Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Septiembre 3rd, 2007

La eterna cuestión

Lunes, Septiembre 3rd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 25 comentarios »

Imagínate que estás con un amigo que es arquitecto (la anécdota es, más o menos, verídica) y ambos estáis contemplando la misma casa. Tú no sabes gran cosa de arquitectura, así que cuando él afirma que la casa se caerá en dos años, que la humedad la volverá inhabitable en uno y que en seis meses empezará a escorar hacia un lado, aceptas sus afirmaciones. Luego él añade: “Además, la casa es fea”. A lo que tú contestas: “Bueno, a mí no me lo parece”. Y él responde: “Eso es irrelevante. La casa es fea. No estás preparado para juzgarla estéticamente. Yo, como arquitecto, sí lo estoy”.

Vamos por partes.

A tu amigo se le supone una cualificación. Así pues, cuando explica todos los defectos estructurales que tiene la casa, partimos de la base de que sabe de qué habla. Pero incluso entonces, te dices, no tienes por qué aceptar su palabra sin explicaciones, basada sólo en la supuesta autoridad que le da su titulación. Si dice que la casa se caerá, tendrá que explicar por qué, y lo mismo con respecto a su inhabitabilidad por la humedad y su escoramiento hacia un lado. No sé, podría decir, por ejemplo: “La casa está construida sobre una antigua marisma que está mal desecada. Los materiales con los que está construida, por otro lado son demasiado porosos y, encima, la parte derecha de la casa descansa sobre un corrimiento de tierras. La consecuencia de eso es que la humedad se filtrará, el corrimiento hará que se escore hacia un lado y, con el tiempo, acabará cayendo”. Tras eso, te puedes quedar más o menos tranquilo: te ha explicado de forma convincente por qué piensa que la casa está mal construida (y, de paso, ha demostrado que su titulación sí que lo cualifica para emitir esos juicios: te ha convencido con argumentos, no con autoridad).

Pero el problema es cuando tu amigo da un paso más y afirma que su cualificación lo capacita para emitir juicios estéticos y que esos juicios tienen más validez que los que tú, como tipo al que simplemente le gusta mirar casas, puedas emitir. Por ahí no pasas. Ni de coña. Vamos, que no.

Traslademos eso a cualquier arte. A la literatura, por decir lo primero que se me viene a la cabeza.

Es evidente que la literatura tiene un componente que podríamos llamar “técnico”. Y que ciertas personas pueden estar mejor cualificadas que otras para valorar esos componentes. Pueden analizar las técnicas empleadas en una obra literaria y tienen a su alcance las herramientas adecuadas para valorar el uso que se ha hecho de esas técnicas. Incluso en ese caso, tendrán que tomarse la molestia de argumentar todas y cada una de sus valoraciones. La autoridad por sí misma (la supuesta autoridad sobre algo que a uno le puede dar un título, por ejemplo) no sirve para nada si no va apoyada por argumentos.

Hasta ahí, bien, Pero, cuando llegamos al terreno puramente estético, su valoración se convierte simplemente en opinión, en cuestión de gustos; y no es mejor ni peor que cualquier otra. Su valoración de “esta novela es buena-mala-mediocre” no será más autorizada que la de otro lector.

Porque al final, lo que a menudo parece olvidar el estamento crítico o teórico es que el propósito último de una forma de arte es proporcionar placer al destinatario. Y que la obra sólo es buena o mala en función del placer que ha logrado causar. Y eso, me temo, está más allá de los elementos técnicos que la componen. Del mismo modo que una casa puede ser un desastre desde un punto de vista estrictamente estructural y al mismo tiempo resultar hermosa a un espectador, una novela puede ser un fracaso desde un punto de vista puramente técnico y al mismo tiempo resultar gratificante para un lector.

Al final, más allá de análisis más o menos certeros, de opiniones de vacas sagradas, de consensos críticos o de lo que sea, la única forma de medir una obra de arte es el placer que causa en su destinatario. Y el único baremo válido que tenemos para afirmar si una obra es “objetivamente” (nótese el entrecomillado, por favor) buena es que haya causado placer durante el tiempo suficiente a la cantidad suficiente de personas. Porque una obra puede ser enormemente popular en un momento dado y desvanecerse de la memoria colectiva al año siguiente; o puede ser enormemente apreciada por un colectivo minúsculo de personas durante cientos y cientos de años. Creo que es la concatenación de ambas circunstancias las que dan la verdadera medida, la verdadera talla de una obra de arte.

Claro que, ¿cuántas personas son suficientes y durante cuánto tiempo? Esa sí que es una buena pregunta.

Y que, como la mayoría de las buenas preguntas, no tiene respuesta.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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