Que el Hombre de Acero es uno de mis personajes favoritos del cómic de superhéroes, no resulta ningún secreto. A menudo tengo que explicar por qué, es cierto. La mayoría considera a Superman un personaje tirando a ñoño, cursi y simplote, cuando no lo ve, además, como tremendamente reaccionario (claro que hay gente que considera, directamente, fascista el tebeo de superhéroes, pero esa es otra historia). Y me resulta difícil llevarles la contraria, porque el Hombre de Acero ha sido todo eso que dicen con cierta frecuencia. (Aunque, suelo añadir, ¿cuánto hace que no leéis un tebeo de Superman? Porque el personaje del que me estáis hablando lleva obsoleto los últimos veinte años).

Superman, siempre me lo ha parecido, es un personaje con un potencial enorme. Y con el problema añadido de que ese potencial es muy difícil de desarrollar (algo parecido a lo que le pasa al Capitán América, ya que estamos en ello). Ha habido algunos autores que han sido capaces de sacar lo que lleva dentro y ofrecernos una imagen icónica, poderosa y atractiva del último hijo de Krypton, pero lo cierto es que durante buena parte de sus primeros cincuenta años de vida, la cosa iba por otros derroteros y las historias de Superman apenas tenían interés, por no mencionar que el personaje en sí era mortalmente aburrido. Sin embargo, de vez en cuando, se veían atisbos, aquí y allá, de lo que Superman podía llegar a ser en manos de un guionista competente que comprendiera todas sus posibilidades y que, además, le tuviera cariño al personaje.

Alan Moore, con sólo tres historias, demostró que era uno de esos guionistas. Hubo otros, por supuesto, pero fueron oasis en un desierto de comics con bonitas portadas e interiores deleznables.

Todo cambió en 1986. Habían pasado casi cincuenta años desde aquel junio de 1938 en que Superman hizo su primera aparición en el número 1 de Action Comics. Y un año antes había tenido lugar Crisis en Tierras Infinitas, cuyo objetivo, entre otras cosas, era simplificar el universo DC y proporcionar un tablero en blanco para que nuevos autores dieran su propia versión de los personajes más icónicos de la editorial.

John Byrne fue uno de ellos. Se encargó de las series del Hombre de Acero a partir de esa fecha y renovó completamente algunos aspectos de su leyenda: su origen, la personalidad de Clark Kent, sus relaciones con su entorno, sus poderes, sus motivaciones. Y supo renovar todo eso sin perder de vista lo sustancial. Su Superman no es un nuevo tipo vestido con el mismo traje. Mantiene la esencia del personaje, lo que hace de él un símbolo poderoso, pero al mismo tiempo es capaz de adaptarlo a los nuevos tiempos y de sacar a la luz buena parte de su potencial inexplorado. Tras Byrne llegaron otros autores. Algunos hicieron un buen trabajo; otros, un trabajo mediocre; otros, no muy bueno. Y algunos incluso superaron lo que Byrne había hecho en su día. Pero sin él, sin su renovación de los mitos básicos de Superman, todo el trabajo posterior no habría existido.

Hay varias frases que siempre han acompañado al Hombre de Acero. Desde el reclamo publicitario de “más rápido que una bala, más poderoso que una locomotora, capaz de traspasar el edificio más alto de un solo salto” con que se abría la serie de animación de los estudios Fleisher, al “up, up, and away!” con el que a menudo el personaje emprendía el vuelo.

Otra de las más habituales es, sin duda, la de “es un trabajo para Superman”. John Byrne hizo su propia versión de esa frase en la última página de su primer número al frente del Hombre de Acero. Un Clark Kent adulto que aún no ha creado su personalidad superheróica acaba de salvar a Lois Lane -y de paso, la ha conocido- en un accidente en un avión experimental. Asustado por el modo en que la gente se le ha echado encima al poner los pies en la tierra, comprende que, aunque quiere ayudar con sus habilidades a los demás, no puede hacerlo a cara descubierta. Vuelve a casa, a Smallville, donde sus padres adoptivos humanos le ayudan a diseñar su identidad pública de superhéroe, además del traje, del símbolo que lo identifica. El número termina diciendo: “A partir de ahora, siempre que haya personas que necesiten la clase de ayuda especial que yo puedo darles, no será un trabajo para Clark Kent, el hombre normal… será un trabajo para Superman”.

Y aquí está, la cita, tal como debe ser cuando hablamos de un cómic. La última página del número:

El superman de John Byrne

© 2007, Rodolfo Martínez
© 1986, DC Comics, por la ilustración

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