Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Octubre, 2007

Territorio incierto: Hijastros de Dune (3) Brian Herbert y Kevin J. Anderson

Miércoles, Octubre 31st, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »

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“Las secuelas son películas de putas”, decía William Goldman y, por más que él aplicara tal frase al mundo del cine, podríamos decir otro tanto de la literatura.

A veces resulta difícil distinguir cuándo un autor vuelve a su universo porque siente que aún le quedan cosas por contar sobre él o cuándo lo hace movido por puro interés crematístico… En ocasiones, de hecho, es posible que ambos factores confluyan. Por otro lado, cuando un autor franquicia su propia creación y se limita a cobrar royalties a medida que otros escriben novelas ambientadas en su escenario, es fácil suponer que se embarca en la frase de Goldman.

¿Qué ocurre cuando son otros los que lo hacen? ¿Cuando los herederos, ya sean intelectuales o biológicos del autor son los que ponen manos a la obra y encargan, o directamente escriben, nuevas historias en el universo que le dio fama? ¿Los mueve el deseo de dar su propia visión de un escenario que aman o simplemente se limitan a explotar un filón?

En el caso de Brian Herbert, supongo que hay un poco de todo. Espera ganar (y seguro que lo hace) sus buenos dinerillos con lo que escribe, pero estoy seguro de que también lo mueve la admiración por la obra de su padre. Ignoro lo que impulsa a su colaborador, Kevin J. Anderson, pero seguro que también es una combinación de ambas cosas: sin duda en parte es un fan convirtiendo su sueño en realidad (jugar con uno de sus universos favoritos) y en parte es un profesional de las letras que aspira a sacarse un buen beneficio.

Claro que en realidad, la cuestión no sería tanto cuál es la motivación que hay tras el asunto sino cuáles son los resultados. Al fin y al cabo, como lector poco me importa que sea el interés crematístico, el amor o la admiración los que impulsen el proceso creador, sino la obra acabada y lo satisfactoria que me resulte estéticamente.

Se podría discutir lo lícito o ilícito de continuar la obra de un autor fallecido. Siempre he pensado, eso es cierto, que no es moralmente correcto publicar póstumamente algo que su autor quiso que permaneciera inédito (y eso lo comentaré más extensamente otro día, cuando hable de Christopher Tolkien y de su labor como exegeta de su padre), pero esto no es exactamente lo mismo.

Podríamos considerar que cuando un escenario o unos personajes se hacen lo bastante populares para adquirir la categoría de iconos en el imaginario colectivo, dejan de pertenecer a sus autores y es lícito que cualquiera vuelva sobre ellos y trate de reescribirlos o reinventarlos para las nuevas generaciones. Es algo que se ha hecho a menudo y, en realidad, yo mismo lo he intentado con Sherlock Holmes, así que sería un tanto hipócrita si me rasgara ahora las vestiduras porque Brian Herbert y Kevin J. Anderson vuelvan sobre el escenario de Dune mientras yo embarco al detective de Baker Street en nuevas aventuras.

Así que, de acuerdo, es lícito.

Pero, de nuevo, eso importa poco desde la perspectiva del lector. Lícito o no, ¿justifican los resultados el trabajo emprendido? ¿Estamos ante una obra que amplía un universo literario que conocemos y nos gusta, que lanza sobre él una mirada novedosa o nos ofrece un punto de vista original?

Me temo que, en el caso de los nuevo libros de Dune, la respuesta es que no, no mucho.

Hasta ahora Herbert y Anderson han escrito dos nuevas trilogías y una miscelánea que, bajo el título de The Road to Dune ofrece textos de diversos orígenes, entre ellos una reconstrucción de la novela original sobre el mundo desierto que escribió Frank Herbert, antes de que sucesivas versiones la fueran dejando tal y como la conocemos.

La primera trilogía narra los años de juventud y madurez del Duque Leto Atreides, el padre de Paul, y trata de presentarnos los antecedentes que han llevado a la situación política y social que conocemos cuando arranca Dune.

