Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Septiembre, 2007

Citas citables: Excalibur

Sábado, Septiembre 29th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 3 comentarios »

La vi allá por 1982 ó 1983 y me impresionó, como supongo que le ocurrió a mucha gente. En aquel momento me pareció la adaptación definitiva a la pantalla del ciclo artúrico, aunque los años han hecho que le vaya viendo las costuras. Pese a todo, la estética de la película, esa Edad Media sucia y violenta que presenta, especialmente al principio, me sigue convenciendo. Y aún está entre mis películas favoritas.

Esta noche, mientras charlábamos después de la cena, volví a recordarla. Hablábamos del modo en que, en esta época de gilipollismo políticamente correcto, la gente (y especialmente los estamentos oficiales) se empeñan en no llamar a las cosas por su nombre y comentamos, entre otras cosas, el hecho de que, si enviamos contigentes de soldados más allá de nuestras fronteras, nunca es para intervenir en una guerra sino, como mucho, en un “conflicto” o, más habitualmente, una “misión de paz”. Parece que nos avergüenza reconocer que los ejércitos están para combatir, ya sea en guerras de defensa (tuya o de tus aliados) o de agresión (solo o acompañado de tus aliados).

Y eso me trajo a la memoria uno de los momentos de Excalibur. Lanzarote y Ginebra se acaban de conocer, y resulta evidente desde el primer momento que algo ha surgido entre los dos. Mientras escolta a la futura reina a Camelot, ésta se le acerca y le pregunta al caballero si no tiene alguna dama a la que dedicar sus afectos, o algo similar. La respuesta de Lanzarote es que no tiene tiempo para eso, que está entregado a una causa. Cuando ella le pregunta qué causa, la respuesta, que recordé esta noche, no tiene desperdicio:

Soy soldado. Me debo a la búsqueda de la paz.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Viernes, Septiembre 28th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | Sin comentar »

© 2007, Rodolfo Martínez
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Territorio incierto: Hijastros de Dune (2) John Harrison

Miércoles, Septiembre 26th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Ver la última actualización de Territorio incierto en Bibliópolis, crítica en la red.

Hace unos años, insatisfecho como estaba con la versión cinematográfica de David Lynch, aguardaba con cierta expectación la miniserie televisiva donde se iba a adaptar la primera novela de Frank Herbert. Además, me decía, si la cosa funciona puede que adapten las siguientes novelas del ciclo, lo cual no estaría mal.

Y así fue… más o menos.

En primer lugar, el pase televisivo que “sufrimos” en España se vio severamente mutilado. En lugar de emitir la serie en tres sábados consecutivos, Tele5 lo redujo a dos, para poder emitir en el tercero no sé qué acontecimiento deportivo. De ese modo, los capítulo dos y tres de la serie quedaron reducidos a uno solo del que se eliminó más de una hora de metraje. Así, Paul Atreides huye de los Harkonnen, es encontrado por los fremen y, casi antes de que nos demos cuenta, está masacrando las tropas del emperador y arrebatándole a éste el imperio.

Fue un problema menor, solucionado cuando la serie se publicó en DVD, evidentemente.

Pero la serie tenía otros problemas, que no se solventaron con tanta facilidad.

John Harrison era su director y guionista. Y no hizo un mal trabajo adaptando el libro de Herbert. Su guión es más que correcto, respeta el espíritu y buena parte de la peripecia de la novela original y, en general, está bien dosificado y construido. Como director tampoco hizo un mal trabajo, pese a algunos problemas menores de casting. No sé si por culpa del director o por el actor elegido, Paul Atreides se metamorfosea en un angry young man que más que un joven con un futuro mesiánico se nos termina volviendo poco menos que un heredero malcriado que se enfurruña porque papi lo traslada de planeta sin su consentimiento. Por suerte, a medida que avanza la serie, la cosa mejora, aunque Paul no termina de perder ese aspecto de “enfadado con el mundo” que tiene en los primeros minutos de metraje.

