24
Viernes, Noviembre 30th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 7 comentarios »- El mismo día, hace un año: No son los de Jenofonte, pero no están mal
Estoy enganchado a las peripecias de Jack Bauer, lo confieso. Desde que vi la primera temporada, hará cosa de año y medio, me he convertido en un adicto a 24 y cada vez que termina una temporada, me quedo con ganas de más.
No suelo verla cuando la emiten: no tengo paciencia para esperar agónicamente semana a semana cada episodio. Así que normalmente aguardo a que haya terminado para ver completo en el menor tiempo posible (si todo va bien, en un fin de semana) qué es lo que ha hecho esta vez el amigo Jack en sólo veinticuatro horas.
La serie cada vez se vuelve más inverosímil, sin duda, más llena de pirotecnia y golpes de efecto. Supongo que es normal: al fin y al cabo, estamos ante un evidente “más difícil todavía” y cada temporada tiene que superar en emoción, intriga e intensidad a la anterior. Llegará un momento, supongo, en que la cosa se vuelva imposible. Pero espero que el momento tarde en llegar.
Y sí, como decía, la serie se va volviendo más inverosímil y más descabellada a medida que avanza el tiempo. Pero eso no sólo no me importa, sino que es un aliciente más. “A ver por dónde nos salen ahora” es una frase habitual mientras vemos 24.
Pero no es la única, al menos por mi parte. Porque confieso que la serie se está convirtiendo en una forma perfecta de descargar estrés. De hecho, es como si las peripecias de Jack Bauer mientras salva los Estados Unidos (o sea, el mundo) despertaran lo peor que hay en mí y no sólo me descubro a mí mismo animando al bueno de Jack en situaciones difíciles (”¡Matalos!” “¡Reviéntales la cabeza, Jack!” salen de mi boca con sorprendente facilidad) o lanzando expresiones admirativas ante sus proezas (”¡Qué gallu ye el chaval!” suele ser frecuente) sino que de pronto empiezo a lanzar peroratas en las que mi parte más violenta, clasista, racista y machista sale a pasearse con auténtico entusiasmo.
No sé qué es lo que tiene la serie, pero desde luego me libera de un montón de basura y tiene un efecto totalmente catártico para mí. Cuando termina la temporada me siento tranquilo, a gusto, relajado. Mucho mejor que si me hubiera tirado un fin de semana en uno de esos Spas de lujo (eso que en mis tiempos, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra y perseguían humanos con intenciones más bien lujuriosas hacia Raquel Welch -¿y quién no?- llamábamos “balneario”, pero bueno).
La serie no me gusta por eso, por supuesto. Me gusta por su ritmo endemoniado, por lo inverosímil de muchas de sus situaciones, por la propuesta de ciencia ficción (de política ficción, concretamente) que plantea y donde traza un interesante presente alternativo y un curioso futuro cercano del mundo, por los distintos personajes (sobre todo Jack, claro, pero también Chloe y muchos otros), por el aire de culebrón que a menudo adopta (culebrón de intriga política y culebrón de espionaje y culebrón de acción, pero culebrón al fin y al cabo, con todos los clichés que tiene el culebrón), por la idea de condensar todos los acontecimientos que uno vería normalmente a lo largo de un año en un solo día… por muchas cosas, en realidad.
Digamos que dejar desatada mi parte más bestia y más políticamente incorrecta es sólo un extra, un feliz añadido con el que no contaba.
Pero cómo mola.
© 2007, Rodolfo Martínez
Coherencia
Miércoles, Noviembre 28th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 9 comentarios »- El mismo día, hace un año: Pues sí, "Servando" mola
Es una historia que me contaron ya hace tiempo y que siempre recuerdo cuando se acerca la Navidad (tema del que ya hablaremos dentro de poco, pero eso es otra historia).
Básicamente es como sigue:
Tenemos una madre que es atea y que ha educado a su hija en el ateísmo desde su más tierna edad. Al fin y al cabo, si los creyentes pueden intentar inculcar sus creencias en sus descendientes, a ver por qué los ateos no iban a tener los mismos derechos.
El caso es que la niña vuelve un día de clase. Tendrá… no sé, pongamos cinco o a lo sumo seis años. Y le dice a su madre que una de sus amigas es tonta y no tiene ni idea de nada. Cuando la madre le pregunta que por qué piensa eso, la niña dice:
—Jo, porque dice que Dios existe y los Reyes Magos no.
Podría añadir muchas cosas, pero la frase ya lo dice todo, creo yo.
© 2007, Rodolfo Martínez
El agradecimiento de una dama
Lunes, Noviembre 26th, 2007 Pertenece a Para leer, Relatos | Sin comentar »Como ya he explicado en otra parte, este cuento surgió a raíz de una petición de Paco Ignacio Taibo II para la Semana Negra de 2004. Se publicó en Compa(ñ)ero Leonardo, que se distribuyó gratuitamente entre los asistentes al festival gijonés y, posteriormente, fue reeditado en Laberinto de espejos, mi segunda recopilación de relatos. Obvio es decirlo, el cuento no tiene la menor pretensión de resultar verosímil históricamente.
