La eterna cuestión

Imagínate que estás con un amigo que es arquitecto (la anécdota es, más o menos, verídica) y ambos estáis contemplando la misma casa. Tú no sabes gran cosa de arquitectura, así que cuando él afirma que la casa se caerá en dos años, que la humedad la volverá inhabitable en uno y que en seis meses empezará a escorar hacia un lado, aceptas sus afirmaciones. Luego él añade: “Además, la casa es fea”. A lo que tú contestas: “Bueno, a mí no me lo parece”. Y él responde: “Eso es irrelevante. La casa es fea. No estás preparado para juzgarla estéticamente. Yo, como arquitecto, sí lo estoy”.

Vamos por partes.

A tu amigo se le supone una cualificación. Así pues, cuando explica todos los defectos estructurales que tiene la casa, partimos de la base de que sabe de qué habla. Pero incluso entonces, te dices, no tienes por qué aceptar su palabra sin explicaciones, basada sólo en la supuesta autoridad que le da su titulación. Si dice que la casa se caerá, tendrá que explicar por qué, y lo mismo con respecto a su inhabitabilidad por la humedad y su escoramiento hacia un lado. No sé, podría decir, por ejemplo: “La casa está construida sobre una antigua marisma que está mal desecada. Los materiales con los que está construida, por otro lado son demasiado porosos y, encima, la parte derecha de la casa descansa sobre un corrimiento de tierras. La consecuencia de eso es que la humedad se filtrará, el corrimiento hará que se escore hacia un lado y, con el tiempo, acabará cayendo”. Tras eso, te puedes quedar más o menos tranquilo: te ha explicado de forma convincente por qué piensa que la casa está mal construida (y, de paso, ha demostrado que su titulación sí que lo cualifica para emitir esos juicios: te ha convencido con argumentos, no con autoridad).

Pero el problema es cuando tu amigo da un paso más y afirma que su cualificación lo capacita para emitir juicios estéticos y que esos juicios tienen más validez que los que tú, como tipo al que simplemente le gusta mirar casas, puedas emitir. Por ahí no pasas. Ni de coña. Vamos, que no.

Traslademos eso a cualquier arte. A la literatura, por decir lo primero que se me viene a la cabeza.

Es evidente que la literatura tiene un componente que podríamos llamar “técnico”. Y que ciertas personas pueden estar mejor cualificadas que otras para valorar esos componentes. Pueden analizar las técnicas empleadas en una obra literaria y tienen a su alcance las herramientas adecuadas para valorar el uso que se ha hecho de esas técnicas. Incluso en ese caso, tendrán que tomarse la molestia de argumentar todas y cada una de sus valoraciones. La autoridad por sí misma (la supuesta autoridad sobre algo que a uno le puede dar un título, por ejemplo) no sirve para nada si no va apoyada por argumentos.

Hasta ahí, bien, Pero, cuando llegamos al terreno puramente estético, su valoración se convierte simplemente en opinión, en cuestión de gustos; y no es mejor ni peor que cualquier otra. Su valoración de “esta novela es buena-mala-mediocre” no será más autorizada que la de otro lector.

Porque al final, lo que a menudo parece olvidar el estamento crítico o teórico es que el propósito último de una forma de arte es proporcionar placer al destinatario. Y que la obra sólo es buena o mala en función del placer que ha logrado causar. Y eso, me temo, está más allá de los elementos técnicos que la componen. Del mismo modo que una casa puede ser un desastre desde un punto de vista estrictamente estructural y al mismo tiempo resultar hermosa a un espectador, una novela puede ser un fracaso desde un punto de vista puramente técnico y al mismo tiempo resultar gratificante para un lector.

Al final, más allá de análisis más o menos certeros, de opiniones de vacas sagradas, de consensos críticos o de lo que sea, la única forma de medir una obra de arte es el placer que causa en su destinatario. Y el único baremo válido que tenemos para afirmar si una obra es “objetivamente” (nótese el entrecomillado, por favor) buena es que haya causado placer durante el tiempo suficiente a la cantidad suficiente de personas. Porque una obra puede ser enormemente popular en un momento dado y desvanecerse de la memoria colectiva al año siguiente; o puede ser enormemente apreciada por un colectivo minúsculo de personas durante cientos y cientos de años. Creo que es la concatenación de ambas circunstancias las que dan la verdadera medida, la verdadera talla de una obra de arte.

