Oye, véndeme tu alma

Escribí este cuento allá por 1989. Fue fruto de una conversación bastante friki sobre pactos con el demonio y esas cosas, de la que acabó surgiendo la idea para el relato. Poco más de un chistecito, en realidad. Lo publiqué, sin embargo, en el número 3 del fanzine Parsifal, en 1994. Y un año más tarde, el fanzine argentino Galileo lo reeditaría en su número 6. Cuando, hace un par de años, empecé a preparar mis dos antologías de relatos, Callejones sin salida y Laberinto de espejos, decidí dejarlo fuera. Sin embargo, pese a ser poco más que un divertimento intrascendente, aún consigue arrancarme una sonrisa cuando lo releo.

Hasta donde lo recuerdo, la cosa empezó cuando Carlos me dijo:

-Oye, véndeme tu alma.

Yo alcé la vista, sorprendido. Me había pasado los últimos minutos viendo una gota resbalar por mi vaso de cerveza hacia la mesa. No estaba preparado para un proposición de ese estilo.

-¿Hmm? -pregunté, no muy seguro de haberle oído bien. Al fin y al cabo, la música estaba bastante alta y mi mente perdida en las ensoñaciones metafísicas a las que puede llevar el ver una gota de rocío resbalar por un vaso.

-Que me vendas tu alma.

Pues sí, había oído bien. Les eché un vistazo a los vasos vacíos que Carlos tenía a su lado. Tres whiskies, un chupito de tequila y dos cervezas. No podía ser el alcohol, casi no había bebido nada.

-¿Qué pasa? -dije-. ¿Has esnifado caspa de mala calidad últimamente?

-Hablo en serio.

-Y yo en sirio. -Y empecé a reírme. Reconozco que no fue una salida muy ocurrente, pero yo tampoco me encontraba en plenitud de facultades. No estaba borracho, por supuesto, media docena de cervezas y cuatro chupitos de tequila no pueden emborrachar ni a una monja, pero digamos que estaba… ligeramente irresponsable. Algo así, vaya.

-Oye, Jose, te lo digo completamente en serio. ¿Quieres venderme tu alma?

-Venga ya.

Alcé el brazo para llamar al camarero. Carlos necesitaba urgentemente una copa. Yo también. No vino nadie. Jodido sitio.

-¿Por qué no? Siempre andas por ahí diciendo que eres ateo, ¿no? Así que no tienes alma, ni hay un diablo que se la pueda llevar. ¿Qué trabajo te cuesta venderme algo que no tienes?

Vale, vamos a seguirle la corriente. Al fin y al cabo, qué trabajo me costaba, y si el chaval era feliz así, pues eso.

-¿Por cuánto? -pregunté.

Carlos ni siquiera parpadeó.

-Diez talegos.

Me di una bofetada a mí mismo. No muy fuerte, pero me la di.

-Joder, colega, andas chungo del todo, ¿eh?

-Todo lo chungo que quieras, pero son diez mil pesetas por algo que ni siquiera crees que exista. ¿Qué me dices?

-Que voy a llamar al Asilo de Arkham para criminales piraos y les digo que te vayan buscando una preciosa celda entre el Joker y Dos Caras. Tú estás loco. Eso, o le has estado dando al ácido sin que yo lo supiera. Y eso sí que me jode, porque ¿para qué estamos los amigos sino para invitarnos?

Carlos meneó la cabeza de un lado a otro, como desesperanzado por la incomprensión del mundo. El mundo, en este caso, era yo.

-Mira. Es la última vez que te lo digo. Tú me vendes tu alma y yo te suelto diez papiros.

Una idea luminosa (a veces tengo alguna, aunque no muy a menudo) se abrió paso en mi cabeza. Apartó a toda leche a la cerveza y el tequila y alcanzó mi garganta:

-Y ¿qué vas a hacer con ella?

-¿A ti qué más te da? Una vez que sea mía, ya no tendrás que preocuparte por ella.

Aquello tenía lógica. A mí me sonó lógico, por lo menos. Alguien puso una versión disco de Noche en el Monte Pelado. Muy apropiado para la ocasión.

-Estás chungo, ya te lo dije. Pero diez papiros son diez papiros. Mi alma es tuya, Carlos, colega.

Pareció que le hubiesen dicho que había ganado la loto. El rostro se le iluminó. En aquel momento creo que hubiese sido capaz él solo de alumbrar toda la ciudad.

-Estupendo -dijo-. Espera un momento.

-¿Adónde vas?

-A la barra.

-Cojonudo. Pídeme otra cerveza y un chupito de tequila a cuenta de las diez mil.

No contestó. Se levantó y lo vi dirigirse con paso extrañamente seguro a la barra. Pobre chaval. Estaba jodido de verdad. Pero si quería soltarme diez mil pesetas por nada, yo encantado, qué leche.

Volvió enseguida, con lo que le había pedido. También traía una hoja de papel y un bolígrafo.

-¿Vas a hacer testamento? -pregunté, y encontré la frase increíblemente graciosa. Se me escapó una risita chillona que ahogué con un poco de cerveza.

-Es para el contrato de venta -dijo, muy serio-. Toma, escribe lo que te voy a dictar.

