Territorio incierto: Hijastros de Dune (3) Brian Herbert y Kevin J. Anderson

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“Las secuelas son películas de putas”, decía William Goldman y, por más que él aplicara tal frase al mundo del cine, podríamos decir otro tanto de la literatura.

A veces resulta difícil distinguir cuándo un autor vuelve a su universo porque siente que aún le quedan cosas por contar sobre él o cuándo lo hace movido por puro interés crematístico… En ocasiones, de hecho, es posible que ambos factores confluyan. Por otro lado, cuando un autor franquicia su propia creación y se limita a cobrar royalties a medida que otros escriben novelas ambientadas en su escenario, es fácil suponer que se embarca en la frase de Goldman.

¿Qué ocurre cuando son otros los que lo hacen? ¿Cuando los herederos, ya sean intelectuales o biológicos del autor son los que ponen manos a la obra y encargan, o directamente escriben, nuevas historias en el universo que le dio fama? ¿Los mueve el deseo de dar su propia visión de un escenario que aman o simplemente se limitan a explotar un filón?

En el caso de Brian Herbert, supongo que hay un poco de todo. Espera ganar (y seguro que lo hace) sus buenos dinerillos con lo que escribe, pero estoy seguro de que también lo mueve la admiración por la obra de su padre. Ignoro lo que impulsa a su colaborador, Kevin J. Anderson, pero seguro que también es una combinación de ambas cosas: sin duda en parte es un fan convirtiendo su sueño en realidad (jugar con uno de sus universos favoritos) y en parte es un profesional de las letras que aspira a sacarse un buen beneficio.

Claro que en realidad, la cuestión no sería tanto cuál es la motivación que hay tras el asunto sino cuáles son los resultados. Al fin y al cabo, como lector poco me importa que sea el interés crematístico, el amor o la admiración los que impulsen el proceso creador, sino la obra acabada y lo satisfactoria que me resulte estéticamente.

Se podría discutir lo lícito o ilícito de continuar la obra de un autor fallecido. Siempre he pensado, eso es cierto, que no es moralmente correcto publicar póstumamente algo que su autor quiso que permaneciera inédito (y eso lo comentaré más extensamente otro día, cuando hable de Christopher Tolkien y de su labor como exegeta de su padre), pero esto no es exactamente lo mismo.

Podríamos considerar que cuando un escenario o unos personajes se hacen lo bastante populares para adquirir la categoría de iconos en el imaginario colectivo, dejan de pertenecer a sus autores y es lícito que cualquiera vuelva sobre ellos y trate de reescribirlos o reinventarlos para las nuevas generaciones. Es algo que se ha hecho a menudo y, en realidad, yo mismo lo he intentado con Sherlock Holmes, así que sería un tanto hipócrita si me rasgara ahora las vestiduras porque Brian Herbert y Kevin J. Anderson vuelvan sobre el escenario de Dune mientras yo embarco al detective de Baker Street en nuevas aventuras.

Así que, de acuerdo, es lícito.

Pero, de nuevo, eso importa poco desde la perspectiva del lector. Lícito o no, ¿justifican los resultados el trabajo emprendido? ¿Estamos ante una obra que amplía un universo literario que conocemos y nos gusta, que lanza sobre él una mirada novedosa o nos ofrece un punto de vista original?

Me temo que, en el caso de los nuevo libros de Dune, la respuesta es que no, no mucho.

Hasta ahora Herbert y Anderson han escrito dos nuevas trilogías y una miscelánea que, bajo el título de The Road to Dune ofrece textos de diversos orígenes, entre ellos una reconstrucción de la novela original sobre el mundo desierto que escribió Frank Herbert, antes de que sucesivas versiones la fueran dejando tal y como la conocemos.

La primera trilogía narra los años de juventud y madurez del Duque Leto Atreides, el padre de Paul, y trata de presentarnos los antecedentes que han llevado a la situación política y social que conocemos cuando arranca Dune.

La segunda se remonta miles de años en el tiempo y nos presenta la Jihad Butleriana, la guerra contra las máquinas que erradicó las inteligencias artificiales del universo.

Según he oído, ambos autores tienen planeada una nueva trilogía que continuaría la saga original, retomándola tras el sexto libro, esa Casa Capitular: Dune cuyo final era una pirueta extraña que no estaba muy claro de hacia dónde conducía.