Claro que, ¿cuántas personas son suficientes y durante cuánto tiempo? Esa sí que es una buena pregunta.

Y que, como la mayoría de las buenas preguntas, no tiene respuesta.

© 2007, Rodolfo Martínez

25 comentarios

  1. Me encanta leer comentarios como “premios de amiguetes” y tal. Bueno, la verdad es que he inaugurado un blog que pretende ser crítico en muchos sentidos, en el que se puedan publicar entrevistas a autores conocidos y no tan conocidos y os invito a todos a que leais mi primer artículo, dedicado al fandom español y a la mafia italoamericana a partes iguales.
    No se trata de promocionar un blog, no hay ninguna ventaja económica… son ganas de opinar, y por qué no decirlo, de empezar a opinar sin silenciador.
    Al que quiera pasarse: http://senderos-de-gloria.blogspot.com/

    Estais todos invitados, y me gustaría poder enlazar con este blog todos los blogs de opinión sobre literatura y cine y cómic, incluso los de nuestros más acérrimos detractores. DEBATE A SACO. Incluido el mundo editorial, donde tenemos espías colocados… Saludos desde ls trincheras de Senderos de Gloria!!

  2. Si te vas a dedicar a menear el barco (cosa que, en principio, no tiene por qué ser mala), lo menos que puedes hacer es contrastar la veracidad de tu información. Más que nada porque en tu post hay varias afirmaciones manifiestamente inexactas y fácilmente rebatibles.

    Alguien que dice que el fandom español se aglutina alrededor de la AsturCon demuestra que no está precisamente muy al día del asunto. Ah, no coincide “casi” con la Semana Negra: es parte de la Semana Negra.

    Si en dos tonterías como éstas, dos detalles tan estúpidos y que cualquiera que se mueva un poco sabría ver ya das datos que no son correctos comprenderás que me tome con bastante escepticismo el resto de tu conspiranoia.

  3. Si se me permite volver al tema del post, veo una diferencia bastante importante entre la analogía arquitectónica y una novela.

    En un edificio tenemos dos componentes fácilmente separables, el componente funcional y el componente estético. Una casa puede ser terriblemente fea y sin embargo ser funcional hasta el detalle. El arquitecto puede opinar objetivamente sobre la parte funcional o técnica y rebatirle sin conocimientos es absurdo. Sobre la parte estética se podría discutir si su punto de vista estaría mejor informado que el tuyo, pero lo que no te puede imponer es que te guste la casa.

    En la literatura el componente funcional creo que va ligado completamente al estético. Una novela no tiene, a priori, más fin que entretener, a veces educar o transmitir unas ideas, según el escritor. Entiendo que la parte técnica, dejando la ortografía aparte, lo que puede conocer un escritor, es cómo se trabaja una novela para que resulte entretenida de leer, coherente, organizada, para que el lector la disfrute. Si esta parte técnica cumple como debería, un buen apartado técnico, con un desarrollo de los persanajes adecuado, un ritmo de la historia bien llevado, etc. es todo el oficio del escritor para que un lector normal lea la novela y la disfrute.
    Obviamente si la historia que se pretende contar no interesa a un lector, dará un poco igual la habilidad del escritor, pero al menos le resultará menos desagradable.

    Creo que de todas formas lo que intentas decir va más porque una persona que tiene unos gustos estéticos más cultivados, digamos que ha leido muchas novelas, no tiene por qué tener la autoridad para decir si una novela es buena o mala solo por su gusto particular. En parte estoy de acuerdo, pero también pienso que un buen crítico es el que intenta ser medianamente objetivo y es coherente con su criterio. Objetivo porque hay cosas que se pueden decir objetivamente de una novela, como que los personajes son planos, la acción manida y las metáforas de libro de texto, y coherente porque una vez conoces de qué pie cojea un crítico, sabes cómo tomarte sus opiniones, especialmente después de leer unas cuantas críticas de libros que has leido. Si por lo general estais de acuerdo, vale la pena al menos tener en cuenta lo que dice, si no, pues no te valen sus críticas.

    Desde luego, qué post más largo y pretencioso que me ha salido, cómo se notan las pocas ganas de trabajar ;)

  4. No discuto tu afirmación, Octal.

    Pero al final, más allá, de valoraciones críticas, como lector lo único que juzgas (y lo que hace que para ti un producto artístico sea bueno o malo) es el placer que te ha causado. Y una obra técnicamente perfecta puede haberte dejado indiferente y otra llena de fallos haberte entusiasmado.

