El trigo y los adminículos reproductores

“¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad?”, solemos decir. O, como afirmaba mi padre más gráficamente: “¿Qué tendrán que ver los cojones para comer trigo?”.

Indro Montanelli, en su libro sobre los griegos, habla de los poemas de Safo y afirma que son la muestra perfecta de que “para escribir buena poesía no son necesarios buenos sentimientos”. Por supuesto, no comparto lo que Montanelli entiende por “buenos sentimientos” (categoría en la que, para él, no entra el amor lésbico, evidentemente) pero sí la apreciación que hay tras la frase: el arte es una cosa y la moral otra bien distinta, y juzgar uno por los baremos de la otra es un error.

Hace unos años me prometí a mí mismo que no volvería a ver una película de Mel Gibson: había leído una entrevista con él donde el tipo se desvelaba como bastante reaccionario, un tanto homófobo y, en general, más bien palurdo. Es una promesa que rompí con el tiempo y que me alegro de haber roto, o habría perdido excelentes películas como Braveheart o Apocalypto, por citar sólo dos. La moral y la ideología de Gibson quizá me resulten repugnantes, pero no sus películas.

El problema, supongo, es que la mente humana no trabaja en compartimentos estancos y a veces resulta difícil separar las cosas. Es posible en algunos casos. En los poemas de Safo, por ejemplo, es fácil descontextualizarlos y tomarlos como simples poemas de amor para que, si el amor homosexual nos resulta moralmente desagradable, podamos disfrutar de ellos. En el que comentaba antes de Gibson es incluso más sencillo: no hay más que obviar a la persona que hay tras la película y limitarse a disfrutar de ella.

Hay casos incluso paradójicos donde una obra se escribe con una intención muy clara y el tiempo, por sí solo, termina redefiniendo esa intención. Tomemos, por ejemplo “Poderoso caballero es don dinero” de Quevedo. La intención original del poema, contextualizado en su tiempo y en la personalidad de su autor, es de un reaccionario que tira para atás: Quevedo se queja ahí de que el dinero esté reemplanzando a la alcurnia y la nobleza de sangre como mérito para ascender en la escala social. Es decir, “Poderoso caballero es don dinero” es un canto al inmovilismo social y a los valores de la aristrocracia de nacimiento.

Sin embargo, basta con leerlo como si hubiera sido escrito hoy para darle otro sentido, totalmente opuesto, e interpretarlo como un canto progresista -casi en plan “canción protesta” setentera, como si dijéramos- a los verdaderos valores del ser humano frente a la riqueza y el poder. De hecho, Paco Ibáñez lo cantó hace unos cuantos años dándole claramente ese sentido y no tuvo que cambiar ni una coma del poema.

¿Qué pasa cuando la intención moral o idelógica del autor no es tan fácil de separar del resultado artístico? Ahí empieza el verdadero problema, supongo. Tomemos, por ejemplo, una hipotética novela donde se ensalza la figura de Hitler y se nos vende a los judios como auténticos culpables de lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial, o incluso se llega a sostener la tesis de que el Holocausto no fue más que “defensa propia” contra una terrible amenaza.

¿Importaría que esa novela estuviera bien escrita, bien construida, con una trama sólida y bien estructurada y unos personajes creíbles y humanos? Seguramente no. La mayoría de nosotros seríamos incapaces de traspasar la barrera que las ideas de la novela representan y es muy probable que no pudiéramos ni terminar el libro. Quizá un lector de dentro de tres o cuatro siglos, para el que todos esos acontecimientos son historia antigua, pudiera acercarse al libro de un modo más “frío”, pero para nosotros es imposible, o casi.

¿Adónde nos lleva eso? Pues supongo que a un montón de sitios. Quizá, entre otros, a que el tocino y la velocidad están más relacionados de lo que creemos y que, por más que ciertas disciplinas adopten aires y maneras de “estudio objetivo”, es imposible separar del todo unas cosas de otras.

O incluso a la pregunta de si deberíamos hacerlo, si separarlas será algo bueno. ¿Importan realmente los valores artísticos de algo si los contenidos morales o ideológicos atentan contra todo lo que juzgamos bueno y correcto? O al revés.

Y, sobre todo, a la larga, ¿qué es lo que queda? Una vez pasado el tiempo, ¿cuál es el contenido que realmente permanece y queda en la memoria del público, el estético o el moral?