Sin embargo, la serie falla estrepitosamente justo en lo que acertaba la película de Lynch: el diseño de producción. Los decorados y escenarios no están mal, igual que no lo está buena parte del utillaje y la tecnología que vemos en pantalla, pese a que los F/X digitales no son precisamente de los caros, y se nota. De hecho, se notará aún más en la siguiente serie.

Pero cuando llegamos al vestuario nos encontramos con que este Dune es, posiblemente, una de las series más horteras que jamás hayamos visto en nuestra pantalla amiga. Sólo los fremen y los Harkonnen se salvan, y los últimos por muy poco, de caer en esa orgía de mal gusto y decadencia en que vive el resto de la galaxia cuando elige su indumentaria.

El concepto de vestuario que se maneja en la serie no es malo en sí mismo y, de hecho, es muy similar al de la película de Lynch: acudir al pasado para inspirarse en él en lugar de darle un aspecto futurista a la indumentaria. Con una implementación hábil, ese concepto funcionaría (le funciona a Lynch, de hecho), pero cuando nos desbarrancamos por lo hortera, lo chillón y lo vulgar la impresión que nos queda es que los poderosos de la galaxia son una pandilla de nuevos ricos ansiosos en gastarse su dinero sin tener ni idea de lo que significa el buen gusto. A menudo los personajes parecen vestidos por un quiero y no puedo de Jean-Paul Gaultier.

Por el amor de Dios, se supone que los sardaukar, las temibles tropas de élite del emperador, deben imponer el terror con su sola presencia, no dar risa con ese aspecto de malos extras de un carnaval veneciano. La corte del emperador, en lugar de parecer un antro de lujo bizantino y elaborada decadencia nos da la impresión de ser el refugio de todas las drag queen de la galaxia, empezando por el propio emperador padisha, siguiendo por sus consejeros más cercanos y acabando en la caterva de cortesanos, bene gesserits e hijas varias que pululan por aquí y por allá. Los Atreides están un poco más contenidos, pero alguno de los modelitos que exhibe Paul antes de ponerse un destiltraje parecen salidos de la estética más chillona y filo-gay de los años setenta. De hecho, en la secuencia de la cena no pude quitarme de encima la sensación de que Paul iba vestido de camarero del famoso Estudio 54 y que, a no tardar mucho, se subiría al escenario con los otros integrantes de Village People.

El otro problema que tiene la serie es el modo elegido para representar el desierto. Evidentemente, todas las secuencias de desierto profundo están rodadas en un estudio. El resto, se completa con el fondo.

La opción lógica habría sido, supongo, usar pantallas azules (o verdes) e insertar digitalmente ese fondo desértico. Harrison, sin embargo, aconsejado por su director de fotografía, echa mano de otra solución: en lugar de una pantalla azul, lo que el estudio tiene de fondo es una inmensa fotografía del desierto.

Harrison hizo esto porque, tal como afirmaba, los fondos digitales “cantaban” demasiado. Pero la solución elegida para ese escollo es aún peor: porque en todo momento somos conscientes de que ese desierto que vemos no es más que un decorado impreso sobre una tela (a la que a veces se le ven las costuras y las arrugas).

Y además, detenido para siempre en el mismo momento del día. Las escenas desérticas pueden desarrollarse en el amanecer, al mediodía, por la tarde… pero en el decorado que le sirve de fondo es siempre la misma hora, con la misma intensidad de luz y las sombras de las cosas apuntando siempre hacia el mismo lugar.

El resultado es que, algunas veces, el truco del fondo impreso funciona. Pero en otras “canta” mucho más de lo que lo habría hecho un decorado digital. Cuando en primer plano está anocheciendo y en el fondo sigue viéndose un sol de justicia; o cuando las sombras de la acción en primer plano van hacia un lugar y las del fondo hacia otro; o, finalmente, cuando eres capaz de distinguir las arrugas en la tela donde se ha impreso el fondo es que la cosa no funciona.

