Buenismo, clichés y procreación
Viernes, Noviembre 23rd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 7 comentarios »Es uno de los lugares comunes más habituales. Bueno, en realidad son dos lugares comunes, pero al final, si lo piensas un poco, te das cuenta de que en el fondo vienen a ser lo mismo.
- Las culturas humanas primitivas eran respetuosas con su entorno, no como nosotros.
- Los animales, al contrario que nosotros, desarrollan instintivamente un equilibrio con su entorno y no lo destrozan.
La verdad es que estas dos cosas, formuladas de un modo u otro, llevo oyéndolas o leyéndolas toda mi vida. Y estoy un poco harto de la tontería que implican. No sólo porque sean falsas (basta pensar un poco para ver que no son ni han sido nunca ciertas) sino por el nivel de buenismo y desconocimiento de uno mismo y de su propia especie que implican. Las culturas humanas primitivas eran tan poco respetuosas con su entorno como lo somos nosotros. Simplemente, eran menos y tenían menos capacidad tecnológica. Por tanto, su posibilidad de causar daño era mucho menor. Pese a todo, fueron culturas humanas bastante menos desarrolladas que la nuestra las que deforestaron el ática griega o convirtieron Asia Menor en un desierto.
Los animales (y las plantas, ya que vamos a eso) no sólo no desarrollan equilibrio alguno con su entorno sino que, probablemente, ni saben qué es eso ni, de saberlo, les importaría. Los seres vivos hacen lo que siempre han hecho todos los seres vivos: comer hasta hartarse e intentar reproducirse cuanto puedan. Y, si no fuera porque tienen predadores que controlan su población, se convertirían en una plaga que esquilmaría el planeta en poco tiempo. A su vez, hay superpredadores que controlan la población de predadores y así hasta llegar… supongo que nosotros, donde somos nuestros propios superpredadores.
Somos una plaga, eso es evidente. No sólo nosotros, los seres humanos, sino cualquier forma de vida. Al menos, las que conocemos en este planeta. Nuestro comportamiento no es muy distinto (qué coño, es idéntico) del de una colonia de bacterias: crecer lo máximo posible, expandirse hasta ocupar todo cuanto esté a la vista. Tomados individualmente, los humanos podemos ser racionales (aunque eso sería discutible con muy poco esfuerzo, pero bueno) pero está claro que como especie, no hay nada racional en nosotros. Compartimos exactamente los mismos patrones de crecimiento que cualquier otro ser vivo: consumir los recursos suficientes para procrear sin descanso y extenderse a cuanto alcanza la vista.
Ése es el motivo por el que, me temo, los llamamientos a que cuidemos de nuestro entorno, reciclemos, procuremos no contaminar, están llamados al fracaso. Por más que nos guste pensar en nosotros como en la obra suprema de la naturaleza (what a piece of work is man, decía Shakespeare, sólo que los que lo citan normalmente se olvidan de que esas palabras tenían detrás una carga irónica bastante fuerte) no somos distintos de cualquier otro organismo vivo cuya población no está bajo el control de un predador: una plaga, básicamente. Podemos racionalizar, argumentar y justificar cuanto queramos. Al final todo se reduce al impulso irresistible de procear, de reproducirse y dejar por ahí tantas copias de tus genes como puedas. Un impulso que podemos torcer, desviar, reprimir, canalizar… pero que nunca podemos eliminar. Y que, de hecho, aunque no nos demos cuenta, está detrás de todas y cada una de las decisiones que tomamos en nuestras vidas.
¿Por qué escribes? ¿Por qué pintas? ¿Por qué trabajas? ¿Por qué te afanas en tener una vida mejor, un coche mejor, un piso mejor? ¿Por qué buscas el poder? ¿Por qué tratas de influir en los demás? ¿Por qué intentas ser famoso?
Al final, desnudado de todo lo accesorio, la respuesta es siempre la misma: para follar. Todo cuanto hacemos está, en última instancia, motivado por ese impulso, el principal, quizá el único que nos mueve en el fondo.
Por eso somos una plaga. Porque estamos vivos y tenemos la imperiosa necesidad de reproducirnos (aunque esa necesidad sea reconvertida a cosas aparentemente contradictorias con ella como el ascetismo o la castidad, sí, incluso entonces) y nada puede interponerse en el camino de ese impulso. Lógico: si no fuera el impulso primario, hace tiempo que nos habríamos extinguido, posiblemente.
El problema básico es que la naturaleza (o sea, el azar, se pongan como se pongan los que creen en un ser supremo) no nos diseñó para autocontrolarnos. Y tengo mis dudas de que seamos capaces de re-diseñarnos a nosotros mismos en ese sentido. O, aunque podamos, si lo haremos a tiempo.
Tampoco es para preocuparse. Si no conseguimos por nosotros mismos un equilibrio, éste se logrará por sí mismo, tarde o temprano. Aunque ese equilibrio sea el de la extinción.
Vale, sí, ni a mí ni, seguramente, a ninguno de los que me leen le apetece extinguirse. Pero eso es otra cosa que (como el arte y todas las invenciones humanas) resultan totalmente irrelevantes fuera de nuestro ámbito.
© 2007, Rodolfo Martínez