La segunda se remonta miles de años en el tiempo y nos presenta la Jihad Butleriana, la guerra contra las máquinas que erradicó las inteligencias artificiales del universo.

Según he oído, ambos autores tienen planeada una nueva trilogía que continuaría la saga original, retomándola tras el sexto libro, esa Casa Capitular: Dune cuyo final era una pirueta extraña que no estaba muy claro de hacia dónde conducía.

Sin duda, económicamente la cosa ha rentado. Es de cajón que si la primera trilogía no hubiera vendido, ni se habría escrito la segunda ni se estaría planeando una tercera.
Literariamente… Bien, ahí está el problema.

Quizá Frank Herbert no era un escritor de primera línea, pero tenía gancho narrativo y sabía contar las cosas de un modo que acababan interesando al lector. Su hijo y Anderson, por el contrario, adoptan la escritura mecánica característica del best seller y crean una narrativa simplota y más bien plana. Los acontecimientos que ocurren en las nuevas novelas pueden o no ser interesantes, pero la forma en que están contados no engancha demasiado, aunque tampoco desmotiva en exceso.

Los libros no “molestan”, podríamos decir. Se leen con facilidad y se olvidan con más facilidad aún. La historia está bien tramada y, también como en cualquier best seller al uso, se nos ofrecen multitud de tramas paralelas que van desembocando poco a poco en el desenlace. Muchos personajes moviéndose de acá para allá, abundantes cambios de decorado y ambientación, acción, intrigas cortesanas, momentos de peligro para los personajes centrales y, por supuesto, el escenario que conocemos revisitado una vez más.

Pero no aportan nada a lo que ya sabemos. La primera trilogía funciona sobre todo por el factor nostalgia, porque se nos hace volver a una serie de personajes y ambientes que conocemos y que nos gustan y se nos presentan nuevas historias sobre ellos. Pero son historias que en ningún caso enriquecen nuestra perspectiva del universo de Dune. Nada de lo que se nos cuenta amplía nuestros horizontes de lectores: resulta agradable de leer si uno es un fan (porque, me temo que es así, los fans siempre queremos más de lo que nos gusta, no importa cómo, ni a menudo nos importa que sea lo mismo una y otra vez) y apenas interesante si no lo es.

La trilogía sobre la Jihad Butleriana carece de ese factor nostalgia: hemos retrocedido miles de años al pasado. Sí, ahí están apellidos que nos resultan familiares, como Atreides, Harkonnen o Corrino; y sí, ahí tenemos al planeta Arrakis; y sí, ahí están la especia y los gusanos de arena. Pero los personajes son otros, y ni siquiera el escenario descrito se parece mucho a lo que conocemos. Eso podría ser un aliciente, bien manejado: precisamente el alejarse del decorado familiar e intentar narrar algo nuevo (algo parecido intentó Frank Herbert en los últimos libros de la serie) podría darle nuevo interés al asunto.

Pero me temo que es al revés. Despojado del enganche que tiene volver a un universo familiar, la nueva historia se nos desvela como ramplona, más bien predecible y poco interesante y ni siquiera el juego de ver cómo la situación empieza a transformarse en lo que conocemos o desarrolla las semillas de lo que será el posterior universo de Dune consigue aportarle mucho interés.

Por no mencionar algo que ya he comentado en otros lugares: Frank Herbert tenía el raro talento narrativo de ser capaz de sugerir muchísimo sin contar apenas nada. Era capaz de crear en la mente del lector la idea de un imperio galáctico lleno de elaboradas y bizantinas intrigas sin apenas dar explicaciones: una frase aquí, otra allá y conseguía el efecto deseado. Sus continuadores, por el contrario, se explayan durante páginas y páginas, narrando con detalle y explicando pormenorizadamente, pero el resultado que consiguen es, a menudo, el contrario al deseado. En la novela original sabíamos, aunque no veíamos su entramado, que había complicadísimos planes dentro de planes dentro de planes. Lo que vemos en las nuevas novelas son intrigas no especialmente inteligentes que tampoco son un prodigio de retorcimiento bizantino. Frank Herbert sabía bien que a menudo un esbozo bien tramado era mucho más sugerente que un cuadro completo y acabado; sus herederos no parecen haber comprendido esa lección.