Harrison escribiría el guión de la secuela: Hijos de Dune, que adaptaba la segunda y tercera novelas de Herbert. Como ya hizo con la primera, su trabajo adaptando el original es bueno, incluso excelente en ocasiones. Condensa adecuadamente los acontecimientos allí donde es necesario y enlaza la trama de las dos novelas de un modo adecuado.

Sin embargo, esta nueva serie tiene alguno de los problemas de la anterior, especialmente el horripilante diseño de vestuario. Por suerte evita otros, como el del fondo pintado, si bien los efectos digitales siguen siendo más bien baratos y no muy convincentes.

Así que me temo que no estamos ante la adaptación definitiva de la trilogía original de Dune. Sin embargo, sí que es una adaptación digna, al menos en cuanto al guión y, con alguna salvedad, al reparto. Un buen intento, malogrado en parte por más que una pizca de mal gusto y un presupuesto demasiado exiguo para los efectos especiales.

Soñar es gratis, que dicen. Y no puedo evitar, de vez en cuando, soñar con una adaptación que use el guión de Harrison y el estilo visual de Lynch.

Quién sabe. Con el tiempo, quizá…

Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis)

© 2007, Rodolfo Martínez

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¿Y mañana serán clones?

Lunes, Septiembre 24th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 8 comentarios »

Un reciente comentario en el blog de Nacho Illarregui sobre la edición por parte de La Factoría de una de las novelas juveniles de Heinlein inéditas en castellano, me ha traído a la memoria otro autor, John Varley.

Como muchos otros lectores españoles, descubrí a Varley con una novela corta llamada “La persistencia de la visión”, que apareció en la revista Nueva dimensión allá por los ochenta. El relato me impactó, creo que igual que ocurrió con mucha gente, y desde entonces, me convertí en un incondicional del autor. Las siguientes cosas suyas que leí, especialmente en el terreno del relato de mediana y larga extensión, no me decepcionaron. Cierto que sus novelas (salvo quizá Titán y La hechichera, en las que Varley daba rienda suelta a su gusto por la aventura más desenfrenada) no terminaban de convencerme del todo: tenían momentos interesantes, pero algo había en ellas que fallaba. Era como si, cuanto más extenso fuese lo que escribía, más insatisfactorio me resultase.

Pero el motivo por el que un comentario acerca de Heinlein me lo ha traído a la memoria es otro. Ya, cuando leí El globo de oro tuve la sensación de que estaba ante un remake de Estrella doble, pero tras acabar Trueno rojo no pude quitarme de encima la sensación de que si Heinlein hubiese entrado un día en su despacho y hubiera visto el manuscrito sobre la mesa se habría quedado perpeljo. Seguramente se habría preguntado cuándo había escrito aquella novela y por que no la recordaba. Porque Trueno rojo es tan Heinlein (especialmente el Heinlein de los cincuenta y de algunas de sus mejores novelas juveniles) que a veces resulta escalofriante.

Entendedme. No es que me hayan parecido malas novelas, ninguna de las dos, pero no acabo de entender el proceso que ha llevado a Varley a convertirse en un clon (mejorado en muchos aspectos, porque es bastante mejor narrador) de Robert Heinlein. Entiendo (cómo no voy a hacerlo a estas alturas) el homenaje a un autor que admiras o el pastiche donde mezclas tus mitos narrativos de la infancia. De hecho, es algo que Varley ya había hecho antes: “En el salón de los reyes marcianos” es, sin duda, una revisitación de algunos de los mejores relatos de Stanley Weinbaum. Pero es que con esto ha ido bastante más allá, porque se ha convertido en un clon de Heilein no sólo en lo narrativo, sino también en lo ideológico.

Lo cual resulta aún más sorprendente. Me resulta difícil creer que el mismo hombre que escribió cosas como “La persistencia de la visión”, “Pulse ENTER”, “El pusher” o algunos de sus primeros relatos de los Nueve Mundos se haya convertido en un ultraliberal individualista al más puro estilo de Lazarus Long.