-Vale, vale.

Cogí el papel y el bolígrafo. Eché un nuevo trago y miré a Carlos, expectante y medio muerto de risa.

-Escribe: El abajo firmante, José Manuel Gutiérrez Sánchez, D. N. I. número, bueno, pones el número de tu carnet de identidad -asentí-. Sigamos. Por el siguiente contrato declara que su alma ha sido vendida por la cantidad de diez mil pesetas a Carlos García Freije, D. N. I. -me dio su número-. Ponemos por testigos a todas las deidades infernales. Que Lucifer, Belcebú, Satanás y Azrael lo confirmen. En Gijón, a…

-¿Qué pasa, no ponemos de testigos a Cthulhu y Pennywise?

-Déjate de paridas y escribe: En Gijón, a 19 de abril de 1989. Firmado… Ya está, ahora tienes que firmar con sangre.

-¿Cómo fue? Y luego nos cargamos un gallo negro y buscamos un cruce de caminos. Que te den, hombre.

-¿Qué pasa? ¿Por diez talegos no eres capaz de hacerte una pequeña herida en el dedo?

No contesté. Acabé lo que quedaba de la cerveza de un trago. Miré a Carlos. Parecía más serio que la momia de un funcionario. Qué cojones, por diez mil pesetas era capaz hasta de aguantar una película de Herzog.

-De acuerdo.

Saqué mi navaja multiuso y me hice un pequeño corte en el dedo índice. Carlos me tendió un palillo. Lo cogí y lo hice girar entre los dedos.

-¿Qué se supone que tengo que hacer con esto?

-Mojarlo en la sangre y escribir con él.

Aquello cada vez tenía menos sentido, y además, casi me desangro. Tuve que mojarlo en sangre dieciocho o veinte veces y el palillo no escribía ni de puta coña. La gente de alrededor empezaba a mirarnos con una cara de mosqueo de la leche. Al fin conseguí escribir mi nombre. Me llevé el dedo a la boca y lo chupé hasta que dejó de sangrar.

-Me pagarás la antitetánica, supongo.

-Jose, te pago hasta un viaje a la India, si quieres -dijo mientras cogía el contrato, le echaba un largo vistazo y se lo guardaba. Parecía a punto de correrse de satisfacción-. Tengo que irme -dijo, levantándose.

-No jodas.

-Lo siento, tengo cosas que hacer. Ya te veo.

-Oye, espera, ¿qué vas a hacer con eso?

Sonrió. No me gustó un pelo aquella sonrisa.

-No te preocupes. Te enterarás. Hasta luego.

* * *

No volví a ver a Carlos hasta pasada una semana. Y cuando lo hice, pensé que tenía un doble. Se bajó de un ferrari testa rossa con un rubia despampanante colgándole de un brazo. Todos los que estaban en la Ruta lo miraron alucinados. Yo eché un vistazo a mi alrededor. Franki estaba junto a mí con un vaso de whisky en la mano.

-Permiso -dije.

Le cogí el vaso y lo vacié de un trago.

-Joder, tío, te has pasado.

-Te lo pago, tranquilo.

Volví a mirar. Carlos, el ferrari y la rubia seguían allí. O bien el whisky era una mierda (cosa bastante probable, conociendo al tacaño de Franki) o aquello era real. Se abrió paso por entre la gente en dirección a donde yo estaba. Sonreía tanto que parecía que iba a caérsele la cabeza.

-Hola, Jose.

-Holajose, holajose, holajose -repetí yo-. ¿Es todo lo que se te ocurre decir? ¿Qué pasa? ¿Te tocó la lotería?

Sonrió igual que lo había hecho una semana antes. Siguió sin gustarme lo más mínimo. La rubia, pegada a él, le miraba con cara de hambre.

-En realidad no -me dijo.

-¿Entonces?

-¿No te lo imaginas?

-Ni idea.

Dudó unos instantes. Al fin, se encogió de hombros y me dijo:

-Ya sé que no te lo vas a creer. Qué más da. Hice un pacto con el diablo.

Aguanté la risa como pude.

-Ya -dije-. Le vendiste tu alma.

Me miró como si me compadeciese.

-¿La mía? Claro que no, no soy imbécil. Hasta otra, colega.

Se fue y me dejó allí, convertido en una especie de estatua abobada. Miré a Franki.

-Oye, tío. Entra ahí y pídeme una botella de whisky.

-¿Una botella?

-Haz lo que te digo, ¿vale?

Franki se encogió de hombros y entró en el bar. Me quedé allí, apoyado en la pared, pensando a toda velocidad en alguna forma de salir de aquello, o estaba claro que las podía pasar putas, realmente putas, y encima por toda la eternidad. Casi nada. Franki volvió a la calle, con una botella en la mano. Le miré y vi en él mi salvación.

-Oye, Franki, colega -dije con mi mejor sonrisa-. Véndeme tu alma.

© 1995, 2007, Rodolfo Martínez

3 comentarios

  1. pues daría para un corto gracioso, y solo tiene una localización, si lo haces en plan amateur lo puedes grabar en un bar con gente de verdad y solo te falta que alguien te preste un cochazo

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