¿Estoy siendo demasiado duro con estas novelas? Quizá. Al fin y al cabo, son novelas concebidas como entretenimiento ligero y sin pretensiones. Pero lo menos que puede uno pedirle a cualquier forma de entretenimiento es, precisamente, que resulte entretenido. Y no es el caso, más allá de la pequeña satisfacción que le producen al fan que algunos llevamos dentro de hacerlo volver a un escenario que le gusta.

O, para ser exactos, a un sucedáneo aproximado de él.

Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis)

© 2007, Rodolfo Martínez
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Viva el derecho romano

Lunes, Octubre 29th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 8 comentarios »

Recientemente me he visto entera la primera temporada de Boston Legal (sí, ya sé que anda por la cuarta). La serie me ha gustado. De hecho, va gustándome más a cada capítulo que veo. Y no paro de sorprenderme del excelente papel que hace William Shatner.

Pero lo que más acudía a mi cabeza a medida que la veía era el pensamiento de que teníamos mucha suerte por nuestro sistema legal. Con todos los fallos que tiene, y todas esas sentencias absurdas que a veces vemos por ahí, lo prefiero mil veces al sistema anglosajón basado en el derecho consuetudinario y los jurados populares. No es perfecto, ciertamente, pero al menos aquí tenemos leyes escritas que intentan abarcar todos los casos posibles y los jueces están obligados a fundamentar sus sentencias en base a esas leyes.

Soy consciente de que lo que vi era una serie de televisión y, por tanto, las situaciones estaban deliberadamente exageradas para que fueran más dramáticas. Pero, incluso restando eso, el sistema de juicios por jurados me sigue pareciendo una aberración. En nuestro país, un juez no puede condenar a un acusado simplemente porque le caiga mal, al menos en teoría. Y, cuando quiere hacerlo así, se ve obligado a justificar sus prejuicios en base a la ley existente. En un sistema de jurados como el americano, se puede fallar a un lado a otro dejándote llevar simplemente de tus simpatías o antipatías, y no tienes por qué justificar nada.

Hace unos años, si no me equivoco, que se lleva intentando introducir el sistema de jurados en nuestro país, al menos para cierto tipo de casos. Y, de hecho,recuerdo un caso bastante sonado donde el juez que supervisaba el proceso tuvo que anular la sentencia emitida por un jurado. Tal como lo vi, a la acusada se la había condenado por dos motivos básicos: era lesbiana y antipática. Eso fue suficiente para tener el jurado en contra. Las pruebas no importaban: la señora en cuestión caía mal y fue suficiente para que se fallase en su contra.

El argumento de “democratizar la justicia” que se ha esgrimido a veces para justificar el sistema de jurados siempre me ha parecido de un papanatismo extremo. ¿Qué demonios tiene que ver la democracia con eso? ¿O es que acabaremos llegando al extremo de cierto pueblo de Canadá que decidió por referendum que la torre que había en las afueras era “auténticamente vikinga”?

En fin, que me alegro de vivir en un país que tiene el derecho romano como base de su sistema legal. Y que siga así por muchos años.

© 2007, Rodolfo Martínez
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El cristal con que se mira

Viernes, Octubre 26th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 9 comentarios »

No suelo ver los telediarios, lo confieso. Pero el domingo pasado, mientras esperaba a que estuviera la comida, me dio por bajar a las cadenas generalistas y hacer un poco de zapping. Me encontré con las noticias de TeleCinco, que se estaban volcando en la cobertura informativa del Gran Premio de Brasil, y complementando el asunto con pequeños reportajes que, lo confieso, encontré más bien estúpidos.

