El trigo y los adminículos reproductores
Miércoles, Noviembre 7th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 7 comentarios »- El mismo día, hace un año: Un posible futuro para la HispaCon
“¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad?”, solemos decir. O, como afirmaba mi padre más gráficamente: “¿Qué tendrán que ver los cojones para comer trigo?”.
Indro Montanelli, en su libro sobre los griegos, habla de los poemas de Safo y afirma que son la muestra perfecta de que “para escribir buena poesía no son necesarios buenos sentimientos”. Por supuesto, no comparto lo que Montanelli entiende por “buenos sentimientos” (categoría en la que, para él, no entra el amor lésbico, evidentemente) pero sí la apreciación que hay tras la frase: el arte es una cosa y la moral otra bien distinta, y juzgar uno por los baremos de la otra es un error.
Hace unos años me prometí a mí mismo que no volvería a ver una película de Mel Gibson: había leído una entrevista con él donde el tipo se desvelaba como bastante reaccionario, un tanto homófobo y, en general, más bien palurdo. Es una promesa que rompí con el tiempo y que me alegro de haber roto, o habría perdido excelentes películas como Braveheart o Apocalypto, por citar sólo dos. La moral y la ideología de Gibson quizá me resulten repugnantes, pero no sus películas.
El problema, supongo, es que la mente humana no trabaja en compartimentos estancos y a veces resulta difícil separar las cosas. Es posible en algunos casos. En los poemas de Safo, por ejemplo, es fácil descontextualizarlos y tomarlos como simples poemas de amor para que, si el amor homosexual nos resulta moralmente desagradable, podamos disfrutar de ellos. En el que comentaba antes de Gibson es incluso más sencillo: no hay más que obviar a la persona que hay tras la película y limitarse a disfrutar de ella.
Hay casos incluso paradójicos donde una obra se escribe con una intención muy clara y el tiempo, por sí solo, termina redefiniendo esa intención. Tomemos, por ejemplo “Poderoso caballero es don dinero” de Quevedo. La intención original del poema, contextualizado en su tiempo y en la personalidad de su autor, es de un reaccionario que tira para atás: Quevedo se queja ahí de que el dinero esté reemplanzando a la alcurnia y la nobleza de sangre como mérito para ascender en la escala social. Es decir, “Poderoso caballero es don dinero” es un canto al inmovilismo social y a los valores de la aristrocracia de nacimiento.
Sin embargo, basta con leerlo como si hubiera sido escrito hoy para darle otro sentido, totalmente opuesto, e interpretarlo como un canto progresista -casi en plan “canción protesta” setentera, como si dijéramos- a los verdaderos valores del ser humano frente a la riqueza y el poder. De hecho, Paco Ibáñez lo cantó hace unos cuantos años dándole claramente ese sentido y no tuvo que cambiar ni una coma del poema.
¿Qué pasa cuando la intención moral o idelógica del autor no es tan fácil de separar del resultado artístico? Ahí empieza el verdadero problema, supongo. Tomemos, por ejemplo, una hipotética novela donde se ensalza la figura de Hitler y se nos vende a los judios como auténticos culpables de lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial, o incluso se llega a sostener la tesis de que el Holocausto no fue más que “defensa propia” contra una terrible amenaza.
¿Importaría que esa novela estuviera bien escrita, bien construida, con una trama sólida y bien estructurada y unos personajes creíbles y humanos? Seguramente no. La mayoría de nosotros seríamos incapaces de traspasar la barrera que las ideas de la novela representan y es muy probable que no pudiéramos ni terminar el libro. Quizá un lector de dentro de tres o cuatro siglos, para el que todos esos acontecimientos son historia antigua, pudiera acercarse al libro de un modo más “frío”, pero para nosotros es imposible, o casi.
¿Adónde nos lleva eso? Pues supongo que a un montón de sitios. Quizá, entre otros, a que el tocino y la velocidad están más relacionados de lo que creemos y que, por más que ciertas disciplinas adopten aires y maneras de “estudio objetivo”, es imposible separar del todo unas cosas de otras.
O incluso a la pregunta de si deberíamos hacerlo, si separarlas será algo bueno. ¿Importan realmente los valores artísticos de algo si los contenidos morales o ideológicos atentan contra todo lo que juzgamos bueno y correcto? O al revés.
Y, sobre todo, a la larga, ¿qué es lo que queda? Una vez pasado el tiempo, ¿cuál es el contenido que realmente permanece y queda en la memoria del público, el estético o el moral?
© 2007, Rodolfo Martínez