Sí, sé que estas cosas pasan. Y que, de hecho, pasan más a menudo de lo que parece. Pero ciertos saltos ideológicos nunca dejarán de sorprenderme, me temo.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Citas citables: Robert E. Howard

Sábado, Septiembre 22nd, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 6 comentarios »

Es una de mis frases favoritas, desde que la leí por primera vez, probablemente en la adaptación al cómic de Conan que hizo Roy Thomas, antes de encontrármela en el relato original de Howard.

Y, cuanto más la leo más me da que pensar. A veces, casi parece que hubiera sido escrita pensando en nuestra época:

Los hombres civilizados no son tan corteses como los salvajes, porque, en general, saben que pueden mostrarse groseros sin que les partan el cráneo.

Robert E. Howard

© 2007, Rodolfo Martínez

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¿Españolidad?

Viernes, Septiembre 21st, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 2 comentarios »

Todo surgió a raíz de una entrada en el blog de Rafael Marín donde éste respondía en cierta forma al artículo-charla digital aparecido en el número cinco de Hélice donde, entre otras cosas, se intentaba responder a si la ciencia ficción española tenía unas señas de identidad propias.

Es un viejo tema, en realidad. A principios de los noventa (aunque quizá la cosa ya venía de antes) se hablaba de ello y generaba discusiones más bien agrias. Creo que era Julián Díez uno de los defensores de que la ciencia ficción española, si quería despegar, no debía limitarse a ser un calco de los modelos anglosajones y tenía que tener unas características propias y unas señas de identidad que la señalaran como única. Argumento bastante razonable, sin duda (si haces lo mismo que ya hacen otros, ¿de qué sirve lo que haces?) y que en algunos casos era malinterpretado, entendiendo el asunto como que era necesario sustituir los Smith por Pérez en los nombres de los personajes. No hace falta ni mencionar que no iban por ahí los tiros y que lo que Díez decía no tenía nada que ver con eso, sino que era algo bastante más profundo y sensato.

Otros, por otro lado, argumentaban que lo que importaba no era eso. Que lo único relevante era que la ciencia ficción española tuviera calidad suficiente para medirse en pie de igualdad con la de otros países, sin importar que pareciera española, americana o servocroata.

En realidad, ambas posturas son perfectamente reconciliables, incluso complementarias, así que el debate de fondo era un poco falso.

El meollo del asunto es, ¿qué señas de identidad son esas? ¿Que en general a la CF española le va más el espacio interior que el exterior? ¿Que aborda temas más oscuros que la americana? ¿Que se preocupa más por lo social que por lo pirotécnico? ¿Que…? Supongo que es algo que hay que definir a posteriori. Uno no se pone a decir “la CF española tendría que tener las siguientes señas de identidad” sino que, tras haber leído lo suficiente, puede estrapolar, a partir de las características comunes de la ciencia ficción de este país, cuáles son esas señas.

Y, si me paro a pensarlo, no sé si las tiene. Quiero decir, las cosas que han escrito (y pongo sólo unos ejemplos, no quiero decir que sean los únicos) Rafael Marín, Juan Miguel Aguilera, Javier Negrete, César Mallorquí o Elia Barceló, ¿son como son porque han sido escritas por españoles? ¿Sólo un español podría haber escrito algo así y nunca, no digamos ya un americano, sino un francés, un italiano, un keniata?

Confieso que lo ignoro. Sí que sé que la ciencia ficción que han escrito Marín, Aguilera, Negrete, Mallorquí o Barceló es como es porque ha sido escrita por ellos y que sólo ellos han podido escribir algo así y no ningún otro. O sea, sí que veo unas señas de identidad “personales” en cada uno de esos autores pero por más que lo pienso no sólo no veo señas de identidad “nacionales” en ellos sino que, en el fondo, la cuestión me importa tres pimientos.