Hubo uno que me llamó la atención, sin embargo. Un reportero se había desplazado al lugar donde vivía Hamilton y nos mostraba una ciudad totalmente indiferente a la suerte que pudiera correr el posible futuro campeón del mundo. Eso contrastaba con las imágenes que acabábamos de ver, con un Oviedo sumido en el delirio y el frenesí.

Y no pude por menos que preguntarme si me estaban mostrando la verdad. Si realmente los habitantes del pueblo en cuestión pasaban del tema tanto como parecía. Porque al fin y al cabo, es muy fácil ir a una ciudad, filmar los lugares que nos interesen y luego mostrar eso como si fuera representativo del ambiente que se vive allí.

No, no pienso que TeleCinco nos engañara o nos diera una visión deformada del asunto. Seguro que lo que nos mostró no estaba manipulado. Sin embargo, habría resultado tan fácil… Igual de fácil que habría sido, por ejemplo, para un equipo de televisión inglés, acercarse a Oviedo y filmar en los lugares y momentos adecuados para dar la impresión de que la ciudad era indiferente a la suerte de Alonso.

No es ninguna novedad, desde luego. Estamos acostumbrados a mirar el mundo a través de una ventanita estrecha en la que alguien nos muestra lo que le place y que nosotros aceptamos como la realidad. “Si sale en la tele, es cierto”, se dice. Y lo contrario, también: “si no sale en la tele, no existe”.

Y, como digo, no es ninguna novedad. No he descubierto el fuego ni inventado la rueda, eso salta a la vista. Lo que comento es algo que se sabe, que supongo que todos más o menos sabemos. Pero en lo que, me parece, no solemos pensar.

¿Qué sabemos realmente de lo que pasa en el mundo? Sólo lo que otros nos cuentan, en la medida que a ellos les interesa y del modo en que a ellos les interese. Y es curioso, porque tengo la sensación de que cuanto más avanzados son los medios de comunicación, cuanto más sencillo es, tecnológicamente, transmitir una información veraz y sin distorsiones también resulta más fácil distorsionar.

¿Adónde quiero llegar? Pues en realidad, no lo sé. A ninguna parte quizá.

© 2007, Rodolfo Martínez
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El discurso de las armas y las letras

Miércoles, Octubre 24th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 5 comentarios »

Seguramente fue una de las partes de la novela de Cervantes que más rechazo me causó, cuando la leí por primera vez allá por mis dieciséis años. Allí, el autor ponía en boca de su personaje un discurso en el que comparaba la profesión de las armas con la de las letras y llegaba a la conclusión de que la primera era, sin la menor duda, mucho más noble.

¿Cómo podía ser, me preguntaba yo, que uno de los más grandes escritores de nuestra historia considerase baladí su mayor logro en comparación con la vida del soldado? ¿Cómo era posible que de lo que estaba realmente orgulloso fuera de haber participado en la batalla de Lepanto y no de su obra literaria?

Supongo que cometía el error, tan habitual, de juzgar con mi mentalidad del siglo XX a un hombre del XVI. O eso fui pensando con los años.

Ahora, sin embargo, me pregunto si el error no estaría en otra parte. Si lo que Cervantes no está comparando en ese discurso no será otra cosa: no dos profesiones, sino dos modos de aprovechar la vida, por decirlo de algún modo.

Ciertamente, cuando la posteridad mira hacia atrás, lo que encuentra relevante es la obra literaria de Cervantes, y no que participase en ésta o aquella batalla. Sin embargo, sospecho que ahí Cervantes no está hablando para la posteridad, sino que se habla a sí mismo. Se pregunta, tal vez, qué es lo que hace plena su propia vida, merecedora, en sí misma, de haber sido vivida. Y llega a la conclusión de que no son sus logros, ni el campo literario ni en ningún otro, sino lo intensamente que ha vivido.