Para Javi, el auténtico padre de la idea
Debería haber sido un encargo, uno más, ni más difícil ni más fácil que otros muchos, pero había algo en aquella mujer, algo desconcertante y profundamente misterioso. Posaba para él con una tranquilidad casi sobrenatural, con una inmovilidad que resultaba inquietante. A veces le parecía ver brillar algo en sus ojos, y el inicio de lo que podría haber sido una sonrisa estaba a punto de asomar a sus labios. Sin embargo, como si de pronto fuera consciente de que se estaba traicionando, el brillo se apagaba y el gesto moría en su boca antes de haber tenido tiempo de formarse. Al principio pensó que había sido una ilusión, un engaño de la luz, una de esas quimeras que a veces vemos por el rabillo del ojo y desaparecen en cuanto enfocamos la vista. Pero no, con el correr de los días aquel fantasma de un gesto se fue repitiendo. Y cada sonrisa que no llegaba a formarse, cada mirada que no se concretaba le iban robando su tranquilidad poco a poco, como si ella fuera una de aquellas horribles criaturas de los Cárpatos y él una víctima indefensa.
Su marido, por otro lado, era un patán, sin la menor duda. Un patán gordo, adinerado y locuaz hasta la exasperación. Podía soportar todo eso, al fin y al cabo, llevaba haciéndolo mucho tiempo y siempre se las había apañado para que las mezquindades y manías de sus empleadores no le afectaran. Pero aquel cretino unía a su escandalosa falta de maneras un interés desmedido por sus diseños. Sus interminables peticiones («Explicadme mejor esto, maese Leonardo», «¿En qué consiste esto otro?», «¿Cuál es la utilidad de este aparato?», «¿Creéis que si le añadimos esto funcionará mejor?») le impedían concentrarse en el trabajo y la cualidad chillona de su voz había estado a punto de hacerle perder los estribos más de una vez, a él que jamás había perdido la calma.
—Señor, sois un magnífico espécimen de patán —era la respuesta que estaba siempre al borde mismo de sus labios—. Y os agradecería que me dejarais solo para que pudiera terminar el trabajo por el que me pagáis. Luego, si os parece bien, os diseccionaré por el bien de la ciencia. Y el mío.
Pero, claro, no podía decirle eso. Al fin y al cabo, uno no muerde la mano que lo alimenta, e irritante o no, aquel maldito estúpido era lo bastante influyente para hundirle; así que no le quedaba más remedio que sonreír, respirar hondo y tratar de parecer halagado ante el interés que mostraba por sus bocetos y el entusiasmo que asomaba a sus ojillos ante cada nuevo juguete imposible.
El tiempo iba transcurriendo y, mal que bien, el retrato iba cobrando forma y ya faltaba poco para que estuviera listo: aguantaría un poco más, cobraría sus dineros (nunca ganados con tanto esfuerzo, pensaba), se iría de allí, y trataría de olvidar su estancia en aquel antro de ostentación, mal gusto y decoración recargada.
En realidad, debería haber terminado ya el trabajo. Y lo habría hecho de no haber sido por aquella cosa indefinible que percibía en el rostro de la mujer: aquel gesto que no era una sonrisa pero quizá podría llegar a serlo, aquel brillo en sus ojos, más presentido que visto, que no sabía si era diversión, impaciencia o anticipación. Por más que le doliera tenía que confesar que aquella criatura silenciosa e impasible lo tenía fascinado, y que la imposibilidad de llevar al lienzo lo que veía (no, lo que estaba punto de ver pero nunca conseguía captar del todo) en su rostro lo estaba llevando poco a poco al borde del colapso nervioso. En toda su vida no había encontrado nada que no pudiera trasladar a su obra, de un modo u otro se las había arreglado siempre para que lo que llegaba a sus ojos pasara a través de su mano al papel o al lienzo. Quizá no siempre de un modo directo: a menudo había tenido que mentir para dar con la verdad, que seguir caminos oblicuos para encontrar la línea recta, que crear un laberinto para hacer visible lo evidente, pero lo había conseguido. Siempre.
Pero no ahora.
Así que los días seguían pasando. Cualquiera que hubiera contemplado su trabajo habría pensado que estaba prácticamente terminado y que se estaba demorando en los últimos detalles por puro perfeccionismo. Sin embargo, no era así. El retrato no sólo no estaba acabado, sino que, tal como él lo veía, ni siquiera había empezado la parte difícil. Por supuesto, minucias tales como el fondo, la iluminación, el contorno del cuerpo, la perspectiva, el adecuado reflejo de la luz sobre sus ropajes o el tono correcto de su piel estaban más que ultimados. Dar una pincelada más sobre aquello, lo sabía bien, no era más que vanidad.