    Una estará “mejor construida” que la otra, no lo discuto. Y será perfectamente argumentable por qué lo está.

    ¿Pero una es “mejor” que la otra? ¿En qué sentido? ¿Con los parámetros estéticos de que sociedad, de qué tiempo, de qué grupo social?

    Porque, no lo olvidemos: el arte es algo que no tiene sentido fuera de la mente humana. Más aún, fuera de la sociedad humana. Y que, de hecho, a veces no tiene sentido fuera del momento o el grupo social en el que nació. Los parámetros estéticos por los que se mide un arte son subjetivos: reflejan los gustos de una sociedad o un grupo en un momento concreto del tiempo. Y cuando esa sociedad o ese grupo cambian, los gustos lo hacen con ellos y lo que antes se veía horrible ahora es apreciado y viceversa.

    Ha pasado varias veces en la historia y seguirá pasando. Y el caso de Shakespeare (uno de esos autores que nos parecen “indiscutiblemente” buenos a casi todo el mundo) es paradigmático: no es hasta el Romanticismo cuando se le empieza a tener consideración de autor de primera fila por la crítica. Los neoclásicos abominan directamente de él. Para el gusto neoclásico, Shakespeare era grotesco, poco limpio, no respetaba las normas, resultaba descabellado…

    En fin, termino, que no eres el único que puede escribir cosas largas y pretenciosas.

  5. Por cierto, para llevarte un poco la contraria… Un arquitecto ha estudiado para apreciar la estética de un edificio. Se ha chupado cinco años de carrera para poder juzgar si un edificio es bonito o no (un aparejador o arquitecto técnico no).
    Otra cosa es que tú no estés de acuerdo con su punto de vista.
    O como en el chiste del ácido nítrico: “Pues a mí me gusta como huele”

  6. Un arquitecto se ha chupado cinco años de carrera para aplicar determinados baremos estéticos a la hora de juzgar si un edificio es bonito o no. Punto.

    Esos baremos distan muy mucho de ser objetivos.

    Y, lo siento si hay algún arquitecto presente, pero me temo que para mí no son otra cosa que ingenieros (y ni siquiera buenos ingenieros, visto lo que pasa en el mundo) con ínfulas de artista. Con todo mi respeto para la noble profesión de ingeniero.

  7. Un arquitecto es un artista, y es verdad que eso a veces ha sido su perdición. Las obras de los ingenieros de la época victoriana han perdurado mejor que la de los arquitectos.
    Pero cualquier corriente de opinión artística está sujeta a debate, y el tiempo pone a cada uno en su sitio. Veremos lo que dice la posteridad del Pop Art.
    Es posible que el tío Quirico (que se ha construido el chalé con la ayuda de sus hermanos) pueda discutir de estética arquitectónica con todo un arquitecto titulado (de hecho, si el tío Quirico es español, no me cabe ninguna duda de que va a hacerlo), y es más, es posible que el tío Quirico haya nacido con un gen especialmente dotado para la estética del que el arquitecto titulado carece, y estemos ante un genio (a todos nos encantan esas historias del pastor que le da lecciones de economía a un economista), pero la mayor parte de las veces, el arquitecto, cualquier arquitecto, va a tener una experiencia cultural sobre arquitectura y estética (sentido de las proporciones, etc) infinitamente superior al del tío Quirico. Aunque habrá algún caso de genio de nacimiento, no lo niego. Pero raro.

  8. Vamos, creo que de todo lo que has dicho sólo estoy de acuerdo en que las obras de los ingenieros de la época victoriana han perdurado mejor que las de los arquitectos.