Como digo, la opinión de la posteridad será otra. Nos importan El Quijote o las Novelas ejemplares y no se nos da una higa que perdiera la movilidad de la mano en Lepanto. Sólo que en ese discurso no es el Cervantes escritor el que habla, sino el Cervantes hombre. Y a la postre, se dice, ¿qué importa más, crear una obra que pase a la posteridad o haber vivido una vida que merecía la pena?

Para nosotros, como lectores, sin duda lo primero. Para él, en tanto le atañía de cerca, lo segundo.

Al final, nos pongamos como nos pongamos, ésta es la única vida que tenemos para vivir. ¿Merece la pena crear una obra que las generaciones futuras no serán capaces de olvidar, a cambio de vivir como un misántropo totalmente inutilizado para las relaciones sociales, por ejemplo? Si la respuesta es no, podemos afirmar que es un pensamiento egoísta: sacrificar en el altar de tu propia felicidad el bienestar de las generaciones futuras. Claro que, si lo pensamos un poco y le damos la vuelta, ¿no es el otro pensamientos igualmente egoísta, no estamos diciendo “te jodes y nos das una obra que merezca la pena y nos importa tres cojones cómo hayas vivido”?

Hace tiempo, no recuerdo muy bien dónde, leí una frase que nunca he conseguido olvidar. Decía que hay tres tipos de hombres: los que viven la vida, los que la escriben y los que la leen. Y Cervantes, en el discurso de las armas y las letras, lo que quizá nos dice es que se enorgullece en pertenecer al primer tipo, que lo que de verdad importa es haber vivido su vida, y no haberse limitado a escribirla o leerla.

© 2007, Rodolfo Martínez
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El racismo de los oprimidos y el fandom español

Lunes, Octubre 22nd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 1 comentario »

El otro día leí un comentario que me dio que pensar. Básicamente alguien afirmaba que España era el país más racista de la Unión Europea.

Pues, hombre, no lo sé. Sin duda existen actitudes racistas en España, como en cualquier otro lugar donde conviva más de una etnia. Es inevitable: la desconfianza y el miedo hacia la tribu de al lado está implantada en nosotros desde siempre. Y si encima la tribu de al lado es fácilmente identificable por el color de su piel, la forma en que viste o sus costumbres y tradiciones, pues resulta hasta más sencillo descargar en ella nuestros odios y temores. Así que sí, nadie con dos dedos de frente negará que existe racismo en España. Como existe en el resto del mundo.

Pero, ¿somos un país especialmente racista? ¿Somos el país más racista de Europa? No lo sé. Tiendo a dudarlo, la verdad, pero bien pudiera ser cierto.

Sin embargo, la reflexión que ha despertado en mí la frasecita de marras va por otro lado. Hay un tipo de racismo del que se habla pocas veces y se critica menos aún, quizá porque resulta poco políticamente correcto hacerlo. El racismo del opresor, digamos, del que tiene la sartén por el mango, de la “facción dominante” en una sociedad se comenta, se critica, se denosta… Pero pocas veces se hace lo mismo con lo que podríamos llamar el “racismo de los oprimidos”.

Un racismo que, probablemente, surge como reacción, como mecanismo de defensa ante una situación de persecución o de opresión, como un modo de no perder la identidad como pueblo cuando ésta está amenazada por un invasor o un tirano o el sector dominante de la sociedad. Pero, por muy mecanismo de defensa que sea, no deja de ser racismo y, a la larga, va volviéndose problemático y peligroso, tanto como el otro. De hecho, no es raro que, cuando desaparece la situación de persecución u opresión que lo hizo nacer, ese racismo siga por ahí causando problemas.

No creo que haga falta poner ejemplos, me imagino que cualquiera, con sólo pensar un poco puede encontrar ejemplos de ese “racismo de los oprimidos”: desde las primeras películas de Spike Lee (con un componente misógino muy evidente, además), hasta la mística del pueblo elegido que han usado muchas etnias (y no quisiera tocarle las narices a nadie recordando el caso de ciertos ideólogos del “vasquismo” que podrían ser asimilados a teorías nacionalsocialistas a poco que me apuraseis) pasando por la simple sensación de “superioridad moral” frente al opresor que se puede ver con frecuencia a poco que escarbemos un poco por aquí o por allá.