Pero el rostro… El rostro que había en su retrato era el de una mujer inexpresiva y sin vida, un autómata al que se le había agotado el resorte, un títere abandonado a su suerte por el titiritero. Sabía que nadie más lo notaría, que todos murmurarían su aprobación, como siempre, ante el trabajo del maestro. Pero los demás no importaban, su opinión era irrelevante. La única opinión que contaba era la suya, la única mirada que debía sentirse satisfecha era la propia.
Y no lo estaba.
Y empezaba a pensar que no lo estaría nunca. El gesto que intentaba captar continuaba eludiéndolo y a medida que pasaban los días estaba más convencido de que ella lo hacía a propósito, que estaba jugando con él como un gato con un ratón: siempre a punto de terminar el juego y convertir la promesa de la sonrisa en un gesto explícito, y siempre negándoselo en el último momento.
—Parecéis intranquilo, maese Leonardo —le había dicho el marido la tarde anterior.
¿Intranquilo? Ciertamente tenía que estarlo, si aquel patán grasiento había sido capaz de notarlo. Por unos instantes había estado a punto de contarle lo que le pasaba, de pedirle ayuda para resolver el enigma que había en el rostro de su esposa. Pero antes de que pudiera decidirse, el hombre se había encogido de hombros y se había embarcado de nuevo en su interminable petición de explicaciones sobre sus diseños.
Sus diseños. ¿Por qué le importaban tanto aquellas cosas que había garabateado en tiempos muertos, en los momentos en que había dejado volar su imaginación? ¿Qué tenían de interesante aquellos bocetos de juguetes a medio acabar? No eran más que pasatiempos, juegos, quimeras de su mente que carecían por completo de importancia. Más de una vez había considerado la posibilidad de destruirlos, pero siempre se había echado atrás en el último momento: al fin y al cabo, por descabellados que resultaran, por más que carecieran del menor propósito práctico, no dejaban de ser divertidos.
Bah, un patán, volvió a pensar. Un patán sin modales que se entretenía en juegos infantiles. Eso era todo.
Así que siguió trabajando, tratando de concentrarse en aquella mujer inescrutable que todos los días, con una puntualidad innatural, se acercaba a su estudio y posaba inmóvil durante dos horas.
Apenas hablaban entre ellos. Ella lo saludaba al entrar, se despedía de él al salir y respondía a sus intentos de conversación con frases cortas y amables que carecían de significado. En todo aquel tiempo nunca había pedido ver el retrato, y él no sabía si debía sentirse ofendido o halagado ante aquella impasible falta de interés.
Pero ya no podía prolongar aquello durante mucho más tiempo. Bien o mal, debía rematar el cuadro. Aceptaría los parabienes de un público que nunca aprendería a mirar del modo adecuado, pero en su interior lo consideraría uno de sus pocos fracasos, y trataría de no pensar en él demasiado a menudo, aunque sabía que en eso también iba a fracasar, que el pensamiento de no haber podido rematar aquel retrato lo atormentaría todos los días de su vida.
Aquella mañana, la que había decidido que sería la última, había algo extraño en el aire, un olor sutil y enervante, como si a lo lejos se estuviera fraguando una tormenta. Pese a que su mente continuaba atribulada, su cuerpo parecía empeñado en llevarle la contraria y notó que aquel día se movía con más vivacidad de la habitual. Comprendió que no era el único cuando la mujer entró en su estudio con un paso sorprendentemente animado. Se dio cuenta de que el gesto que no conseguía captar estaba mucho más cerca de hacerse presente que otras veces, casi al borde mismo de sus labios, como un fantasma que está a punto de cobrar consistencia. ¿Quizá presentía que él había decidido darse por vencido y estaba jugando con él por última vez, fingiendo que, ahora sí, lo que buscaba estaba al alcance de su mano, dejándole ver casi con claridad lo que quería para frustrarlo una última vez?
No importa, se dijo. Es igual. Se había decidido y, de un modo u otro, hoy terminaría el retrato.
El tiempo fue pasando. Con pinceladas sutiles, tranquilas, fue rematando su obra, tratando de no pensar en la profunda insatisfacción que recorría su cuerpo cada vez que miraba a su modelo.
Algo le distrajo, de repente. Un grito de triunfo procedente del exterior del estudio. Se encogió de hombros. Dios sabría lo que su marido estaría haciendo en aquellos momentos, en qué clase de trivialidad se habría embarcado aquella mañana.
De pronto, el grito de triunfo se convirtió en uno de terror y pudo ver que una forma confusa y aleteante pasaba fugazmente por la ventana que había a las espaldas de la mujer. El grito dio paso a un alarido que se perdió en la lejanía y que terminó de forma abrupta en un golpe sordo y distante.
No pudo evitar asomarse a la ventana. Abajo, en el valle, había una masa informe y despedazada. Miró hacia arriba: un confuso tropel de criados se asomaba al borde del pequeño torreón, sus rostros convertidos en un amasijo de desamparo y temor.