Me importa que escriban buenas obras, que me entretengan, me emocionen, me fascinen, me hagan reír o llorar o asombrarme o llenarme de horror. Y, por supuesto, soy consciente de que, si lo logran, es porque son como son, porque tienen ciertas características como autores que hacen que su obra me produzca un efecto distinto a la de otros escritores. No necesariamente mejor o peor, pero distinto, intransferible.

O sea, que la ciencia ficción española, al menos para mí, tiene, no una seña de identidad sino un montón de ellas, la de cada uno de los autores que la cultivan y que tienen suficiente calidad y una cierta visión del mundo que acaba pasando a lo que escriben. ¿Hay suficientes elementos comunes para que de esa pluralidad salga una cierta característica común que se puede decir que es inherente a la CF española?

No lo sé. Sospecho que, en realidad, nadie lo sabe. Que, entre otras cosas, nos falta todavía bastante perspectiva histórica para dilucidar el asunto.

Creo que sólo el tiempo podrá decir si algo como una “seña de identidad nacional” existe, ha existido o llegará a existir en la ciencia ficción española. Cierto que, entretanto, se puede reflexionar, especular e intentar una aproximación al asunto.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Dramatis personae

Miércoles, Septiembre 19th, 2007 Pertenece a Para leer, Poemas | Sin comentar »

Una piedra. Un recodo. Un remanso. Una arista.
Una habitación cerrada en la que nadie entra nunca.
Un campo abierto
sin fronteras ni alambradas.
Silencio.
Murmullos lejanos que prometen esperanza.
Vacío.

Expulsado. Aceptado.
Un traje que visto y se convierte en mi persona.
Mi reflejo que sonríe,
advertido de verdades que yo ignoro.
Espanto y cuchillos.
Tacto y pieles.

A lo lejos
se remansa indiferente parte de mi vida
mientras otra
golpea su silencio contra el aire.
Bandadas de reproches y algoritmos
anidan en el hueco de mis ojos.
Y los días se confunden con promesas.

El tiempo es un estado de la mente.
La mente, un mentiroso sin excusas.

Contradigo. Invento.
Disparo frases al vacío.
Tejo historias con dedos temblorosos.
Trazo cuentos que no tienen final.
Miro. Engaño. Quito y pongo máscaras.

En mi armario
hay disfraces parecidos a mi piel.

© 2006, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Oye, véndeme tu alma

Lunes, Septiembre 17th, 2007 Pertenece a Para leer, Relatos | 3 comentarios »

Escribí este cuento allá por 1989. Fue fruto de una conversación bastante friki sobre pactos con el demonio y esas cosas, de la que acabó surgiendo la idea para el relato. Poco más de un chistecito, en realidad. Lo publiqué, sin embargo, en el número 3 del fanzine Parsifal, en 1994. Y un año más tarde, el fanzine argentino Galileo lo reeditaría en su número 6. Cuando, hace un par de años, empecé a preparar mis dos antologías de relatos, Callejones sin salida y Laberinto de espejos, decidí dejarlo fuera. Sin embargo, pese a ser poco más que un divertimento intrascendente, aún consigue arrancarme una sonrisa cuando lo releo.

Hasta donde lo recuerdo, la cosa empezó cuando Carlos me dijo:

-Oye, véndeme tu alma.

Yo alcé la vista, sorprendido. Me había pasado los últimos minutos viendo una gota resbalar por mi vaso de cerveza hacia la mesa. No estaba preparado para un proposición de ese estilo.

-¿Hmm? -pregunté, no muy seguro de haberle oído bien. Al fin y al cabo, la música estaba bastante alta y mi mente perdida en las ensoñaciones metafísicas a las que puede llevar el ver una gota de rocío resbalar por un vaso.

-Que me vendas tu alma.

Pues sí, había oído bien. Les eché un vistazo a los vasos vacíos que Carlos tenía a su lado. Tres whiskies, un chupito de tequila y dos cervezas. No podía ser el alcohol, casi no había bebido nada.

-¿Qué pasa? -dije-. ¿Has esnifado caspa de mala calidad últimamente?

