El discurso de las armas y las letras

Seguramente fue una de las partes de la novela de Cervantes que más rechazo me causó, cuando la leí por primera vez allá por mis dieciséis años. Allí, el autor ponía en boca de su personaje un discurso en el que comparaba la profesión de las armas con la de las letras y llegaba a la conclusión de que la primera era, sin la menor duda, mucho más noble.

¿Cómo podía ser, me preguntaba yo, que uno de los más grandes escritores de nuestra historia considerase baladí su mayor logro en comparación con la vida del soldado? ¿Cómo era posible que de lo que estaba realmente orgulloso fuera de haber participado en la batalla de Lepanto y no de su obra literaria?

Supongo que cometía el error, tan habitual, de juzgar con mi mentalidad del siglo XX a un hombre del XVI. O eso fui pensando con los años.

Ahora, sin embargo, me pregunto si el error no estaría en otra parte. Si lo que Cervantes no está comparando en ese discurso no será otra cosa: no dos profesiones, sino dos modos de aprovechar la vida, por decirlo de algún modo.

Ciertamente, cuando la posteridad mira hacia atrás, lo que encuentra relevante es la obra literaria de Cervantes, y no que participase en ésta o aquella batalla. Sin embargo, sospecho que ahí Cervantes no está hablando para la posteridad, sino que se habla a sí mismo. Se pregunta, tal vez, qué es lo que hace plena su propia vida, merecedora, en sí misma, de haber sido vivida. Y llega a la conclusión de que no son sus logros, ni el campo literario ni en ningún otro, sino lo intensamente que ha vivido.

Como digo, la opinión de la posteridad será otra. Nos importan El Quijote o las Novelas ejemplares y no se nos da una higa que perdiera la movilidad de la mano en Lepanto. Sólo que en ese discurso no es el Cervantes escritor el que habla, sino el Cervantes hombre. Y a la postre, se dice, ¿qué importa más, crear una obra que pase a la posteridad o haber vivido una vida que merecía la pena?

Para nosotros, como lectores, sin duda lo primero. Para él, en tanto le atañía de cerca, lo segundo.

Al final, nos pongamos como nos pongamos, ésta es la única vida que tenemos para vivir. ¿Merece la pena crear una obra que las generaciones futuras no serán capaces de olvidar, a cambio de vivir como un misántropo totalmente inutilizado para las relaciones sociales, por ejemplo? Si la respuesta es no, podemos afirmar que es un pensamiento egoísta: sacrificar en el altar de tu propia felicidad el bienestar de las generaciones futuras. Claro que, si lo pensamos un poco y le damos la vuelta, ¿no es el otro pensamientos igualmente egoísta, no estamos diciendo “te jodes y nos das una obra que merezca la pena y nos importa tres cojones cómo hayas vivido”?

Hace tiempo, no recuerdo muy bien dónde, leí una frase que nunca he conseguido olvidar. Decía que hay tres tipos de hombres: los que viven la vida, los que la escriben y los que la leen. Y Cervantes, en el discurso de las armas y las letras, lo que quizá nos dice es que se enorgullece en pertenecer al primer tipo, que lo que de verdad importa es haber vivido su vida, y no haberse limitado a escribirla o leerla.

6 comentarios

  1. Esta entrada que has escrito es la mas hermosa que yo te haya leído. De verdad que cada vez me gustan menos los blogs. Esto debería ser publicado en algún sitio y deberías recibir dinero por ello.

    Eso te coloca en el segundo grupo, por cierto… :)

    Me ha hecho reflexionar sobre mi propia vida. Debido a que siempre he estado donde he estado y con quien he estado, siempre he tenido claro que antes me iba a poner a escribir, y con intensidad. Pero muchas veces me he planteado lo que Cervantes parece hacer aquí, si en vez de disfrutar de las intensas vidas escritas, no debería dedicar mis furzas a vivir esas intensas vidas. Y al final, como ocurre en estos casos, aún no he hecho ni lo uno ni lo otro, me he pasado el tiempo discutiendolo conmigo mismo.

    A lo que me temo que ayuda mucho nuestra moderna y odiosa sociedad programática.

    Pero hoy me he sentido inspirado e insuflado de nuvas fuerzas para seguir peleando. Gracias, Rudy. Y gracias, Maese Miguel.

  2. Pues yo estoy de acuerdo con eso de que hay que vivir la vida. Y aunque Cervantes se refería a escribir creo que puede aplicarse a otro tipo de actividades.

    Lo malo es darse cuenta cuando las oportunidades han pasado y te encuentras en una dinámica que no permite ir atrás. Hay que vivir la vida, disfrutar las cosas con intensidad, y lo demás, gilipolleces. Pero a veces vivimos en la nube y no queremos bajar de ella.

  3. Hombre, ya era hora de que te percataras… :D

    Hace algún tiempo, no mucho, Gabriel García Marquez anunciaba que había decidido dejar de escribir para hacer otras cosas.

    Yo lo flipé un poco, la verdad. Porque con ochenta y pico tacos, ¿a qué iba a dedicarse Gabo ahora? ¿A participar en orgias? ¿A tirarse en parapente?
    La vida de cada uno es la vida de cada uno, pero siempre he pensado que el orden correcto de las cosas debería ser:

    a) vivir como si el cielo fuera a derrumbarse sobre nuestras cabezas (como eso no va a pasar mañana, pongamos que pasado mañana).

    b) ir descubriendo nuevas barbaridades que hacer cuando las que practicabas hasta ahora ya no sean posibles por el paso de los años.

    c) cuando ya no puedas con los cojones, dedicarte a la literatura, a la construcción de maquetas y volver a fumar como un cosaco. Y darle al Cardhu como si fuera agua, que cuando te mueras, para celebrar un funeral vikingo, sólo haya que tirar una cerilla.

  4. Encontré esto por casualidad y me parece que tiene grandes aciertos psicológicos. Entendí mejor la misma perplejidad que sentí siempre frente al discurso de don Quijote.

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