—¿Ocurre algo? —preguntó la mujer, a sus espaldas, en el mismo tono que podía haberle preguntado qué tiempo hacía o cuánto faltaba para el anochecer.
Abandonó la ventana y miró unos instantes a la mujer. Contempló su perfil impasible y apenas pudo evitar un estremecimiento. La loca idea que acababa de entrar en su cabeza era un absurdo, un imposible, y la apartó de ella mientras volvía junto al retrato y le explicaba a la mujer lo que había visto.
—Comprendo —dijo ella por toda respuesta.
Por un instante estuvo a punto de dejarlo pasar. Pero no pudo evitar la pregunta, que salió de sus labios casi contra su voluntad:
—¿Sabéis de qué se trataba?
—Sin duda era mi marido probando uno de vuestros inventos.
El horror debería haberse cebado en él, pero entonces la vio, clara y precisa por primera vez en su rostro, aquella sonrisa paciente y triunfal, aquel brillo en sus ojos que, por primera vez, fue algo más que una ilusión o una promesa. Cualquier otro pensamiento se fue de su cabeza, y olvidó al hombre gordo y chillón que se acababa de convertir en puré de patán allá abajo. Sólo podía pensar en aquel rostro que ahora, por fin, se mostraba ante él como había querido imaginarlo todo aquel tiempo y no había podido: la sonrisa impasible, indescifrable, el brillo en los ojos que hablaba de planes trazados durante semanas, quizá durante meses, la satisfacción (pero lejana, distante, controlada en todo momento) por el triunfo alcanzado.
Contuvo el aliento, temeroso de romper el hechizo y lenta, cuidadosamente, tomó sus pinceles y empezó a trasladar al lienzo que tenía ante él lo que (ahora sí) había visto. Se sorprendió de lo fácil que le estaba resultando, como si algo desconocido guiara su mano, y no necesitó mirar a su retratada ni una sola vez durante todo el proceso: sabía que la sonrisa seguía allí, frente a él, y no le hacía falta alzar la vista para comprobarlo.
Luego, mientras recogía sus materiales vio, con asombro, cómo ella se le acercaba.
—¿Habéis terminado? —le preguntó.
Él asintió. Sí, por fin había terminado.
La mujer miró el cuadro largo rato, sin decir una palabra. Luego, dio media vuelta y abandonó el estudio. Se detuvo en el umbral, se volvió, le miró unos segundos (y allí estaba otra vez la sonrisa, tan evidente ahora que casi resultaba desafiante) y dijo, justo antes de desaparecer más allá de la puerta:
—Gracias, maese Leonardo.
—¿Por qué? —preguntó él.
Creyó que no le había oído, o que de hacerlo, había decidido no responder. Sin embargo, al cabo de un rato la vio asomar de nuevo a la puerta del estudio y la oyó decir:
—Por todo, maese Leonardo, por todo.
© 2004, 2007, Rodolfo Martínez
Citas citables: Robert A. Heinlein
Sábado, Noviembre 24th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 9 comentarios »- El mismo día, hace un año: Palimpsestos
No me simpatiza demasiado la figura de Heinlein, lo reconozo. En parte, por culpa de Isaac Asimov.
Supongo que es inevitable que las opiniones de alguien con quien te sientes en sintonía mental, emocional o ideológica te influyan, y más cuando esas opiniones se refieren a un desconocido; en ese caso no tienes datos propios para comparar y tiendes a fiarte de lo que te dice esa persona en la que confías.
Es algo que me ocurrió, por ejemplo, con la figura de Séneca. Tras leer Claudio, el dios y su esposa Messalina, nunca pude volver a mirar a Séneca con simpatía. Claudio, el narrador de la novela, se había convertido para mí en un confidente cómplice desde la primera página, y cuando presentó al filósofo cordobés dando una visión negativa de él, mi tendencia instintiva fue fiarme de él.
Asimov no deja muy bien parado a Heinlein en su autobiografía, ni en el aspecto puramente ideológico ni en el personal, y supongo que eso ha teñido de forma inevitable mi visión de Heinlein.
Claro que el mismo Heinlein me ha echado una mano en ese aspecto. La ideología que hay tras muchas de sus novelas (ese “darwinismo social tramposo y con ventaja”) y el que sus personajes fetiches fueran superhombres más allá del juicio de sus pares (porque no existen pares que puedan juzgarlos, entre otras cosas; ellos están por encima del resto de la humanidad y son los únicos que ven el universo tal como es realmente) terminó confirmándome la antipatía que sentía por él.
Sin embargo, no se le puede negar que era un narrador competente. En algunos aspectos, bastante más competente que Asimov (autor que me gusta bastante más, sin embargo; y al que sí admiro en lo personal) cuando no le daba por cargarse el ritmo de la narración con personajes discurseando interminablemente.
