La dictadura del pensamiento mayoritario y otras obscenidades
Viernes, Julio 27th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 6 comentarios »- El mismo día, hace un año: Escrito en el agua, literalmente
Leo hace unos días en la bitácora de mi buen amigo Rafael Marín que pretenden prohibir Tintín en el Congo en Inglaterra a causa de su contenido racista. Tiene narices la cosa, que nunca he soportado al personaje de Hergé y ahora voy a tener que salir en su defensa.
Y es que yo no quiero, pero me obligan.
Como decía, Tintín siempre me ha parecido insufrible. El personaje me resulta repelente, el dibujo no me atrae lo más mínimo y las historias me parecen tontas y sin interés. Jamás he entendido el entusiasmo que despertaba y despierta en todo el mundo, lo confieso.
Y sin duda Tintín en el Congo está llena de contenidos racistas.
¿Y qué?
Quizá sea un tipo raro, pero a una sociedad que no permite la expresión de opiniones incómodas, soeces, repugnantes, que atenten contra los más sagrados principios que la rigen… bueno, a esa sociedad no la llamo democrática. Para mí no es más que otra clase de dictadura. La dictadura de la mayoría, tal vez; o quizá la dictadura de un cierto tipo de pensamiento que la clase dirigente ha decidido que debe ser el mayoritario, ya sea cierto o no.
Dictadura, al fin y al cabo.
Porque, para mí, uno de los componentes básicos de un sistema que se llame a sí mismo democrático, es precisamente que debe permitir (incluso diría que alentar) todo tipo de opiniones. Incluso aquellas que atenten contra sus valores; o quizá sobre todo aquellas que atenten contra sus valores. De lo contrario, el sistema se traiciona, se debilita y, a la postre, se acaba matando a sí mismo.
Alguien lo dijo en el siglo XIX y sigue tan vigente hoy como entonces: “No estoy acuerdo con nada de lo que dices, pero estoy dispuesto a morir por defender tu derecho a decirlo”. Parafraseándolo, podríamos decir: “encuentro repugnante lo que dices, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a decirlo”.
Pero no hace falta buscar la paja en el ojo ajeno, por supuesto, ni irnos a Inglaterra para encontrar casos de papanatismo que atentan directamente contra uno de los pilares básicos del sistema, la libertad de expresión. Ahí está ese número secuestrado de El jueves, al fin y al cabo. Vale que (como he oído hace un par de días en la radio) la portada era soez y vulgar y, seguramente, atentaba contra la dignidad de las personas reflejadas en ella.
Y otra vez me pregunto: ¿y qué?
El asunto me resulta chocante por varios motivos.
El primero lo comenta Skalagrim en su blog, cuando habla de que quizá sería necesario que alguien se repasara el final de El escándalo Larry Flint y el alegato que el abogado de éste hace ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Es un caso bastante similar, en cierto modo, pues si no recuerdo mal la historia, Flint había sido denunciado por una parodia en la que mostraba a un famoso predicador follándose a una oveja o manteniendo relaciones sexuales con su madre o algo parecido. El discurso del abogado de Flint, el modo en que argumenta que sin derecho a la parodia (por sangrante, obscena, soez y vulgar que sea) de los personajes públicos no puede haber verdaderas garantías de libertad, debería ser grabado en titanio y colgado de unas cuantas paredes en todo el mundo. A ver si a base de leerlo les entraba en la cabeza.
Por oto lado, creo que las mismas personas que aparecen en la famosa portada ya habían sido reflejadas varias veces en la misma publicación de un modo bastante cruel que ponía en solfa su inteligencia (o carencia de ella) y su medio de vida (o ausencia del mismo). Y no ha pasado nada… hasta que los dos aparecen en una actitud explícitamente sexual. ¿Es eso? ¿Puedes poner como tonto al heredero de la Corona y no pasa nada pero si lo muestras follando se arma la gorda? ¿Lo insultante vale, pero lo obsceno, no?
Claro que, si hablamos de obscenidad, más obsceno me parece el hecho de que si yo fuera el aparecido en la portada, por ejemplo, tendría que ir al juzgado y denunciar la injuria, mientras que el ciudadano Felipe de Borbón y Grecia ha tenido todo un Fiscal General del Estado para que actúe de oficio por él sin que tenga que mover un dedo. Un Fiscal, por cierto, pagado con mi dinero y al que, por tanto, considero mi empleado; del mismo modo que considero mis empleados a todos los funcionarios públicos, los políticos en cargos electos y, por supuesto, los miembros de la Casa Real (estos últimos con un contrato bastante más “blindado” que funcionarios y políticos electos, ciertamente).
Si todos los ciudadanos somos iguales ante la ley… ¿por qué sigue habiendo algunos que son más iguales que otros? ¿Por qué todo el aparato del Estado se pone en marcha para defender la dignidad de alguien que no es ni más ni menos ciudadano que yo?
La argumentación es que no se le ha injuriado a él, como persona, sino a la institución que representa.
Y no, no me lo trago. Entre otras cosas, porque eso implica entrar en un túnel de difícil salida. Si empezamos a confundir a las personas con los cargos que ocupan o las instituciones que representan, nos metemos en una espiral chunga que puede acabar en que no tengas derecho a decir que tu presidente del gobierno es un incompetente porque eso sería de acusar de incompetencia a la institución de la Presidencia y no a la persona que en ese momento ocupa el puesto.
Los abogados y juristas lo pondrán como lo pondrán, me da igual. Para mí, los únicos atacados en la famosa portada son dos ciudadanos comunes: Felipe de Borbón y Grecia y Letizia Ortiz Rocasolano. Que hagan como haría cualquier otro ciudadano, que contraten un abogado que presente la pertinente denuncia por injuria a sus personas en el juzgado que corresponda. Y si no lo hacen (si no lo han hecho) entonces nadie más debería mover un dedo.
Y mucho menos, alguien trabaja para todos nosotros, como es el Fiscal General del Estado.
Repito, para todos nosotros.
© 2007, Rodolfo Martínez
