mano, y no necesitó mirar a su retratada ni una sola vez durante todo el proceso: sabía que la sonrisa seguía allí, frente a él, y no le hacía falta alzar la vista para comprobarlo.

Luego, mientras recogía sus materiales vio, con asombro, cómo ella se le acercaba.

—¿Habéis terminado? —le preguntó.

Él asintió. Sí, por fin había terminado.

La mujer miró el cuadro largo rato, sin decir una palabra. Luego, dio media vuelta y abandonó el estudio. Se detuvo en el umbral, se volvió, le miró unos segundos (y allí estaba otra vez la sonrisa, tan evidente ahora que casi resultaba desafiante) y dijo, justo antes de desaparecer más allá de la puerta:

—Gracias, maese Leonardo.

—¿Por qué? —preguntó él.

Creyó que no le había oído, o que de hacerlo, había decidido no responder. Sin embargo, al cabo de un rato la vio asomar de nuevo a la puerta del estudio y la oyó decir:

—Por todo, maese Leonardo, por todo.

© 2004, 2007, Rodolfo Martínez

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