Los telediarios y el mundo del espectáculo

El otro día leí en Casino y furcias el comentario de una noticia que me dio que pensar. La banda británica Radiohead decide distribuir su último trabajo por internet, y deja que cada persona que quiera bajárselo decida qué le parece justo pagar por él. Los datos que tengo sobre el asunto no incluyen cifras absolutas, sólo porcentajes: el 62% de los que se bajan el disco decide no pagar nade. El 38% restante, obviamente, paga.

Hay dos modos de dar esa noticia. Bueno, hay muchos, seguramente. Pero centrémonos en esos dos:

  1. Casi un 40% de la peña que se ha bajado el disco ha decidido pagar por algo que podía conseguir gratis legalmente. Eso no sólo es mogollón, sino que demuestra que ese tipo de negocios es viable y que los intermediarios en el mundillo de la música tienen los días contados y más vale que se vayan poniendo las barbas a remojar. No sabemos cuánto se han embolsado los de Radiohead, pero teniendo en cuenta que los únicos gastos eran pagar por el hosting de la web de donde te podías bajar el disco, seguro que han sido mucho más que si hubieran vendido lo mismo por métodos tradicionales.
  2. Más de un 60% de la peña ha decidido no pagar. Es un fracaso. El modelo de negocio no funciona. Qué horror.

La cadena SER ha optado por dar el segundo enfoque. Qué sorpresa. Alguien intentando, una vez más, hacerle el juego a la SGAE (o a las discográficas, o a los dos, porque a estas alturas uno tiene la impresión de que son la misma cosa) y defender un modelo de negocio que cada vez se ve más obsoleto.

Cada vez que veo una cosa de estas no puedo evitar acordarme de un viejo chiste (creo que lo leí en un libro de Asimov, pero no estoy seguro):

Estamos en plena Guerra Fría. Un encuentro de atletismo. La maratón es tan dura que los corredores van cayendo por el camino. Al final, sólo quedan el ruso y el americano. El americano llega el primero a la meta seguido del ruso. El titual de Pravda al día siguiente: “Mientras que el atleta imperialista quedó en penúltimo lugar, nuestro esforzado camarada logró un honroso segundo puesto”.

Y es que, es tan fácil mentir diciendo estrictamente la verdad…

Lo que me lleva a un capítulo de Boston Legal. El alumno de un prestigioso instituto denuncia a su director porque éste censura la noticias de una cadena de televisión, cuyo sesgo es claramente conservador y furibundamente pro-gobierno; en ningún momento se la menciona por el nombre, pero está claro que se habla de la cadena de noticias de la Fox. James Spader, que representa al alumno que ha hecho la denuncia, suelta uno de los discursos más lúcidos sobre las noticias que he oído en mucho tiempo: “No son noticias”, dice, “no son un servicio público. Son parte del mundo del espectáculo, como las series de televisión o el cine. Simplemente, esta cadena ha visto que había un sector del público desatendido, el más conservador, y han decidido que allí estaba su negocio, su nicho ecológico. Así que han creado una cadena de noticias destinada a ese sector de la población, igual que otra cadena puede crear una comedia de situación destinada a los adolescentes, o las amas de casa, o los afroamericanos”.

Es un discurso tremendamente cínico (y además, se nota que atenta contra todo lo que el personaje de Spader cree) pero me temo que es cierto. Hace tiempo que las noticias son un elemento más del showbiz televisivo y se orientan a captar un cierto sector de la audiencia. Decir la verdad es irrelevante, lo que importa es dar la noticia de forma que tu audiencia siga viéndote.

Eso explica, por cierto, y como inciso final, la contradicción tan enorme que hay entre las series televisivas de la Fox (enormemente transgresoras en lo ideológico) y su cadena de noticias, un poco a la derecha de Genghis Khan.

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