Sin duda, económicamente la cosa ha rentado. Es de cajón que si la primera trilogía no hubiera vendido, ni se habría escrito la segunda ni se estaría planeando una tercera.
Literariamente… Bien, ahí está el problema.

Quizá Frank Herbert no era un escritor de primera línea, pero tenía gancho narrativo y sabía contar las cosas de un modo que acababan interesando al lector. Su hijo y Anderson, por el contrario, adoptan la escritura mecánica característica del best seller y crean una narrativa simplota y más bien plana. Los acontecimientos que ocurren en las nuevas novelas pueden o no ser interesantes, pero la forma en que están contados no engancha demasiado, aunque tampoco desmotiva en exceso.

Los libros no “molestan”, podríamos decir. Se leen con facilidad y se olvidan con más facilidad aún. La historia está bien tramada y, también como en cualquier best seller al uso, se nos ofrecen multitud de tramas paralelas que van desembocando poco a poco en el desenlace. Muchos personajes moviéndose de acá para allá, abundantes cambios de decorado y ambientación, acción, intrigas cortesanas, momentos de peligro para los personajes centrales y, por supuesto, el escenario que conocemos revisitado una vez más.

Pero no aportan nada a lo que ya sabemos. La primera trilogía funciona sobre todo por el factor nostalgia, porque se nos hace volver a una serie de personajes y ambientes que conocemos y que nos gustan y se nos presentan nuevas historias sobre ellos. Pero son historias que en ningún caso enriquecen nuestra perspectiva del universo de Dune. Nada de lo que se nos cuenta amplía nuestros horizontes de lectores: resulta agradable de leer si uno es un fan (porque, me temo que es así, los fans siempre queremos más de lo que nos gusta, no importa cómo, ni a menudo nos importa que sea lo mismo una y otra vez) y apenas interesante si no lo es.

La trilogía sobre la Jihad Butleriana carece de ese factor nostalgia: hemos retrocedido miles de años al pasado. Sí, ahí están apellidos que nos resultan familiares, como Atreides, Harkonnen o Corrino; y sí, ahí tenemos al planeta Arrakis; y sí, ahí están la especia y los gusanos de arena. Pero los personajes son otros, y ni siquiera el escenario descrito se parece mucho a lo que conocemos. Eso podría ser un aliciente, bien manejado: precisamente el alejarse del decorado familiar e intentar narrar algo nuevo (algo parecido intentó Frank Herbert en los últimos libros de la serie) podría darle nuevo interés al asunto.

Pero me temo que es al revés. Despojado del enganche que tiene volver a un universo familiar, la nueva historia se nos desvela como ramplona, más bien predecible y poco interesante y ni siquiera el juego de ver cómo la situación empieza a transformarse en lo que conocemos o desarrolla las semillas de lo que será el posterior universo de Dune consigue aportarle mucho interés.

Por no mencionar algo que ya he comentado en otros lugares: Frank Herbert tenía el raro talento narrativo de ser capaz de sugerir muchísimo sin contar apenas nada. Era capaz de crear en la mente del lector la idea de un imperio galáctico lleno de elaboradas y bizantinas intrigas sin apenas dar explicaciones: una frase aquí, otra allá y conseguía el efecto deseado. Sus continuadores, por el contrario, se explayan durante páginas y páginas, narrando con detalle y explicando pormenorizadamente, pero el resultado que consiguen es, a menudo, el contrario al deseado. En la novela original sabíamos, aunque no veíamos su entramado, que había complicadísimos planes dentro de planes dentro de planes. Lo que vemos en las nuevas novelas son intrigas no especialmente inteligentes que tampoco son un prodigio de retorcimiento bizantino. Frank Herbert sabía bien que a menudo un esbozo bien tramado era mucho más sugerente que un cuadro completo y acabado; sus herederos no parecen haber comprendido esa lección.

¿Estoy siendo demasiado duro con estas novelas? Quizá. Al fin y al cabo, son novelas concebidas como entretenimiento ligero y sin pretensiones. Pero lo menos que puede uno pedirle a cualquier forma de entretenimiento es, precisamente, que resulte entretenido. Y no es el caso, más allá de la pequeña satisfacción que le producen al fan que algunos llevamos dentro de hacerlo volver a un escenario que le gusta.

O, para ser exactos, a un sucedáneo aproximado de él.

Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis)

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