-Hablo en serio.

-Y yo en sirio. -Y empecé a reírme. Reconozco que no fue una salida muy ocurrente, pero yo tampoco me encontraba en plenitud de facultades. No estaba borracho, por supuesto, media docena de cervezas y cuatro chupitos de tequila no pueden emborrachar ni a una monja, pero digamos que estaba… ligeramente irresponsable. Algo así, vaya.

-Oye, Jose, te lo digo completamente en serio. ¿Quieres venderme tu alma?

-Venga ya.

Alcé el brazo para llamar al camarero. Carlos necesitaba urgentemente una copa. Yo también. No vino nadie. Jodido sitio.

-¿Por qué no? Siempre andas por ahí diciendo que eres ateo, ¿no? Así que no tienes alma, ni hay un diablo que se la pueda llevar. ¿Qué trabajo te cuesta venderme algo que no tienes?

Vale, vamos a seguirle la corriente. Al fin y al cabo, qué trabajo me costaba, y si el chaval era feliz así, pues eso.

-¿Por cuánto? -pregunté.

Carlos ni siquiera parpadeó.

-Diez talegos.

Me di una bofetada a mí mismo. No muy fuerte, pero me la di.

-Joder, colega, andas chungo del todo, ¿eh?

-Todo lo chungo que quieras, pero son diez mil pesetas por algo que ni siquiera crees que exista. ¿Qué me dices?

-Que voy a llamar al Asilo de Arkham para criminales piraos y les digo que te vayan buscando una preciosa celda entre el Joker y Dos Caras. Tú estás loco. Eso, o le has estado dando al ácido sin que yo lo supiera. Y eso sí que me jode, porque ¿para qué estamos los amigos sino para invitarnos?

Carlos meneó la cabeza de un lado a otro, como desesperanzado por la incomprensión del mundo. El mundo, en este caso, era yo.

-Mira. Es la última vez que te lo digo. Tú me vendes tu alma y yo te suelto diez papiros.

Una idea luminosa (a veces tengo alguna, aunque no muy a menudo) se abrió paso en mi cabeza. Apartó a toda leche a la cerveza y el tequila y alcanzó mi garganta:

-Y ¿qué vas a hacer con ella?

-¿A ti qué más te da? Una vez que sea mía, ya no tendrás que preocuparte por ella.

Aquello tenía lógica. A mí me sonó lógico, por lo menos. Alguien puso una versión disco de Noche en el Monte Pelado. Muy apropiado para la ocasión.

-Estás chungo, ya te lo dije. Pero diez papiros son diez papiros. Mi alma es tuya, Carlos, colega.

Pareció que le hubiesen dicho que había ganado la loto. El rostro se le iluminó. En aquel momento creo que hubiese sido capaz él solo de alumbrar toda la ciudad.

-Estupendo -dijo-. Espera un momento.

-¿Adónde vas?

-A la barra.

-Cojonudo. Pídeme otra cerveza y un chupito de tequila a cuenta de las diez mil.

No contestó. Se levantó y lo vi dirigirse con paso extrañamente seguro a la barra. Pobre chaval. Estaba jodido de verdad. Pero si quería soltarme diez mil pesetas por nada, yo encantado, qué leche.

Volvió enseguida, con lo que le había pedido. También traía una hoja de papel y un bolígrafo.

-¿Vas a hacer testamento? -pregunté, y encontré la frase increíblemente graciosa. Se me escapó una risita chillona que ahogué con un poco de cerveza.

-Es para el contrato de venta -dijo, muy serio-. Toma, escribe lo que te voy a dictar.

-Vale, vale.

Cogí el papel y el bolígrafo. Eché un nuevo trago y miré a Carlos, expectante y medio muerto de risa.

