Cómo pasa el tiempo, carajo

Hace unos treinta años que empecé a escribir. Hará unos dieciocho que publiqué mi primer cuento en el fanzine Maser y poco menos de doce que apareció La sonrisa del gato, mi primera novela.

Ha llovido desde entonces. Y bastante, teniendo en cuenta que vivo en Asturias.

No soy, es evidente, el niño que, con doce añitos, se tiraba las tardes armado con un bolígrafo y emborronando libreta tras libreta con las historas que se le ocurrían. Tampoco soy el chaval de veinticuatro años que babeó descontroladamente al ver publicado algo suyo por primera vez. Ni el individuo de treinta que, con manos temblorosas, cogió su novela recién salida de imprenta y se puso a leerla como si no fuera suya.

Recuerdo que, cuando tenía dieciocho años, con esa arrogancia tan prepotente como ingenua que es característica de la adolescencia, estaba convencido de que me iba a comer el mundo, literariamente hablando. Iba a escribir la novela definitiva de ciencia ficción, la novela definitiva de fantasía, la novela definitiva de terror… la novela definitiva en cualquier género. A los treinta años, como muy tarde, me decía, iba a estar viviendo de lo que escribía.

Y aquí estoy, a los cuarenta y dos, sin haber escrito la novela definitiva de nada y con la literatura, en términos económicos, como poco más que un sobresueldo interesante. A veces, es  cierto, bastante interesante.

 ¿Donde han quedado todas aquellas ilusiones, aquella ambición, aquel ansia que no conocía límites? Bueno, se ha enfrentado con la realidad, supongo, y ésta se ha ido encargando de recortarle las alas hasta dejarla reducida a una estatura más manejable. En lugar de intentar escribir “la novela” trato únicamente de escribir una buena novela, e intento que cada una sea un poco mejor que la anterior.

Así que, en cierto modo, aquel chaval de dieciocho años que era yo entonces podría reprocharme que lo he traicionado, que he renunciado a la ambición y las ilusiones que a él lo empujaban.

Y sí, supongo que tendría razón, si me lo echase en cara. No tengo la vitalidad de entonces, y tampoco la ceguera. Más relajado, menos ansioso y, sobre todo,  menos inconsciente del mundo real, las ambiciones que me planteo son, por tanto,  de un tamaño más pequeño.

Hay algo, eso es cierto, a lo que no he renunciado y espero no renunciar nunca. No sé si para mi yo de los dieciocho será suficiente, pero es todo lo que puedo darle. Un pacto que hice conmigo hace… no sé, quizá unos ocho o nueve años y que jamás he roto. Que, de hecho, estoy decidido a no romper.

Es, en cierto modo, mi última línea. El paso que no estoy dispuesto a dar.

Hace tiempo intenté analizar de un modo racional y realista las posibilidades que tenía de ganarme la vida con la literatura. No eran muchas pero tampoco eran cero, o eso me parecía. Sin embargo, la posibilidad, por pequeña que fuera, de acabar convertido en un profesional, pasaba una y otra vez por la idea de abandonar el fantástico. Tenía muy claro que escribiendo fantasía, las probabilidades se reducían drásticamente y que haciendo ciencia ficción eran poco más que cero.

En ese momento, llegué a un acuerdo conmigo mismo.

Vale, venga, de acuerdo, lo vamos a intentar. La literatura no va a ser un simple pasatiempo sino (dentro de lo que las cosas que haces para ganarte la vida te lo permiten) tu actividad principal. Vas a escribir lo mejor posible y vas a dedicarle todos tus esfuerzos. Vas a intentar dar el salto y tratar de ganarte la vida con ello.

Pero…

Pero va a ser escribiendo exactamente lo que te de la gana, lo que te apetezca, lo que te salga de las narices, lo que de verdad te resulte gratificante escribir y te pida el cuerpo. Si funciona bien comercialmente, lo habrás conseguido. Si no, mala suerte, colega.

Como decía, en este tiempo he mantenido el pacto. Escribo lo que me apetece, lo que me pide el cuerpo escribir en un momento dado. Y a menudo soy consciente de que eso que me pide el cuerpo va a tener una difícil salida comercial y está condenado a tener una circulación más bien minoritaria.

Así que las posibilidades de ganarse la vida escribiendo siguen siendo escasas. No sé si más o menos escasas que cuando me lo planteé (bueno, supongo que un poco menos) pero eso ha dejado de quitarme el sueño, si es que alguna vez lo hizo.

© 2007, Rodolfo Martínez

3 comentarios

  1. Je, que buena esa.

    ¿A que edad empezó a plagiar a otros autores George Lucas?

    ¿A que edad empezó a plagiar a otros autores J. Michael Straczynski?

    ¿A que edad empezó a plagiar a otros autores J. R. R. Tolkien?

    ¿A que edad empezó a plagiar a otros autores Isaac Asimov?

    ¿A que edad empezó a plagiar a otros autores … Shakespeare?

    Continua tu la lista, Rudy.

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