Y es precisamente eso último lo que me lleva al tan traído y llevado fandom español. El grupo de aficionados a la literatura de ciencia ficción y fantasía más activo, por dar una definición rápida para los no iniciados: los que van a las convenciones, se mueven por la red, participan en las publicaciones…

Como reacción al ninguneo (cuando no la presentación directamente deformada y tendente al ridículo) que los medios de comunicación y el stablishmente intelectual hacen del género que les gusta, la actitud adoptada por una parte del fandom (no por todo él, ni mucho menos) es un “no les necesitamos, somos mejores que ellos, ellos se lo pierden que no tienen ni puta idea”, lo que acaba degenerando en un cerrilismo endogámico que, como es evidente, hace bastante más mal que bien. Como reacción ante el hecho de pertenecer a un grupo minoritario, surge el orgullo por ser minoría: somos los pocos, los elegidos, los selectos, los que estamos en el ajo y somos capaces de disfrutar de lo bueno.

La actitud, resulta evidente, es tan inevitable como estúpida. Y, al final, siempre termino recordando una frase de Asimov. Frase que, en su momento, y siendo él judío, tuvo que requerir bastantes narices para soltarla en público:

Que un pueblo sea perseguido u oprimido por otro, sólo implica que es más débil. No que es moralmente superior.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Citas citables: Raymond Chandler

Sábado, Octubre 20th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 9 comentarios »

Supongo que llegué a su obra a través del cine. Seguramente de la adaptación de El sueño eterno que dirigió Howard Hawks con guión de Leight Brackett, William Faulkner y Jules Furthman, e interpretada, por supuesto, por Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Era una adaptación, supe después, con la que Chandler se sentía bastante satisfecho, pese a la introducción de una trama romántica en una historia que, en origen, carecía de ella. Es conocida la historia de que, en cierto momento, el director llamó a Chandler para preguntarle quién había matado al chófer, asesinato que es más o menos el inicio del arranque de la acción, y Chandler respondió que no tenía ni idea.

Bogart no era, por otra parte, el actor que tenía en mente cuando creó al personaje de Philip Marlowe sino, curiosamente, Cary Grant. Hoy es difícil imaginarse un Marlowe que no sea Bogart, pese a que ha habido unos cuantos actores más que lo han encarnado (Robert Montgomery, Elliot Gould, James Garner o Robert Mitchum, por ejemplo) y el propio Chandler reconocía que le gustaba la forma en que Bogart había encarado la interpretación del personaje. De él dijo una par de cosas, como que era de los pocos actores que podía parecer amenazador sin necesidad de un arma o que, para dominar una escena, lo único que tenía que hacer era entrar en ella.

Como digo, fue seguramente esa película la que me llevó a buscar las novelas de Chandler. La primera que leí fue Adiós, muñeca, segunda de la serie y, poco después, El largo adiós, considerada la mejor. Luego, las fui consiguiendo todas (incluso esa Historia de Poodle Springs que perpetró Robert B. Parker a partir de los primeros capítulos que Chandler había escrito poco antes de su muerte) y creo que mis favoritas son La hermana pequeña y La dama del lago.

También me hice con sus cuentos, una biografía y una colección de cartas. Hubo una época en que fue, sin lugar a dudas, uno de mis escritores favoritos. Y diría que, pese a los años transcurridos, lo sigue siendo.