© 2007, Rodolfo Martínez

7 comentarios

  1. Permance el contenido estético. Por eso hay libros cuyo contenido moral deja mucho que desear, porque el contenido estético y es nulo y el primero sufre más el paso del tiempo. Ahí tenemos a Borges como un buen ejemplo de esta diferenciación.

  2. Curioso. Hoy mismo estaba pensando sobre algo relacionado con este tema. Estaba oyendo música y ha salido una canción de James Brown. Y me ha dado por pensar en lo siguiente: James Brown era un cantante extraordinario, pero en lo personal era bastante detestable. Especialmente porque maltrataba a su mujer (que me parece uno de los actos más detestables que se pueden cometer).

    Y en un primer momento he pensado en lo de la separación entre la persona y el artista. Quiero decir, en abstracto, puedo decir que el tío que canta “Say it loud” o “I feel good” no es el mismo que pegaba a su mujer.

    Pero entonces me he planteado la pregunta al revés. Si alguien pega a su mujer, al margen de las consecuencias legales, merece la reprobación de la comunidad. Si este tío fuera el tendero de mi barrio, yo no compraría allí.

    Pero si ese alguien tiene un talento valorado por la comunidad (como cantar bien), ¿se convierte eso en una eximente? Insisto, no hablo de la respuesta legal, sino de la respuesta social. Como ciudadano, ¿no debo reprobar a un maltratador, un violador o un asesino simplemente porque sabe cantar, escribir o jugar al fútbol? ¿O esto sólo vale para determinados casos, y hay un determinado nivel de talento a partir del cual se aplica esta eximente? Es decir, si eres Iván Campo no vale, pero si eres Romario, entonces sí.

    La verdad es que no lo sé. Es uno de esos casos en los que tengo la pregunta, pero no soy capaz de encontrarle una respuesta que me satisfaga.

  3. A mí me pasa un poco lo mismo. No creo que la cosa tenga una respuesta clara.

    En los casos en los que ha pasado tiempo suficiente es fácil. Quiero decir ¿a quién le importa si Homero era una buena persona o no?

    En los casos contemporáneos es más jodido y si el tipo que, por ejemplo, ha escrito esa novela cojonuda también ha hecho algo que nos parece absolutamente repugnante… ¿qué hacemos? Porque, en cierto modo, podemos pensar que leer su novela es “recompensarle” y no se merece ningún tipo de recompensa a causa de su comportamiento.

    Es jodido, sin duda.

  4. Una vez publicada, la obra de arte pertenece a todos, así que yo no personalizaría. Y además, hablamos de cuestiones distintas. No es lo mismo reconocer que su obra es buena que dorarle la píldora. A mí me encantan las novelas de Cela que he leído, y las alabo en público siempre que puedo, pero jamás me habría tomado un vinito con él. La catadura moral de una persona es una cosa, y su producción otra muy distinta.

  5. ¿Y si el problema no está en la moral del autor, sino en la intención moral de la obra? Lo que comentaba en el post, por ejemplo, una novela en la que se haga apología de todo cuanto encontramos moralmente repugnante pero que desde un punto de vista estrictamente estético y técnico es una buena novela.

    ¿Somos capaces de separar ahí el tocino de la velocidad?

  6. Bueno, esto es como el problema de la democracia, hasta que punto es bueno que el voto de algien desinformado (no voy a decir inculto para no herir a nadie, y porque es algo difícil de discernir) sea igualada al de alguien informado. Supongo que para cualquiera con una educación suficiente que le permita un criterio y capacidad crítica, no habría problema pues identificaría y valoraría correctamente cada parte, arte e intención, en su justa medida. No habría “manipulación” entre autor y lector. Pero vivimos en un mundo donde la educación crea cada vez más ignorantes, sin criterio y manipulables, véase la próxima reforma educativa de este país. En ese caso supongo que un libro, de forma más bien “accidental”, podría ser peligroso.

    Con lo que quiero decir, que según quién seas, si “cultivado” denostar una obra por una intención moral injusta es muy extremista, o si “incultivado”, bueno, ni siquiera sabes que es una intención moral en una obra…

  7. A mí, por ejemplo, El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl, me parece una pasada, aun concociendo su intención moral. Por tanto, tengo que decir que es igual. No comparto la ideología pero me rindo a su calidad artística.

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