  9. Yo lo enfoco desde la perspectiva opuesta. No pongo en duda la validez del arte, sino la del sujeto. Hay obras incontestablemente buenas, e incontestablemente malas, al margen de los gustos; hay gustos total y absolutamente ignorantes, incapaces de valorar cosas para las que no están preparados, y gustos educados en un conocimiento que el consenso de subjetividades ha convertido en objetivo. Véase el vino, para cuya degustación puede uno educar precisamente el gusto.
    Por otra parte, no es lo mismo una apreciación sobre la belleza de un edificio que sobre la calidad de un texto. No es la misma discusión: una es estética, la otra cualitativa. De “este edificio es bonito” a “este libro es bueno” hay un salto brutal. La valoración del arte, por ser un constructo exclusivamente humano, siempre dependerá de éste, siempre será subjetiva. Pero de la subjetividad de miles de millones nace una objetividad consensuada: lo que llamamos mayoría. Al menos es lo más cercano a la objetividad que se puede conseguir en un terreno subjetivo como el arte. Si una obra gusta o emociona a mil personas y disgusta a una, se puede asegurar que en parámetros humanos esa obra es buena. Y se puede asegurar que ese tipo discordante tiene un gusto alterado. Todas las opiniones son respetables, pero no de igual validez. No vale lo mismo la opinión literaria que tenga un profano que lee su primer libro que la de alguien que lleva décadas metido en la literatura, estudio mediante. Lo que se estudia en letras no son pamplinas, sino materias asentadas sobre un conocimiento que se ha ido consensuando con los siglos. Aunque a mucha gente le provoca sarpullidos, el término “experto” existe, y responde a una realidad acorde con su definición. Decir que una obra no es buena ni mala por cualidades contrastadas, sino que depende del color de la lente de quien la mira, sea éste un iletrado, sea un premio Nobel, es colocar el gusto por encima del conocimiento, lo que equipara todo el asunto a lo religioso. Una obra sufre el paso del tiempo, y éste es el que acaba decidiendo si esa obra es buena o mala. Hasta entonces hay una serie de factores que actúan como buenos indicadores, y que sirven al “experto” para decidir si esa obra tiene los mimbres para llegar al reconocimiento universal o si al contrario no vale un pimiento. Pretender que es igual de buena “Corazón incendiado”, de Corin Tellado, que “Elegía”, de Philip Roth, por la peregrina razón de que a la soñadora y solitaria señora del quinto le gusta más, y el gusto manda, es algo -que me perdone quien se ofenda- terriblemente ignorante.
    Como bien señalas, Rudy, la técnica de elaboración de una obra literaria responde a unas normas determinadas. Si bien alguien puede poner en duda la “estética” (sea ésto lo que sea) de la obra, no podemos decir lo mismo de su factura técnica. Una obra es buena o mala de principio, entre otras cosas, dependiendo de este asunto. Los puntos que el paso del tiempo, a través del trabajo de los expertos en la materia, ha ido señalando como importantes, serán los que haya que tener en cuenta para evaluar la calidad de una obra. Promocionar, una vez más, el gusto de una persona sobre siglos de minucioso estudio, es, más que ignorante, frívolo.
    Shakespeare se impuso al paso del tiempo, luego su obra se ha demostrado imperecedera. Si mañana los cánones cambian, quizás no se le valore tanto, pero nadie podrá obviar los valores que atesoran sus obras, y lo válidos que éstos fueron durante siglos. Lo bueno del arte es que no responde a modas, sino que perdura en el tiempo, ya que sintoniza con la esencia humana, esa que nunca cambia.
    Discrepo violentamente de quien dice que la literatura no es más que entretenimiento. La literatura es ante todo un arte, que también entretiene, pero cuyo prinicpal objetivo es tratar de emocionar, de contactar con el sentimiento humano.

  10. No discuto los factores técnicos del asunto. Nunca lo he hecho. Y, desde luego, éstos son analizables y cualificables. Y existen personas más aptas (sea por su experiencia, por sus estudios, por miles de razones) para analizar esos factores técnicos.

    Eso, como digo, no lo he puesto en duda jamás.

    Pero a lo que voy, a lo que pretendía ir en el post, es que el propósito último de una obra de arte es provocar un determinado efecto en el público al que va destinado. Y que su valoración final, más allá de todos esos aspectos técnicos, es simplemente si ha logrado o no provocar ese efecto. Serán luego los expertos, quizá, los que sean capaces de explicar por qué lo provoca o por qué no; o por qué lo provoca en determinado grupo de lectores y es incapaz de provocarlo en otros…

    Pero al final, lo que acaba definiendo si una obra es buena o mala es si ha “llegado” (si ha gustado, ha entretenido, ha emocionado, ha hecho reflexionar, lo que quieras) a un número suficiente de personas durante el tiempo suficiente. Esa “objetividad consensuada” que mencionas.

    No todos los gustos son iguales, es cierto. El gusto se educa, se forma, se construye, como lo quieras llamar. Sin embargo (y supongo que es algo que no logro expresar con la suficiente claridad, por más que en mi mente esté claro) al final, el único juez válido de una forma de arte es su destinatario. Para mí es de cajón distinguir entre “está obra está bien o mal construida” (juicio técnico) y “esta obra es buena o mala” (cuestión de gustos).