-Escribe: El abajo firmante, José Manuel Gutiérrez Sánchez, D. N. I. número, bueno, pones el número de tu carnet de identidad -asentí-. Sigamos. Por el siguiente contrato declara que su alma ha sido vendida por la cantidad de diez mil pesetas a Carlos García Freije, D. N. I. -me dio su número-. Ponemos por testigos a todas las deidades infernales. Que Lucifer, Belcebú, Satanás y Azrael lo confirmen. En Gijón, a…

-¿Qué pasa, no ponemos de testigos a Cthulhu y Pennywise?

-Déjate de paridas y escribe: En Gijón, a 19 de abril de 1989. Firmado… Ya está, ahora tienes que firmar con sangre.

-¿Cómo fue? Y luego nos cargamos un gallo negro y buscamos un cruce de caminos. Que te den, hombre.

-¿Qué pasa? ¿Por diez talegos no eres capaz de hacerte una pequeña herida en el dedo?

No contesté. Acabé lo que quedaba de la cerveza de un trago. Miré a Carlos. Parecía más serio que la momia de un funcionario. Qué cojones, por diez mil pesetas era capaz hasta de aguantar una película de Herzog.

-De acuerdo.

Saqué mi navaja multiuso y me hice un pequeño corte en el dedo índice. Carlos me tendió un palillo. Lo cogí y lo hice girar entre los dedos.

-¿Qué se supone que tengo que hacer con esto?

-Mojarlo en la sangre y escribir con él.

Aquello cada vez tenía menos sentido, y además, casi me desangro. Tuve que mojarlo en sangre dieciocho o veinte veces y el palillo no escribía ni de puta coña. La gente de alrededor empezaba a mirarnos con una cara de mosqueo de la leche. Al fin conseguí escribir mi nombre. Me llevé el dedo a la boca y lo chupé hasta que dejó de sangrar.

-Me pagarás la antitetánica, supongo.

-Jose, te pago hasta un viaje a la India, si quieres -dijo mientras cogía el contrato, le echaba un largo vistazo y se lo guardaba. Parecía a punto de correrse de satisfacción-. Tengo que irme -dijo, levantándose.

-No jodas.

-Lo siento, tengo cosas que hacer. Ya te veo.

-Oye, espera, ¿qué vas a hacer con eso?

Sonrió. No me gustó un pelo aquella sonrisa.

-No te preocupes. Te enterarás. Hasta luego.

* * *

No volví a ver a Carlos hasta pasada una semana. Y cuando lo hice, pensé que tenía un doble. Se bajó de un ferrari testa rossa con un rubia despampanante colgándole de un brazo. Todos los que estaban en la Ruta lo miraron alucinados. Yo eché un vistazo a mi alrededor. Franki estaba junto a mí con un vaso de whisky en la mano.

-Permiso -dije.

Le cogí el vaso y lo vacié de un trago.

-Joder, tío, te has pasado.

-Te lo pago, tranquilo.

Volví a mirar. Carlos, el ferrari y la rubia seguían allí. O bien el whisky era una mierda (cosa bastante probable, conociendo al tacaño de Franki) o aquello era real. Se abrió paso por entre la gente en dirección a donde yo estaba. Sonreía tanto que parecía que iba a caérsele la cabeza.

-Hola, Jose.

-Holajose, holajose, holajose -repetí yo-. ¿Es todo lo que se te ocurre decir? ¿Qué pasa? ¿Te tocó la lotería?

Sonrió igual que lo había hecho una semana antes. Siguió sin gustarme lo más mínimo. La rubia, pegada a él, le miraba con cara de hambre.

-En realidad no -me dijo.

-¿Entonces?

-¿No te lo imaginas?

-Ni idea.

Dudó unos instantes. Al fin, se encogió de hombros y me dijo:

-Ya sé que no te lo vas a creer. Qué más da. Hice un pacto con el diablo.

Aguanté la risa como pude.

-Ya -dije-. Le vendiste tu alma.

Me miró como si me compadeciese.

-¿La mía? Claro que no, no soy imbécil. Hasta otra, colega.

Se fue y me dejó allí, convertido en una especie de estatua abobada. Miré a Franki.