Pero incluso entonces encontraba pequeñas perlas. Frases, aquí y allá, que me hacían sonreír. No necesariamente porque fuesen ciertas (seguro que muchas no lo eran) sino porque resultaban ingeniosas y divertidas. De ellas, una de mis favoritas posiblemente sea la siguiente:
El progreso se debe a hombres vagos en busca de formas más fáciles de hacer las cosas
Supongo que me siento indentificado con esa idea. Y sobre todo con lo de “hombres vagos”, evidentemente.
© 2007, Rodolfo Martínez
Buenismo, clichés y procreación
Viernes, Noviembre 23rd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 7 comentarios »Es uno de los lugares comunes más habituales. Bueno, en realidad son dos lugares comunes, pero al final, si lo piensas un poco, te das cuenta de que en el fondo vienen a ser lo mismo.
- Las culturas humanas primitivas eran respetuosas con su entorno, no como nosotros.
- Los animales, al contrario que nosotros, desarrollan instintivamente un equilibrio con su entorno y no lo destrozan.
La verdad es que estas dos cosas, formuladas de un modo u otro, llevo oyéndolas o leyéndolas toda mi vida. Y estoy un poco harto de la tontería que implican. No sólo porque sean falsas (basta pensar un poco para ver que no son ni han sido nunca ciertas) sino por el nivel de buenismo y desconocimiento de uno mismo y de su propia especie que implican. Las culturas humanas primitivas eran tan poco respetuosas con su entorno como lo somos nosotros. Simplemente, eran menos y tenían menos capacidad tecnológica. Por tanto, su posibilidad de causar daño era mucho menor. Pese a todo, fueron culturas humanas bastante menos desarrolladas que la nuestra las que deforestaron el ática griega o convirtieron Asia Menor en un desierto.
Los animales (y las plantas, ya que vamos a eso) no sólo no desarrollan equilibrio alguno con su entorno sino que, probablemente, ni saben qué es eso ni, de saberlo, les importaría. Los seres vivos hacen lo que siempre han hecho todos los seres vivos: comer hasta hartarse e intentar reproducirse cuanto puedan. Y, si no fuera porque tienen predadores que controlan su población, se convertirían en una plaga que esquilmaría el planeta en poco tiempo. A su vez, hay superpredadores que controlan la población de predadores y así hasta llegar… supongo que nosotros, donde somos nuestros propios superpredadores.
Somos una plaga, eso es evidente. No sólo nosotros, los seres humanos, sino cualquier forma de vida. Al menos, las que conocemos en este planeta. Nuestro comportamiento no es muy distinto (qué coño, es idéntico) del de una colonia de bacterias: crecer lo máximo posible, expandirse hasta ocupar todo cuanto esté a la vista. Tomados individualmente, los humanos podemos ser racionales (aunque eso sería discutible con muy poco esfuerzo, pero bueno) pero está claro que como especie, no hay nada racional en nosotros. Compartimos exactamente los mismos patrones de crecimiento que cualquier otro ser vivo: consumir los recursos suficientes para procrear sin descanso y extenderse a cuanto alcanza la vista.
Ése es el motivo por el que, me temo, los llamamientos a que cuidemos de nuestro entorno, reciclemos, procuremos no contaminar, están llamados al fracaso. Por más que nos guste pensar en nosotros como en la obra suprema de la naturaleza (what a piece of work is man, decía Shakespeare, sólo que los que lo citan normalmente se olvidan de que esas palabras tenían detrás una carga irónica bastante fuerte) no somos distintos de cualquier otro organismo vivo cuya población no está bajo el control de un predador: una plaga, básicamente. Podemos racionalizar, argumentar y justificar cuanto queramos. Al final todo se reduce al impulso irresistible de procear, de reproducirse y dejar por ahí tantas copias de tus genes como puedas. Un impulso que podemos torcer, desviar, reprimir, canalizar… pero que nunca podemos eliminar. Y que, de hecho, aunque no nos demos cuenta, está detrás de todas y cada una de las decisiones que tomamos en nuestras vidas.
¿Por qué escribes? ¿Por qué pintas? ¿Por qué trabajas? ¿Por qué te afanas en tener una vida mejor, un coche mejor, un piso mejor? ¿Por qué buscas el poder? ¿Por qué tratas de influir en los demás? ¿Por qué intentas ser famoso?
Al final, desnudado de todo lo accesorio, la respuesta es siempre la misma: para follar. Todo cuanto hacemos está, en última instancia, motivado por ese impulso, el principal, quizá el único que nos mueve en el fondo.
Por eso somos una plaga. Porque estamos vivos y tenemos la imperiosa necesidad de reproducirnos (aunque esa necesidad sea reconvertida a cosas aparentemente contradictorias con ella como el ascetismo o la castidad, sí, incluso entonces) y nada puede interponerse en el camino de ese impulso. Lógico: si no fuera el impulso primario, hace tiempo que nos habríamos extinguido, posiblemente.
El problema básico es que la naturaleza (o sea, el azar, se pongan como se pongan los que creen en un ser supremo) no nos diseñó para autocontrolarnos. Y tengo mis dudas de que seamos capaces de re-diseñarnos a nosotros mismos en ese sentido. O, aunque podamos, si lo haremos a tiempo.