    Y me temo que, de nuevo, no lo he explicado correctamente-

  11. Yo sí te he entendido, creo. Dices que el destinatario de una obra de arte es el público general, y no otros artistas o una élite intelectual.
    Y es la pura verdad.
    Pero el tema se pone peliagudo cuando se trata de juzgar individualmente esa obra. La opinión de uno de entre ese público, escogido al azar, tiene el mismo valor que la de un estudioso del tema?
    Al final creo que todos puden equivocarse por igual (los intelectuales menospreciando a Dumas como escritor de culebrones, o el público ensalzando a Alejandro Sanz como poeta de la calle), y que sólo la historia pondrá a cada uno en el lugar que le corresponde.

  12. Con lo que, de nuevo, llegamos a la “objetividad consensuada” que mencionaba Kaplan: una obra ha “pasado el examen” cuando ha venido gustando a un número suficiente de personas durante el tiempo suficiente.

  13. Sí, estoy de acuerdo, pero con una puntualización importante. La opinión de los “expertos” (y estoy eludiendo el término críticos adrede, que sé que hay muchos en el fandom a los que les provoca reacciones adversas) tiene un peso determinante en esa objetividad consensuada. Y así debe ser. Como en toda actividad humana, habrá excepciones, equivocaciones que confirman la regla, pero en general, las obras que aprueban el examen suelen concordar con las valoraciones que previamente y en su tiempo hicieron esos expertos. Quien decide si una obra es buena o mala es el paso del tiempo, pero los críticos (perdón) son unos guías excelentes.

  14. Y bueno, no creo que haga falta que aclare que no todos los críticos, porque como en todo oficio, en ese también hay gente incapaz. Pero eso no invalida la función en sí.

  15. Evidentemente, no.

    Sin embargo, planteemos una situación hipotécitca. Supongamos una obra, la que sea, que goza del favor de buena parte del público durante un periodo de tiempo bastante largo. Digamos, no sé, que ha sido enormemente popular los últimos doscientos años.

    Y el estamento crítico (en general, digamos, la mayor parte de ellos) insiste en que es una obra de escasa calidad que no merece la pena.

    ¿Cuál es ahí la opinión relevante?

  16. En Valencia, la revista de crítica cinematográfica más popular y con más prestigio se llama “Turia”. Y ciertamente la opinión de los críticos que escriben en ella es interesantísima. Yo me la compro para saber qué películas no debo ir a ver ni jarto de vino. Suelen puntuar del 1 al 5, pero el 5 yo sólo se lo he visto dar a películas iraníes o rumanas que (en mi opinión) dejarían el Star Wars Turco a la altura de obra maestra.

  17. No estoy de acuerdo con la valoración de la Turia, me explico:

    0 o 1: Película comercial normal, puede verse en cines con salas de más de 100 personas de capacidad. El 0 o el 1 depende muy probablemente del estado de ánimo del crítico. No esperes concesiones al público objetivo obvio de esas películas, el crítico no es un niño de 7 años, las películas para niños son malas.

    2: Una película que aunque se puede ver en cines comerciales, es del director revelación de moda o es europea y la ponen en los cines por obligación legal.

    3: Película irano-rumano-azerbayaní estandar. Se puede ver en un cine con una sala del tamaño del comedor de tu casa en versión original.

    4: Woody Allen. Eso si “cumple”, si es demasiado comercial se queda en el 3. Alguna película de las del rango anterior también se cuela, si el crítico puede hacer alguna referencia oscura que lo justifique. También la mayoría de ciclos de la filmoteca.

    5: Solo clásicos que se pueden ver en la filmoteca.

  18. >¿Cuál es ahí la opinión relevante?

    Pues creo que la solución puedes encontrarla fácilmente mirando al pasado. El problema con ésto es que se trata de una víctima fácil para la tendencia muy humana de arrimar el ascua a la sardina. Quiero decir: si se buscan casos se encontrarán varios en los que la crítica se equivocó, pero en vez de tomarlos como la excepción que confirma la regla, algunos los considerarán prueba fehaciente de que la crítica es un fraude. No mirarán que por cada uno de esos cuatro yerros hay un millón de aciertos. Como en medicina, vamos, en la que hay un muerto por neglicencia en uno de cada 2 millones de casos y cierta gente sólo se fija en eso para decir que no te puedes fiar de los médicos.

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