-Oye, tío. Entra ahí y pídeme una botella de whisky.

-¿Una botella?

-Haz lo que te digo, ¿vale?

Franki se encogió de hombros y entró en el bar. Me quedé allí, apoyado en la pared, pensando a toda velocidad en alguna forma de salir de aquello, o estaba claro que las podía pasar putas, realmente putas, y encima por toda la eternidad. Casi nada. Franki volvió a la calle, con una botella en la mano. Le miré y vi en él mi salvación.

-Oye, Franki, colega -dije con mi mejor sonrisa-. Véndeme tu alma.

© 1995, 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Citas citables: Die hard

Sábado, Septiembre 15th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 5 comentarios »

O La jungla de cristal, que es como uno la suele llamar, a pesar de que el título español es, simplemente, Jungla de cristal, sin el artículo. Una película modélica en su género, dirigida de forma magistral por John McTiernan (¿qué ha sido de ese hombre, por cierto?) y que ha dado lugar a varias secuelas con mayor o menor nivel de mediocridad. La última de ellas, La jungla 4.0, acaba de ser estrenada ahora.

En realidad, forma parte de una larga tradición, muy americana, por cierto, en la que un hombre solo y sin apenas medios se las apaña para hacer frente a un desafío imposible y salir triunfante de él. Lo que la distingue de otros productos similares es, por un lado, la excelente dosificación del ritmo y, por el otro, ese John McClane, super hombre con los pies de barro, lleno de problemas personales y que acaba más bien maltrecho, aunque salga triunfante del desafío.

Pero creo que si de verdad me gusta la película es por Alan Rickman, que parecía en estado de gracia en aquel momento, interpretando a un terrorista que no termina de creerse a sí mismo y que se toma todo cuanto sucede con una ironía distante y un tanto altanera que hace que el público, a su pesar, termine simpatizando con él. Sus diálogos están llenos de frases divertidas y réplicas ingeniosas como ese “Me temo que no he visto suficiente televisión, así que no entiendo lo que me dice” que le suelta al estúpido ejecutivo que pretende resolver la situación como si aquello fuera un trato entre brokers en Wall Street.

Pero de todas su frases, mi favorita es la que tiene lugar durante un diálogo con la esposa de John McLane, cuando ésta descubre que todo el elaborado secuestro del edificio no es más que una tapadera para un robo:

-Así que no es usted más que un vulgar ladrón.
-¡Soy un ladrón extraordinario! Y ya que decido pasarme al secuestro, señora McLane, le convendría ser más amable conmigo.

Me temo que la simple cita no da una idea adecuada del momento. Sólo Rickman, con su dicción impecable y sus ademanes impertérritos es capaz de transmitir su intensidad del modo correcto.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Aquí, allí, en todas partes

Viernes, Septiembre 14th, 2007 Pertenece a Cuentos, En carne y hueso | Sin comentar »

Rodolfo Martínez
Aquí, allí, en todas partes
-Gigamesh nº 34, Julio de 2003
-Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006

Alguna vez he comentado, medio en serio, medio en broma, que si soy una persona más o menos sana (mentalmente) es gracias a que la literatura me ha permitido exorcizar buena parte de mis obsesiones y momentos oscuros.

“Aquí, allí, en todas partes” es una prueba perfecta de ello. Su punto de partida fue una pequeña obsesión personal que no llegó a crecer y convertirse en preocupante gracias, entre otras cosas, a que pude explorarla, ampliarla y llevarla hasta sus últimas consecuencias en forma de relato.

Juanma Santiago lo publicó en la revista Gigamesh y, posteriormente, lo recogí en Laberinto de espejos, mi segunda antología de relatos.

Es uno de mis cuentos favoritos, no sólo por todo lo que tiene de autobiografía codificada, sino por la forma en que está narrado: todo desde los ojos de la víctima, en presente y en segunda persona del singular, es una suerte de ensayo general de un estilo que luego se convertiría en dominante en mi novela de ciencia ficción El sueño del rey rojo.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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