Tampoco es para preocuparse. Si no conseguimos por nosotros mismos un equilibrio, éste se logrará por sí mismo, tarde o temprano. Aunque ese equilibrio sea el de la extinción.
Vale, sí, ni a mí ni, seguramente, a ninguno de los que me leen le apetece extinguirse. Pero eso es otra cosa que (como el arte y todas las invenciones humanas) resultan totalmente irrelevantes fuera de nuestro ámbito.
© 2007, Rodolfo Martínez
Los telediarios y el mundo del espectáculo
Miércoles, Noviembre 21st, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »El otro día leí en Casino y furcias el comentario de una noticia que me dio que pensar. La banda británica Radiohead decide distribuir su último trabajo por internet, y deja que cada persona que quiera bajárselo decida qué le parece justo pagar por él. Los datos que tengo sobre el asunto no incluyen cifras absolutas, sólo porcentajes: el 62% de los que se bajan el disco decide no pagar nade. El 38% restante, obviamente, paga.
Hay dos modos de dar esa noticia. Bueno, hay muchos, seguramente. Pero centrémonos en esos dos:
- Casi un 40% de la peña que se ha bajado el disco ha decidido pagar por algo que podía conseguir gratis legalmente. Eso no sólo es mogollón, sino que demuestra que ese tipo de negocios es viable y que los intermediarios en el mundillo de la música tienen los días contados y más vale que se vayan poniendo las barbas a remojar. No sabemos cuánto se han embolsado los de Radiohead, pero teniendo en cuenta que los únicos gastos eran pagar por el hosting de la web de donde te podías bajar el disco, seguro que han sido mucho más que si hubieran vendido lo mismo por métodos tradicionales.
- Más de un 60% de la peña ha decidido no pagar. Es un fracaso. El modelo de negocio no funciona. Qué horror.
La cadena SER ha optado por dar el segundo enfoque. Qué sorpresa. Alguien intentando, una vez más, hacerle el juego a la SGAE (o a las discográficas, o a los dos, porque a estas alturas uno tiene la impresión de que son la misma cosa) y defender un modelo de negocio que cada vez se ve más obsoleto.
Cada vez que veo una cosa de estas no puedo evitar acordarme de un viejo chiste (creo que lo leí en un libro de Asimov, pero no estoy seguro):
Estamos en plena Guerra Fría. Un encuentro de atletismo. La maratón es tan dura que los corredores van cayendo por el camino. Al final, sólo quedan el ruso y el americano. El americano llega el primero a la meta seguido del ruso. El titual de Pravda al día siguiente: “Mientras que el atleta imperialista quedó en penúltimo lugar, nuestro esforzado camarada logró un honroso segundo puesto”.
Y es que, es tan fácil mentir diciendo estrictamente la verdad…
Lo que me lleva a un capítulo de Boston Legal. El alumno de un prestigioso instituto denuncia a su director porque éste censura la noticias de una cadena de televisión, cuyo sesgo es claramente conservador y furibundamente pro-gobierno; en ningún momento se la menciona por el nombre, pero está claro que se habla de la cadena de noticias de la Fox. James Spader, que representa al alumno que ha hecho la denuncia, suelta uno de los discursos más lúcidos sobre las noticias que he oído en mucho tiempo: “No son noticias”, dice, “no son un servicio público. Son parte del mundo del espectáculo, como las series de televisión o el cine. Simplemente, esta cadena ha visto que había un sector del público desatendido, el más conservador, y han decidido que allí estaba su negocio, su nicho ecológico. Así que han creado una cadena de noticias destinada a ese sector de la población, igual que otra cadena puede crear una comedia de situación destinada a los adolescentes, o las amas de casa, o los afroamericanos”.
Es un discurso tremendamente cínico (y además, se nota que atenta contra todo lo que el personaje de Spader cree) pero me temo que es cierto. Hace tiempo que las noticias son un elemento más del showbiz televisivo y se orientan a captar un cierto sector de la audiencia. Decir la verdad es irrelevante, lo que importa es dar la noticia de forma que tu audiencia siga viéndote.
Eso explica, por cierto, y como inciso final, la contradicción tan enorme que hay entre las series televisivas de la Fox (enormemente transgresoras en lo ideológico) y su cadena de noticias, un poco a la derecha de Genghis Khan.
Trilogía del Imperio
Lunes, Noviembre 19th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 1 comentario »
La editorial Bibliópolis acaba de publicar la Trilogía del Imperio, donde se recogen las tres primeras novelas (más o menos, dejemos a Lucky Starr a un lado de momento) de Isaac Asimov: Polvo de estrellas, Las corrientes del espacio y Un guijarro en el cielo. Son, en cierto modo, novelas de transición, que marcan el paso del Asimov escritor de relatos al Asimov autor de novelas. Tras ellas, vendrían sus tres novelas de madurez (Bóvedas de acero, El fin de la Eternidad y El sol desnudo) y después el largo paréntesis de veinte años en el que apenas escribió ciencia ficción, antes de retomarla en los ochenta con fortuna más bien desigual.