Sus novelas están llenas de frases memorables (Marlowe usaba su lengua como un arma, al fin y al cabo) pero creo que la que más me gusta está en Playback, la última novela, donde un Marlowe cansado y al borde de la derrota acaba aceptando la proposición de matrimonio de una rica heredera. Chandler no tardó en arrepentirse de haber hecho que su personaje, en cierto modo, se rindiera ante la vida, e intentó arreglarlo en la siguiente novela. Como ya he dicho, apenas dejó un par de capítulos escritos antes de morir y quien la terminó fue Robert B. Parker (autor de las novelas de Spenser, al que quizá recordéis por la serie de televisión que interpretó Robert Urich y en la que aparecía Avery Brooks -el futuro comandante de Espacio Profundo 9- como secundario habitual). Siguiendo lo que parecían los deseos de Chandler, Parker no tarda en dejar de nuevo soltero a Marlowe y lo lleva de vuelta a su apartamento de mala muerte en Los Ángeles. Aparte de eso, la novela es poco memorable.

Decía que mi frase favorita está en Playback. Marlowe habla con una mujer con la que se ha involucrado. Y ella le pregunta:

-¿Cómo puedes ser tan duro y tan tierno a la vez?
-Si no fuera duro no podría estar vivo. Si no fuera tierno, no merecería estarlo.
Raymond Chandler: Playback

© 2007, Rodolfo Martínez

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Como si no salieras de casa

Viernes, Octubre 19th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 3 comentarios »

Buena parte de nuestros prejuicios, dicen, se curan saliendo de casa y viendo cómo viven los demás. La frase, tal como la oí originalmente, decía algo como “el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”, pero en realidad puede ser aplicada a muchas de nuestras actititudes más cerriles.

Claro que, si lo pienso un poco, ¿esas actitudes cerriles -lo mío es lo mejor, los de la tribu de al lado no tienen ni puñetera idea, no hay nada comparable a ser de donde yo soy…- no son en el fondo actitudes en las que el nacionalismo acaba degenerando con cierta facilidad? Y no, no hablo exclusivamente, como muy bien señala de nuevo César Mallorquí en su blog, de los nacionalismos políticos, sino de algo mucho más directo y, a menudo, visceral. Al fin y al cabo tan cerrilmente nacionalista es el americano -o español, o catalán, o, no digamos ya, inglés o francés- que considera su país superior al resto del mundo como el habitante de Gauadalascañas que piensa que su pueblo es el más bonito del universo y que el resto de los pobres mortales son unos desgraciados por no haber nacido donde él.

Pero a lo que íbamos. Dejémoslo en que ciertos “ismos” se curan viajando, para no despertar polémicas innecesarias. O necesarias, vete tú a saber.

En cualquier caso me pregunto si la frasecita de marras es cierta. Conozco a bastante gente que viaja con frecuencia. Que gusta de pasar su vacaciones en lugares remotos y visitar culturas muy diferentes a la que viven. Y, sin embargo, vuelven exactamente igual que como se han ido. Tan cerriles, faltos de miras y carentes de perspectiva como al marcharse. Viajan como si no salieran de casa. Visitan otras culturas como quien va al cine a ver una película: se pasa inmerso en ella un par de horas y la olvida en cuanto ha abandonado la sala. Por más que viajen y visiten este lugar o el otro o el de más allá, son totalmente impermeables.

Sin embargo, pienso que sí, que la frase es cierta. Que ciertos “ismos” se curan viajando. El problema, creo, es que el verdadero viaje empieza dentro de uno mismo. Si has iniciado ese viaje, a lo mejor ni siquiera tienes que moverte físicamente para viajar, pero si no lo has hecho de nada te sirve recorrer el universo entero. Volverás a casa exactamente igual que como has salido.

Porque, en realidad, no habrás salido de ella nunca. Como si fueras una especie de caracol ideológico, digamos.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Compartir material audiovisual es legal. Se pongan como se pongan

Jueves, Octubre 18th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 2 comentarios »

Hace un tiempo se cerraron varias webs que promovían enlaces con el eMule y el BitTorrent. Ahora, según leo en el blog de Sergio Iglesias y en Microsiervos, el asunto ha sido sobreseído. No sólo se afirma que compartir material es legal en tanto no exista ánimo de lucro, sino que además, en una web que se limite a tener enlaces a ese material, el ánimo de lucro es irrelevante, ya que se limitan a informar dónde está lo que te puedes bajar, en ningún caso te lo bajas a través de ellos. La analogía que se establece entre la información que te da un periódico sobre la programación televisiva y que luego tú te grabes parte de esa programación, me parece bastante clara y contundente.