Luis G. Prado fue tan amable de pedirme un ensayo con el que completar la edición de las novelas; ensayo que podréis encontrar al final del volumen y en el que hablo un poco de la génesis de los tres libros y del tríptico temático e ideológico que representan. Luis es bastante listo y sabía que me habría resultado difícil resistirme a escribir algo sobre Asimov (autor que, lo confieso, me va gustando más a medida que pasan los años, especialmente sus cuentos de los años cincuenta y algunas de sus novelas de esa misma época) y, de hecho, aunque él no lo sabe (y nosotros no se lo diremos) me habría ofrecido a escribir el ensayo totalmente gratis.
Para hacerlo tuve que releer las novelas, entre otras cosas, y me sorprendí, no sólo de lo bien que siguen funcionando después de tantos años (sus tramas son sólidas, su estructura es precisa y el ritmo no decae en ningún momento) sino de la profundidad de la carga ideológica que hay tras ellas. Carga que, lo confieso, me había pasado desapercibida en relecturas anteriores. Porque en esta Trilogía del Imperio Asimov hace un análisis brillante y nada maniqueo de tres situaciones sociales de opresión. No lo parece, quizá en parte por la desnudez de su estilo y la aparente sencillez de sus historias, pero sobre todo porque Asimov nunca permitía que la carga ideológica de lo que contaba ahogase lo que estaba contando, una tentación que muchos escritores mejores a menudo no han sido capaces de resistir.
De esto y de muchas otras cosas hablo en el ensayo que se incluye en el libro. Aunque, por supuesto, lo importante de esta edición son las tres novelas en sí, no lo mucho o lo poco interesante que yo pueda tener que decir sobre ellas.
No busquéis un estilo brillante ni personajes retorcidos de psique torturada. Pero si lo que buscáis es una forma de contar las cosas funcional y narrativamente eficaz, una trama sólida, bien construida y desarrollada y unas cuantas reflexiones interesantes, adelante, no os arrepentiréis con estas tres novelas.
Citas citables: Ambrose Bierce
Sábado, Noviembre 17th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Cave Willis
Creo que ya he hablado en otras ocasiones de El diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce, incluso es posible que haya dejado caer por aquí alguna que otra de sus iconoclastas definiciones.
En los últimos días, no sé muy bien por qué (bueno, quizá sí lo sé) me ha dado por echarle un vistazo de nuevo buscando, concretamente, dos palabras malsonantes que empiezan por “p”. Helas aquí:
política: 1.- Lucha de intereses disfrazada de debate de principios. Gestión de los asuntos públicos con vistas al beneficio privado. 2.- Medio de ganarse la vida preferido por la parte más degradada de nuestras clases delictivas.
político: Anguila que mora en el lodo sobre el que se erige la superestructura de la sociedad organizada. Cuando se remueve, confunde la agitación de su cola con el temblor del edificio. Si se lo compara con el gran estadista tiene la desventaja de estar todavía vivo.
Es curioso cuán poco han cambiado las cosas en ciento y pico años. Que un hombre del siglo XIX describiera nuestro presente con tal exactitud es, creo, sintomático.
© 2007, Rodolfo Martínez
¿Súbditos o ciudadanos?
Viernes, Noviembre 16th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 16 comentarios »Seguimos siendo súbditos, nos guste o no.
En parte, por supuesto, es por las leyes que tenemos que permiten e incluso garantizan la existencia de ciudadanos de primera (para los que el Fiscal General del Estado, por ejemplo, interviene sin que ni siquiera tengan que decírselo, mientras otros tendríamos que ir al juzgado y presentar la correspondiente denuncia) y ciudadanos de segunda.
Pero me pregunto también si en parte no será por culpa nuestra. Si parte del asunto no estará en el hecho de que no nos vemos a nosotros mismos como gobernantes sino como gobernados. Hablamos de los que mandan, de la autoridad, de los que gobiernan… cuando, al menos sobre el papel, los que mandan, la autoridad, los que gobiernan somos nosotros. Los otros, esos que vemos en las Cortes o en la Moncloa, no son más que personas en quienes hemos decidido delegar la autoridad que es nuestra por legítimo derecho y que quitamos y ponemos según nos convenga. El Presidente de un gobierno o una autonomía no es, en el fondo, más que un contratadillo temporal por cuatro años al que nosotros contratamos y nosotros despedimos.
Así debería ser. Y creo que así deberíamos verlo. No somos súbditos, sino ciudadanos; no gobernados, sino gobernantes, la verdadera autoridad. La situación no es así en la práctica, es evidente, pero no puedo evitar preguntarme si no es así, no sólo porque el sistema en el que vivimos lo permite sino también porque nosotros, con nuestra actitud, lo estamos consintiendo y seguimos pensando en nosotros mismos, pese a todo, como súbditos.
Kalpa imperial
Miércoles, Noviembre 14th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »Kalpa Imperial es un libro que, en cierto modo, nada contracorriente. En una época en la que los libros se conciben y se publican para que puedan ser leídos con rapidez, con la atención a menudo distraída por el ajetreo del metro o el bullicio de una cafetería, este es un libro para ser degustado con calma, con tranquilidad, casi para ser leído con moderación, masticando lentamente cada una de las historias que la componen, y digiriéndola luego largamente hasta asimilarla del todo.
También es, al igual que Trafalgar, de la misma autora, un ejemplo perfecto de lo que se puede conseguir cuando el tono y las herramientas del lenguaje oral se convierten en elementos literarios y se llevan a sus últimas consecuencias. Porque todos y cada uno de los relatos que componen este libro no están escritos, sino que son contados y, al igual que el inverosímil (y puede que mentiroso) viajante interestelar Trafalgar Medrano conseguía que nos creyéramos sus embustes mientras los narraba entre café y café, entre cigarrillo y cigarrillo, el anónimo narrador de Kalpa Imperial (que nunca es el mismo, pero lo es siempre) hace que sintamos como ciertas todas y cada una de las historias que cuenta; ciertas allá donde importan, porque nos cuentan algo de nosotros mismos que desconocemos o preferimos no ver pero que está ahí.
Es, además, el retrato (caótico, desmesurado, triste, irónico, implacable, esperanzado) del imperio más vasto que el mundo ha conocido: un imperio que se extiende ante nuestros ojos y va ganando magnitud en cada nueva historia, sin tener nunca una forma definida, pero cobrando cuerpo casi como un ser vivo. No hay cronología, no hay un claro, preciso y ordenado fluir de los años: el imperio está ahí, siempre lo ha estado, lo estará siempre y en él el tiempo no tiene sentido salvo como un laberinto más en el laberinto que es libro. Un laberinto en el que uno no se pierde, puesto que es imposible perderse en uno mismo. En cierto modo, y usando técnicas muy distintas, Angélica Gorodischer juega con el tiempo del mismo modo que lo hizo en su día García Márquez con El otoño del patriarca y consigue que todas las épocas sean una sola época, que todos los días sean un solo día, que todos los imperios sean un solo imperio, que todos los cuentos sean un solo cuento.
Resulta imposible destacar una sola narración por encima de las demás. Si bien cada lector tendrá sin duda sus favoritos (y en mi caso, si es que os interesa, se trata de “Historia natural de los Hurones”, “Retrato de la emperatriz” y “La vieja ruta del incienso”) cada relato está fundido de tal manera con los demás que no tiene sentido considerarlos como historias aisladas.
Son muchas las influencias que permean este libro: por él resuenan ecos de Borges, sones de Italo Calvino. Incluso la figura de Tolkien se vislumbra ocasionalmente por el texto. Pero eso no impide que la autora tenga una voz personal, definida y definitiva que confiere unidad al libro y lo articula como algo propio y difícilmente imitable más allá de influencias o reflejos de autores anteriores.
Por otra parte, es fácil que muchos habituales del género fantástico en su vertiente más popular se sientan defraudados por este libro al no encontrar dragones, magos, ni fornidos guerreros que salvan el mundo a tajo de espada; acostumbrados sin duda a la sombra de Tolkien que planea sobre casi toda la fantasía moderna se preguntarán qué tiene de fantástico este libro y qué les han tratado de colar por la puerta de atrás. Porque, si lo pensamos un poco, vemos que todas y cada una de las historias que nos cuenta Angélica Gorodischer son difícilmente encasillables en la literatura fantástica al uso: estamos en un ambiente seudo medieval, es cierto, y las resonancias épicas de un pasado legendario dejan sus ecos por toda la obra, pero no hay en ella el menor atisbo de fantasmas, magos, o intervenciones sobrenaturales. En realidad, los relatos de Kalpa Imperial son realistas (en el sentido más amplio del término) pero narrados en un entorno y en un tono que los convierte en literatura fantástica.
Pero posiblemente esa sea la clave del libro: el tono, el lenguaje preciso y evocador con el que la autora nos narra cada uno de los cuentos en él integrados. Es ese tono el que permite que la mirada del lector se vaya deslizando por la historia, vaya engarzando cada relato con el siguiente, y formando (mediante una cuidada y nunca agobiante acumulación) un todo completo del que es imposible separar cada parte.
Angélica Gorodischer es una de las voces más personales e interesantes de la narrativa fantástica en lengua española. Lo ha venido demostrando durante muchos años con cuentos como “Los embriones del violeta” o libros como Trafalgar. Kalpa imperial es, en cierto modo, la culminación natural, inevitable y hermosísima de una vida entera dedicada el fantástico.
Es difícil aventurarse a calificar algo como obra maestra. Y no seré yo quien se atreva a hacerlo ahora. Pero sin duda Kalpa imperial está muy cerca de ser algo así.
© 2007, Rodolfo Martínez