En fin, en cualquier caso, en los dos enlaces que os he dejado se explica todo con más claridad.

Sergio pide que, al igual que en su momento se dio la máxima difusión al “golpe contra la piratería” por parte de los medios, ahora nosotros intentemos hacer lo mismo en la dirección opuesta: no había piratería, no había acto ilegal alguno y ahora alguien tiene que envainársela.

Y, bueno, pues ésta es mi pequeña aportación al asunto.

Sin duda, la frase con la que Sergio termina su post no puede ser más contundente ni más clara: no puedes cobrar por hacer algo y al mismo tiempo prohibirlo. Que no. Que no es así como funcionan las cosas.

© 2007, Rodolfo Martínez

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El agradecimiento de una dama

Miércoles, Octubre 17th, 2007 Pertenece a Cuentos, En carne y hueso | Sin comentar »

Rodolfo Martínez
El agradecimiento de una dama
-Compa(ñ)ero Leonardo, Semana Negra de Gijón, Julio de 2004
-Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006

Uno está trabajando tranquilamente cuando de pronto lo llaman por teléfono y una voz conocida, con un claro acento mejicano, a mitad de camino entre la urgencia y la diversión le pide, para antes de cinco días, un texto sobre Leonardo da Vinci con destino al próximo proyecto de la Semana Negra de Gijón. Tengo total libertad para hacer lo que quiera, con tal de que ese “lo que quiera” esté entregado antes del fin de semana y gire alrededor de la figura del artista del Renacimiento italiano.

Como dirían Les Luthiers “¡Qué compromiso, qué compromiso!”. Porque, vamos a ver, ¿qué se yo sobre Leonardo da Vinci, más allá de que hacía diseños de máquinas que nunca llegaron a fabricarse, que era un extraordinario pintor y que hay un cuadro suyo sobre una señora que no se sabe muy bien de qué se sonríe colgado en un museo del París de la Francia?

Un caballero blanco, en forma de mierense incontrolable, acudió al rescate. Javier Cuevas me sugirió una idea para mi historia sobre Leonardo. Al principio no pasaba de un discreto chistecito que podía despertar la sonrisa o el cabreo del lector, dependiendo del ánimo de éste. Pero dándole vueltas, lo que no era más que un chiste, una anécdota trivial, terminó convirtiéndose casi en un relato criminal, negro, lo que teniendo en cuenta quién iba a publicar el libro, resultaba bastante adecuado.

Así nació “El agradecimiento de una dama”, un pasatiempo sin más trascendencia pero que, creo, cumple adecuadamente su función. Además de aparecer en el volumen miscelaneo Compa(ñ)ero Leonardo que editó la Semana Negra de Gijón en 2004, fue recogido en mi segunda antología de relatos, Laberinto de espejos.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Canonízame

Lunes, Octubre 15th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 29 comentarios »

El otro día, mientras comíamos, hablamos de la SGAE y de su intento de “canonizar” todo lo canonizable. Entre otras cosas comentamos el canon que ahora quieren imponer a las peluquerías por tener puesta la radio o el hilo musical para amenizar la espera a los clientes.

Alguien comentó “no, si el día menos pensado habrá que pagar un canon por ir por la calle silbando una canción”. Era broma, claro, pero a veces no puedo evitar pensar que a lo mejor la SGAE no ha intentado eso todavía simplemente porque aún no se le ha ocurrido. Porque sus intenciones son muy claras: cualquier medio de almacenamiento o transmisión de datos que sea susceptible de contener material que caiga bajo su jurisdicción, debería ser gravado con un canon.

Y, al fin y al cabo, el cerebro (junto con otras partes del cuerpo humano) es un medio de almacenamiento y transmisión de la información.

Venga, canonizadnos a todos.

© 2007, Rodolfo Martínez

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